Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Tel 02477 429001  -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                            |    |    |    |
Actividades

Parroquia

Caritas

Colegio

Jardín de Infantes

Grupo Fútbol Padres

Imágenes

Noticias anteriores

Reflexiones

Homilías

Meditaciones

Relaciones

Nuestra Patrona

Nuestra Diócesis

Catequesis en la Red

El Credo

Los Mandamientos

Los Sacramentos

La Oración Cristiana

Los Santos

El Sermón de la Montaña

Tiempos Litúrgicos

Adviento y Navidad

Cuaresma

Pascua

Donaciones

 

SABOR Y LUZ


"Dijo Jesús a sus discípulos: "Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué la salarán?. No sirve más que para tirarla fuera, y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cajón, sino en un candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo" (Mt 5,13-16)

La sal da sabor y preserva de la corrupción; además, es símbolo de sabiduría, amistad y disponibilidad al sacrificio.
La comunidad es sal cuando tiene el sabor de las bienaventuranzas.
Ellas nos dan saber y sabor, nos dan capacidad de comunión y disponibilidad plena para pagar los costos: son nuestra identidad de hijos del Padre. Por eso es que para comprender en plenitud el pasaje evangélico citado arriba, debemos dejarnos iluminar por Mt 5,11-12 que constituyen los versículos precedentes a nuestro texto. Allí nos afirma Jesús:

Bienaventurados seréis cuando os insulten y os persigan y digan todo tipo de mal en contra de vosotros, mintiendo, por causa mía. Gócense y alégrense porque vuestra recompensa será grande en los cielos; así han perseguido a los profetas antes que a vosotros".

Nuestra identidad es "sal de la tierra": da sentido no sólo a nuestra existencia personal, sino a la de todo hombre.
La vida filial y fraterna es para todos, el sabor mismo de la vida. Si uno no es hijo y hermano de nadie, simplemente no es.
El escritos Bernanos indicaba que el Señor

"no nos ha llamado a ser dulzones como la miel,
sino decididos y vigorosos como la sal"

Quien encontró "sabor" en Cristo, "sabe" de Cristo, y es luz.
La luz es el principio de la creación (Gen 1,3). Es lo primero que Dios crea, luego de observar que la tierra era "confusión, oscuridad, caos" (Gen 1,2).
Jesús es visto por el evangelista Mateo como la fuente de una gran luz para todos los que habitan en las tinieblas y sombras de muerte (4,12-17). En Él somos iluminados, salimos a la luz de nuestra realidad, nacemos como hijos.
Es que quien es iluminado, a su vez ilumina a los otros.

"Luz del mundo": aquello que da sabor a la tierra, ilumina el mundo, haciéndonos ver la belleza. La palabra "mundo" (en griego: kósmos) significa orden, estructura y belleza. Ser "luz del mundo", significa aportar ese elemento iluminante que, en el ambiente donde haya un cristiano, se pueda dar orden y belleza, que haga el mundo más habitable. La luz borra el miedo hacia el otro y es el verdadero signo de que ha iniciado el día.
Un antiguo dicho tibetano dice:

"De lejos ví un animal que venía a mi encuentro;
después descubrí que era un hombre,
y cuando lo tuve enfrente,
me di cuenta de que era mi hermano".

La luz de Cristo permite que a los momentos más difíciles los asumamos como circunstancias providenciales.
Mozart estaba vendiendo todos sus bienes para vencer su miseria, cuando escribió la iluminosa sinfonía "Júpiter".
Beethoven, en los días en que escribía cartas buscando desesperadamente amistades en medio de la soledad, escribió la "Segunda sinfonía".

Que la luz no venga apagada por el orgullo que reduce el esplendor divino a fantasma.

"No se puede ocultar una ciudad en lo alto de un monte".
La comunidad es una ciudad; la ciudad santa, el lugar en que se deben vivir las relaciones, en modo divino y paradisíaco, no diabólico ni infernal. La ciudad santa está en la cima de los montes, cono el templo del Señor (cf. Is 2,2). Todos la ven y dicen: "Vengan, subamos al monte del Señor para que nos indique sus caminos y podamos caminar por sus senderos" (Is 2,3).

Nosotros no debemos buscar la relevancia, sino la identidad.
El cirio no se preocupa por iluminar: simplemente arde, y ardiendo, ilumina. La identidad no puede permanecer escondida, aunque no haga nada para hacerse ver: la sal no puede no salar, y la luz no iluminar.
El problema no es salar o iluminar, sino "ser" sal y luz. Quien busca la relevancia en lugar de la identidad, es como la rana que se infla para ser buey.
Nadie da lo que no tiene: aquello que somos, habla más fuerte que aquello que decimos.

La luz no se enciende para esconderla sino para permitirle que ilumine.
¡Cuántas veces apagamos la luz "debajo del cajón" de nuestros oportunismos!.
La lámpara, en cambio, se pone sobre la mesa.
Para Jesús, el lucernario fue la cruz: el máximo ocultamiento fue su plena revelación. La luz es una pequeña parábola que nos habla de Dios: ella es externa a nosotros, no la podemos tener en nuestras manos, como Dios que es superior y trascendente, y sin embargo nos envuelve y nos brida su calor.

La luz recibida no puede ser escondida en el grupo, la familia o el templo, sino que hay que diseminarla entre todos los hermanos y criaturas de Dios.
Nietzsche, el famoso filósofo ateo alemán, reprochaba a los cristianos:

"Si la buena noticia de vuestra Biblia estuviera también escrita en vuestro rostro,
no tendrían necesidad de hablar de la autoridad de la Escritura;
vuestras obras harían casi superflua a la Biblia,
porque ustedes constituirían la Biblia viviente"

Pbro. Dr. José Manuel Fernández.


 

 

Parroquia Santa Julia

  Alberdi 3065 - Pergamino  (BA) - República Argentina |Diócesis de San Nicolás de los Arroyos

Teléfono:  02477 429001 | email: informa@capsantajulia.com.ar