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Existe un Salvador

Por el Pbro. Dr. Ariel David Busso
 

El adviento transforma para el creyente las jornadas tristes en días de ilusiones. Los romanos, en la celebración de los Natalis invictis, en el solsticio de invierno, pasada la primera quincena de diciembre, conjuraban toda clase de males que creaba la estación del frío y la extensión de las noches invernales. Era como alejar la maldad y la muerte mediante la vuelta del sol, señal de vida. “Vuelve el sol, los días se alargan por ello, entonces, celebrémoslo”.
Se comprende que ante la ignorancia del verdadero día aniversario del nacimiento de Cristo, el cristianismo haya transformado la fiesta pagana en el nacimiento histórico de quien es la Luz verdadera que ilumina el mundo, el “Sol que nace de lo alto”, como lo llama el profeta Simeón en la escena de la Presentación del Señor en el Templo.
La Navidad se transforma en una fiesta que le recuerda al mundo que vino un Salvador porque tiene necesidad de ser salvado.
 
¿Qué salvador para el hombre?
 
Cuando se lee el canto de la Calenda: “Muchos siglos antes de la Creación del mundo…el año 42 del imperio de César Augusto…Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, pasados nueve meses, nació en Belén de Judea de la Virgen María, hecho hombre”, no puedo negar que experimento lo que llaman la “unción de la fe”, esa repentina claridad interior que me dice: “¡Es verdad, Cristo ha venido a la Tierra, es verdad!”.
El contenido de la salvación de Cristo, nacido en Belén, consiste fundamentalmente en el perdón de los pecados y el otorgamiento de la vida nueva, de la libertad interior, por medio de la Gracia. Esa es la razón por la cual, la teología católica enseña el por qué vino un salvador al mundo.
Hoy, el creyente, se encuentra con una doble postura ante la salvación: la que otorga la religión, con una salvación que viene de Jesucristo, y la que el hombre puede darse a sí mismo por la evolución de su propia ciencia o por las nuevas formas de religión rápida.
Para estas nuevas religiones, cuyo fondo común se encuentra en el movimiento New Age, la salvación no viene desde afuera, sino que está potencialmente en el hombre mismo. Consiste en entrar en sintonía y en vibración con la energía y con la vida de todo el cosmos. Por lo tanto no hay necesidad de un salvador, a lo sumo son necesarios maestros que enseñen el camino de la autorrealización.
 
Pero hay otro desafío en el mundo contemporáneo, donde el problema de la salvación ni siquiera se plantea. La única salvación de la que se puede hablar es la ofrecida por la ciencia y consiste en el conocimiento de cómo son las cosas, sin las llamadas “ilusiones autoconsoladoras”. El biólogo francés Jacques Monod, dice al respecto. “Las sociedades modernas están construidas sobre la ciencia. A ella se debe su riqueza, su poder y la certeza de que riquezas y poderes aún mayores serán accesibles al hombre, si él lo quiere…” Por lo tanto, para llegar a la salvación, es necesario avanzar en el conocimiento científico que, una a una, terminará por descubrir todas las verdades para darle al hombre poder y bienestar.
La intención de esta cita no es para refutar ahora esta teoría, sino para dar una idea del contexto cultural en que estamos llamados actualmente a anunciar la salvación de Cristo, nacido de María y celebrado en la Navidad. Se trata de una sociedad que ha hecho un viraje desde la aceptación de Dios como Creador y salvador a considerar el ombligo del hombre como centro de su universo presente y futuro.
 
¿De qué salva Jesucristo?
 
Además de lo que ya se dijo sobre la salvación fundamental absoluta obrada por Jesucristo, la venida de El al mundo humano salva al hombre del espacio y del tiempo.

Nos salva del espacio.
El hombre antiguo creía en la existencia de “siete cielos”, uno arriba del otro. Esta creencia, por los datos de la ciencia, se ha convertido en 100 millones de galaxias, cada una de ellas compuesta en 100 millones de estrellas, distantes una de otras en miles de millones de años luz. Los 4000 años atribuidos desde la Creación del mundo, en la Biblia, se han transformado hoy en 14 mil millones de años desde el Big-bang o como se llame la patada inicial de Dios.
La fe en Cristo no solamente resiste a este choque, sino que ofrece a quien cree en El, la posibilidad de sentirse en su propia casa, en las dilatadas dimensiones del universo, libre y gozoso como un niño en brazos de su madre.
La fe en Cristo nos salva de la inmensidad del espacio. Vivimos en la grandeza de un universo del cual somos incapaces de imaginar ni cuantificar. Simplemente le llamamos “infinito”. Es un universo que sigue su curso, ignorante de lo que pasa en la Tierra. Al creyente no le hace mella si Dios creó el mundo fijo o evolutivo, si son miles o millones de años. Sólo le interesa que es obra de una ley eterna, razón de ser de todas las cosas.
Pero en fin, si bien enloquece al pensador, no incide mucho en el hombre corriente. Lo que le influye a este hombre de la calle y aunque no se haya detenido a pensar, es que, en la misma Tierra, la comunicación de masas, ha dilatado el espacio alrededor de cada hombre, haciéndolo sentir cada vez más pequeño e insignificante, como un actor desorientado en una inmensa escena.
El cine, la tv, el internet, el satélite, nos ponen ante los ojos lo que podríamos ser y no somos; lo que otros hacen, pero no nosotros. Nace así una sensación de angustiada frustración y aceptación pasiva de su propia suerte o, por el contrario, una necesidad de salir del anonimato e imponerse a la atención de los demás, a semejanza de lo que ve. En el primer caso se vive el reflejo de la vida ajena (Se compran más revistas que traen relatos de la vida íntima de los que actúan en tv que libros de textos escolares, reemplazados por fotocopias); en el segundo caso se reduce la vida a ser “triunfador”, a tener una carrera.
La fe en Cristo nos libera de la necesidad de “abrirse paso”, de la envidia de los otros, de ser alguien. La venida de Jesucristo en la Encarnación, mantenida viva en los siglos por la Eucaristía, hace que cada uno ocupe el primer lugar. Con Cristo en el corazón, uno se siente el centro del mundo, incluso en el pueblo más perdido de la Tierra. Nuestra gente común, en los santuarios de la Virgen, no le importa quien es quién; están allí, protegidos y resguardados por el misterio de la Encarnación. Esto explica por qué tantos creyentes pueden vivir ignorados por todos, desempeñar los oficios más humildes del mundo y ser, en esta situación, las personas más felices y realizadas de la Tierra. Recuerdo a una desconocida beata, llamada María de Jesús Crucificado, conocida como la “pequeña árabe” por su origen palestino y escasa estatura que, al regresar a su sitio después de tomar la comunión, decía en voz baja: “Tengo todo, ahora tengo todo”.
 

Cristo nos salva del tiempo.
Es el segundo ámbito donde se tiene la experiencia de la salvación obrada por Jesucristo. Y este es un tema recurrente, siempre presente en la mente humana. Gustavo Adolfo Bécquer, expresó admirablemente la percepción que el hombre tiene de sí mismo frente a la muerte:
“Gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar.
Y rueda y pasa, y no sabe
Qué playa buscando va.
 
Algunos psicólogos de fama mundial, ven que el rechazo de la muerte es el resorte de todo actuar humano. Por otro parte, el hombre bíblico se consolaba con la certeza de sobrevivir y reproducirse. Una zamba contemporánea argentina dice también, como en la Biblia, que “en el hijo se puede volver…”. Los paganos, a ejemplo del poeta Horacio, se consolaba con sobrevivir en su fama Non omnis moriar (“no moriré del todo, he levantado con mi poesía un monumento más duradero que el bronce”, completaba el poeta latino).
Otros acuden a la superviviencia de la especie. Y así siquiendo…
Don Miguel de Unamuno, respondiéndole a un amigo que le reprochaba, como si fuera orgullo o presunción de su parte, su constante búsqueda de la eternidad, le escribió: “ Yo no digo que merezcamos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no. Y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es igual todo. Y sin ella no hay alegría de vivir. Hay que contentarse con la vida ¿Y los que no nos contentamos con ella?”
 
La fe cristiana contiene algo sencillo y grandioso a la vez. Dice que la muerte existe, que es el mayor de nuestros problemas, pero que Cristo ha vencido a la muerte. La muerte humana ya no es la misma de antes, porque un hecho decisivo ha sucedido. La muerte no ya no es u n muro en el cual todo se rompe; es un paso, una Pascua. Es un “pasar a lo que no pasa”, al decir de san Agustín.
Pero Cristo no murió para sí, no nos dejó el ejemplo de una muerte heroica, como Sócrates. Sino que “experimentó la muerte por el bien de todos”, como exclama san Pablo. Y el que se une a El, con la fe y esperanza teologales, siente la liberación de la esclavitud de su propio miedo.
Juan Pablo II, un día, al final de su vida, advirtiendo que sus íntimos manifestaban inquietud por su futuro y por sus condiciones de salud, alzando la cabeza de su silla de ruedas, con voz profunda, repitió por sorpresa de todos la frase de Horacio Non omnis moriar (no moriré del todo). Pero en su boca, la frase tenía otro significado.
 
 No basta que yo reconozca que Cristo es el salvador del mundo, es necesario que lo reconozca como “mi salvador”. San Pablo dice que Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores y “yo soy el primero”, agrega.
Conozco a un anciano hombre, sin piernas, que se mueve en una remendada silla que alguna vez fue una silla de ruedas. Pide limosnas en una esquina céntrica de Buenos Aires. Cada tanto lo veo entrar en el templo de las Esclavas y arrastrarse hasta donde está el Tabernáculo. Nunca me hubiera imaginado a ese hombre con piedad eucarística. Sin embargo, un día, después de visitar el Santísimo Sacramento, vino hasta el confesionario donde yo estaba y me dijo: “Perdone que no lo saludé primero cuando entré, pero tenía una pregunta para hacerle a Dios y tenía miedo de olvidarme”. ¿Y que le respondió Dios?, le pregunté. “Que no me de por vencido”, me dijo que fue la respuesta.
Sólo el que recupera la levedad del tiempo con la eternidad, se siente salvado por Cristo. No darse por vencido es, de algún modo, ser salvado del tiempo.
 
Tiempo de perdón
 
Ser salvado es ser perdonado. Por eso en la Navidad, el perdón se hace fuerte, porque nació el salvador.
Una vez, Pedro se acercó a Jesús y le dijo: “Señor ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces? Le respondió Jesús: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que debía 10 mil talentos. Cómo no tenía con qué pagar, ordenó el señor, que fuera vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuánto tenía, y que se le pagase.
 
Perdonar es algo serio. Humanamente difícil. No se debería hablar de ello a la ligera, superficialmente. Junto al mandato de perdonar hay que proporcionar al hombre también un motivo para hacerlo. Es lo que Jesús hace con la parábola del rey y de los dos siervos. Por la parábola está claro por qué se debe perdonar: porque Dios ha perdonado primero y nos perdona. Y perdona una deuda infinitamente mayor que la que un semejante a nuestro puede tener con nosotros. La diferencia entre la deuda del rey de la parábola, 10 mil talentos, y la del colega (100 denarios) corresponderían ahora a unos 12 millones de pesos y a unos pocos centavos, respectivamente.
Perdonar es superar la ley del talión, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. El criterio ya no puede ser el de: ”Lo que el otro te hizo, házcelo a él”, sino “Lo que Dios hizo por ti, házcelo tú a otro”. Esto distingue la fe cristiana de cualquier otro criterio a seguir. No es con el resentimiento como se aplaca el resentimiento; es con el no-resentimiento como se mitiga el resentimiento”. Y Cristo no se limita a señalar el camino del perdón; da la fuerza para perdonar. En otras palabras, El es el camino y El es el perdón. El perdón cristiano va más allá de la no violencia o del no resentimiento.
El mejor remedio contra el mal es olvidarse de él, dice Baltasar Gracián.
 
Ese es el camino de los grandes perdones. Pero hay otros: el perdón de cada día, en la vida del matrimonio, en el trabajo, entre parientes, entre amigos, entre colegas ¿Qué hacer cuándo uno descubre – por ejemplo – la traición del propio cónyuge? ¿Perdonar o separarse? Es una cuestión demasiado delicada y no se puede imponer ninguna ley desde afuera. La persona debe descubrir en sí misma qué hacer y cómo obrar. Recordará que el tema del perdón está ligado a la humildad de un pesebre y al dolor de una cruz.
 
La Navidad. La salvación. El perdón. Debemos estar atentos para no caer en una trampa. Existe un riesgo también en el perdón. Consiste en formarse la mentalidad de quien cree tener siempre que perdonar a los demás. El peligro de creerse siempre acreedores de perdón. Jamás deudores. Estamos más inclinados a decir “yo te perdono” que “perdóname”. Si pudiéramos combinar a ambas, nos daríamos cuenta que es importante perdonar, pero también pedir perdón. Claro que para que esto suceda, es necesario convertirse. El arrepentimiento es fruto de la conversión, no de la cavilación.
 
La puerta de la luz
 
Berdaief, el pensador ruso, cuenta que cierta vez visitó un monasterio ortodoxo, construido con un bellísimo claustro central sobre el que se abrían, casi iguales, todas las celdas de los monjes. Todas iguales, distinguidas únicamente por el nombre de un santo distinto escrito sobre el dintel. El pensador había sido recibido en el monasterio por la tarde y le condujeron a la celda que le correspondía como huésped mientras viviera allí.
Cuando llegó la noche, el silencio descendió sobre el monasterio. Cada monje ingresó en su celda y la paz se hizo dueña de los claustros y de los pasillos. Era una noche cerrada. Ni la luna ni las estrellas brillaban en el cielo. Y como no lograba dormirse, decidió pasear un rato por el claustro, cuya belleza tanto le había impresionado. Ahora estaba envuelto en tinieblas, pero la serenidad respiraba en él como un gigantesco corazón. Se sintió completo y feliz. Y perdió las cuentas de las vueltas por el ancho recinto.
Cuando por fin sintió que el sueño lo vencía, descubrió cuál era el problema que se le venía encima: era poder distinguir, en las tinieblas, entre esas cientos de puertas iguales, la suya propia. Era completamente imposible, por la oscuridad, leer el nombre de los santos que estaban en dintel de cada una. Tampoco sabía donde estaban las llaves de la luz ¿Tendría que despertar a algún monje? Su caridad se lo impedía. Sólo le quedaba la solución de dar vueltas y vueltas por el claustro hasta que la mañana llegase.
Entonces, a la salida del sol, la luz fue suficiente para distinguir su puerta de los demás. Había girado en torno a ella, había pasado ante ella decenas de veces, sin llegar a verla. Ahora, allí estaba, facilísima. Gracias a la luz.
 
¡Cuánta gente, encerrada en la noche del mundo, no distingue entre la verdad y la mentira! Giran y giran frente a la puerta de la Verdad. Sólo la llegada de la luz –Jesucristo- permitirá distinguir la puerta de la verdad de tantas puertas parecidas y engañosas.
No es que la Verdad esté lejos. Es que, con mucha frecuencia, estamos ciegos por cobardías y egoísmos. Pasamos y repasamos frente a la puerta verdadera y nos agotamos en torno a ella. No es que la libertad y la dicha estén escondidas. Es que nosotros, a veces, estamos perdidos en la apatía.
 
En medio de la sombra y de la herida
Me preguntas si creo en Ti. Y digo
Que tengo todo cuando estoy contigo:
El sol, la luz, la paz, el bien, la vida.
 
Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.
 
Contigo el sol es luz enamorada
Y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
Y contigo la vida es sangre ardida.
Pues, si me faltas Tú, no tengo nada:
Ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vid.

Pbro. Dr. Ariel David Busso
Homilía de Nochebuena, 24 de diciembre de 2006
 

 

 

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