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Pascua

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Ser y pertenecer

por el padre Ariel David Busso.

Pascua 2011.

  “Al dar mi nombre para ser bautizado, dejamos el campo e hicimos retorno a Milán… Y fuimos bautizados y se desintegró en nosotros la inquietud de la vida pasada”.

 

En la vigilia pascual de la noche entre el 24 y el 25 de abril del año 387, San Agustín, junto a su hijo Adeodato, recibía el bautismo en manos del obispo de Milán, San Ambrosio. De ese inicio de su vida cristiana, Agustín, deja sólo esa nota, breve y concisa, como al paso, en sus Confesiones (IX-6-14).

Son las pocas palabras de un hombre que, a través de un gesto simplísimo cumplido por un hombre y hecho por otro hombre, que reconoce haber recibido un don que ningún otro hombre puede dar: la gracia de transformarse en hijo de Dios, de perdonar el pecado original y los pecados personales. Es una “gran gracia”, como observaba San Ambrosio al bautizante, a través de la cual se hace posible lo imposible.

Un gran don, más aún: “el gran don”.

 

                         OPORTUNA REFLEXIÓN

 

Es oportuno —o necesario— que una noche de pascua se haga referencia al sacramento del bautismo. El agua bendecida esta noche es para bautizar. En la antigüedad, los catecúmenos (los que se preparaban para recibirlo) eran bañados con el agua de la fuente bautismal, como San Agustín en una noche de pascua.

Ahora bien, hay miles de millones de bautizados en el mundo. Sin embargo, la fe cristiana ha sufrido en la época actual un proceso de opacización de su capacidad de humanizar, en donde existe una sociedad que no se convence que siendo buen cristiano se convertirá también en mejor hombre.

No se trata de una sociedad que no acepte ritos porque le parezcan obsoletos (usa el Facebook, el twitter y construye ritos a cada día en el vestir, en el peinado, en lo más usado). Tampoco es un rechazo al dogma o a la entera moral que enseña Jesucristo. La cuestión es más profunda aún. Se registra la incapacidad de encontrarle un sentido a la fe que, en última instancia, como sostiene San Benito, es la que garantiza la búsqueda de la felicidad que habita en el corazón de cada uno. Una sociedad que no ve la necesidad de tener fe y practicarla.

Muchos bautizados sostienen que la felicidad debe ser buscada “en otro lado” respecto a su fe. Lo atestigua el vivir cotidiano, las decisiones existenciales, las razones en que se apoyan para seguir adelante.

Las mujeres y los hombres de nuestro tiempo no se encuentran en gran parte atraídos por el evangelio de Jesús, no obstante que éste es presentado de mil maneras y con miles de tonos y colores.

Esto es lo inédito de nuestro tiempo: no es el CONTRA Dios del ateísmo clásico, es el SIN Dios de quienes no tienen antena para Él. No importa si existe o no: el interés no atiende su Voz. Es como si se parafraseara a Jacques Prévert: “Padre nuestro que estás en el Cielo, quédate allá…”.

Carecer de “antena”, de señal para la frecuencia de Dios: ese es el drama contemporáneo.

 

Los signos más evidentes de esa “inafectividad” de la vida frente a Dios y frente a Cristo son, al menos, tres:

 Una profunda ignorancia de la cultura bíblica. No se sigue la LECTIO DIVINA, la lectura de la biblia, o cuando se lo hace se la interpreta a su modo.

Una escasa formación cristiana: después de la confirmación (si es que se la ha recibido) hay diáspora completa.

Una notable desenvoltura de desertar a la misa dominical.

Esto demuestra claramente el poco o nulo interés en las cuestiones de Dios. Interés en el sentido fuerte, es decir como algo que TOCA al propio ser, al propio vivir, al propio obrar y esperar.

 

Existe sí, el hombre que no niega su necesidad por lo sagrado, pero después concretamente demuestra no conocer casi nada de la praxis cristiana de la fe y de la oración. Pueden decir “soy creyente”, pero de hecho ignoran completamente todo. El sentido de “pertenencia” sin “creencia” termina por barrer la identidad cristiana.

Una generación que no se opone a Dios o a Cristo, sino una generación que se acostumbra a vivir sin Dios y sin Jesucristo.

   

                              EL ANILLO FALTANTE

 En nuestra sociedad, por mucho tiempo, la transmisión de la fe ha sido siempre una cuestión de “entrecasa”, no de la Iglesia. Era tarea del hogar.

Nacer y convertirse en cristiano era una transformación simultánea. Se aprendía la fe mientras la madre amamantaba. Un primero y eficaz anuncio de la fe.

Esta palabra: “primero”, no debe entenderse sólo en sentido cronológico, sino en el de una idónea iniciación. Si se piensa que aprender un idioma extranjero en edad adulta es infinitamente más difícil que aprenderlo desde chico se comprenderá lo que se trata de decir. Por eso al idioma aprendido en casa se le llama “lengua madre”. Junto a la “lengua madre” se ha crecido también con el alfabeto del Evangelio. Después venía la tarea de:

         consolidar la fe

         la participación en la liturgia

         las obras de caridad

         el testimonio

         y el trabajo por el bien común.

 

Ahora se nota que este doble nacimiento simultáneo está roto. La iniciación de lo humano —tarea principal de la familia y de la escuela— no se inspira más en la gramática cristiana de la existencia:

         “nacer” y “ser cristiano” ya son dos cosas distintas.

Al recibir después (a veces, dolorosamente después) la catequesis de la fe, nuestros chicos y jóvenes no saben el porque de creer, rezar y vivir en cristiano. No se conoce la razón de “porque” se debe celebrar el DIES DOMINI, el domingo. Nadie los ha ayudado a desarrollar en sus corazones las antenas para sintonizar la frecuencia de Dios.

 

           Un día Ben Gurión, uno de los fundadores del Estado de Israel moderno, se encontraba discutiendo con el filósofo MARTIN BUBER, en el kibbutz donde se había retirado. El hombre político era agnóstico y buscaba identificar la razón sobre la cual un  pensador tan agudo como BUBER fundaba la intensa fe que poseía. La respuesta de BUBER fue simple y profundísima a la vez:

           “Si se tratase de un Dios ‘del cual’ fuera posible hablar solamente, tampoco yo creería; pero como se trata de un Dios ‘al cual’ puedo hablar, por esa razón creo en Él.

 

         Los primeros años de la enseñanza religiosa en el hogar se dirigen a crear hábitos. Hábitos que permitan hablar con Dios durante toda la vida.

         Quizá sea un momento propicio para reflexionar sobre la calidad de la enseñanza religiosa en las escuelas elegida, en casi todos los casos, por los padres, no por los chicos. La enseñanza sistemática de Dios no siempre atiende las circunstancias que vive la persona, en el momento de la utilización de la fe. Esa, también, es tarea de la Iglesia.

Hoy, con todas las comodidades y adelantos, existe un montaje que hace creer (y no sólo a los jóvenes) que la Tierra ya no es “un valle de lágrimas” como rezamos en la Salve, sino un lugar donde uno se puede instalar.

La “eternidad” no importa. Lo que vale es esto: “aquí”. ¿Y qué cosa puede decirse del Evangelio si se elimina el concepto de eternidad?

        

         Eternidad

         Verdad

         Sustancia

         Sacrificio

         Autoridad:

 Estas palabras han asegurado en el pasado el valor del cristianismo, pero no tienen hoy eficaz sustento cristiano.

La desaparición y la sustitución de esas palabras claves traen razón de indiferencia que es el inicio de la incredulidad, no teórica, sino práctica de nuestro tiempo.

Se trata de un vivir sin necesidad de Dios.

 

“El mundo ha cambiado”, dicen. Y eso es cierto, pero la pregunta concreta es otra: ¿cambió el hombre?

La tierra puede convertirse en un infierno cuando se la quiere convertir en un paraíso.

 

En el momento de reaccionar: ¿creo? ¿por qué creo? ¿Qué significa mi bautismo?

Como vimos al comienzo, San Agustín trata rápidamente el día de su bautismo porque para él el bautismo significaba el hoy, no el ayer. Estar bautizado era su vida.

Sólo barriendo el egoísmo se encuentra a Dios. La parvedad de lógica conduce a tener miedo a morir y a querer aferrarse a la tierra, a lo suyo, a lo efímero, como si fuese un paraíso.

 

         Un río durante su tranquilo cauce hacia el mar, se encontró frente a un desierto y se detuvo. Adelante, sólo tenía rocas diseminadas por todos lados, algunas cavernas escondidas y dunas de arena que se perdían en el horizonte. El río quedó atemorizado pensando en su destino.

—Es mi fin —dijo—, no podré atravesar este desierto. La arena absorberá mi agua y yo desapareceré, no llegaré al mar. Aquí todo terminó.

Lentamente, sus aguas comenzaron a entorpecerse. El río se estaba transformando en un pantano y de ese modo moriría.

Pero el viento había escuchado sus lamentos y decidió salvarle la vida.

—Río -le dijo-, déjate calentar por el sol para subir al cielo en forma de vapor acuoso y de lo demás me encargo yo.

Pero el río, con temor, contestó:

—Yo he sido hecho para correr en la tierra, líquido, pacífico, majestuoso. Yo no fui hecho para volar en el aire.

Y el viento respondió:

—No tengas miedo, cuando subas al cielo te transformarás en nube, yo te transportaré más allá del desierto y entonces podrás caer sobre la tierra en forma de lluvia. De esa forma serás otra vez río y llegarás al mar.

Pero el río tuvo mucho miedo y fue devorado por el desierto.

 

¿Cuál es el miedo del cristiano que le impide despegarse y comenzar a volar?

Es necesario arriesgar algo.

Valorizar el bautismo recibido.

Es como darle valor a la palabra que más usamos en la oración: la palabra AMÉN, que sólo tiene cuatro letras pero que encierran mucho. En  hebreo quiere decir algo así como:

         tengo confianza

         creo

         estoy seguro

 

Casi como un Salmo que me otorga seguridad:

 Por mi alma corre un río

que viste de azul y plata.

Es como un río tranquilo

que se quiebra entre las piedras

y camina entre las zarzas.

 

Al río le cruza un puente,

un puente que no es de hierro.

Está hecho con suspiros

con ansias y anhelos

Arranca desde mi orilla

y casi llega hasta el cielo.

 

Por mi alma corre un río,

al lado de un limonero.

Por él navega una barca

y mi Dios es el barquero.

 

                                 ENVÍO

 

Barquero mío, te veré mañana, después del alba.

Te veré sin espejos y me verás sin máscaras. Quisiera que esta máscara mía se transforme, por fin, en la fe que profeso y en la que quiero al morir.

                                  Amén.

 

 

Parroquia Santa Julia

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