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SABER ESPERAR


El texto evangélico que indicamos para su lectura y meditación es el de Lc 12, 32-48, en el que se nos relatan tres parábolas o sencillas enseñanzas de Jesús, con una temática común: vivir sin miedos el tiempo presente, con la esperanza del más allá.
La primera de ellas es la de los servidores que esperan vigilantes y atentos el regreso de su señor que fue a una boda.
La segunda presenta al que vigila la llegada del ladrón con oído atento y ojo despierto.
La tercera parábola es la más desarrollada y articulada: la del administrador fiel y sabio que siempre está preparado para rendir cuentas a su amo, que no comete el error de vivir en la indiferencia y la frialdad, y deja para más tarde la conversión, diciendo: "Mi señor tardará en llegar".

1. Vencer el miedo: "No temas pequeño rebaño" (Lc 12,32).
Con estas consoladoras palabras, se dirige el Señor a su Iglesia. Es que Dios siempre da coraje al hombre, lo sostiene en sus temores, y acompaña su presencia con su divina voz, lo sostiene en sus temores, y acompaña su presencia con su divina voz, que es siempre esperanzadora. Es una constante en los relatos bíblicos, que cuando se le presenta al creyente alguna dificultad o duda, allí aparece Jesús dando aliento y sostén.
Dar aliento equivale a donar vida.
Sostener implica extender los brazos para ayudar a estar siempre de pie.
Y esto lo hace porque nos ha creado para ser peregrinos que saben claramente cuál es la meta; no vagabundos que deambulan de un lugar a otro, sin conocer el destino.
Dios no puede ver a sus criaturas postradas o al borde del camino. Por esto siempre nos da fuerzas.
Dirá san Juan: "Cuando hay amor no hay miedo" (1 Jn 4,18).
Pablo expresa lo mismo con otros términos: "No tenéis un espíritu de esclavos para caer en el miedo, sino un espíritu de hijos adoptivos por medio del cual gritamos: ¡Abbá, Padre!" (Rom 8,15).
Jesús viene a erradicar el cáncer moderno que destruye las células del espíritu: los miedos y la ansiedad.
Dos flagelos que aniquilan la capacidad de futuro.
Nos estamos dejando llevar por el temor al mañana y la agitación frente a lo urgente. El espíritu maligno es un especialista en agrandar las cosas y aterrorizarnos sin sentido.

2. El valor del tiempo presente: "Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas" (Lc 12,35).
El tiempo es parte de la herencia que nos da la vida. Está fuera de nosotros, pero somos sus protagonistas principales. Depende la habilidad de cada uno para que seamos nosotros los que pasemos por el tiempo, y no al revés.
Para el cristiano, el tiempo es la distancia que lo separa hasta presentarse definitivamente ante Dios.
Decía Francisco Luis Bernárdez:

"Y el tiempo que discurre hacia la muerte
no existe por el tiempo que ha pasado
sino por el que falta para verte".

Así, hasta la muerte, hay tiempo regalado para que cada uno pueda pasarlo como mérito ante Dios.
El tiempo no es algo que perder.
Los paganos tienen una visión pesimista de él.
"Cada día que pasa es morir un poco", decía Sartre, y para muchos es solamente eso. Piensan que hay que disimular la edad, para que no se vea, o se note lo menos posible. ¡Casi como una vergüenza haber nacido antes que otros!.
No faltan quienes lo hacen coincidir con la eficacia. Cumplen al pie de la letra aquel adagio inglés: "El tiempo es oro".
Pero, para el cristiano, el tiempo tiene un valor especial.
Si para los paganos es oro, para el que cree en Cristo es gloria. No lo desprecia, sino que vive vigilándolo para que siempre esté lleno de esperanza. Y así, el tiempo termina siendo un excelente maestro que prepara para la eternidad.

3. La esperanza: "Sean como los hombres que esperan el regreso de su Señor" (Lc 12,36).
La respuesta que Dios siempre espera de sus criaturas es la esperanza.
Para el que cree, todo es posible, y "no hay nada imposible para Dios" (Lc 1,37).
San Ignacio de Antioquía habla continuamente de los cristianos, como de aquellos "que esperan en el Señor".
La Palabra de hoy es un llamado a vivir en el mundo, no en una aburrida espera, sino en dinámica esperanza, que enciende delante de los hombres la luz de la fe. De ese modo, la vida no será una errada búsqueda en la oscuridad.
Y aquí interviene el saber mirar.
Se dice que dos hombres miraban a través de los barrotes de su celda. El uno no veía más que fango; el otro, en cambio, veía estrellas.
Dice Peguy que la esperanza puede asemejarse al uso de las muletas que nos permiten no detener el paso, aún en medio de las pruebas y los cansancios del diario vivir.
No esperar es negar la fe.
Creer y no esperar es aun peor que no creer.
Dios quiere hacer del mundo un "gran campo de esperanza" y no una aburrida "sala de espera".

Deberíamos interrogarnos: ¿Dónde hemos puesto la esperanza?

Puede ser que haya quedado enterrada bajo los escombros de una vida superficial, llena de cosas inmediatas y verificables, que no dejan espacio para lo trascendente.
Hoy, la gran mayoría de los que encontramos en el camino, nos hablan el lenguaje del cansancio, que se expresa en rostros tristes.
¿Podemos seguir así?. Evidentemente, no.
Habrá que pedir a Dios el don de la esperanza, recibirla y cultivarla, viviendo de ella y para ella.
Y, como la oración es, según la enseñanza de Santo Tomás, "la interpretación de la esperanza", deberíamos concluir esta reflexión diciendo:

Jesucristo, Señor de la historia,
concédenos la alegría
de la esperanza que no defrauda.
Que así sea.

Pbro. Dr. José Manuel Fernández.


 

 

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