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OLVIDAR EL PASADO

 

La página de la adúltera (Jn 8,1-11) es uno de los pasajes más conmovedores del Nuevo Testamento, por el respeto con que Jesús trata a la mujer sorprendida en ese pecado, y por la suave firmeza con que la envía, perdonada, a una nueva vida. Con toda probabilidad el texto ha sido añadido al evangelio de Juan por una mano posterior. En efecto, en él se aprecia otro estilo, apartándose de la línea del discurso que está pronunciando Jesús durante la fiesta otoñal de las Chozas (cf. Jn 7-9), con tonalidades de lenguaje muy cercanas a Lucas, el evangelista del perdón, y está ausente en los más importantes códigos antiguos de los evangelios, en las antiguas versiones de los Padres griegos y hasta en San Ambrosio, san Agustín y San Jerónimo. El Concilio de Trento fue el que definió la canonicidad de este texto.
 

Tal vez esa ausencia se deba a una acción de censura, pensando que el texto podía ser mal interpretado y considerado como la legitimación de un peligroso permisivismo o laxismo moral. Un perdón “demasiado” fácil concedido por un Dios “demasiado” misericordioso. El escrito “Didascalia Apostolorum” (“Enseñanza de los Apóstoles”), obra siria del s. III, presenta este episodio como un modelo del amor delicado de Jesús hacia el pecador, contra quien juzga hipócrita y orgullosamente al prójimo.
 

En el centro de la escena, se encuentra esta mujer infeliz, humillada, y más aún depreciada por el simple hecho se ser mujer. La ley (Lev 20, 1-27; Dt 22,22-29) contiene un código penal que se aplica a las diversas formas de adulterio. La pena prevista es la muerte de los culpables. Jesús, perdonando a la mujer, hubiera violado el derecho hebreo; condenándola a la pena capital por lapidación, habría violado el derecho romano, al cual le correspondía conminar la pena de muerte.. Propongo meditar el entero episodio de la adúltera en tres cuadros:

 

1. Jesús y la multitud. El Maestro está enseñando e improvistamente el círculo de los que lo escuchaban se abre para hacer pasar a una mujer adúltera. Él mismo había dicho que no había venido a derogar la ley, sino a llevarla a cumplimiento. Por lo tanto, debe aplicarla y participar en la lapidación. Pero si hace eso perderá aquella aureola de misericordia y dulzura. Jesús no emite palabra. Se inclina a escribir en tierra, sereno y silencioso. Este gesto puede ser signo de imperturbabilidad, pero quizás es una sutil alusión a una frase del profeta Jeremías: “Los que de ti se apartan, Yahvé, en la tierra serán escritos” (Jer 17,13).
 

El pecado de la mujer ya ha sido borrado. Quizás Jesús quiere que venga un poco de calma en el corazón de esa mujer. Al final levanta la mirada y dice: “Quien de ustedes esté sin pecado que tire la primera piedra”. Fue como si hubiera golpeado fuertemente la conciencia de cada uno. Conocía lo que había en el corazón de ellos, quienes al oírlo se fueron escabullendo, comenzando por los más ancianos, asustados tal vez, por la idea de que Jesús ahondara en sus vidas pasadas, para ver si en verdad estaban sin aquel pecado que en el decálogo era llamado: “desear la mujer de otro”. El único libro de contabilidad de Jesús es la arena que borra todo. Si hemos perdido algún objeto en ella, habremos tenido la experiencia de darlo por perdido.

 

2. Jesús sólo con la adúltera. El tribunal se ha despoblado. Han quedado solos el juez y la acusada, la miseria y la misericordia, como dirá San Agustín: “relicti sunt duo, misera et misericordia”. El Maestro se levanta y le dice: “¿Mujer, dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?”. No pide más, porque conoce el sentimiento de arrepentimiento. Habrá pensado Jesús: “¿Dónde están aquellos que sólo saben lapidar y sepultar a los otros con piedras? ¿Dónde se encuentran los que sólo saben ver siempre pecados alrededor de ellos pero nunca dentro de sí?”.
 

Hay un gesto bellísimo que se debe subrayar: Jesús “se pone de pie” delante de la adúltera, como se hace en los casos en que se está frente a una persona esperada e importante. El Maestro habría visto en los ojos de esa mujer el miedo a la muerte, vergüenza, temor escalofriante ante su futuro. Y le habla. Nadie le había hablado, porque la habían considerado como un objeto puesto allí en medio. Y la llama: “mujer”. Jesús no ve en ella tan solo una pecadora, ve fundamentalmente a una mujer, creada a imagen y semejanza de Dios; frágil, pero verdadera mujer que desea vivir; capaz de amar mucho y por eso se le perdona mucho.
 

Ella ya no está en el error. No pertenece más a su pasado, sino a su futuro, que es un proyecto de salvación. Su vida es una actualización de lo afirmado en la Sagrada Escritura: “No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo, ¿no se dan cuenta?” (Is 43,18-19); y lo experimentado luego por Pablo: “Sólo busco una cosa: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia delante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús” (Fil 3,14).
 

Cristo es el único sin pecado y sólo él podía tirar la primera piedra. Pero renuncia al derecho de condenar, porque como el Padre, “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 33,11). El “vete y en adelante no peques más”, debía infundir una nueva confianza en la mujer. Eso significa: vuelve a tu casa para vivir y esperar, recobra tu dignidad; di a los hombres, con tu sola presencia entre ellos, que no existe sólo la ley sino también la gracia. La experiencia de aquel perdón y comprensión infinita de parte de Jesús, alivió a esta pobre mujer, le llenó el corazón con la experiencia de un amor nuevo, tan distinto de aquel que la había desilusionado hasta ahora. Como la Magdalena, Zaqueo, el “buen” ladrón y tantos otros personajes evangélicos, la adúltera vivió en corazón propio lo que la palabra de Dios indica: “El Señor rescata a sus servidores, y los que se refugian en él no serán condenados” (Sal 33, 23).

 

3. Jesús y nosotros. Lo que el Señor quiere inculcar no es la justificación del adulterio ni banalizar la culpa. Hay una condena explícita del pecado, aunque delicadísima, en las palabras: “No peques más”. Lo que quiere rechazar es la actitud de los negadores de perdón, tutores implacables de la moralidad pública, deseosos de hacer brillar el esplendor inmaculado de su superioridad moral, y dar vida reabriendo la existencia de la mujer al futuro. Aquí encuentran actuación práctica, las recomendaciones del Maestro: “Sean misericordiosos...no juzguen” (Lc 6,36-37). Nosotros tal vez no tiramos piedras contra el prójimo, pero con cuánta frecuencia arrojamos el veneno de la maledicencia, la crítica despiadada y la calumnia destructiva. Y de esto hay urgencia de convertirse, para poder decir luego como el salmista: “Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría” (Salmo 125,4). De lo contrario, la Buena Nueva habrá sido escuchada con los oídos pero no habrá pasado por el corazón.
 

Acostumbrémonos a que en nuestros juicios prevalezca la misericordia por sobre la severidad. San Benito exhorta al abad, al guía espiritual y al responsable de la disciplina en la comunidad monástica, a hacer triunfar la clemencia: “Superexaltet misericordiam iudicio” (Regula monachorum, c. 64, v. 10). Este consejo no es sólo para los pastores o para los jueces eclesiásticos, sino que es saludable a todos, como exhorta Santiago en su carta apostólica: “Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia se ríe del juicio” (2,13).
 

Podríamos decir en el silencio de la oración: “No me des Señor la inocencia. Eso es un milagro que no lo sé llevar. Consérvala para tus santos que saben custodiarla sin ser orgullosos. A mí concédeme la gracia de verte siempre cuando te pones de pie delante de mí para hablarme. Regálame la humildad para dejar caer todas las piedras que mis manos prepotentes han preparado, y la alegría de sentirme siempre perdonado por ti”.


 

Pbro. Dr. José Manuel Fernández



 

 

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