Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Tel 02477 429001  -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                            |    |    |    |
Actividades

Parroquia

Caritas

Colegio

Jardín de Infantes

Grupo Fútbol Padres

Imágenes

Noticias anteriores

Reflexiones

Homilías

Meditaciones

Relaciones

Nuestra Patrona

Nuestra Diócesis

Catequesis en la Red

El Credo

Los Mandamientos

Los Sacramentos

La Oración Cristiana

Los Santos

El Sermón de la Montaña

Tiempos Litúrgicos

Adviento y Navidad

Cuaresma

Pascua

Donaciones

 

TIEMPO de PACIENCIA

 

El tema constante de las tres lecturas bíblicas de este domingo es la conversión. Ésta no sucede de una vez para siempre; no es una conquista definitiva que exima de toda responsabilidad y haga inútil cualquier compromiso. Al contrario, cuando nos colocamos frente a la Palabra de Dios, ella nos impulsa a renovar continuamente la vida para hacerla conforme a la llamada que él nos hizo. No debemos apegarnos a las falsas seguridades, pensando que por el hecho de haber recibido el bautismo o pertenecer a la comunidad eclesial, esto sería como una garantía absoluta o cuasi mágica que nos consiente hacer lo que nos parece.
 

Ser creyente no significa haber alcanzado la meta sino ponernos en camino diariamente para acercarnos más a ella. La existencia cristiana siempre se ve amenazada. La esperanza no dispensa de ser vigilantes, y la confianza no excluye tener los ojos abiertos. El texto de la primera lectura extraída del libro del Éxodo, describe la famosa escena de la zarza ardiente. Dios se manifiesta como liberador de una multitud de gente que no viene tenida en cuenta, oprimida, explotada, sin derechos. No es el Dios que está en el cielo, impasible y lejano. El grito del que sufre lo alcanza y lo hiere: “yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder...” (Ex 3, 7-8).

Notemos la sucesión de los verbos empleados aquí: “He visto...he oído...conozco”. Pero Dios decide intervenir en la historia de los hombres y por eso elige a algunos. Quiere tener necesidad de aunque sea unos pocos. Él está presente en el mundo si nosotros no estamos ausentes. Está cerca del hombre si nosotros nos hacemos prójimos. Moisés se había acercado a la zarza ardiente por curiosidad: “Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?” (Ex 3,3). Pero el contacto con Dios no es nunca inocuo: “Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó” (Ex 3,4). Cada experiencia auténtica de Dios no puede resolverse simplemente en un gozo estático. Y cuando Dios se revela, no lo hace para satisfacer nuestra curiosidad o para brindarnos informaciones gratuitas, sino para comunicarnos lo que pretende de nosotros. Moisés va para ver y se encuentra con una tarea a asumir. Su vocación se traduce en una misión precisa. La llamada hace de él, un enviado. Oración y contemplación significan fundamentalmente estar en escucha y ponerse a disposición.
 

No siempre nuestras respuestas corresponden a lo que Dios espera de nosotros. Muchas veces conducen a su desilusión. Los frutos no se encuentran a la altura del propietario de la viña. La parábola de la “higuera plantada en la viña” nos indica que esta realidad puede ser la nuestra: “El dueño fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?”. Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás” (Lc 13,6-9). Dios concede al hombre “un año más” y le prodiga su último y extremo cuidado para que fructifique y no corra el riesgo de ser cortado.

 

Dios no goza con nuestra ruina, sino con nuestra conversión (Ez 18,23-32; 33,11). Éste es el único motivo teológico por el que remueve y abona la tierra. Jesús responde revelando el misterioso diálogo entre la justicia –“córtalo”- y la misericordia de Dios –“déjala todavía este año”- . El tiempo es el espacio para encontrar la ternura de Dios. En efecto, él “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” ( 1 Tim 2,4). Los tres años del ministerio de Jesús son la venida de Dios para el juicio; pero él en vez de juzgar, ofrece el perdón. Éste es el sentido profundo de la historia: es “el año” de la paciencia y la misericordia de Dios; una dilación del juicio. Hasta que dure este “hoy” (cf. Heb 3,13), urge convertirse. Y Cuaresma es el tiempo propicio para dejar que la gracia divina actúe y la libertad del hombre trabaje con ella. De ese modo le daremos a Dios la alegría de que nuestro corazón se renueve y lo podamos estrenar todos los días. No tengamos miedo de dar este paso. Dios es bondadoso y compasivo. “Él perdona todas tus culpas y cura tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura. El Señor es lento para enojarse y de gran misericordia: cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que le quieren” (Sal 102, 3-4.8-11).
 

Pbro. Dr. José Manuel Fernández



 

 

Parroquia Santa Julia

  Alberdi 3065 - Pergamino  (BA) - República Argentina |Diócesis de San Nicolás de los Arroyos

Teléfono:  02477 429001 | email: informa@capsantajulia.com.ar