Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                                                             |    |    |    |
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Reflexiones sobre la oración vocal
 

por el Padre Ariel Busso

 

Un comienzo
 
Cuando ingresé al seminario, tenía como director espiritual a un buen sacerdote. Además de enseñarnos el comportamiento en el seminario nos daba un par de veces por semana, alguna charla sobre los laberintos de la oración. Durante esas charlas, los diecisiete seminaristas que habíamos entrado ese año, nos sentábamos en un aula cercana a su despacho. El sacerdote discurría en voz alta y con los ojos semicerrados, sobre los primeros caminos de la comunicación con el Señor. Entre los importantes pilares que edificaba en nosotros en aquél momento, edificó dos, que nunca cayeron en el olvido. Decía que había dos maneras de hacer oración vocal; 1) la una consiste en seguir al pié de la letra lo que se reza, 2) la otra en recitar o cantar, abandonándose a Dios, sin resistencia y como a ciegas. Confieso que ésta última manera es la que siempre me dio resultado, porque siguiendo la letra, especialmente en algunos textos de la Liturgia de las horas, no siempre coincide con lo que pasa por mi interior. Sin embargo hay otras veces que instintivamente uso el otro método, especialmente cuando un mar de arena gris está bajo mis pies.
Dos métodos: letra por letra, versículo por versículo o dejarse llevar a Dios por el ritmo de la oración misma. Confieso que no me parece imposible usar parcialmente los dos y lograr una útil fusión del uno con el otro.
Recuerdo el comienzo de la oración vocal en los pastorcitos de Fátima. Relata Lucía, en sus memorias: “llegué a la edad en que mi madre mandaba a sus hijos a guardar el rebaño. Mi hermana Carolina había cumplido trece años y era necesario que se pusiera a trabajar; por ello, mi madre me entregó el cuidado del rebaño. Di la noticia a mis compañeros y les dije que ya no podría jugar más con ellos. Ellos, como no les gustaba separarse, fueron a pedirle a su madre que les dejase venir conmigo, pero les fue negado. Tuvieron que aguantarse, aunque ellos venían casi todos los días, al anochecer, a esperarme al camino, y desde allí, marchábamos a la era; dábamos algunas corridas, mientras esperábamos que Nuestra Señora y los Ángeles encendiesen sus candelas y las asomasen a las ventanas para alumbrarnos, como decíamos. Cuando no había luna, decíamos que la lámpara de Nuestra Señor no tenía aceite. A los dos pequeños, les costaba mucho separarse de mí. Por ello, pedían continuamente a su madre, que les dejase, también a ellos, guardar su rebaño. Mi tía, tal vez para verse libre de tantas súplicas, a pesar de que todavía eran muy pequeños, les confió el cuidado de sus ovejas. Radiantes de alegría, fueron a darme la noticia, y a planear cómo juntaríamos todos los días nuestros rebaños. Cada uno abriría el suyo a la hora que lo mandase su madre; el primero esperaría al otro en el Barreiro. (así llamábamos a una pequeña laguna que había en el fondo de la sierra). Una vez juntos decíamos cuál sería el pasto del día; y para allá íbamos felices y contentos, como si fuésemos a una fiesta. Nos habían recomendado que, después de la merienda, rezáramos el Rosario, pero como todo el tiempo nos parecía poco para jugar, encontramos una buena manera de acabar pronto: pasábamos las cuentas diciendo solamente: ¡Ave María, Ave María, Ave María! Cuando llegábamos al fin del misterio, decíamos muy despacio simplemente: ¡Padre Nuestro!, y así, en un abrir y cerrar de ojos, como se suele decir, teníamos rezado el Rosario”.
 
Evidentemente, los comienzos de la oración son siempre los mismos: distracción, rutina, hábito. Sin embargo, las cosas cambian por la gracia de Dios, especialmente con la experiencia del sufrimiento.
Así sigue relatando la vidente de Fátima, luego de las apariciones y de haber comenzado este especial calvario infantil que vivieron Francisco y Jacinta. “Determinamos entonces rezar nuestro Rosario. Jacinta sacó una medalla que llevaba al cuello, y pidió a un preso que la colgara de un clavo que había en la pared y, de rodillas delante de la medalla, comenzamos a rezar. Los presos rezaban con nosotros, si es que sabían rezar; al menos, se pusieron de rodillas.
Terminado el Rosario, Jacinta volvió a la ventana a llorar.
Jacinta, ¿entonces, tú no quieres ofrecer este sacrificio al Señor? –le pregunté
-Quiero, pero me acuerdo mucho de mi madre y lloro sin querer.
Como la Santísima Virgen nos había dicho también que ofreciéramos nuestras oraciones y sacrificios en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María, quisimos combinarnos escogiendo cada uno una intención. Uno lo ofreció por los pecadores, otro por el Santo Padre, y otro en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María. Puestos de acuerdo, pregunté a Jacinta cuál era la intención por la que lo ofrecía ella:
-Yo lo ofrezco por todas, porque todas me agradan mucho.
 
Entre los presos, había uno que sabía tocar el acordeón; y para distraernos un poco, comenzaron a tocar y cantar. Nos preguntaron si sabíamos bailar; dijimos que sabíamos el “fandango” y la “vira”.
Jacinta, fue entonces la compañera de un pobre ladrón, que viéndola tan pequeña, terminó bailando con ella en los brazos. ¡Ojalá Nuestra Señora haya tenido compasión de su alma y lo haya convertido!
 
 
¡Atención a las palabras!
 
Uno de los secretos para hacer efectiva la oración vocal es “seguir el sentido de los textos que pronunciamos”.
En la regla benedictina se dice: “Mens nostra concordet voci nostrae”, que significa que nuestra mente esté de acuerdo a nuestras palabras que pronunciamos. Esto es: estar atentos a pensar lo que decimos y no dejemos que la imaginación peregrine por otros senderos.
Este ejercicio supone dominar la natural emotividad. Cuando se reza con los salmos, o el Padre Nuestro, por ejemplo, se dicen “grandes verdades”, o, mejor dicho, verdaderas enormidades. Y en esto consiste rezar esas oraciones vocalmente, porque difícilmente saldría de nosotros decir cosas al modo como: “que venga tu Reino”; “aparta de mi pecado Tu vista, Señor”; “abre mis ojos, Señor, para que vea la luz de tu Verdad”, y otras tantas. ¿Nos damos cuenta de la profundidad de esa oración?
“Verdaderas enormidades” que Dios escucha allí mismo y al punto de lo que pronunciamos. Luego, todas tienen sus también “enormes consecuencias”.
Se cuenta que una vez un ladrón llegó a las puertas del Cielo y comenzó a golpear:
-¡Abran!
El apóstol san Pedro, que custodia las llaves del Paraíso, escuchó los golpes y se asomó a la puerta.
-¿Quién eres?
-Yo –dijo el hombre.
-¿Y quién eres?
-Un ladrón. Déjame entrar al Cielo.
-¡Ni sueñes! Aquí no hay lugar para un ladrón.
-¿Y quien eres tú para impedirme entrar?
-Soy el apóstol Pedro.
-¡Ah, te conozco! Eres el que por miedo renegaste de Jesús tres veces antes que cante el gallo. Yo se eso, amigo.
Pedro, rojo de vergüenza, se fue a buscar a san Pablo y le dijo:
-Pablo, ve tu a hablar con el que está a la puerta.
San Pablo puso la cabeza fuera de la puerta y preguntó
-¿Quién está allí?
-Soy un ladrón, déjame entrar en el Paraíso.
-No hay lugar para ladrones, dijo san Pablo
-¿Y tú quién eres?
Soy el apóstol Pablo
-¡Ah, Pablo! TU eres el que iba de Jerusalén a Damasco para matar a los cristianos ¡Y ahora estás en el Paraíso!
Pablo, enrojeció. Se retiró confuso y contó todo esto a san Pedro. Este le dijo:
-Vamos a mandar a la puerta al evangelista san Juan. El nunca renegó de Jesús, y lo acompañó hasta el final. El podrá hablar sin que lo reproche el ladrón.
Juan se asomó a la puerta.
-¿Quién está allí? –preguntó
-Soy un ladrón. Déjame entrar al Cielo.
-Puedes golpear la puerta todo lo que quieras, pero no hay lugares para gente como tú.
-¿Y quién eres para no dejarme entrar?
-Soy el evangelista san Juan.
-¡Ah, eres san Juan! Entonces eres el que escribió “Todo el que venga a mí no lo echaré fuera”.
Hace dos horas que llamo y pido, pero ninguno me hace entrar. Si no me dejas pasar regresaré a la Tierra y contaré a todos que es mentira lo que escribiste en tu evangelio.
Juan se admiró de lo que decía ese hombre y dejó entrar al ladrón al Paraíso.
 
La oración vocal dice “verdaderas enormidades”. El texto que pronunciamos tiene también “consecuentes enormidades”. Ahora o en la hora de la eternidad.
 
 
 
León o gacela
 
El segundo secreto de la oración vocal consiste en “tomarse en serio lo que rezamos”, a fin de que las palabras modelen el alma y el corazón, que mentalicen la jornada y la vida entera. Decir lo que decimos, sinceramente. Y que la sinceridad nos haga coincidir con lo que Dios quiso decir en esa oración y para tal fin. Tomarse en serio de lo que rezamos.
Recuerdo que la primera vez que viajé en avión, un amigo me dio este útil consejo: “Cuando el aparato, después de carretear, se eleve apuntando hacia arriba, no te eches para adelante en el asiento, como compensando la inclinación. Abandónate a la maniobra”. No olvidaré ese consejo porque es casi una definición de la vida espiritual. ¿No consiste, acaso, en abandonarse a la maniobra divina?
La oración vocal debe ser “abandonada”, relajante y relajada a su vez. Sin tensiones.
 
Dicen, que cada mañana, en África, un león se despierta. Sabe que debe correr más veloz que la gacela, para capturarla o morirá de hambre.
Cada mañana, en África, una gacela se despierta. Sabe que debe correr más veloz que el león o perderá su vida.
Cada mañana, cuando te despiertes y reces, no te preguntes si eres león o gacela. Sólo corre al ritmo de tu oración, porque “la oración es de cada uno”, al decir de santa Teresa de Jesús.
 
 
La calidad espiritual
 
No importa qué se rece: lo que interesa es la calidad espiritual del que reza. No hay que confundir el instrumento con la música. Con un instrumento defectuoso, un gran artista puede hacer maravillas; un neófito en música, con un excelente instrumento musical en sus manos, no producirá más que gruñidos. La persona trasciende el instrumento y es ella y sus cualidades (o defectos) lo que prima en el resultado. En materia de oración lo decisivo es la calidad espiritual de quien emplea y pone en práctica, las oraciones ya hechas y no lo pre-escrito en sí, como si obrara mágicamente.
Cuenta, a propósito Tolstoi, que cierta vez un obispo fue de visita a los monasterios ortodoxos de la costa ártica para cerciorarse de la observancia de la disciplina y la oración Llegó a un pobre monasterio donde los monjes eran tan santos como ignorantes, que ni siquiera sabían el Padrenuestro. El obispo permaneció allí unos días para enseñarles y luego se marchó. Cuando el barco que lo regresaba estaba a algunas leguas de la costa, el obispo, vio con gran sorpresa que tres monjes llegaban corriendo sobre las olas del mar. Desde cubierta, el obispo, pálido por el espectáculo al que asistía, se inclinó hacia ellos y les preguntó:
-¿Qué vienen hacer aquí?
-Perdónanos- contestaron los monjes a coro- pero hemos olvidado la oración que nos enseñaste.
-Hermanos –contestó el obispo- vuelvan a su monasterio ¡Ya saben bastante con lo que saben!
 
Estos monjes no sabían el Padrenuestro, pero en su manera de entrar en contacto con Dios en la oración, arriesgaban el alma con una sencillez y una confianza tan admirables que superaban la tudeza de lo que mascullaban...
 
Me relató una vez un misionero en las provincias bolivianas que, cada año, un anciano indígena bajaba los cerros hacia el pequeño santuario mariano y delante de la imagen de Nuestra Señora, le recitaba íntegro las preguntas y respuestas del catecismo que había aprendido en su niñez. Iletrado, su comunicación con Dios, estaba atada a su memoria. En el relato, el misionero me confió que tuvo algo de “envidia” ante la oración profunda de ese hombre.
 
La persona, trasciende siempre al instrumento. La persona trasciende a la oración que reza.
 
 
Sin tensión, en paz
 
Sería imposible leer los versos de Machado, de Lorca y de Salinas, si el estado de ánimo del lector no tiene o no busca, al menos, un poco de paz. El Libro del buen amor, del Arcipreste de Hita sería incomprensible, las Coplas de Jorge Manrique no comunicarían nada, y Hernández trasmitiría sólo particulares palabras en su Martín Fierro, si el que lee no adquiere una cierta “activa pasividad de espíritu”.
San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila requieren, al menos, una pizca de sosiego en la casa interior.
¿Y que decir cuando se reza?
La plegaria necesita un ambiente donde flote el sentido de la paternidad de Dios, para que cada uno se libre de sí mismo y se ponga en contacto con el Cielo. La oración debe ser sin tensiones. Se han de abrir nuestros poros a Dios, relajadamente.
Quizá parezca esto una verdad de Perogrullo, sin embargo, los frecuentes aburrimientos en la oración vocal, proceden de la falta de paz del que reza. Aunque sea una verdad sabida, es importante, que cada uno lo descubra por sí mismo. Goethe decía: “Lo que has recibido, conquístalo para poseerlo”.
Quiero que mi interior sea un lago sereno
donde se espeje Dios. Busco la paz en mi interior.
De nada sirve que no haya guerra entre los pueblos,
si hay marejada en mi pobre corazón.
 
Rezar sin tensión significa recordar que Dios ha creado el mundo mediante unas semillas que se fueron desarrollando; que nada hay hecho y todo va haciéndose. Ponerse en paz es hacer guerra a la ansiedad.
 
El buen tiempo o la tormenta están dentro de ti. No están afuera. Tendrás calor o frío, según brille o no el sol del amor en tu alma.
Si amas serás una luminosa antorcha, si no, arderás sin llama, dejando el homo negro que llena de hollín a los demás.
Si amas tu oración moverá montañas.
Si no amas tú mismo te convertirás en una montaña. Te irás fosilizando.
Irás perdiendo el luminoso sabor que da la vida a tu vida.
Si no amas, tu egoísmo podrá ser tan grande que a tu paso se apaguen las estrellas.
Si no tienes sosiego, pregúntate por qué. En la respuesta estará el resultado de tu oración.
El Señor es mi Pastor.
Nada me puede faltar.
 

 

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