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EL DIARIO SECRETO



Todos tenemos un "diario" secreto. Se compone de todos los segundos de nuestra vida. Si miráramos hacia atrás descubriremos las páginas y páginas que llenamos por el solo hecho de vivir.
Algunos lo escriben. Algunos sólo anotan lo más importante como una ayuda memoria, como esas películas que se guardan para pasarla otra vez, como un mudo testigo de horas pasadas tan gratas al alma.
Muchos los escriben por gusto, como el de Juan XXIII o por placer, o por terapia o por compañía. Basta pensar en el diario de Anna Frank. Otros pocos lo hacen por mandato.
A Santa Teresa de Ávila le obligó su confesor. Lo mismo la Beata Ángela de Foligno. Muchos directores espirituales cuando ven almas santas les piden que vuelquen por escrito su vida sus pensamientos, su soliloquios. Las palabras escritas siempre reafirman, recuerdan actualizan y hasta critican los pensamientos.

Pero muy pocos diarios secretos se escriben. Sólo una pequeña minoría.
Este, al cual nos referimos, no es el diario íntimo escrito. No es el que se encabeza "Querido diario ..." Es algo parecido a "la película de la vida". De la propia vida, no de otro.
Pero la diferencia es que en lugar de escribir el pasado, volquemos allí el presente. Y no lo que estamos viviendo, sino lo que deberíamos vivir.
De este modo preparamos un "buen diario secreto", para que luego no sea "tan secreto" y nos ayude a vivir, a esa maravillosa aventura que es atravesar este gran regalo de Dios.
Y para que sea posible, para que no sea sólo una ilusión, vamos a llenar sólo una página y esa página con sólo tres renglones.

PRIMER RENGLÓN: ENTRAR EN UN NUEVO PAÍS

Es salir del incómodo lugar donde vivo. Aquí se me recuerda que hay otros lugares donde vivir, donde hacer lo mío mejor.
Esto quiere decir cambiar. Salir de lo que soy para ser, el mismo, pero mejor. Para no lamentarme más de lo que no estoy conforme.
André Gide, al final de su vida exclamó: "Aquel que yo soy saluda con nostalgia al que podría haber sido".
Paul Claudel le habría recordado muchas veces su errada forma de vivir.

Es la historia de Abraham, su salida de Ur de los Caldeos y la llegada a tierras cananeas, las tierras de las promesas.
Es Moisés, la esclavitud de un pueblo en Egipto, la vista desde el Horeb, la tierra nueva...
Entrar en un nuevo país: allí donde es el país de Dios, donde la tierra "mana leche y miel", donde es posible vivir de otra manera, donde hay promesas pero también "hechos cumplidos".

¿Cómo entrar en ese "nuevo país", en el país del Padre?

Primero: Teje alrededor del pozo en que vives.

Llenar el abismo, tejer es cerrar las heridas en forma gradual. Una herida se cierra siempre, pero hay que evitar dos extremos:
- Estar siempre mirándose la herida, y
- Estar distraído por "lo urgente" y mantenerse alejado de la herida que se quiere sanar.
Ni huída, ni vivir de ella.
Hay una promesa: "la noche será como el día" dice el Apocalipsis. La herida se cerrará, poco a poco, momento a momento, instante tras instante. Pero no dejes de tejer alrededor de ese abismo, sólo así se llega a la superficie. No es ni con un salto, ni esperando un milagro como se llega a la luz.
María, la del pie de la cruz, debe haber tejido mucho para que su Viernes Santo se transformara en Domingo de Resurrección.
Tejer alrededor del pozo es la única forma de salir.

Segundo: Regresa siempre a lugar firme.

No toda salida es rápida, como la de San Pablo, Charles de Foucault o Edith Stein. A veces salir de su país es retroceder alguna vez. Pero lo importante no está en caminar mucho cada vez, sino volver siempre a lugar firme.
Si Dios me preguntara ahora: "¿Me amas?", deberé responder siempre "Sí", aunque no lo sienta. Esa pregunta: "¿me amas?", es el lugar firme. No hay otro.
En el colmo de mi pensar subjetivo, de mi inconsciente o conciente crecimiento de mi yo, estoy convencido que el "lugar firme", allí donde podría tener seguridad, es en el que pueda responder "sí" con toda firmeza.
Pero eso no existe. Nuestros "sí" serán siempre tímidos, pequeños, roncos, inseguros.
La tierra segura, el lugar firme es la Palabra que me interroga "¿me amas?".
Dios es el lugar firme. No mi respuesta.
Creer que nuestra seguridad al responder "si" es la que mantiene nuestra firmeza es como mirar un tapiz al revés: algo se percibe del dibujo, pero todo es hilacha e hilos sueltos.
Debo elegir ese lugar firme una y otra vez, cada vez que en mi puerta golpee el fracaso y sus fantasmas. Sólo así se logra "entrar en un nuevo país".

Tercero: Hazte la idea que el nuevo país es tu casa.

Vuelve a casa.
Esa es la promesa de Dios: el nuevo país es la verdadera casa. No donde estabas antes.
Entonces, deja de dar vueltas. Ponte en marcha, antes de que mueras. Porque antes, mucho antes de ello -si lo haces ahora- Dios te ofrecerá una satisfacción tan profunda como la que ni siquiera puedes desear.
Esta casa, es tu nuevo país, es el verdadero. El que estás viviendo es "detrás del espejo" como Alicia en el país de las maravillas. Es en la casa propia, donde se está realmente a salvo, donde están los afectos verdaderos, la comida sana, donde se está a sus anchas, porque
"el amor que mucho ama
no admite consuelo sino del mismo que le llagó", al decir de Santa Teresa de Jesús.
En este "país", esta "casa" no trae alivios, sólo hay utopías para sostenerte. En cambio, en aquel país, están los míos, los que me quieren de veras, los que me sostienen siempre.
En este nuevo lugar, en "mi casa", es el lugar y la casa donde Dios habita, donde El disuelve la unidad a mi depresión y donde vivo libre, libre en El.
Toda persona, incluso el cristiano, tiene una experiencia de salir de la propia casa y llegar a una ajena y quedarse allí como si fuera suya. Como Adán, que al salir del Paraíso descubrió al mismo tiempo la hermosura del mundo y el horror de la muerte.
Julien Green, dice que tuvo esa experiencia en plena juventud. Lo cuenta así:
"Fue en el jardín de mi tío, en Virginia. Evidentemente, sabía que tenía que morir pero, como dice Bossuet, no lo creía. Aquel día entreví lo que podía significar el hecho de morir y experimenté como una especie de terror. Hasta entonces, como todo ser joven al que sonría la vida, me había creído inmortal: la muerte era para los otros, para todo el mundo, menos para mí. Aquello fue una especie de revelación interior, de la que creo que no me he recobrado nunca. Este pensamiento sencillo: "también tu morirás", puedo afirmar que me ha cambiado por dentro".

Este pensamiento tan profundo hizo cambiar la vida de Green. A veces, no lo es tanto pero la embriaguez es la misma.

SEGUNDO RENGLÓN: PERMANECER ANCLADO EN LOS QUE AMO

Es importante permanecer siempre con los que me conocen, me quieren en serio y protegen mis emociones, mis afectos, mi vocación, mis desbordes, mis batallas.
¿Quién más podrá darte lo que necesitas sino los que te conocen y quieren?.
Mira como Jesús, que pasa por Samaría, recorre Tiro y Sidón, pero siempre vuelve a los suyos. Nazareth contuvo a la Palabra hecha Carne. ¡Cuánto recibió Nazareth de Nuestro Señor Jesucristo! Pero ¡Cuánto recibió Cristo de Nazareth!.

Tu familia, tu núcleo de amigos, tu sacerdote, tu colegio, tu comunidad. ¡No los dividas!. Es importante permanecer en contacto como sea posible con los que te conocen y te aman. En este campo siempre hay que sumar, no restar y mucho menos dividir.
Hay que tener claro que voy a un nuevo país, para dejar pasar muchas cosas y solo quedarme con lo necesario.
Los que están alrededor mío sabrán olvidar mis errores, mis límites;, mucho más de los nuevos que quisiera agregar.
Vuelve a aquellos a quienes perteneces y que te sostienen en la luz. No te asustes, pero "la tribu" no es un invento de sociedades poco desarrolladas, es una imagen del limite que necesitamos vencer. Eres único, uno e irrepetible, pero siempre necesitarás de muchos.
¿Como se hace?. No se podrá responder con recetas, pero si calcando huellas:

1.- Recibe todo el amor que llegue hacia Ti.

No importa que no sepas de donde viene. Aprende de una vez que el amor siempre viene de Dios. Es como el "viento" en la alegoría de Jesús con Nicodemo.

Dondequiera que te brinden amor, cariño, úsalo para fortalecerte. A medida que el amor fortalece otorga un gran deseo de seguir creciendo.
El amor es como la luna:
Cuando no crece, mengua.
Y mengua cuando no tiene la fuerza de saber gustarlo y desparramarlo.

2.- Ama profundamente.

Es como decir, simplemente "ama".
Uno puede tener miedo del dolor que provoca el amor profundo. Por ejemplo: cuando los que amamos rechazan, nos dejan, se mueren, el corazón se quiebra.
Pero el dolor que viene del amor profundo, hace al amor mucho más provechoso. Más se ama más
se amplía el corazón. Y cuando el corazón está amando, aquellos a los que amamos no abandonarán el corazón, aunque nos dejen. Por eso "el amor es más fuerte que la muerte" Y es más fuerte que el olvido; y es más fuerte que la ausencia; y es más fuerte que el rechazo y la ingratitud.

Ama profundamente y permanecerás anclado a los que amas para siempre. Ellos formarán parte de ti.
Más vives, más habrá gente a quienes amar.
Pero si no amas, serás como estar muerto. Alrededor tuyo sólo habrá tumbas: los que matas y les pones las cruces sobre sus sepulturas.
Ama profundamente, es la manera de mantenerse en pié. Y no dejes pasar el tiempo: hay 4 cosas que no vendrán dos veces:
- Una bala disparada
- Una palabra no pronunciada
- Un día que dejas pasar
- Una oportunidad que se pierde.

TERCER RENGLÓN: CONTROLAR EL PUENTE LEVADIZO DE SU PROPIA VIDA.

Hay que decidir uno mismo a quién y en qué momento se le da acceso a la vida interior.
Entrar y salir de la vida de uno, cada uno con sus propias necesidades y deseos, hacen olvidar que uno es el amo de su propia casa. Y esto, así, de este modo deja a uno cansado, molesto, enojado y resentido.
El interior es un castillo, rodeado por un pozo, con un único puente levadizo como acceso al interior.
Es el Señor del castillo quien debe tener la facultad de cuándo levantar el puente y cuándo tenderlo. Sin esta facultad, se baja y sube el puente levadizo al compás del "zapping" que suelen traer los afectos desordenados.

Cuando se reclama para sí el poder sobre el puente levadizo, se descubre paz con uno y con los demás.

Pero eso sí, recuerda que» el puente levadizo es para guardar el castillo. Y no es el castillo el que está al servicio del puente. En el castillo está Aquél por el cual hacemos todo esto. "El Maestro está allí y te llama", le dice Marta a María, en la escena de la Resurrección de Lázaro.
Llama desde allí adentro y hacia allí adentro. Por eso es necesario cuidar el puente levadizo: la entrada.

Hay dos preguntas que todos hacemos: O con la palabra, o con los gestos, o con los signos, o con los silencios:
¿Me amas?
¿Moriré para siempre?

Las dos están íntimamente conectadas. Son las que hacíamos desde niños y aún las seguimos formulando, de un modo u otro.
Las dos están conectadas. Cuando se responde a la primera, la segunda está. de más. Si hay una respuesta correcta a la primera, la segunda deberá excluírsela para siempre.

Pero la respuesta correcta comienza, por el control del puente levadizo. Límpialo. Lávalo.
Bárrelo todos los días:
Repite a menudo el Salmo 51:
"Piedad de mi Señor por tu bondad.
Por tu inmensa compasión borra mi culpa;
Lava del todo mi delito,
Limpia mi pecado".

PREGUNTA al Dios que siempre responde:

¿Qué debo hacer? ó ¿Qué quieres que haga?.
Como San Pablo;
Deja que te responda:
"Soy yo, no temas" (Mt. 14,27).

En cada una hay un miedo grande de no ser bienvenido. Siéntate. Escucha estas palabras:
"Eres bienvenido".

Si alguien es capaz de cuidar así el puente de acceso a su propio corazón, quédese tranquilo. El único dolor que tendrá será el que realmente le pertenece: ese que no se puede ni ignorar, ni evitarlo, ni reprimirlo.
Ese dolor que le recordará su pertenencia a la quebrada raza humana. Pero lo guardará de los otros dolores, de los dolores "adheridos", de los miedos, de las parálisis, de las durezas del alma...

Tres renglones solos para el diario secreto de mi propio futuro. Sólo tres renglones, con tres ideas:

Entraré en un nuevo país;
Permaneceré anclado en los que amo;
Controlaré el puente levadizo de mi propia vida.
No más que esto.

Con la ayuda y presencia del Buen Dios, que me da su Gracia, con un Cristo Redentor que me devolvió para siempre la salud, con dos o tres sueños por cumplir en mis bolsillos. ¿A qué temeré?

Si callara más de lo que digo,
Si cantara más de lo que suspiro,
Si sonriera más de lo que me enojo,
Si olvidara más de lo que me resiento,
Si viera más de lo que miro;
Entonces: Los silencios valdrían tanto como las palabras,
La música sería un bálsamo seguro,
Destruiría mi ceño fruncido por la sonrisa,
Ocuparía mejor las neuronas de mi memoria
Y mis ojos limpios servirían para ver en lo secreto.
Que así sea.


 

 

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