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LA PASIÓN SEGÚN SAN LUCAS



La crucifixión y la muerte de Jesús en Lc 23 26-49


 

Lucas tiene mucho interés en mostrar la grandeza moral de Jesús, presentándolo como el modelo del mártir cristiano. Sobre todo, tiene interés en mostrarnos que los rasgos más característicos y constantes de su vida son todavía más claros en la cruz.
 

De hecho, pone al pie de la cruz todo lo peculiar del comportamiento de Jesús, su enseñanza y, especialmente, su revelación de Dios. Así por ejemplo, la inocencia de Jesús se acentúa en el proceso ante Pilato y, aquí, es reconocida por el buen ladrón (23,41) y por el centurión pagano (23,47). Jesús ha vivido toda su vida en continua búsqueda de los marginados y de los pecadores y ahora, muere en la cruz entre dos malhechores (23J3). Ha hablado de perdón y predicado el amor a 1os enemigos (6,27-42) y, ahora, en la cruz no sólo rechaza la violencia, sino que perdona hasta a los que le crucifican (23, 34) y muere por todos los que le rechazan, siendo una representación viviente de la misericordia de Dios. Jesús nunca se ha preocupado de sí mismo, sólo y siempre de Dios y de los hombres. Ahora en la cruz resiste a la tentación de salvarse a si mismo. Acoge prontamente al ladrón arrepentido. Así, la cruz aparece como la conclusión de su vida. Y Jesús es la figura ideal del mártir cristiano. Pero no sólo del mártir, como siempre se dice, sino también la "imagen de Dios". El mártir representa al hombre delante de Dios; Jesús, a Dios delante del hombre.

En el camino del Calvario (23,26-32)

 

El camino que, desde el palacio del gobernador, lleva hasta el lugar de la ejecución fuera de los muros de la ciudad, no es largo. Pero al condenado se le hacia pasar por las calles más agitadas del centro de la ciudad. La condena debía ser pública y servir de escarmiento. A lo largo del trayecto, la pequeña escolta militar echa el alto a Simón, un hebreo oriundo de Cirene, que regresa del campo, las tropas de ocupación podían obligar a cualquiera a prestar un servicio de orden público. Lc dice: "echaron mana de". Y continúa: "le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús". Una frase en cierto modo técnica, utilizada por toda la tradición cristiana para designar al discípulo que lleva su cruz siguiendo a Jesús (14,27). Parece como si Lc quisiera hacernos entrever la figura del discípulo.
En los sepelios judíos había siempre algunas mujeres que hacían lamentos fúnebres. Formaba parte del rito. Para los ajusticiados, sin embargo, estaban prohibidos tales lamentos, porque el ajusticiado era considerado una maldición (Dt 21,27-s). Con su valiente testimonio, las mujeres que siguen a Jesús demuestran que el no es un malhechor, sino un profeta que está sufriendo la suerte de todos los profetas: el martirio. Y precisamente como profeta y con el lenguaje de los profetas, Jesús se dirige a las mujeres. Sus palabras son de Oseas (10,8) y se refieren al juicio, pero aquí quieren ser una fuerte llamada a la conversión. Jesús no quiere compasión sino conversión. En su muerte, Jesús es la última llamada a la penitencia.

"Padre, perdónalos" (23,34)
 

El Crucificado de Lc no está en silencio, sino que habla: a la multitud, al padre, al ladrón arrepentido. Sólo que, para morir, Jesús es el sujeto únicamente de verbos de decir. Sus primeras palabras son para las mujeres, invitándolas a la conversión; las segunda, para los que le crucifican ("Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" 23,34). Jesús no sólo perdona. Además excusa. No muere amenazando con el juicio de Dios, sino perdonando y disculpando. El perdón no es solamente para los romanos, sino también para los judíos y para todos. En Lc toda la pasión está impregnada de misericordia: el gesto de Jesús que cura la oreja del criado del sumo sacerdote, la mirada a Pedro que le niega, la palabra del perdón para los que le crucifican.
 

"Jesús decía". El verbo en imperfecto sugiere una petición repetida, una invocación insistente. Jesús ha dicho la plegaria del perdón, más de una vez.
 

Jesús no da personalmente su perdón, sino que se lo pide al Padre. Debe quedar claro que su perdón lleva al perdón del Padre. LA CRUZ ES EL ESPLENDOR DEL PERDON DEL PADRE.
Morir perdonando, es un rasgo esencial del mártir cristiano. Lc lo recordará también en los Hechos de los apóstoles, al narrar el martirio de Esteban (7,60):
 

"Señor, no le tomes en cuenta este pecado". Decir que en la pasión y sobre la cruz está la figura del mártir es exacto, pero débil. Jesús es el revelador. En la cruz Jesús es la imagen del amor de Dios al hombre, no simplemente la del antor del hombre a Dios.
 

Una de las frases más sorprendentes, que he leído en un libro es de El diario de Ana Frank. Ana escribió el libro mientras era perseguida por los nazis. Cuando se estaba literalmente jugando la vida, Ana Frank escribió en su diario: "Estoy convencida de que en lo más profundo de su corazón, todas las personas son buenas".
 

Cuando leo esta frase y considero las circunstancias en que fue escrita, me pregunto siempre: "¿Lo crees de verdad, Ana? Con toda la maldad que estás experimentando, en medio de todo ese odio hacia ti porque llevas en las venas sangre judía, mientras estás escondida y aterrorizada por cualquier ruido, ¿puedes realmente creerlo?; ¿es verdad que todas las personas, en lo más profundo de su corazón, son buenas?".

"Que se salve a sí mismo" (27, 35b. 37.39)
 

Al pie de la cruz están el pueblo, los jefes de los judíos y los soldados. Pero
nunca se aparta la atención del Crucificado: a él se mira, de él se habla y siempre está en cuestión de su identidad. El pueblo está inmóvil, mirando. El verbo griego theorein significa un mirar con interés, participativo, no simplemente curioso o indiferente.
 

Los jefes y los soldados lo escarnecían repetidamente. Los verbos están en imperfecto. Los primeros se burlan (arrugando la nariz, haciendo muecas, como dice el verbo griego) por su pretensión mesiánica y creerse querido por Dios con amor de predilección: el elegido. Los segundos, por su pretendida realeza. Colocado en este preciso momento, hasta el cartel con la inscripción de la condena parece acentuar la burla.
 

En la cruz Jesús ha sufrido, por última vez, la tentación, que ahora no proviene ya de Satanás sino de los jefes y de los soldados, y poco después, también de un malhechor crucificado con él: si eres el elegido de Dios, ¿por qué Dios no te ayuda? ¿no es su silencio, la prueba de tu equivocación? El fracaso del camino del amor que has recorrido, ¿no es señal de que Dios va por otro camino? Pero a esta pregunta, el Dios del Crucificado no responde. Es precisamente por este "silencio" por lo que la muerte de Jesús -y lo mismo sucede con la nuestra- pide antes que un acto de amor a Dios, un acto de fe en el amor de Dios, presente bajo el velo del silencio.
 

El choque se da precisamente aquí, ante el "silencio" de Dios. ¿Es la señal de que Dios ha abandonado a Jesús o un modo diverso de hacerse presente y de hablar?
La contraposición está entre fe e incredulidad, entre un modo de concebir a Dios y otro. Aquí está la gran densidad teológica de la escena.
 

Nótese la insistencia del "sálvate a ti mismo, dirigido a Jesús por los tres representantes de la incredulidad: los jefes, los soldados, uno de los dos malhechores. Es una provocación irónica, que sin embargo expresa correctamente el núcleo esencial del choque: si un Mesías no se salva a si mismo y a sus seguidores ¿qué clase de Mesías es? Pero Jesús no responde a la provocación. Renunciando a salvarse a sí mismo, permanece solidario de todos los hombres, que, en la muerte sólo de Dios pueden esperar la salvación, abandonándose a él en la fe.
 

Cuando Jesús estaba en la Cruz seguro que sus ojos buscaron entre la multitud que le escarnecía, los rostros de sus queridos amigos, los apóstoles. Él había entregado a aquellos hombres su confianza y su amor, y ahora daba su vida por ellos. Sin embargo, mientras los brazos de Jesús se encontraban extendidos como para abrazar todo el mundo pecador en el acto de su muerte, los apóstoles estaban ocultos en una habitación, con las puertas bien cerradas y el cerrojo echado. El Domingo de Ramos fueron figuras públicas muy visibles, pero el Viernes Santo se habían desvanecido, recluyéndose en la falsa seguridad de la oscuridad. Fueron "amigos en la prosperidad". Pero Jesús se comprometió a amarlos para que alcanzaran la integridad humana y la plenitud de la vida.

"Jesús, acuérdate de mi"(23.39-43)
 

Las figuras de los dos ladrones son radicalmente opuestas. El primero es, probablemente, un indomable celota, que hasta en la muerte continúa fiel a su opción de rebelarse contra el dominio extranjero para instaurar el reino de Dios. Para él, un Mesías que muere en la cruz y no se salva a sí mismo ni salva a los que ha» luchado por su causa representa una incomprensible contradicción. Sólo merece ironía y desprecio. El verbo usado por el evangelista es “blasfemar”, que expresa al mismo tiempo burla e irreverencia. Como siempre, ante la burla, Jesús calla. Pero interviene el otro malhechor, diciéndole al primero: "¿Ni siquiera temes a Dios tú?". Para la Biblia no temer a Dios es la actitud del necio y del impío.
 

El segundo malhechor, por el contrario, confiesa su propia culpa, reconoce la inocencia de Jesús y se confía a él. Acogiéndole prontamente, Jesús cumple en su Muerte, lo que ha hecho a lo largo de toda su vida: acoger a los pecadores (15, 2). Y al mismo tiempo, muestra que su salvación es diferente a la soñada por los jefes, los soldados y el malhechor empedernido.
 

Es de notar la solemnidad de la promesa de. Jesús ("en verdad") y su certeza ("te digo"). Aquí, Jesús no pide, no ruega, no suplica a Dios, sino que garantiza . El ladrón arrepentido se ha confiado a él prontamente ("Jesús, acuérdate de mí”), y Jesús responde con su persona, asegurándole una vida dé comunión con él (estarás conmigo) e inmediatamente ("hoy”).
 

A una petición que se refería al futuro ("cuando estés en tu reino"), Jesús responde con el presente ("hoy").
 

Nos equivocaríamos si en el episodio de los dos malhechores viésemos solamente la misericordia. En realidad, está también muy presente, el juicio, que es la otra cara de la misericordia. Un pecador mira a Jesús en la cruz, pide perdón, y es acogido en su reino. Otro, pecador como el primero, mira al mismo Jesús en la cruz, y blasfema de él. ¿Por qué uno si y otro no? Nada se nos ha dicho y nada hay que decir. Es el misterio del amor de Dios y de la libertad del hombre, que siempre hay que recordar, pero que no se puede sondear sino cada uno dentro de sí mismo. Ante la cruz, como ante cualquier otro gesto de Dios, sólo hay dos salidas. Ante la primera, para recordar que Dios siempre está dispuesto a perdonar; ante la segunda, para no olvidar nunca ese santo temor que nos hace humildes y vigilantes.
 

Jesús, como siempre, incluso en la agonía de su propia muerte, fue “el hombre para los demás”. Su misericordia es la misma ayer, hoy y siempre. No cabe duda de que este don de misericordia y amor se ha repetido incontables veces a lo largo de la historia de la humanidad y de la debilidad humana.
 

La figura que está en la cruz no es un agente de policía o un inquisidor de la Gestapo, sino un Divino Médico, que sólo pide que llevemos nuestras heridas a El para que pueda curarlas.

“Y dicho esto, expiró” (23,44-46)
 

En la Cruz vemos el rostro desfigurado de aquel que en el Tabor se había transfigurado. La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en esta hora extrema. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración.
 

El grito de Jesús moribundo (23,46) toma otra vez la plegaria del Sal. 31: la plegaria llena de confianza en Dios, que los rabinos recomendaban rezar por la tarde: “Padre, en tus manos confío tu espíritu". Fija sus ojos en el Padre. Es la plegaria de un pobre abandonado, negado, que, sin posibilidad de verificación, proclama su única confianza en Dios y en esa confianza se entrega plenamente a él. Morir serenamente, fiándose de Dios, es otro rasgo esencial del mártir cristiano.
 

El domingo 11 de marzo de 2001, S.S Juan Pablo II, realizó la beatificación más numerosa de la historia; beatificó a 233 mártires españoles asesinados durante la persecución religiosa que azotó a España en los '30 del siglo pasado. Eran sacerdotes, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser miembros activos de la Iglesia.
 

La anciana María Teresa Ferragud fue arrestada a los 83 años de edad junto con sus 4 hijas contemplativas. El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey pidió acompañar a sus hijas al martirio y ser ejecutada en último lugar para poder así alentarlas a morir por la fe. Su muerte impresionó tanto a sus verdugos que exclamaban: ¡Esta es una verdadera santa!
 

No menos edificante fue el testimonio de los demás mártires, como el joven Francisco Alacreu, de veintidós años químico de profesión y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia. ¡Que maravillosos ejemplos de paz y esperanza firme! Y la esperanza como todo aquello que procede del espíritu de Dios se encuentra en la interioridad. Por eso no es la virtud más evidente. La esperanza en la vida eterna se encontraba en el alma de estos mártires, por eso sus verdugos no comprendían sus gestos de entrega, La esperanza se encuentra en el vientre de María: se ven los signos de su embarazo, pero no el rostro del Niño por nacer.
 

Los mártires como los santos son los viven amando y mueren perdonando.
 

Diversamente a cuanto narran Mc y Mt, para Lc la vida de Jesús no termina en una trágica pregunta, sino en la serena convicción de un cumplimiento: una respuesta. Serenidad, confianza y abandono: éstos son los sentimientos de Jesús al morir. Como para nosotros, tampoco para Jesús ha habido una salvación de la muerte, sino una salvación en la muerte.
 

Citando la totalidad de nuestras vidas es vivida "desde arriba", es decir, como una vida de amado enviado al mundo, entonces a quienes nos encontramos y lo que nos suceda, se convierten en oportunidad única para optar por una vida que no puede ser vencida por la muerte. De este modo los dos, el gozo y el sufrimiento, se convierten en parte del camino de nuestra plenitud espiritual. He encontrado esta visión expresada de una forma conmovedora por el novelista Julian Green en una carta a su amigo, el filósofo francés Jacques Maritain. Le dice lo siguiente: "...cuando piensas en la experiencia mística de muchos santos, te puedes preguntar si el gozo y el sufrimiento no son aspectos del mismo fenómeno en un nivel muy alto. Una analogía, seguramente un poco absurda, me viene a la mente: el frío extremo quema. Parece casi cierto. No, es cierto que solamente podemos ir a Dios a través del sufrimiento, y que este sufrimiento se convierte en gozo porque al fin los dos son la misma cosa" (Julien Green-Jacques Maritain, Une grande amitié: Correspondance1926-1972, París, Gallimard 1982, 282).
 

En el Diálogo de la Divina Providencia, Dios Padre muestra a Catalina de Siena
cómo en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el sufrimiento: "Y el alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en si misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz, estaba feliz y doliente". Del mismo modo Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en si misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: "Nuestro Señor en el huerto de loe Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad; sin embargo, su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, algo comprendo".
 

¿Qué vamos a conseguir después de nuestra vida aquí, en este mundo? Volver al sitio de donde venimos, al sitio de Dios. Hemos sido enviados a este mundo por un corto tiempo para decir -a través de los gozos y penas del tiempo de nuestro reloj temporal - el gran si al amor que se nos ha dado, y al hacerlo, volver al Uno que nos envió con este si grabado en nuestros corazones. Así nuestra muerte se convierte en un momento de la vuelta.
 

La vida eterna no es una gran sorpresa que viene sin anunciarse al final de nuestra existencia en el tiempo. Es, más bien, la plena revelación de lo que hemos sido y de lo que hemos vivido a lo largo de esta vida. La muerte se convierte en el si final, y en la gran vuelta al sitio en el que nos hacemos más plenamente hijos de Dios.
 

Muchos, en vez de verla como un momento de plenitud, la temen como una gran derrota que hay que evitar el mayor tiempo posible. Todo lo que nuestra sociedad nos dice, sugiere que la muerte es el gran enemigo que al final se va a llevar lo mejor de nosotros contra nuestra voluntad y deseo. Pero la muerte es el gran de amor, el acto que me lleva al abrazo eterno de mi Dios, cuyo amor durará para siempre.
 

En la cultura vietnamita hay un refrán que dice: “El nacimiento es una peregrinación, y la muerte, la vuelta a casa”. Por eso en Vietnam, a los muertos se los sepulta de frente a la montaña, como si desde aquellas cumbres tuvieran que subir al cielo, como Jesús en el momento de su ascensión. La muerte es lo más serio de la vida; es la prueba más grande de todas, la definitiva: el cénit de nuestra vida, el último ofrecimiento que podemos hacer a Dios aquí en la tierra. La visión cristiana de ese momento está bien expresada en uno de los prefacios de la liturgia de los difuntos: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

El espectáculo de la cruz (23, 47-49)
 

Fruto de la muerte de Jesús son el reconocimiento del centurión pagano (23, 47) y la conmovida participación de la multitud (23, 48). De los conocidos y de las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, se dice sólo que asistían de lejos; están theorein es el ver con interés, no por pura curiosidad y distraídamente. La gente ha asistido a la crucifixión como a una representación sagrada. Lc. Presenta a la multitud como espectadores conmovidos, que se alejan de la cruz pensando en ella, mostrando señales de arrepentimiento y deseos de cambiar de vida. Dentro de todo este cuadro, Jesús está en la cruz, y a las burlas responde con el perdón; a las muchas palabras de sus calumniadores, con el silencio; y a la agitación, con la tranquila serenidad de quien se abandona en las manos del Padre.
 

Lo que la Iglesia nos está pidiendo hoy es que contemplemos al Crucificado-Resucitado. Nuestro testimonio eclesial sería, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de este rostro. Que nuestra mirada se quede fija más que nunca, en el rostro del Señor (cf. Carta Apostólica Novo milenio ineunte 16).
 

Un viejo adagio dice: “Todos nacemos con los puños cerrados, pero debemos morir con las manos abiertas”. Este simbolismo se cumplió perfectamente en Jesús. Ha extendió sus manos para darnos la vida. No se aferró a nada con tanta fuerza que no pudiera renunciar a ello.
 

No podemos olvidar la figura de María, aunque no aparezca en el evangelio de Lc., en este momento trascendente de la vida de Jesús. María no estaba con Jesús el Domingo de Ramos. No escuchó los “¡Hosannas!” ni experimentó la excitación de su aclamación pública y su entrada triunfal en Jerusalén. El retrato evangélico final de María es la terrible escena del Calvario, donde permaneció valientemente a los pies de la cruz, viendo a su hijo morir lenta y dolorosamente, como lo indica el evangelista Jn. Y cuando el cielo se oscureció, sostuvo el cuerpo muerto de su hijo entre sus brazos temblorosos.
 

Miguel Angel esculpió en mármol un hermoso tributo a esta mujer. Es como un tributo a su “sí” a la voluntad de Dios. En la escultura, María sostiene a Jesús en sus brazos, mirando el cuerpo desgarrado de su hijo con ternura maternal y amorosa compasión. Miguel Ángel llamó a su escultura la “Pietá”. Pietá es una palabra italiana que significa “fidelidad”. Y María es la mujer que deseó la voluntad de Dios con todo su corazón, que dijo un “si” sin comprender todo lo que implicaba. Pero confiaba en Dios, confiaba en que él la amaba, confiaba en su sabiduría y en sus caminos, aún cuando ella no comprendiera. El resumen de Miguel Ángel para la increíble proeza de María es la palabra “Pietá”. María dijo “sí” a la voluntad de Dios y fue fiel hasta el final.
 

El cristiano que realmente ha asimilado la mente de Cristo sabe que el Señor nunca habó de éxito, sino sólo de “fidelidad”, de pietá. Cuando vemos nuestras vidas cristianas en la perspectiva del evangelio, la fidelidad a la voluntad de Dios es la única corona real y eterna del éxito. Puede que un ángel escriba sobre nuestras tumbas, la tuya y la mía el epitafio apropiado que resuma nuestras vidas en la tierra: “Pietá”.
 

El mayor regalo de Dios es el don de la vida. El mayor pecado de los seres humanos, sería devolver ese regalo sin agradecerlo ni abrirlo. En esta semana santa tenemos la ocasión providencia de descubrir el valor de la vida que tenemos, resucitando a una existencia completamente nueva y transformarnos en testigos de ella a un mundo que parece que está cansado de sobrevivir, pero que aún no aprendió a vivir.
 

Pbro. Dr. José Manuel Fernández
 

 

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