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La majestad de la vida

por el Pbro. Dr. Ariel David Busso

 

La Navidad es el nacimiento absoluto que refleja y asume, ilumina y redime, bendice y consagra todos los nacimientos anteriores a ella y a todos los que vendrían después. Cada hombre que venga a la luz repite el milagro de Cristo; porque es Dios quien decide ese Nacimiento; es Él quien quiere esa vida. Es precisamente cada uno de esos nacimientos, cada una de esas vidas, ninguna excluída, que lo ha llevado, desde siempre, a encarnarse.
 

En esta Navidad es necesario recordar la “majestad de la vida”. Hay una esencial fusión entre el Nacimiento emblemático de Jesucristo y todos los demás nacimientos: Jesús nació, es decir que quiso tener un inicio como todas las demás criaturas. Él, que era eterno, compartió con nosotros el tiempo, la historia y la carne. Y como todos nosotros tuvo también el final de la muerte.
 

De ese modo, el tiempo, la historia, la carne y la muerte de cada hombre ha sido santificada. Jesucristo puso en cada nacimiento y en cada muerte la semilla divina. La Navidad del Hijo del hombre es la luz que refleja la “Majestad de la Vida”.
 

Se debe amar la vida de los “vivientes”, desde su concepción hasta su muerte natural, expresada en su nacimiento, porque en cada vida se celebra una epifanía de Dios, una revelación de su participación de nuestra realidad, una revelación de su amor infinito. Donde hay cuerpo humano vivo, hay persona humana y, por lo tanto, dignidad humana inviolable.
 

Los descartados

Es absurdo comportarse según una única rígida ley sobre lo que debe conservarse o no, e incluir en ella a la vida humana: ley que manda conservar lo que es útil y desechar lo que no lo es considerado como tal.
 

Descartar algunas vidas es no saber amar. Y si no se es amado es una desgracia, no saber amar es una tragedia.
 

¿Quién no imagina alguna vez cuánto es amarga una jornada en la cual no hay nadie que te recuerde, que te diga una palabra, que piense en serio en su soledad? Y sin embargo, hay personas que por años siguen de ese modo, con esa “desgracia”, que a veces dura hasta la muerte, donde la puerta de la eternidad se abra con el olvido de los que quedan. Pero esta es una “desgracia”, un “infortunio”; que es menos grave que la otra, la de no saber amar, que constituye siempre una “tragedia”. Este es el caso cuando se descartan a las personas, cuando se las cuenta como “sombras molestas” del festín de la vida.
 

Decía Thomas Mann que “la felicidad no está en ser amados: esto puede crear a veces sólo satisfacción y vanidad. La felicidad está en amar”. Cuando se ha tenido la suerte de haber amado intensamente se gasta uno la vida para encontrar de nuevo, aquél ardor y aquella luz.
 

Toda vida es sagrada. Aún aquella que parece inútil a los ojos de la mayoría; aún aquella que con sólo mirarla ya hace sufrir.
 

Es siempre mejor haber amado y sufrir o perder o equivocarse, que no haber nunca amado, eligiendo el descarte de una vida.

 

Tener a los otros dentro de sí
 

La vida es estimada más y mejor cuando existe un fuerte sentido de pertenencia. La pertenencia no es el conjunto casual de personal, no es un consenso o una aparente agregación. La pertenencia es tener a los otros dentro de sí.

Esto es fruto de una experiencia personal. Si me siento fuera, el otro me importa menos, o quizás nada.
 

La verdadera pertenencia a la existencia, obra de Dios, es la que me solidariza con el otro, con su obrar, con su sentir, pero sobre todo con su vida. Tengo por seguro que su existencia tiene algo de la mía. Y viceversa.
 

Cuando cortas una flor se apaga una estrella.
Si pertenezco, siento también que tengo corazón.

Dice Tolstoi que un hombre puede ignorar de tener un corazón; pero sin corazón, como sin Dios, no puede vivir.
 

No es difícil ver como los héroes de hoy, de nuestras películas, son figuras capaces de ser impasibles o insensibles, cínicos en el programar su propio suceso, aún a costa de pisotear toda moral y todo respeto. Pero deberá recordarse que una persona con el corazón duro frente a la vida ajena, decidiendo quién continúa o no a vivir, perderá pronto también su propia dignidad.
 

En las grandes cosas del espíritu, como lo es la vida, nada hay sin el corazón. Allí la razón del por qué de la vida se hace dulce y delicado, sobrio e intenso.
 

En esto no podemos ser buenos sólo “a mitad”, porque haremos del mundo una inagotable mezcla de maldades.
 

El clavo debe ser martillado hasta el fondo. En el viejo film de Michael Cacoyannis, Anthony Quinn interpretaba el personaje creado por Nikos Kazantzakis, Zorba el griego, ofrece una lección contra todo egoísmo por interés personal. Zorba, desea lo mejor para la vida. Y la celebra. No deja nada “a mitad”. “La inconclusa” sólo fue buena para Schubert.
 

Zorba daba la imagen de dedicarse a la vida, todo entero. Por ello brindaba, reía, sufría y amaba. Zorba el griego, celebraba cada segundo vital.
 

La vida es obra de Dios. Es su obra infinita. La más bella ¿Por qué los hombres la afeamos, la herimos, y a veces hasta la matamos?
 

Demasiada omisión tenemos los cristianos en orden a la vida. Aunque, a decir vedad, a veces estamos solos defendiéndola, aún a costa de soledad e incomprensión.

 

¡Nuevos ojos!
 

¡Nuevos ojos para la vida! Los verdaderos viajes de exploración no consisten en descubrir nuevos paisajes, sino de crearse nuevos ojos. Más que un mundo nuevo, necesitamos renovar la vista para mirar el mundo.
 

Las maravillas del mundo ya están hechas, como la vida. Ahora se necesitan la maravilla del hombre: su capacidad de ver, de asombrarse frente al misterio de la existencia. Y descubrirlo. Sí, descubrirlo. Hay miles de viajeros que dan vuelta por el mundo sin entender nada e incomodándose de todo. También sucede esto con la vida. Si se tiene el ojo superficial, sólo se ven los hechos y cosas que sirven para “poseer”; lo demás molesta. Pero en cambio, si se penetra con la mirada de profundidad, se acercan secretos y misterios, bellezas y sorpresas encantadoras. Más aún: se encuentra muchas veces esa felicidad que se considera imposible conseguir con el ojo de la cotidianidad. Hay una buena frase de Jesús que lo afirma: “Felices ustedes porque ven y porque oyen”. Saber ver –y no mirar solamente- el misterio de la vida es un arte; más aún: es una elección de la mente y de la voluntad que da color y sentido a la propia.
 

Nuestros ojos para ver la vida desde su concepción a la muerte natural de todos, sin exclusión, ni elección, necesitan renovarse.


 

Transcurrimos una generación que ama poco la vida. El vientre materno ya no es el lugar más seguro; los cuidados intensivos pueden transformarse en mortales trampas de “terminar por presunta piedad”; las leyes de tránsito son apenas tenues sugerencias, y así continúa.
 

¡No es así como se celebra la vida! El nacimiento de Jesucristo es la emblemática santificación de la existencia de todos desde la vida humana, desde el inicio hasta el suspiro final. Nervo veneró la vida como regalo de Dios:


“Muy cerca de mi ocaso,
yo te bendigo vida
porque nunca me diste
ni esperanza fallida, ni pena inmerecida
porque veo al final”.


 

Madre “de todo principio”
 

María es madre del Dios transformado en Niño, y por eso de toda la creación. Es, “Madre de todo principio”, que comenzó el día en que el principio fue penetrado en Ella. Es Madre de toda hora, de todo minuto, de todo segundo vital. Es un canto intenso a la Vida, a la maternidad, al profundo misterio de la existencia, y sobre todo a la existencia humana.
 

La vida es irradiación de lo infinito; la Virgen es signo claro y preciso de nuestra condición de criaturas. Por eso, en la fiesta de la Navidad del Señor, María está unida a todo Misterio de la vida, a toda concepción, a cada embarazo, a cada nacimiento, a cualquier cuerpo enfermo, a toda salud, a cada muerte.
 

De allí en más surge una semilla de eternidad, donde los hombres no esperamos la muerte como el final de la vida, sino como la meta de nuestra redención.
 


Oh María,
aurora del mundo nuevo
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la majestad de la Vida:
de los por nacer, de los niños,
de los hombres y mujeres víctimas
de la violencia humana,
de los ancianos y enfermos
muertos por la indiferencia
o de la presunta piedad.
Alcanza la gracia de recibir la vida
como un don siempre nuevo
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia
y renovada gratitud.  

Así sea.  

 

 

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