Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                                                             |    |    |    |
Pascua

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Padre Ariel Busso
Homilía de Misa de Pascua de Resurrección



La pascua es una fiesta solemne celebrada por los judíos en la primavera boreal, el día catorce de la primera luna de su año religioso, en memoria de la salida de Egipto, según narra en Éxodo 12, en el SÉDER (orden) de PÉSAJ (Pascua). Se trata de una celebración que transcurre en una mesa, en el desarrollo de una comida festiva.
 
Alrededor de la mesa se cuenta la epopeya del que salvó a su pueblo, después de haber pasado por la muerte. Dice el ritual del Pésaj: “pero esta es mi historia: el Señor me liberó y me sigue liberando en el hoy de mi historia”.
 
Los evangelios narran, a su vez, que la institución de la Eucaristía tuvo lugar durante la celebración de la Pascua, fiesta solemne celebrada todos los años, el primer domingo que sigue a la décima cuarta noche de la luna nueva de marzo, en memoria de la resurrección de Jesucristo.
 
Jesús celebró la Pascua judía y, en este contexto, instituyó la Eucaristía como anticipación y memorial de su muerte y resurrección, a la cual se le denomina Pascua cristiana.
 
Por eso mismo, el domingo, primer día de la semana, es conocido como la Pascua semanal y el triduo pascual que estamos celebrando; viernes santo, sábado y la madrugada del domingo, es el punto culminante del misterio de la Salvación.
 
El tercer mandamiento del decálogo proclama la Santidad del Sábado: “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor”. La Biblia hace mención a la Creación: “Hizo en seis días el cielo y la tierra, el mar y cuanto lo contiene, y el séptimo descansó”. Confió Dios a Israel el sábado, como “signo de la alianza inquebrantable”. Y como la acción de Dios es modelo de la acción humana, también los hombres, especialmente los pobres, deben “recobrar aliento”. En la Biblia, el domingo es también el día de protesta contra la servidumbre del trabajo y la idolatría del dinero.
 
En los evangelios se relatan numerosos incidentes en que Jesús fue acusado de quebrantar la ley del sábado, pero nunca faltó a la santidad de ese día. Anunció con compasión, que el sábado era para el hombre y no al revés; porque es lícito hacer el bien en vez del mal. El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios.
 
Pero Jesús resucitó de entre los muertos “el primer día de la semana”. Cristo hace la “nueva creación” inaugurada con su Resurrección. Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor.
 
El domingo cristiano se distingue expresamente del sábado antiguo. Realza absolutamente la vida espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios. Cumple también la prescripción moral inscrita en el corazón del hombre de dar a Dios un culto exterior, visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia los hombres.
 
La Misa del domingo tiene un valor principalísimo en la vida de la Iglesia. Esta práctica, la de celebrar la Eucaristía en el día domingo, se remonta a los comienzas de la edad apostólica. Ya en la Carta a los Hebreos se dice: “No abandonen vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, anímense mutuamente”. Dice también al respecto san Juan Crisóstomo: “No puedes orar en casa como en el templo, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se eleva a Dios como de un solo corazón. Hay en ello algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los Sacerdotes”. Faltar deliberadamente a esta celebración dominical constituye pecado grave. La indiferencia es el comienzo de la asedia espiritual.
 
Santificar el domingo y los días de fiesta exigen un esfuerzo común. Cada cristiano debe evitar imponer, sin necesidad, al otro, lo que le impediría guardar el día del Señor. Cuando las costumbres y los compromisos sociales requieren de algún trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de dedicar un tiempo, suprimirse al descanso y al culto.
 
El mundo del hombre secularizado, en una sociedad donde cada día hay un olvido de Dios, el día domingo y las fiestas religiosas pasan desapercibidas o se transforman en vulgares recuerdos.
 
Es que hemos perdido la noción de fiesta. Ubi charitas gaudiit ibi est laetitia: allí donde se goza el amor, allí hay alegría o fiesta. Es difícil hablar de fiesta y gozarla cuando un pueblo está dividido o cuando la familia no es cultivo del amor que genera la fiesta. Sólo la caridad, en sentido de entrega, anima la fiesta. El egoísmo busca “diversión”; el amor, el gozo de la fiesta.
 
A lo largo de cada domingo del año, la resurrección de Cristo se perpetúa, se actualiza. El sentido permanente de fiesta se extiende en la cruz, hasta que Él vuelva. Por eso el domingo de Pascua de Resurrección, le recuerda al cristiano que hay vida tras la vida. Cada hombre es inmortal y la puerta de la inmortalidad es este día en que Cristo ha resucitado.
 
Una pregunta: ¿Valdrá la pena que hayamos preparado una vez más la fiesta de la Pascua? ¿No quedaremos frustrados otra vez en nuestras expectativas? Sólo el hombre de fe tiene respuestas positivas a estas preguntas. Sólo el hombre de fe y de esperanza no se muestra displicente y descuidado frente a la Promesa de la Vida Eterna. Se repita con San Pablo: “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos”. El hombre de fe, encuentra en esta noche la razón de ser de su vida y de su muerte, la fundamentación real del porqué de seguir luchando aún “contra toda esperanza”, a semejanza de Moisés.
 
¡Cristo ha resucitado! El mundo entero celebra esta noche, el triunfo de la vida. Hagamos el firme propósito para que el domingo, el DOMINUS DIA, sea quien mantenga vivo esta Verdad, en la Misa dominical y el descanso familiar. De parte de los sacerdotes, nuestra misión no puede concluir en que los fieles mueran en gracia de Dios: debemos empeñarnos en que todos vivan en gracia de Dios. De allí el llamado en esta Pascua a recordar el precepto de la observancia del domingo. Con inmensa alegría y esperanza vemos que las familias numerosas son las que más pueblan nuestras Eucaristías dominicales, también donde el DOMINUS DIA comienza fijamente por la presencia en el templo. La constancia en la fracción del pan en comunidad es el signo de una familia que lucha esperanzadamente con las promesas de la fe recibida.
 
No se participa de la Misa dominical porque se es perfecto. El cristiano es siempre un pecador perdonado que, sintiéndose imperfecto, quiere seguir en el camino del perdón.
 
Queridos amigos, el “amor de Cristo nos apremia”, al decir de San Pablo. Un lugar en el Cielo está vacío hasta que habremos llegado. La Pascua de Cristo nos abrió el camino con su Resurrección de entre los muertos. Quiera Dios que cada domingo celebremos esta gratuita elección. Ahora y siempre. Así sea.
 

 

 

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