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DONDE LAS ÁGUILAS SE ATREVEN



A las alturas sólo se atreven las águilas. Vuelan, observan, crían, respiran...
Es cierto que a las alturas pueden llegar también los reptiles, pero no perduran. No es su ámbito natural; su lugar es el llano y nunca deberían ensayar esa subida.
Pero el águila es distinta, sube hasta donde nadie en la tierra puede por medios propios.
Hasta allí, en las alturas, es donde las águilas se atreven.

El alma humana es como un águila. Su ámbito natural es en las alturas: "Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta que no repose en Ti", decía San Agustín.
Y sólo puede tener libertad cuando vive en las alturas.

Habría que poner una nueva asignatura en la currícula escolástica: "cómo volar a las alturas", para que nos enseñen a buscar las recetas necesarias para eliminar o mitigar el dolor; afrontar la alargada sombra de la cruz que aparece en nuestras vidas; aplacarse más, enjugar las lágrimas. liberar nudos, saber perdonar, encauzar problemas, amar y dejarse querer. ¡Cuánto aire puro respiraríamos en las alturas!: allí donde las águilas se atreven.

Se sube poco a poco, con lentos aleteos. Y cuanto más arriba se llega, se aletea cada vez menos. Al respecto decía Santa Teresa - hablando de la oración - que al principio es como regar sacando el agua del pozo con un recipiente y haciendo cada vez el camino del pozo al riego; luego es como estar al lado de un río que pasa el agua y humedece. Pero al final es como la lluvia que trae su agua sin esfuerzo alguno del sembrador.

PRIMER ALETEO DEL ÁGUILA:
VIVIR COMO EL ÚLTIMO DÍA

"A cada día le basta su aflicción" dice Nuestro Señor. Vivir cada instante como si fuera el último es un gran secreto que cuesta comenzar a practicarlo. Muchos dolores serían más soportables y muchas virtudes se intensificarían.
Si alguien tuviera el regalo del Creador de saber que es su último día de vida ¿qué haría?. Creo que pocos dirían "seguir jugando", como dicen que dijo Santo Domingo Savio a sus compañeros ante semejante pregunta en un recreo del colegio.

Pero muchos deberíamos recordar esto:
"No visites los panteones, ni llenes las tumbas de flores.
Llena de amor los corazones.
En vida, hermano, en vida", decía un poema.

Si debe decirle una palabra amable a alguien, un cumplido, o pedir y ofrecerle perdón, no espere cuando esté muerto. Dígaselo en vida, hermano, en vida;
Si quiere darle a alguien una alegría, ofrecerle un regalo, unas flores o abrazarlo: dígaselo, hágalo, en vida, hermano, mientras viva;
que no se arrepienta de no haber dicho, hecho y omitido dar algo suyo, de lo que tiene a los otros. Déselo en vida, hermano, mientras viva.
Si debes visitar un enfermo, enjugar una lágrima, llevar consuelo, hacer un favor, hágalo mientras viva, hermano, en vida...
Si a alguien alegra su presencia, su compañía o desea una palabra de aliento de esperanza de vida, hágalo, hermano, hágalo en vida.
Un abrazo, un beso, una caricia, una oración juntos al Buen Dios, podrían hacerse hoy, mientras vivimos. Y como si fuera el último día.

Aged quod agis - "haz lo que haces" -, haz bien lo que estás haciendo, haz lo mejor posible lo que tengas entre manos. Platón decía: "Si haces algo, hazlo bien".

San Agustín en sus Confesiones relata la muerte de su madre "Santa Mónica". Es una de las páginas más bonitas de su libro. Deja en claro cuál es la verdadera preocupación que se tiene cuando se sabe que es el último día:
"Cuando ya se acercaba el día de su muerte - día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos -, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tibernia, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximo a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre. Y abríamos la boca de nuestro corazón. ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti.
Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tu sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas, y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres, ella dijo:
"Hijo, por lo que respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prologara por un tiempo; el deseo de verte cristiano, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?
No recuerdo muy bien lo que respondí, pero al cabo de cinco días o poco más cayó en cama con fiebre. Y, estando enferma, un día sufrió un colapso y perdió el sentido por un tiempo. Nosotros acudimos corriendo, más pronto recobró el conocimiento, nos miró, a mí y a mi hermano allí presentes, y nos dijo en tono de interrogación:
"¿Dónde estaba?"
Después, viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo:
"Enterrad aquí a vuestra madre."
Yo callaba y contenía las lágrimas. Mi hermano dijo algo referente a que él hubiera deseado que fuera enterrada en su patria y no en país lejano. Ella lo oyó y, con cara angustiada, lo reprendió con la mirada por pensar así, y, mirándome a mi, dijo:
"mira lo que dice."
Luego dirigiéndose a ambos, añadió:
"Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis."

Como si fuera el último día
- Miraré al mundo con ojos maravillosos, y a las personas, a las cosas, a los objetos queridos.
- Beberé un vaso de agua fresca y daré gracias a Dios por la sed y la frescura de calmarla;

Como si fuera el último día
- Perdonaré las ofensas y ofreceré perdón.
- Usaré de la ternura para los que cruce por el camino.
- Seré justo en mis juicios y caritativo con mis recuerdos;

Como si fuera el último día
- Reconoceré la fe con un Credo y la Esperanza repitiendo que "El Señor es mi Pastor".
- Viviré la caridad de la Eucaristía, como si fuera la última.
- Lo que ha de hacer en el día, buscaré lo más importante y me daré cuenta de cuántas otras no son ni necesarias ni beneficiosas.
- Aprenderé a soltar amarras.

- Y si llego al fin del día sin que sea mi último día, daré gracias a Dios, en la noche, por la gracia de otro día vivido.

SEGUNDO ALETEO DEL ÁGUILA:
ATENCIÓN A LO INTERIOR

La interioridad tiene su secreto: y es cuidarla. Porque la interioridad existe. Sin ella seríamos sólo una piel que recubre la carne y los huesos.
El secreto es cuidarla, una vez descubierta.
Una historia real podrá hacernos la crónica de alguien ocupado en las cosas del interior.
El Papa rechazó el hermoso reclinatorio que le habían preparado y, más que arrodillarse, se arrojó sobre la tierra cubierta de flores que rodea la tumba. Colocó un ramo de flores blancas y su frente tocó la losa, sumergiéndose en ese denso silencio que caracteriza la oración de Karol Wojtyla. Luego de cinco minutos se levantó sin decir palabras pero los que estaban allí presentes comprendieron que acababan de asistir a una especie de beatificación anticipada.
Sobre la tumba se leía un nombre: Jerzy Popieluszko. Y su único título: Sacerdote. Pero todos los polacos entendían cuánto dolor, sangre y esperanzas yacían bajo aquella cruz de granito rojo.
Este sacerdote de treinta y siete años, buen servidor, algo de poeta y más próximo al mundo de las artes se vio un domingo de agosto de 1980 frente a una situación poco común. Los obreros polacos se encerraron en una larga huelga y pidieron al Cardenal Wiszinsky que les enviara un sacerdote para poder oír misa sin salir de la fábrica tomada.
Y allí fue Popieluszko. ¿Con qué se encontraría?. Cuando cruzó la vieja fábrica escuchó un aplauso, descubrió el altar, la cruz de madera, los ornamentos preparados.
Cuando empezó la Misa el trueno de voces obreras respondieron las plegarias y los cantos.
Allí nació el mártir. Las Misas luego se sucedieron y ese hombre, con una profunda vida interior, comenzó a ser peligroso para aquél Estado. Empezaron los procesos. Y tras ellos la muerte violenta, después de una feroz tortura.
Es imposible llegar a las alturas sin vida interior. Luchar por la libertad, por la vida de la fe, tener esperanzas, amar en serio, sin un cultivo de la vida interior.

El secreto, según la mística de San Juan de la Cruz, son cuatro:
- Olvido de lo creado
- Memoria del Creador
- Atención a lo interior
- Y estarse amando al Amado.

El cuidado de la vida interior lleva a actuar, pero actuar en consecuencia.
Se cuenta que, una vez, un hombre que iba por el bosque vio un zorro que había perdido sus patas, posiblemente por una trampa. Y el hombre se preguntaba como podía vivir si el animal no podía cazar.
De pronto vio llegar un tigre que llevaba una presa en la boca. El tigre comió y una vez harto dejó el resto para el zorro mutilado.
Al día siguiente Dios volvió a alimentar al zorro mediante el mismo tigre. El hombre en cuestión estaba maravillado y se dijo a sí mismo: "Voy también yo a quedarme en un rincón, confiando plenamente en Dios, y él me dará cuanto necesito".
Así lo hizo durante unos días. Pero no sucedía nada. Llegó a tal punto que el pobre estaba a las puertas de la muerte cuando oyó una voz que le decía:

"¡Oh, tú, que te hallas en la senda del error,
abre tus ojos a la Verdad!. Sigue el ejemplo
del tigre y deja ya de imitar al zorro".

Hay que poseer un paladar espiritual para aprender a gustar los postres de Dios.

Para el que cultiva la vida interior siempre hay una estrella. Y aunque brille la mayor oscuridad, siempre hay una estrella Una oración del Cardenal Newman decía:

"Guíame, dulce luz,
hasta que marche la noche
y en la mañana sonrían los rostros de los ángeles
que tanto había amado
y que por un tiempo perdí.
Guíame tu, dulce luz,
guíame siempre adelante".

TERCER ALETEO DEL ÁGUILA:
VIVIR MEJOR CON POCAS COSAS

Los grandes sufrimientos son producto de ambicionar muchas cosas. Cuando hay menos necesidades hay mayor felicidad, porque muchas necesidades son producto de la ambición y la ambición hace sufrir.

"Feliz vivió Alvargonzález
en el amor de su tierra.
Naciéronle tres varones
que en el campo son riqueza,
y, ya crecidos, los puso,
uno a cultivar la huerta,
otro a cuidar los merinos,
y dio el menor a la Iglesia.

Mucha sangre de Caín
tiene la gente labriega,
y en el hogar campesino
armó la envidia pelea.

Casáronse los mayores;
tuvo Alvargonzález nueras,
que le trajeron cizaña,
antes que nietos le diera.

La codicia de los campos
ve tras la muerte la herencia;
no goza de lo que tiene
por ansia de lo que espera.

decía Antonio Machado en su poema refiriéndose a la codicia de los hermanos Alvargonzález.

Una buen preparación para quitarse el deseo de tener más para ser más, sería ver las tandas de propagandas televisivas o mirar las vidrieras de negocios y repetirse hasta el cansancio:

"Hay que ver cuántas cosas no necesito".

Porque es cierto que tenemos derecho a la felicidad, pero a la nuestra, no a la que nos hacen creer y que quiere imponerse desde afuera. Tenemos derecho a ser felices por dentro, sabiendo que implica renuncias y obligaciones.

Cuántas cosas que "no necesitamos" nos han robado tiempo y discordias; nos han traído prisas y ansiedades. Basta pensar en las familias que preparan los casamientos de los hijos. Por varios meses esos hogares no disfrutan de la preparación por las ansiedades, las perturbaciones, los enojos...

Para ser feliz no es importante tener mucho, sino necesitar menos. Pero para muchos es al revés: más tienen, más son.

Un viejo cuento, relata que un rey, que lo poseía todo estaba muriendo. Y el sabio médico acudió a su cabecera y, luego de revisarlo, le dijo:
- Sanarás cuando consigas ponerte la camisa de un hombre feliz.

Durante muchos días, que se habían transformado en semanas, los criados del rey conocieron todo el país, valles y montañas, campos y poblados. Por fin encontraron un hombre feliz. Pero éste no tenía nada. Ni siquiera una camisa.

Creer o no creer. En el fondo, este tercer aleteo del águila es profundizar primero con un acto de fe; "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos".

Es un acto de fe vivir con pocas cosas. Es saber que "el hombre vale lo que vale delante de Dios. Y nada más", como decía San Francisco de Asís.
Y, a semejanza de la fe, es un don y una tarea. Nunca es una conquista absoluta del hombre o un regalo que Dios daría a alguien que solo esperase.
¿Dónde empieza el uno y dónde acaba el otro?. El criterio de san Ignacio de Loyola sigue siendo el más práctico:
La vida, el trabajo, la felicidad, hay que programarlos como si todo dependiese de Dios (pura gracia) y, sin embargo, hay que analizarlo, calcularlo y realizarlo como si todo dependiese de nuestro esfuerzo diario (pura conquista).

Mirar, en este sentido, hacia el Cielo es la mejor forma de orientarse para andar sobre la tierra. Vivir con pocas cosas es un secreto que se va develando cuando se mira hacia "arriba".
Esta verdad rompe la fascinación del tiempo y nos libera de la utopía que convierte a la temporalidad y a sus criterios en cerco y valla que impiden ver lo trascendente.
Cuando se vive con "muchas cosas", hay
una pérdida de amparo
un rechazo del prójimo
un desgano por la interioridad
una distancia ante Dios.

"Hazme una cruz sencilla, carpintero...
sin añadidos ni ornamentos, que se vean desnudos los maderos,
desnudos... y decididamente rectos:
los brazos, en abrazo hacia la tierra, el astil
disparándose a los cielos".
(León Felipe).



 

 

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