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LA ORACIÓN INSISTENTE


Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández


“Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: “Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario”. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después se dijo: “Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”. Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,1-8).

Protagonistas de la parábola son un juez sin fe, sin temor a Dios y sin alguna sensibilidad hacia los pobres. El texto evangélico en su original griego dice que este magistrado era: “desvergonzado”. El segundo personaje es una viuda desamparada. El juez tiene un comportamiento en neto contraste con las enseñanzas del código de la alianza y de la santidad prescritas en el Antiguo Testamento (cf. Ex 22,20-23; Dt 14, 28-29), que “ordenan” prestar atención y escuchar a los pobres y marginados. La viuda no puede apelar a otros para reivindicar los propios derechos, sino sólo a aquel juez competente en la jurisdicción a la cual ella pertenece. Sin protección alguna de parte de la mala justicia, la única posibilidad que se le concede es la “insistencia” a su requisitoria. Es en esa actitud, en la cual reside el cambio de orientación que desenvuelve el nudo de toda la problemática: “Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo para sí mismo” (Lc 18,4).

El soliloquio del juez llega a ser el inicio de su conversión, del descubrimiento de la necesidad de un cambio en él, al menos determinado por el obstinado pedido de la viuda: la injusticia se doblega ante la justicia y se transforma en solícita atención hacia el desvalido. Se crea una oposición neta entre el brindar asistencia o apoyo legal del juez deshonesto en relación al adversario -a la contraparte en el contencioso- y el “hacer justicia” de Dios. Esta última frase es enunciada con una interrogación directa introducida por la conjunción negativa griega “ou me”, es decir “no”, que subraya la certeza absoluta de la intervención: “le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”. Dios, como ya en la esclavitud egipcia, se demuestra atento al “grito” de los pobres. En griego “boan” significa el “gritar” de los desposeídos y de los débiles. Se puede apreciar en Lc 9,38: el padre del hijo epiléptico endemoniado; Lc 18,38: el ciego de Jericó; Mc 15,34: el grito del Crucificado al Padre.

En la oración de la viuda podemos observar una alusión a los cristianos expuestos a la persecución y de la que piden ser liberados insistentemente. La oración es aquel “grito” que llama en causa a Dios, permitiéndole manifestar la gloria de su omnipotencia. Probablemente el evangelista Lucas al escribir esta parábola, está pensando en un tiempo de prueba o de tribulaciones que está viviendo la comunidad cristiana en esa época. Por eso afirma: “Pero cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lc 18,8). Se trataría de una experiencia como la que aparece en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, subrayando la importancia de conservar la fe en esas situaciones: “Confortaron a sus discípulos y les exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hech 14,22).

En su discurso escatológico, Jesús buscará prevenir a los suyos indicándoles los signos precursores del fin (Lc 21,12-18) pero también los exhortará a la constancia: “Gracias a la perseverancia salvarán sus vidas” (Lc 21,19). Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil es serlo en la tribulación. Fidelidad implica búsqueda, acogida y coherencia, pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la constancia. Hay que perseverar, porque comenzar cualquiera sabe. Continuar sólo es de sabios y santos.

Aunque Dios haga silencio ante nuestra plegaria, jamás debemos perder la certeza absoluta de que escucha e interviene en el tiempo justo. Él camina hacia nosotros con la respuesta adecuada, a veces más lento, otras más veloz, pero “nunca tarde y siempre a tiempo”. Aunque los horizontes no se vislumbren y presintamos una aparente ausencia divina, Dios siempre ejerce con nosotros el divino oficio de la paciente escucha. La tentación del que ora consiste a veces en desalentarse, dejar de golpear la puerta, perder la fe, no esperar más nada y oponer el propio silencio al callar de Dios. Esa es la tentación en la cual no debemos sucumbir jamás. Todo inicio exige conclusión.


 

 

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