Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                                                             |    |    |    |
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Una presencia que cambia

 


Si Dios se acerca a la nada la cambia, porque crea.

Y si me interroga es porque me ama. Dios pregunta amando.
 

 

Miré y no podía creerlo. Éramos sólo cinco personas dentro de la Capilla Sixtina. Afuera, una tarde de octubre romano caía, azulada y ruidosa, detrás de las colinas del Gianícolo. Adentro, un invitante silencio obligaba a recorrer la historia de muchas aventuras humanas y divinas en un sitio de la culminación de la belleza. ¡Cinco personas! En realidad no fue ningún milagro encontrar ese tesoro sin la consabida conglomeración y sin las fastidiosas colas. Corrían los días de un sínodo de obispos convocado por Juan Pablo II y como secretario de la delegación argentina a esa reunión, me tocaba estar a lo largo de todo ese mes en Roma. Por deferencia del cardenal Pironio, pudimos ir por la tarde de un sábado, libre de reuniones, a recorrer esa maravilla a nuestras anchas. Entre los cinco se contaba también el cardenal Primatesta, en ese tiempo Presidente de la Conferencia episcopal argentina. A pesar de la solemnidad del lugar no pude dejar de caer en la tentación de estirar mi cuerpo en el piso, con mi cabeza arriba y a lo largo, y dejar de ese modo que mi vista recorriera libremente los frescos del techo más hermoso del mundo.

 

Así, sin guardias y guías, gozaba desde mi privilegiado punto de observación, las figuras dinámicas y vigorosas que salen de los paneles y se desbordan precipitadamente. Parecen pintadas sin haber sido acabadas del todo para que el espectador la complete en su retina.

 

Por un instante recordé que Michelángelo pensó que pintar ese lugar era para él un salto al vacío. Había dicho a un amigo florentino, en 1509: “La mia pintura morta difendi ormai e´ il mio onore, non sendo in loco bon, né io pittore”. Era evidente que el artista no se sentía en su lugar y no se reconocía, a sí mismo, como pintor. El era conciente que tenía delante una inmensidad de incógnitas. También yo me formulé muchas preguntas desde donde estaba ¿Qué vería Michelángelo a veinte metros más abajo, que es la altura de la Capilla, donde plasmaría después una compleja articulación de escenas? ¿Cómo daría una visión unívoca a una fragmentación de escenas diversas? ¿Cuáles escenas bíblicas elegiría? ¿Cómo simplificar las secuencias del Antiguo Testamento para que resalten la prefiguración del Nuevo? Hay escenas complicadas, como la de “La borrachera de Noé” o la del “Diluvio” o la del “sacrificio de Noé” al lado del arca apenas construida. Sin embargo nada hay allí que no tenga armonía.

 

Pero mi vista se detuvo allá, donde el impacto dramático golpea fuertemente más allá de las dimensiones espaciales y de los colores. Allá donde el genial artista plasmó la secuencia de la inagotable pregunta de Dios a Adán, después del pecado original: “¿Dónde estás?”

 

El relato bíblico dice así: “Al oír la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín, a la hora que sopla la brisa, se ocultaron de él entre los árboles del jardín. Pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo ¿Dónde estás? Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí” (Gen. 3,8-10).

 

Pregunta que evoca un infinito. “¿Dónde estás”


 

Y allí, en Capilla Sixtina, acostado sobre el pavimento y fijando la mirada en esa escena, sentí que estaba dentro del drama de Adán interrogado por el Creador.



“¿Dónde estás?”
 

Sin dudas que Michelángelo tuvo inspiración divina. ¿Cómo si no, el espectador, de la Capilla sixtina puede elevarse tan fácilmente a la presencia celestial desde su butaca de tierra? “¿Dónde estás?”, resuena en el oído al ver la escena. “¿Dónde estás?”, sueno y resuena, y entonces, el pensamiento se traslada desde la belleza del sofito hasta la verdad que Dios revela en esa pregunta.

 

¿Cómo debe interpretarse que el Dios omnisciente le haya preguntado a Adán: “¿Dónde estás?” ¿No lo sabías acaso? ¿Cómo Dios interroga al hombre una ciencia más que conocida por Él? ¿Cómo Dios le pregunta a Adán dónde está, si El lo sabe?

 

En la Biblia las palabras escritas son eternas. Abrazan todos los tiempos. En cada época, en cada momento, Dios interpela al hombre de siempre y al de hoy, representado en Adán, “¿Hombre dónde estás tú en el mundo?” “¿Hasta dónde llegaste en este mundo?” “¿Dónde te encuentras en tu espacio?” ¿qué estás haciendo? En la escena del génesis Dios busca a Adán que se ha escondido y hace sentir su voz en el jardín donde él está. Eso no significa que no lo sepa y que sea posible esconderse de Él. Se trata solamente del punto de partida del escritor bíblico para recordarle al hombre la conducta llevada hasta aquél momento. Un espejo para que recuerde la falta de seriedad, la superficialidad vivida y la ausencia de responsabilidad en su alma.
 

 

La pregunta objetiva de Dios tiene siempre una dirección personal y eterna al mismo tiempo. Para Adán y para todos.

 

Cuando Dios interviene en la Biblia con una pregunta de este género no es para que el hombre le haga conocer algo que él ignora. La hace porque desea provocar en el hombre una reacción comprometedora a través de una pregunta, con la condición de que golpee su corazón y que éste se deje golpear.

 

Adán se esconde para no dar cuentas, para huir de la responsabilidad de su propia vida. Así mismo lo hace todo hombre en la situación de Adán. Para huir de las responsabilidades de la vida, la existencia humana viene a transformarse en un sin fin de escondites. De este modo el hombre patina siempre más profundamente en la falsedad, en la mentira ¡Pero no puede huir de Dios! ¡Sólo se esconde ante sí mismo!


 

Un hombre, bien vestido, elegante, le dio a un mendigo dos billetes grandes.
 

– Toma, amigo –le dijo– con esto tienes para comer y beber bien y te sobra para comprarte buena ropa.

 

El mendigo no podría creerlo. Tomó los billetes, levantó su gorra en señal de agradecimiento y se marchó buscando un buen restaurante. Comió y bebió como no recordaba haberlo hecho en años.
 

Al partir, satisfecho, dejó una muy buena propina al mozo.

 

El hombre bien vestido que le había dado la abundante limosna, observaba la escena con una sonrisa en la cara.

 

– ¡Ah –dijo– vivimos en un mundo feliz! Todos están contentos: el mendigo pobre porque ya no tiene hambre; el propietario del restaurante porque acaba de tener un buen cliente; el camarero porque hizo una buena propina, y ¡yo también estoy contento, porque los billetes que le dí eran falsos!


 

Reflexiono ahora un poco tras este cuento: ¿No es acaso tratar de esconderse en el jardín? ¿No he sido protagonista alguna vez de trampas para salir del paso y acomodar mi conciencia? La pregunta divina “¿Dónde estás?” podría traducirse muchas veces en “¿Qué haces?” “¿Por qué te haces trampa a ti mismo?” “¿A quién engañas?” “¿Por qué te engañas?”

 

Sin embargo el hombre algo conserva dentro de sí, que lo busca, aunque le cueste encontrarlo. Es propio en esta situación que lo toma de sorpresa la palabra de Dios: “¿Dónde estás?” Tiene por finalidad sacar al hombre de su escondite, hacerle ver la ruta equivocada, hacerle nacer en él un ardiente deseo de salir de allí.

 

La voz de Dios es la voz del silencio parecida a un soplo. Pero es difícil sofocarla. La pregunta “¿Dónde estás?” no es de reproche, es de salvación. Me interroga para advertirme.


 

Me contó cierta vez un sacerdote norteamericano, compañero de estudios en Roma y que se desempeñó antes como misionero en África, que viajaba cada dos o tres semanas en bicicleta, a través de la selva desde su misión hasta un pueblo cercano, en busca de alimentos y productos de primera necesidad. El viaje duraba alrededor de dos días, ida y vuelta, y habitualmente dormía una noche en el camino.

 

En uno de esos viajes, me relató que llegó al pueblo y fue al correo a cobrar un giro que le enviaban mensualmente sus amigos de los Estados Unidos. Compró medicamentos con parte del dinero y luego emprendió su viaje de regreso a la misión. Cuando estaba por partir a la misión, vio una pelea entre dos hombres; uno de ellos estaba gravemente herido. Lo curó de sus heridas y después partió a su casa. Como lo hacía habitualmente descansó una noche a mitad de camino y llegó sin ningún inconveniente.

 

Dos semanas después repitió el viaje. Al llegar al pueblo, le salió al encuentro el hombre que había curado en aquella oportunidad. Le dijo que él sabía que la otra vez llevaba dinero y remedios.

Y añadió:

 

– Algunos otros hombres del pueblo y yo lo seguimos hasta el lugar donde usted habitualmente duerme. Teníamos la intención de robarle lo que llevaba encima. Y cuando nos disponíamos a sacarle todo nos sorprendió que lo rodearon veintiséis soldados armados.

 

Al oír esto, el sacerdote rió. Al contármelo noté que su rostro se transformaba al instante. Pero continuó diciéndome que le dijo a aquél hombre que eso era imposible porque viajaba solo.

 

El hombre insistió.

 

– No padre. Yo no fui el único en verlo. Usted dormía y mis cinco amigos vieron también a los guardias. Los contaron: eran veintiséis. Nos asustamos y huimos.

 

Entre sorprendido e incrédulo, siguió haciendo lo suyo.

 

Al cabo de unos meses, cuando terminó su misión en África, regresó a su parroquia de Michigan. Entonces, decidió compartir esa experiencia con sus feligreses en la homilía del domingo. Cuando el sacerdote llegó al punto de lo que le había dicho con tanta seguridad aquél hombre, que había visto a veintiséis guardias armados alrededor de su catre de campaña mientras dormía, uno de los que estaban allí, en la misa, se levantó y lo interrumpió. Le preguntó al sacerdote que recordara el día exacto en que ocurrió aquello. El misionero lo recordaba bien. ¡Cómo no recordarlo! Dijo el día y el mes. Y el hombre que se había levantado prosiguió:

 

– La noche que usted relata lo que le sucedió en África, era aquí de día. Estaba yo, en ese momento, jugando plácidamente un partido de golf. Pero en ese instante sentí una imperiosa necesidad de rezar por usted. Nunca había sentido esa llamada tan fuerte, tan intensa. Llamé a algunos amigos del grupo de oración para que se reunieran conmigo en la capilla del Santísimo para rezar por usted. Y así lo hicimos. Me gustaría que los que vinieron aquél día memorable, se levantaran ahora.

 

Y así lo hicieron, El sacerdote no se fijó quienes eran. Estaba muy ocupado contando cuántos eran… ¡Sumaban exactamente veintiséis!

 

Luego, este amigo sacerdote hizo un retiro espiritual. El suceso de África le resultó una pequeña anécdota a comparación con lo que había sucedido en su parroquia. En los ejercicios espirituales el sacerdote aprovechó la enseñanza recibida como una llamada a la confianza en la oración.

 

No fue un suceso de reproche, se trató de una ocasión de salvación. Fue un interrogante: “Haces mucho por esa gente. Has dejado a tu familia, a tu parroquia, a tu gente para ayudar a los de aquí”. Ahora yo te pregunto: “¿Dónde estás tú?” “¡A ti te pregunto!: ¿Dónde estás?”


 

Por primera vez me induje en este tema apasionante cuando leí a Martín Buber. El filósofo que resistió al nazismo con la palabra y con los escritos. En su obra “Él camino del hombre” se introduce en la profundidad de la pregunta, al relatar el diálogo entre un comandante de la guardia de la cárcel y un rabino prisionero.

 

Volviendo al relato del Génesis: Adán afronta la voz, reconoce su trampa y confiesa: “Oí tus pasos en el jardín ( ) y tuve miedo ( ) Por eso me escondí”. El retorno decisivo a sí mismo es en la vida del hombre el inicio del camino, el siempre nuevo inicio del camino humano.

 

La pregunta de Dios a Adán conlleva tres recuerdos incluídos, que los antiguos sabios reconocían: conoce de dónde vienes, a dónde vas y delante de quien deberás un día dar cuenta de tus actos.

 

Regreso a la Sixtina

 

Comenzamos el relato, con la meditación sugerida por Miguel Ángel, allá arriba, a veinte metros de altura. Sí. Regreso a la Capilla Sixtina. Recorro distraídamente el resto de las tenues figuras en mil doscientos metros cuadrados de frescos. Los había visto ya una y mil veces. Ahora, en cada uno de ellos se desenvolvía además un interrogante que conduce a la acción: “¿Dónde estás?” “¿Por qué te escondes?” Sólo el “Juicio Final”, allá al fondo, lograba ser la voz que deshace los otros olvidos: a dónde voy y ante quien deberé dar cuentas. Pero eso vendrá después. A semejanza de Michelángelo que pintó El Juicio Final treinta años después, entre 1535 y 1541. El juicio que me harán vendrá después.

 

Ahora, sólo debo responder a la pregunta que desde allá arriba, a 20 metros de mi puesto de observación, me hacía Dios: “¿Dónde estás?” Difícil tarea que me llevará toda la vida. Por fortuna es la misma Belleza quien la realiza. Y entonces para responder, recobro la confianza de su esplendor.

 

Hoy a nosotros, a comienzo de la Cuaresma, la pregunta es la misma:

 

¿Dónde estás?

 

¿Qué has hecho de tu vida?

 

¿Por qué te escondes?

 

Quiera Dios que la respuesta que daré sea la del mismo Pedro:

 

¿A dónde iré, Señor, si sólo Tú tienes palabras de Vida Eterna”.

 

Pbro. Dr. Ariel D. Busso
 

Homilía en la Santa Misa de Pascua de Resurrección 2009



 


 

 

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