Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Tel 02477 429001  -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                            |    |    |    |
Actividades

Parroquia

Caritas

Colegio

Jardín de Infantes

Grupo Fútbol Padres

Imágenes

Noticias anteriores

Reflexiones

Homilías

Meditaciones

Relaciones

Nuestra Patrona

Nuestra Diócesis

Catequesis en la Red

El Credo

Los Mandamientos

Los Sacramentos

La Oración Cristiana

Los Santos

El Sermón de la Montaña

Tiempos Litúrgicos

Adviento y Navidad

Cuaresma

Pascua

Donaciones

 

BIENAVENTURADOS LOS PACIFICADORES


 

Las nuevas traducciones de la Biblia prefieren las expresiones “pacificadores” o también “obradores de paz” a aquella usada anteriormente: “pacíficos”. Hay un matiz importante, porque “pacificador” es un pacífico activo, una persona que entiende lo que es la paz, y por eso pone todas sus capacidades y talentos al servicio de reforzarla, de crear condiciones de paz, y de establecerla allí donde aún no existe. Algunas veces la palabra “pacífico”, que en sí misma tiene una connotación positiva, se desvaloriza porque es usada para hablar principalmente de quien posee un temperamento débil, dispuesto a ceder cuando se encuentra en medio de una discusión. Si “pacífico” fuese sinónimo de indolente, indeciso, carente de iniciativa o indiferente, tendría entonces una connotación negativa. El pacificador es, en cambio, un hombre bien convencido de que tiene una responsabilidad en realización de la paz, y de que la paz constituye un desafío para él.

 

El premio de esta bienaventuranza es significativo: los pacificadores serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,9). ¿Qué sentido tiene este premio? A menudo los hijos se parecen a sus padres. Según las Escrituras, la paz es algo que pertenece a Dios. San Pablo saluda a los romanos diciéndoles: “El Dios de la paz sea con todos vosotros” (Rm 15,33), y les asegura que el mismo “Dios de la paz aplastará bien pronto a Satanás bajo vuestros pies” (Rm 16, 20). Satanás es perturbador de la paz; es el que divide y enfrenta, por eso se lo denomina “diabolos”. San Pablo, al exhortar al buen orden en las reuniones de las comunidades, les da como argumento que “Dios no es un Dios de confusión, sino de paz” (1 Cor 14,33). Al saludar a los tesalonicenses, les dice “que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo” ( 1 Tes 5,23). Este saludo parece establecer una relación entre paz y santidad, y es claro, puesto que detrás de la idea de paz está el orden, el cual a su vez es subyacente a la santidad.

 

¿Qué es la paz? Sabemos que es un don de Dios, y que sólo Él puede concederla. Recordemos que la paz conlleva un orden, y que es el resultado de la justicia (cf. Is 32,17). Es un ordenamiento sereno y estable. La virtud de la justicia, dando a cada cual lo que se le debe, es el fundamento del orden, y por tanto de la paz. Sólo puede haber verdadera paz si se respeta la dignidad de las personas y de los pueblos; los derechos y los deberes de cada uno, y si se da una distribución equitativa de beneficios y obligaciones entre las personas. La opresión y marginación están en la raíz de las manifestaciones de la violencia y el terrorismo. Pero además de la justicia es necesario el perdón, porque la justicia humana está expuesta a la fragilidad y a los límites de los egoísmos individuales y de grupos. Sólo el perdón sana las heridas del corazón y restablece íntegramente las relaciones humanas alteradas.
 

Quien es injusto, no reconociendo a cada cual lo que le corresponde, no hace obra de paz, sino de desorden. El orden es la disposición de las partes de un todo, de manera que cada una de ellas se encuentre en su justo lugar, de modo que cada una dé y reciba y que todas contribuyan a la armonía del todo. El concepto de orden es muy similar al de belleza, concebida en su sentido más profundo y metafísico. Me decía un gran matemático, que era al mismo tiempo un músico de calidad, que experimentaba una gran alegría intelectual en traducir en fórmulas algebraicas las composiciones de Johan Sebastian Bach: según él, esa bellísima música contenía expresiones de suma perfección matemática.
 

¡Cuánto bien puede hacer la música a favor de la paz! Dice Cervantes en “Don Quijote” que “donde hay verdadera música, no puede haber maldad! Verdadera música. Con ella no tienen nada que ver los gritos y el estrépito, generadora de alienación y de excesos. El pasado 25 de octubre, el excelente pianista y director de orquesta argentino de origen judío Daniel Barenboim, en la actualidad al frente de la Sinfónica de Chicago y de la Opera estatal de Berlín, recibió el premio Príncipe de Asturias de la concordia, junto al palestino Edward Said, profesor de literatura inglesa y comparada en la universidad de Columbia, en Nueva York, y uno de los pensadores y críticos más importantes del mundo. Diez años atrás se conocieron en el hall de un hotel, en Londres, y desde entonces no han cesado de dialogar. Los dos han llevado adelante y con audacia un proyecto extraordinario: el taller de música “West-Eastern Divan” (nombre derivado de una serie de poemas –“divan” en árabe- escritos por Goethe al conocer la poesía musulmana) formada por jóvenes instrumentistas israelíes y palestinos, simbólica y prácticamente unidos para ejercer una de las más antiguas y gratificantes actividades humanas: hacer música en conjunto. “Fue notable presenciar –observa Said- cómo el grupo, pese a las tensiones de los primeros siete o diez días, se convertía en una auténtica orquesta...Una vez conseguido, ya no pueden mirarse de la misma manera, porque han compartido una experiencia común. Y para mí esto es de verdad, lo importante del encuentro” . Y Said precisa que “al inicio no eran sólo los israelíes y los árabes quienes no se gustaban mutuamente. Había algunos árabes que tampoco querían saber nada de otros árabes, así como israelíes que detestaban cordialmente a otros israelíes. Fue notable presenciar cómo el grupo, pese a las tensiones de los primeros días, se convertía en una auténtica orquesta. Nunca olvidaré la mirada de estupefacción de los músicos israelíes durante el primer movimiento de la “Séptima de Beethoven donde el oboe toca una escala en “la” mayor muy expuesta. Todos se dieron vuelta para mirar a un estudiante egipcio que tocaba con el oboe una perfecta escala en “la” mayor. La transformación de aquellos jóvenes no tenía vuelta atrás”.

 

Y Barenboim señala: “Lo que a mí me parecía extraordinario era la ignorancia que existía respecto al “otro”. Los chicos israelíes no podían imaginar que hubiera personas en Damasco, Amán y El Cairo que fueran capaces, realmente, de tocar el violín y la viola. Creo que los músicos árabes sabían que había vida musical en Israel, pero no conocían mucho de ella. Uno de los chicos sirios me dijo que nunca había conocido a ningún israelí antes; para él un israelí era alguien que representa un ejemplo negativo de lo que puede pasar en su país y en el mundo árabe. El mismo chico se encontró compartiendo atril con un violoncelista de Israel. Trataban de tocar las mismas notas, con la misma dinámica, con el mismo movimiento del arco, con el mismo sonido, con la misma expresión. Trataban de hacer algo juntos. Es así de sencillo. Estaban tratando de hacer algo juntos, algo que les importaba a los dos. Bien, una vez conseguido, ya no pueden mirarse de la misma manera, porque han compartido una experiencia común. Y para mí, esto es, de verdad, lo importante del encuentro”.

 

Hay que aprender a viajar hacia el “otro”, no concentrándose en uno mismo, lo cual es una visión muy minoritaria en estos días. Hoy se hace incapié en la afirmación de la identidad, en la necesidad de raíces, en los valores de la cultura propia y del sentido de pertenencia. Se ha hecho muy raro proyectar el ser hacia fuera, tener una perspectiva más amplia. Hay que aprender a dejar de lado la propia identidad a fin de explorar al “otro”. Para lograr la paz hay que entender que el camino no es “unos contra otros”, sino “unos con otros”

 

Al recibir el premio Príncipe de Asturias, Barenboim dejó una estupenda lección al indicar: “En la vida y en cualquier sociedad hay que aprender a convivir como en una orquesta. Para conservar la armonía es necesario aprender a escuchar al otro y no pretender querer sonar más fuerte”.

 

Es verdad que hoy se ha extendido la idea de que la paz es mucho más que ausencia de guerras. Hagamos la hipótesis de que de golpe todos los cañones callaran, y que todos los arsenales militares se disolvieran en la nada, y se destruyeran irreversiblemente todos los instrumentos nucleares o atómicos. Hagamos cuenta que todos los soldados comprometidos en los frentes de guerra volvieran a sus casas, y que no existieran más motivos para enviarlos a luchar contra otros. Si sucediera todo esto, pero se registraran en la tierra discriminaciones absurdas; habría deposición de armas, pero no paz.
 

Pensemos que por una suerte de milagro, todas las riquezas de la tierra fuesen distribuidas equitativamente entre los pueblos y que no hubiera hambre ni personas que murieran desnutridas, y que las expresiones “tercer” y “cuarto” mundo pertenecieran a un vocabulario en desuso, no habríamos alcanzado la paz. ¡No! Porque la paz no es solo un fusil partido, ni una balanza con los platos en equilibrio. La paz es sobre todo, ética del rostro.
 

No se si habrán escuchado hablar alguna vez de Emmanuel Lévinas, el gran filósofo contemporáneo que no se inspira tanto en el evangelio, el que habla de la ética del rostro. Dice que “el primer milenio se ha caracterizado por la búsqueda del ser; el segundo de la búsqueda del yo, hasta culminar en la elaboración idealista; el tercero será caracterizado en cambio, de la búsqueda del “otro”, del “rostro”: de la ética del rostro”.

 

Un rostro a descubrir; un rostro a contemplar, un rostro a acariciar: ¡qué hermoso sería que nosotros creyentes descubriéramos estos signos en el Verbo Encarnado! Esto es lo que nos propone Juan Pablo II en la Carta Apostólica “Novo Millenio Ineunte”, capítulo II, titulado “Un Rostro para contemplar” (nn. 16-28). “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Esta petición hecha a Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, debe resonar también en nuestros oídos hoy. Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, nos piden a los creyentes de hoy, no sólo que les “hablemos” de Cristo sino, en cierto modo, que se lo hagan “ver”. Nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos contempladores de su rostro. Nuestra mirada debe quedarse fija, más que nunca, en el rostro del Señor. Un rostro doliente y desfigurado, pero no por eso menos bello. Quien es la belleza misma se ha dejado golpear el rostro, escupir la cara y coronarse de espinas. Pero en ese rostro desfigurado aparece la auténtica belleza: la belleza del amor que llega hasta el final y que se revela más fuerte que la violencia y la mentira. El rostro de Cristo es el rostro del amor hasta el final, por eso es belleza que es verdad. Es verdad porque es belleza. Y la verdadera belleza despierta la nostalgia de lo inefable. No es la falsa belleza de los griegos que promueve la voluntad de posesión, sino la voluntad de donación, por eso el rostro de Cristo en la cruz es el más bello de los rostros humanos: porque en ese momento se realiza la donación por excelencia. Por eso su rostro da paz plena. Cuando Fiódor Dostoievski dice: “La belleza nos salvará”, se refiere a la belleza redentora de Jesucristo.
 

Ese rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo, será luego el rostro del Resucitado. En este rostro, la Iglesia contempla su tesoro y su alegría:

“Dulcis Iesu memoria,
dans vera cordis gaudia”
¡Cuán dulce es el recuerdo de Jesús,
fuente de verdadera alegría del corazón!

 

Esta es la paz: ¡búsqueda del rostro! El rostro del hombre con su individualidad, con su explosiva riqueza espiritual, con su irrepetible valor. No solo el rostro de nosotros, blancos, sino también el de los hermanos de Marruecos, Tanzania, de todos los países abandonados. Rostros únicos e irrepetibles.

 

Búsqueda del rostro, no de la máscara. Nosotros somos especialistas en mostrar la máscara y ocultar el rostro. El jueves pasado los diarios anunciaban que “ya es posible cambiar de cara”. Lo anunciaron cirujanos ingleses. Los transplantes totales de cara ya no serán una aventura de ciencia ficción. En una entrevista realizada por la BBC al cirujano plástico inglés Peter Butler, del Royal Free Hospital, dijo: “La pregunta no es si estamos en grado de hacerlo, sino si deberíamos hacerlo”, con lo cual ha comenzado un debate ético y moral sobre el tipo de transplante, catalogado ya desde un principio como de ciencia ficción. Lo que había anticipado el film “Face Off” (Contracara) donde un agente del FBI (John Travolta) y un terrorista (Nicholas Cage) se intercambian los rostros mediante tecnología de láser.

 

En esta civilización caracterizada por la producción en serie y masificante, todos los hombres parecen hechos en serie. En esta sociedad homologada en la que se tiende a hacer desaparecer nuestras individualidades, debemos tomar en serie la ética del rostro: la única en grado de construir la paz. Todas las guerras encuentran su raíz última en la uniformidad de los rostros: todos iguales, en serie. Somos incapaces de mirarnos a los ojos. Cuando nos miramos así, comprendemos que el otro es mi hermano. Si no hacemos así, todavía es noche, aunque el sol brille en lo alto del cielo. Para ser operadores de paz, deberemos aprender a decir: “No me escondas tu rostro, hermano”.

 


TRES TESTIMONIOS DE OPERADORES DE PAZ


 

Era el mes de agosto de 1990, se cumplían diez años de un terremoto que había destruido en Irpinia tantas ciudades. Estando en una parroquia de Teora, fuimos con el párroco en una marcha que se había organizado para recordar a las víctimas de aquel hecho catastrófico. En la tarde pasamos por una población donde había casas prefabricadas, containers, construcciones precarias de madera. En el centro de ese “paesino”, había una pequeña iglesia. Maravillado pude observar que era antigua, y que el movimiento sísmico no la había dañado en absoluto. Pregunté cual había sido el motivo de tanta estabilidad. Me relataron una hermosísima historia sucedida muchos años atrás. Dos hermanos poseían un molino cerca del río: allí trabajaban todo el día. La gente del pueblo llevaba allí el trigo para la molienda, y como recompensa les dejaba a los hermanos una porción de harina. Al terminar la jornada laboral, la cantidad recibida por los hermanos como donación, venía distribuida equitativamente. Luego los dos abandonaban el puesto de trabajo y el molino, y volvía cada uno a su casa. Vivían en zonas opuestas de la villa. Uno era casado y tenía nueve hijos; el otro era soltero. Este último pensaba justamente, que no era lógico dividir la harina en partes iguales, ya que él era solo, mientras su hermano tenía nueve bocas que alimentar. Así de noche, volvía al molino, llenaba una bolsa de harina, y de manera oculta, la transportaba en sus espaldas hasta el depósito de su hermano, y volvía feliz a su casa.
 

El otro hermano, por su parte hacía el mismo razonamiento, si bien en sentido opuesto. Pensaba que durante la vejez, teniendo nueve hijos, no afrontaría problemas de sustento, y que su hermano en cambio, al ser solo, tal vez podía sufrir carencia o dificultad más adelante. Por esto, escondidamente, también él se dirigía cada noche al molino, llenaba una bolsa de harina y lo llevaba a la despensa de su hermano.
 

Una noche los dos se encontraron en el centro de la villa, cada uno con una bolsa de harina en sus espaldas. Se miraron, se abrazaron y allí en aquel lugar construyeron una iglesia, esa misma que estaba de pie, sin que el temblor la hubiera afectado en lo más mínimo.


 

La segunda experiencia es el relato de un sacerdote misionero. Había estado predicando en Etiopía meridional. Después de la primera semana de permanencia allí, el obispo diocesano lo condujo por las misiones de la zona. Algunas se encuentran en medio de la foresta. El sacerdote quedó desconcertado por la penosa situación de degradación social y económica de la región a causa de una guerra de más de veintiseis años y que ha llevado a la población a sufrir la más triste de las miserias: un trabajador gana una cifra equivalente a un café en cualquier ciudad de Europa.

 

En los hospitales de las misiones, hay un solo médico para setenta y cinco mil enfermos. El religioso había encontrado una sola monja que era médica, que corría desesperadamente todo el día con un enfermo de lepra, otro de tuberculosis, y otro con HIV. En aquel país, el agua corre solo en los sueños. Veía como la gente calmaba su sed en los pozos de agua donde también bebían los animales, y tantos niños sonrientes, demacrados, cuyos rostros venían literalmente comidos por las moscas. El sacerdote se preguntaba allí, qué era la felicidad. Al obispo, el sacerdote le dijo: “No estoy asombrado tanto del hecho de que estos niños sean hijos de Dios. Lo que me golpea fuertemente es que en esta situación sean herederos del Paraíso”. Y el obispo replicó: “Te parecerá una herejía lo que te voy a decir, pero si esta gente no entra en el Paraíso, yo tampoco quiero entrar”.

 

Esta solidaridad, expresada por un hombre que ha dedicado toda su vida a calmar y paliar los sufrimientos de la gente, lo había interrogado sobre el valor de la paz y la cercanía junto al dolor.

 

La tercera experiencia, es de tipo literario. Sabemos que desde el mediodía del 1 de agosto y todo el día 2 se puede ganar la indulgencia llamada de la Porciúncula. Fue una concesión otorgada en un primer momento por el Papa Inocencio III, y reafirmada luego por Honorio III. ¿Cuál es la historia de este privilegio? En 1216, en pleno período de las Cruzadas, todo el pueblo cristiano veía en los mahometanos, la bestia negra del Apocalipsis; el reino de Satanás, el imperio del mal que era necesario debilitar.
 

En 1217 el Papa Inocencio III se encontraba en Perugia para organizar la cruzada. Había muchísima gente que quería tener una audiencia con él. Un día entre todas estas personas, se presenta un joven: Francisco de Asís. El desea, absolutamente, hablar con el Sumo Pontífice. Lo introducen un poco sonriendo, porque produce ternura ver a este humilde “fraticello”. San Francisco, con la cara dura, típica de los santos dice: “Tú, Papa, concedes la indulgencia plenaria a aquellos que quieren reconquistar para la devoción de los fieles un sepulcro donde el cuerpo de Jesús estuvo encerrado tres días. ¿No podrías conceder la indulgencia plenaria también a aquellos que ingresan en la iglesia de la Porciúncula, allí en Asís, para venerar a la Virgen, en cuyo seno Jesús ha estado no por tres días, sino por nueve meses?”.

 

El Papa primero lo miró, y después comenzó a pensar. A un cierto punto intervienen sus consejeros que le dicen: “Pensateci bene, Signore, perché se concedete a costui una tale indulgenza, comp`romettete, sino a far venir meno, quello della Terra Santa”. Y el Pontífice, atraído por la figura no violenta de Francisco, se la concede. En 1219 Francisco había buscado en varias oportunidades, pero en vano, de convencer a los cruzados de no participar en la guerra contra los musulmanes. Exhortaba a conquistar los musulmanes no con las armas sino con la evangelización, con el anuncio positivo del Evangelio. Pero no fue escuchado y los cruzados sufrieron uno de los más grandes errores y derrotas. Francisco ingresó en el campamento del sultán Menelek y regresó con un mensaje transformador lleno de paz: “Los sarracenos son nuestros hermanos y amigos y debemos amarlos mucho”.

 

Francisco obtuvo el privilegio de la indulgencia porque cree en la no violencia. No cree en la fuerza de las armas, de las guerras y de la ideología del enemigo. También nosotros debemos aprender y decidirnos a defender la paz sobre el terreno de la no violencia absoluta. Se que es muy fácil decirlo con las palabras y muy difícil practicarla con los hechos. Cristo mismo le advirtió a Pedro: “Guarda tu espada, porque quien a espada mata, a espada morirá”, y luego: “Si te pegan en tu mejilla derecha, ponle también la mejilla izquierda”. Con estas palabras, Jesucristo ha desarmado para siempre todos los ejércitos del mundo y ha desvanecido todas las lógicas de la violencia.

 

“Hay que apostar a la paz por medio de la fe y no del cálculo”: lo decía Dietrich Bonhoeffer, aquel pastor protestante que en 1943 viene asesinado por los nacistas. Es que a Dios no se llega subiendo los escalones de nuestros razonamientos. ¡No puede ser así! Sería un Dios frío, que no dice nada. Las escaleras de nuestros razonamientos sirven más que nada para bajar de Dios hacia las criaturas, que para subir de las criaturas hacia Dios. Así sucede también con la paz: si es fruto de las prudencias carnales o de las contraposiciones, no es paz. Hay que apostar a la paz por fe, hasta llegar al desarme unilateral, como decía Bonhoeffer. Jean François Six indicaba que “la oración crea futuro”.

 

Para ser agentes de paz deberíamos rezar siempre a Dios diciendo: “Señor, danos un corazón dócil, capaz de discernir el bien y el mal”. Necesitamos de esa capacidad de discernimiento, de esa “sapientia mentis”, antes que la “sapientia cordis”. Es mejor dar diez pasos juntos que un kilómetro solos.

 

“Danos Señor, un corazón dócil y luego una palabra audaz”. Nos hemos convertido en profesionales equilibristas. Sabemos decir y no decir. Afirmaba Martin Luther King, el famoso apóstol de los derechos de los negros en América: “No tengo miedo de las palabras de los violentos, sino del silencio de los honestos”. Y Anton Cechov: “La indiferencia es muerte prematura”.

 

El secreto para permanecer alejados de cualquier peligro de violencia es de vivir según lo que nos enseña Jesús, de buscar el rostro de los demás para ofrecerles la paz, sabiendo que la peregrinación más larga no es la que va desde Capital Federal a Luján o a cualquier otro santuario, sino el que va desde nuestra casa hacia el lugar de trabajo o de convivencia.
 

Pbro. Dr. José Manuel Fernández
 

 

Parroquia Santa Julia

  Alberdi 3065 - Pergamino  (BA) - República Argentina |Diócesis de San Nicolás de los Arroyos

Teléfono:  02477 429001 | email: informa@capsantajulia.com.ar