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UN NIÑO SE NOS DARÁ



Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández



El evangelista Lucas relata que el día del nacimiento de Jesús en Belén, un ángel del Señor apareció a los pastores que vigilaban en la noche haciendo la guardia de su rebaño. La gloria del Señor los envolvió de luz y ellos fueron invadidos por un gran miedo (Lc 2,8-9). Pero el ángel del Señor les dijo: “No teman. Les anuncio una gran alegría: hoy ha nacido en la ciudad de David un Salvador que es Cristo el Señor. Este es el signo: encontrarán un niño envuelto en pañales, recostado en un pesebre” (Lc 2,10-12). Esto quiere decir que el gesto de ternura de María hacia el pequeño Dios tiene su significado. El “Hijo de Dios” (Lc 1,35), ahora manifestado en Navidad como el “hijo de María” (Lc 2,7), asume la condición humana: aquella común a todos nosotros, marcada por el límite. Una condición que tiene necesidad del hogar para crecer, y que está destinada a concluirse con el epílogo de la muerte. En una palabra: la “gloria del Señor” se esconde en la pobreza de aquellos humildes pañales.


En la teología de Lucas, la “gloria del Señor” está siempre relacionada con la glorificación pascual que el Padre confiere a Jesús (Lc 9,26.31; 21,27; 24,26), significando de ese modo, que el Niño de Belén es de naturaleza divina. Pero de esta gloria divina, no aparece nada hacia fuera. Si como Dios, él se reviste de luz (cf. Salmo 104,2), ahora como el hijo del hombre, está recubierto de pañales cual frágil e inerme neonato. “El Señor de la gloria está envuelto en pañales”, canta la liturgia bizantina.


Pero los pastores, a quienes se les había dicho que encontrarían a un Niño así envuelto (Lc 2,12), cuando se dirigen a verificar el signo “encontraron a María, a José y al Niño acostado en el pesebre” (Lc 2,16). En el v. 12 el signo se compone de tres elementos: el Niño, los pañales y el pesebre. En el v. 16 en cambio: María, José, el Niño y el pesebre. Los pañales ya no son más recordados. En su lugar Lucas introduce las figuras de María y José. No es casual esta sustitución.


¡Qué hermoso saber que en una familia, los padres son como esos blancos pañales que cubren con tierna solicitud, acarician con afecto y se inclinan con delicado amor hacia sus hijos! Exclama el autor del libro de la Sabiduría: “Apenas nací fui cubierto de paños y rodeado de cuidados” (Sab 7,4). Sobre el primogénito Israel, abandonado en campo abierto el día del nacimiento en Egipto, Dios se inclinó amorosamente hacia él, exclama el profeta (cf. Ez 16,4-6). Sobre el pequeño Jesús, para el cual no hay lugar en ninguna posada, los exquisitos cuidados de María y de José sustituyen la indiferencia de los hombres.


“Venid a ver el infante
que ha nacido en el establo
que por ser Rey en los cielos
no quiso en tierra palacios
Es el niño más bonito
que nunca vieron humanos
en la boquita y los ojos
tiene un indecible encanto”.


A las funciones maternales de María, se unió el cuidado paterno de José. El transparente cariño de los dos lo envolvió, rodeándolo de ternura, de modo que él “crecía en sabiduría, edad y gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52).

Ese cuerpo de Jesús, también será envuelto en el momento del dolor: “José de Arimatea, bajó el cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió en un sudario y lo depositó en una tumba” (Lc 23,53). Hay un paralelismo entre los pañales y el sudario, el pesebre y la tumba. ¡Hasta ese punto asume Jesús la naturaleza humana! Desde la antigüedad, el arte figurativo representa la cuna del pesebre como una minúscula tumba. Viniendo “entre los suyos” (Jn 1,11) llega a nuestro mundo para educarnos en el dolor y enseñarnos las lecciones del nacer y del morir:


“Cuando el niño sea un hombre
lo llevarán al Calvario
pero su Padre Divino
le arrebatará en sus brazos”.


El signo de Belén: un Niño frágil. Nuestro Dios es omnipotente, pero con un poder que se demuestra no con la fuerza de la agresión sino que se nutre en la debilidad del amor, y en ésta se revela. Creer no es un privilegio que nos dispense de la común fatiga en el diario vivir. El rostro del Niño que nace en esta noche va buscado en los momentos de tinieblas y de luz, de amor y de indiferencia. Este es el mundo, y ésta es la vida que asumió el Verbo de Dios. Pero a partir de Navidad los hombres y mujeres de esta tierra no debieramos vivir desesperados. El Divino Niño trae la esperanza a la familia humana y a cada hogar en particular. Esa esperanza que es la virtud a la que el escritor francés Charles Péguy gustaba definir como la más bella de las virtudes, segunda sólo en el orden de la secuencia (fe, esperanza y caridad) pero primera entre todas las otras. Primera de todas porque tiene lugar y poder en el corazón de Dios, que habiéndose atado las manos en la aventura de crear al hombre libre, se abandona también Él a la esperanza, poniendo sus ojos en los nuestros. Es la virtud que viene indicada por Péguy, como la niña inquieta, creativa, novedosa, alejada de la extenuación y del cansancio, a los que nos acostumbra rutinariamente la vida.


Tal vez en el año que está por conocer su ocaso se han vivido momentos de declino en el creer y en el esperar, pero el nacimiento de este Niño nos devuelve la paz, la fuerza para continuar el camino y el coraje para no detenerse. A partir de esta Noche el día adquiere una nueva perspectiva: la trascendencia en medio de lo cotidiano, la divinidad en medio de la humanidad, la eternidad que transfigura el tiempo, la compañía junto a la soledad.


Quizás haya alguien que no comprenda lo que hoy la cristiandad celebra. Por eso como una sugerencia imbuida de respeto, los invito a que recemos juntos esta plegaria hecha villancico, compuesta por el poeta español Gerardo Diego (1896-1987), que tituló: “Villancico del que le cuesta creer”.


“-¿Tú ves que es un Niño? –Sí
-¿Y tú ves que es Dios? –Yo no.
Veo lo que veo yo
y está delante de mí.

-¿Y no ves, triste de ti,
que de la oscura penumbra
nació una estrella que alumbra,
y que a la nieve ya abriga?

-Yo no sé lo que te diga
tanta luz ya me deslumbra.
Acércate más ahora.
Qué gloria de criatura
y que alegría tan pura
la de la Madre que adora.

Cómo te ríe y llora.
Tócale tú y di: si, creo.
-Creo, si, en lo que no veo
y en lo que veo también,
Niño mío de Belén,
aunque soy ciego y ateo”.


Como en puntas de pie, en sagrado silencio, adoremos el Misterio de ese Niño que el Amor del Padre nos deja a la puerta del alma en esta noche Santa, y no lo dejemos escapar más:


“Alma dormida despierta,
y escucha el dulce clamor,
porque esta Noche el Amor
te ha echado un Niño a la puerta” (Alonso de Ledesma).


Dejemos que haga su ingreso y pase a ser nuestro huésped permanente, y así nuestra vida alcanzará la gozosa luminosidad que solo Dios es capaz de donar, a quien todos los días desean estrenar la vida.


 

 

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