Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                                                             |    |    |    |
Pascua

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 Pascua de Resurrección

 Amor es Xto Resucitado

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 El Día del Señor

 Reflexiones s/oración vocal

 Una presencia que cambia

 La Cena de Emaús

 Ser y pertenecer

 

       Pascua de Resurrección

 

              Según una opinión muy extendida, la resurrección es el final de una historia. O, mejor dicho, el epílogo. El drama se desarrolla enteramente en la cruz y concluye a las 3 de la tarde del viernes santo. La Pascua de Resurrección nos informa sobre el destino triunfante de un héroe después de cumplir una aventura.

            Sin embargo, no es así como se presenta la obra de Salvación.

  

 

EN LA BIBLIA

 

            Varios Salmos describen el sufrimiento de Cristo y una salvación que se asemeja a la resurrección. Según los salmistas, el justo, acosado por sus enemigos, desciende de sufrimientos en sufrimientos hasta las puertas de los infiernos. Pero su oración y la justicia de su causa encuentran eco en Dios, que extrae al Servidor de los abismos de la prueba.

            Más rico en signos es el último de los cánticos del Siervo sufriente, en el libro del profeta Isaías (Is. 52,13-53,12) donde se profetiza la vida y la muerte de Jesús.

Aquí, la pasión de Cristo no se debe ya únicamente a la maldad de los hombres, sino que sirve al designio de salvar a la humanidad.

Según los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, la Pascua de Resurrección, es tan importante que les obliga a releer la vida de su Maestro. Es como si dijeran ¡De modo que ese Jesús que conocimos, de antaño, no era un hombre cualquiera!. ¡Era el Mesías!.

En cambio, para San Juan, la historia de Jesús es contemplada a través de la Gloria de su Resurrección Pascual. Es como si viera toda la vida, palabra y obra de Cristo, con la luz que le produce Cristo Resucitado que elimina los últimos vestigios de las tinieblas.

 

 

 

¿Y NOSOTROS?

 

            Esto esta bien. Así es. Pero ¿Dónde entramos nosotros en este Misterio de la Resurrección?.

            La primera forma de involucrarnos es por la fe. A la fe le corresponde el papel de recibir aquello hecho por Jesucristo. Por la fe encontramos a Jesucristo, no sólo sus hechos. Por la fe encontramos a Alguien. La fe nos une a una Persona; comenzamos a existir en ese Misterio por la fe.

            Así como es imposible construir una nave sin clavos, así es imposible conocer a Jesucristo y sus Misterios, sin fe. Para ello no es necesario ni llamar al timbre, la puerta de Dios siempre está entreabierta.

 

            Pero no basta la fe. Es cierto que sin la fe, la Resurrección sería un acontecimiento vacío para mí. Pero creer en ese Misterio es abrirse a la vida de caridad. La caridad es una fe que se confirma.

 

            Un viejo relato ruso cuenta que un hombre que tenía mucha fe y que era muy pobre, trabajó con mucho empeño toda su vida. Trabajaba y trabajaba hasta que se transformó en un terrateniente. Tanto trabajó –y honradamente- que hasta no se casó para dedicarle a la tierra sus manos y sus afectos.

            Cuando le llegó la hora de la muerte, llamó a sus siervos y siervas y, entre ellos, al capataz.

            A éste le dijo:

-         Ahí, en ese armario, hay una bolsa de monedas de oro, ponlo en mis pies y luego, cuando me muera, la entierras conmigo.

Murió el hombre poco después y el capataz hizo lo que su patrón le había ordenado.

            El alma del muerto se puso a caminar, pero apenas podía avanzar porque las monedas de oro pesaban demasiado. Siguió dificultosamente su marcha hasta que finalmente llegó hasta las puertas del Cielo. Una vez allí, le pidió a san Pedro que le dejara entrar.

            El santo portero le preguntó si llevaba dinero consigo. El terrateniente se alegró por haber sido tan previsor, y respondió que sí.

            San Pedro le dejó entrar. El hombre preguntó donde podría encontrar algo de beber después de un viaje tan fatigoso. San Pedro le señaló el gran almacén del Cielo y le dijo que allí había de todo y en abundancia. Cuando el hombre le preguntó por el precio, le contestó que todo costaba lo mismo: diez centavos.

            Entonces, tomó su bolsa, llena de monedas de oro y entregó una al vendedor del gran almacén del Cielo. Pero éste se lo rechazó.

            Es dinero honrado, conseguido con trabajo y sudor –dijo el terrateniente. Además trabajé teniendo mucha fe.

-         No digo que no –le respondió el vendedor celestial- pero aquí sólo vale el dinero que durante la vida en la tierra se ha dado a los demás por amor. 

El terrateniente no tenía consigo esa clase de dinero. Así que su alma tuvo que volverse, sedienta y hambrienta, y abandonar el Cielo.

            Lo que el otro espera de nosotros, es lo que Dios espera de nosotros, decía Georges Bernanos.

 

            Es que la Resurrección de Cristo, a la que nos unimos por la fe, nos conduce inexorablemente a la caridad. Caridad que no consiste en “ser” feliz, sino en “hacer” feliz.

    

     “Si el Amor te eligiera

     y se dignara llegar hasta tu puerta y ser tu huésped,

     ¡Cuidado con abrirle e invitarle,

     si quieres ser feliz como eras antes!.

     Porque no entra solo:

     Tras él vienen los ángeles de la niebla;

     tu huésped solitario, el Amor,

sueña con los fracasados y los desposeídos,

con los tristes y con el dolor infinito de la vida.

     El Amor despertará en ti deseos que nunca podrás olvidar,

     te mostrará estrellas que nunca viste antes;

     te hará compartir en adelante,

     el peso de la divina tristeza sobre el mundo.

     ¡Listo fuiste si no le abriste!.

     Y sin embargo:

     ¡Qué pobre, si lo echaste de un portazo!”.

                                                           (S.R. Lysaght).

 

            La Resurrección de Jesucristo que nos llama por la fe le otorga sentido a las obras del amor.

            Si puedo hacer que un corazón no se destroce, no habré vivido en vano.

           Si puedo aliviar un dolor, suavizar una pena o hacer que un pájaro desvalido vuelva al nido, no habré vivido en vano.

  

 

RE-ORIENTAR NUESTROS CORAZONES

 

            En una vieja película, creo que en West side story, hay un pequeño diálogo que da mucho que pensar. Tiene lugar en un supermercado donde se han reunido los miembros de una banda de ladrones. Hablan entre ellos y se jactan de un robo que habían cometido. De pronto, el viejo dueño del local que había escuchado la conversación, no puede aguantarlo más, se vuelve hacia ellos y les grita:

            -“¡Ustedes... Ustedes, han hecho de este mundo una porquería!.

            A lo que uno de la banda le replica:

            -Es que... lo hemos encontrado así”.

 

            También el mal es una realidad. Y convive al compás de la bondad de la Resurrección. Estamos rodeados de egoísmo, carencia de amor, de justicia.

Las preguntas sobre esta realidad es triple:

            ¿Qué he hecho por ti, Cristo?

            ¿Qué hago por ti, Cristo?

            ¿Qué voy a hacer por ti, Cristo?.

            Todo cristiano que quiera vivir responsablemente, debería leer dos cosas:

el periódico de cada día y los Evangelios y san Pablo. Y nunca leer el primero sin el segundo. Si leemos sólo los periódicos, si miramos solamente los noticieros de la TV. no nos queda otra que decir como el profeta Job, en su desgracia:

           Me rindo, estoy cansado de vivir.

           Déjenme solo.

           Mi vida no tiene sentido.

            Pero si leemos también la Palabra de Dios, escucharemos otra vez, que dice:

           “No te dejes vencer por el mal,

           antes vence el mal con el bien”

                                   (San Pablo).

 

            Re-orientar nuestros corazones.

            La Resurrección de Jesucristo no invade de una sola vez y por completo el plano de nuestra existencia. Queda en el alma siempre un resabio de viejas cosas que deben convertirse aún en el “hombre nuevo”. Es preciso amputar los miembros del hombre terreno. Este esfuerzo tiene por motor la fuerza de la Resurrección:

“Si vivimos según el Espíritu,

obremos también según el impulso del Espíritu”. 

            Por eso mismo, es necesario comprometerse, tomar la decisión, pero comprometerse al fin.

            Un pensador sueco, Soren Kierkegaard, así lo expresa:

“Por jovial e indescriptible que sea el amor, siente la necesidad de atarse. Solamente cuando el amor es un deber está eternamente asegurado. Esta seguridad que confiere la eternidad disipa toda inquietud y hace al amor perfecto.

Porque el amor inmediato que se contenta con existir, no puede verse libre de cierta angustia, la de poder cambiar.

Por el contrario, el verdadero amor que se ha hecho eterno, al convertirse en deber, no cambia jamás. Solamente cuando el amor es deber es también eternamente libre, en una dependencia feliz”.

 

            Creer en la Resurrección de Cristo y llevarla a la práctica es correr riesgos.

            Contaba una mamá que acostando a su hija pequeña, ésta le miró y le dijo muy solemnemente:

-         Ya sabes mamá, que yo arriesgaría mi vida por vos,

“La apreté entre mis brazos –decía la mamá- y le dije:

-         Yo también, mi querida, arriesgaría mi vida por vos.

“Hubo un momento de silencio y entonces, desde mi hombro donde reposaba su cabeza, me dijo:

-Mamá sólo quiero preguntarte una cosa.

Decime –dije.

-         ¿Qué quiere decir “arriesgar”?.

¿Tenemos conciencia de lo que significa el riesgo?.

Arriesgar es tener coraje para dedicar toda una vida, más que la necesidad de comprobar el propio coraje.

Al fin y al cabo, Dios nos visita con frecuencia, pero muchas veces, somos nosotros los que estamos fuera de casa.

 

Hemos vivido la Semana Santa, hemos recorrido el camino del Via Crucis, a semejanza de Jesucristo. Somos concientes que la Semana Santa es el signo de una vida humana que clama desde sus dolores el Domingo de Resurrección. Valga como expresión de realidad, la reflexión que Francisco Luis Bernardez, escribe con anhelo y esperanza:

 

Si para recobrar lo recobrado

debí perder primero lo perdido,

si para conseguir lo conseguido

tuve que soportar lo soportado.

 

Si para estar ahora enamorado

fue menester haber estado herido,

tengo por bien sufrido lo sufrido,

tengo por bien llorado lo llorado.

 

Porque después de todo he comprobado

que no goza bien de lo gozado

sino después de haberlo padecido.

 

Porque después de todo he comprendido

que lo que el árbol tiene de florido

vive de lo que tiene sepultado.

 

                          Que así sea.

 

 

                                                                                  Pbro. Ariel David Busso

                                                                                  Párroco

                                                                                         Abril de 2004      


 

 

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