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VIDA ASCENDENTE



Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández



No hace mucho tiempo un grupo de jubilados visitaba el Senado norteamericano, y el senador que les acompañaba, para explicárselo comenzó a tratarles como si fueran niños de un pre-escolar. Se dirigía a ellos con palabras fáciles y les hablaba en voz muy alta como si todos estuvieran muy sordos. Y, al final, se dirigió a uno de los ancianos del grupo y le preguntó: “Y usted, ¿qué era antes?”. Y entonces el anciano le miró fijamente y respondió con orgullo: “Yo…soy todavía”.


La jubilación que debería ser simplemente un cambio de tareas con un aumento del descanso, es con frecuencia, como una especie de despedida de la vida. Incluso los que quieren ayudar a los ancianos, parten del supuesto de que la vejez es triste. Y entonces se hace un esfuerzo para que los mayores sigan pareciendo jóvenes, para distraerles, pero casi siempre con iniciativas que, al final, les dejan al margen de la vida real. Sin embargo quisiéramos subrayar aquí algunas verdades que son evidentes:


1.- Que un hombre o una mujer pueden jubilarse del trabajo, pero no se jubilan de la vida. No hay una vida verdadera que sea sólo de la juventud o la edad adulta, y una semivida que consistiría ya sólo en esperar la muerte. La ancianidad es una de las etapas de la vida, como la tarde es una de las partes del día. Y una tarde puede ser tan hermosa o más que una mañana o un mediodía.


2.- En segundo lugar, que un hombre puede jubilarse del trabajo profesional, pero nadie se jubila de hacer algo. La jubilación, ni es ni puede ser una entrada en la siesta, sino un cambio de tareas. Porque un jubilado puede seguir haciendo cien mil cosas importantísimas para el mundo y para la vida.


3.- En tercer lugar, que si un anciano no se jubila ni de vivir ni de hacer algo, mucho menos se jubila de la alegría. Más bien habría que pensar que es en la edad mayor, cuando se han superado los egoísmos y las tensiones de la juventud y de la edad adulta, cuando los hombres tendríamos más razones y motivos para estar alegres.


Pero ¿se puede estar alegre incluso cuando uno sabe que no está muy lejos de la muerte? En realidad, todos estamos igualmente cerca de la muerte. Y, por otro lado, quien tiene fe sabe que puede vivir en esperanza. Por eso los ancianos creyentes deberían sentirse afortunados y demostrar con su alegría que su fe está viva.


Cuando Juan Pablo II en su exhortación apostólica sobre los laicos, hace el recorrido de los apóstoles con los que la Iglesia cuenta, dice rotundamente: “A las personas ancianas, muchas veces injustamente consideradas como inútiles cuando no como una carga, recuerdo que la Iglesia pide y espera que sepan continuar esa misión apostólica y misionera que no sólo es posible y obligada a esa edad, sino que esa misma edad la convierte, en cierto modo, en específica y original”. Por eso me gusta el nombre de un movimiento que conocí en Europa, que reúne a ancianos y personas de la tercera edad, cuyo nombre es “Vida ascendente”, para indicar que en la Iglesia y en el mundo no existen útiles que sirven para todo e inútiles que no sirven para nada, sino que toda persona, cualquiera sea su edad, su salud, sus fuerzas, tiene en la vida un papel irremplazable y un lugar único.


Ojalá pudiéramos rezar con gozo aquella oración que Paul Claudel pone en boca de un personaje en una de sus obras teatrales. Es un anciano que se dirige a Dios y dice: “¡Llegó la noche! Ten piedad del hombre, Señor, en este momento en que habiendo acabado su tarea se pone ante ti, como un niño al que su padre le pregunta si tiene limpias las manos. Las mías están limpias. ¡Acabé mi jornada! He sembrado el trigo y lo he recogido. Y, de ese pan que he hecho, todos mis hijos han comulgado. Ahora puedo partir. ¡Vivo en el quicio de la muerte, y sin embargo, una alegría inexplicable me embarga”.

 




 

 

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