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LOS MANSOS HEREDARÁN LA TIERRA



“Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra”
(Mt. 5,4)




UN POCO DE ESTUDIO AL TEXTO

Cuando el autor del Evangelio de San Mateo habla de “manso” en el texto original griego se pone la palabra πραtεϊs (praites), cuya raíz significa “dulzura”, “mansedumbre”. Esta bienaventuranzas es una cita textual del salmo 37,11. Se usa un término hebreo, “anawin”, que tanto puede ser “pobre” como “manso”. En el contexto del salmo se establece una contraposición entre el rico opresor y el pobre que lleva su suerte con “mansedumbre”.

El sentido exacto de “mansedumbre” puede verse en el texto del evangelio de Mateo, que es el único que utiliza esta palabra “mansedumbre”, en dos pasajes:

En Mt. 21,5 (tomado de Isaías y de Zacarías, profetas)
“He aquí que tu Rey viene a ti,
manso y sentado en una asna...”
Aquí, “manso”, “mansedumbre”, quiere decir:
carencia de violencia, o también:
resignación.

En Mt. 11,29
“Tomen sobre ustedes mi yugo
y aprendan de mi
que soy manso y humilde de corazón”
Aquí, “manso”, “mansedumbre”, quiere decir
benevolencia
compasión.

¿A cuál de las dos se refiere, la bienaventuranza cuando dice: “Bienaventurado los mansos”?. Las dos acepciones no están lejos una de otra; porque ser “manso” es también ser “modesto”, y por eso
tiene afinidad con la humildad; pero también
el “manso” es benigno, tiene compasión;
es paciente;
es enemigo de la cólera
no es orgulloso.

No nos engañaríamos si dijéramos que un “manso”, no es otra cosa que “un misericordioso” o sea aquél que tiene sentimientos de “compasión”, de “bondad”, de “paciencia”, tal como le dice San Pablo a los cristianos de Colosas
“Revístanse de sentimientos de compasión,
de bondad, de humildad, de mansedumbre,
de paciencia, soportándose mutuamente
y perdonándose si alguno tiene queja de otro”
(Col. 3,12-15)

Cuando la bienaventuranza dice “bienaventurados los “mansos” no exalta por ello:
ni la debilidad
ni la impotencia
ni el apocamiento
ni la timidez
ni la pusilanimidad.

La mansedumbre de la bienaventuranzas implica lo contrario a la pasividad. Es un verdadero dinamismo que lleva a canalizar las fuerzas demasiado impulsivas, nuestras impaciencias, nuestras legítimas vitalidades. Y hasta nuestras ardientes aspiraciones espirituales. ¡Que ímpetu en el joven San Francisco de Asís; en el mozo Ignacio de Loyola!. Pero ¡qué mansedumbre, cuando llegan a la madurez!. Francisco de Asís, por ejemplo, concibe al principio su relación con los proscriptos como una obra de beneficencia. Visita a los pobres, les da su dinero a los mendigos, y cae en la cuenta de que los trata con violencia, que actúa con superioridad frente a ellos. Entonces se pone del lado de los pobres y trata de ser mansamente su hermano. Y aconseja en su regla: “Los hermanos deben alegrarse cuando están en la compañía de los pobres, de los mendigos, de los leprosos”.

Existe la dicha cuando ha desaparecido la violencia, el dominio, cuando se trata de vivir una mutua mansedumbre. Jesús, el “manso y humilde de corazón”, es el anunciado por Isaías, el que “no quita, no discute en las plazas con arrogancia, no rompe la caña cascada ni apaga la mecha humeante”, al decir de Mateo. La mansedumbre es una intensa fuerza disuelta.

La mansedumbre tiene algo de suavidad, y mucho de fortaleza; Cristo es suave, porque tiene fortaleza interior. En cambio el débil es violento. Un débil no hace uso de la violencia para que no descubran su debilidad, fruto de la inseguridad. La mayor violencia es producida siempre por una profunda debilidad: a mayor debilidad hay violencia creciente.

Jesús fustiga el mal sin rodeos. Y el ser “manso”, no le corta la dignidad frente a Pilato y a Herodes, que son los que tienen apariencia de fuertes.
Pero cuando le golpean, no responde con otro golpe. Simplemente pronuncia su palabra frente al golpe injusto: “¿Por qué me pegas?”.

Jesucristo se impone por la dulce fuerza de su espíritu. La mansedumbre es más eficaz que la violencia; por eso construyen los mansos, mientras los violentos destruyen.



¿CÓMO HACER?

Pero ¿cómo son los mansos?

Partamos de una premisa: Nadie es “manso” congénito. La mansedumbre no es innata, en el sentido de la bienaventuranza. Para lograr la “mansedumbre” hay que tener valores poco comunes. Uno puede nacer con espíritu tímido, apocado, corto, débil. Pero manso, no. Vivir la mansedumbre es adquirir un modo de vivir virtuoso. Y no hay otro.

La violencia está allí, siempre lista, cuanto más orgullo más violencia; cuanto más resentimiento, más violencia; cuanto más egoísmo más violencia...

El débil que no acepta su condición encontrará siempre una razón para mantener su violencia. Fedor Dostoievski en “Crimen y Castigo”, describe los soliloquios del estudiante Raskolnikov, previos a la muerte de una mujer anciana, usurera, a la cual debían acudir todos los estudiantes para empeñar sus bienes y seguir viviendo. Quería robarle. “Si la matase y se destinase su fortuna al bien de la humanidad –se pregunta- ¿que crees tú que un crimen, si eso fuese uno, no estaría largamente compensando por millares de buenas acciones?”. Y razona así: “Por una sola vida millones de vidas arrancadas a la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a la existencia. Se trata de una cuestión aritmética ¿qué pesa en las balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala?. Poco más que la vida de una hormiga o de una cucaracha; me atrevo a decir que menos...”. Así justificaba Raskolnikov su delito. En la malignidad de la vieja encuentra la justificación de su acto.

El violento posee un rápido razonamiento para perdonarse. La conciencia es la norma subjetiva de la moralidad y es el resultado de la educación recibida. Si bien el primer principio del orden moral está escrito en la razón de todos –el bien debe hacerse y el mal evitarse –el arribo a la conclusión no es tan directo. El mandato de la razón recta pasa por muchos pasillos. Así el que no vive como piensa, terminará pensando como vive.
Se podrá decir que siempre hay una primera vez –y que entonces esa primera vez no es punto de la conciencia deformada. Y es cierto, porque la primera delincuencia es fruto de una claudicación eficiente. Llámese claudicación de la verdad, o de ideales, o de principios. “¿Cómo hacer” –nos seguimos preguntando- para ser mansos?. Primera respuesta: no justificarse. Toda violencia es siempre injustificada y no podrán invocarse nunca motivos sino sólo excusas.




LA QUEJA ES VIOLENCIA

Una palabra sola, pero mal dicha puede engendrar violencia. La mayoría de la gente que es violenta está furiosa consigo mismo, pero no lo sabe del todo o mejor dicho, lo sabe pero no lo cree. Lo mismo que los que odian a los demás: alguna vez han comenzado por odiarse a sí mismo. Por eso se quejan. Y su ambiente, su prójimo, su familia, sus amistades, se transforman en un gordo libro de inútiles quejas.
Los quejosos están convencidos de que no son violentos, sino que sufren circunstancias que ellos no causaron. Y es cierto, no son violentos, pero engendran violencia. ¿O acaso alguien olvidó la experiencia, en un día de sol, con brisa primaveral, con un amanecer de buen humor, de plena salud, encontrarse con un quejoso en la vereda de su casa?. ¿Sigue igual?. ¿O lamentará haberle encontrado?. ¡Y después dicen que los quejosos no son violentos!.
Es preocupante la queja nuestra de cada día” porque es como andar con la espada desvainada y lista para hundirla en el primero que esté dispuesto a escuchar.
La queja es violencia envuelta en papel de regalo.

Podemos ser violentos en nuestro lenguaje. ¿No es notorio la gran cantidad de insultos que tiene el diccionario castellano?. ¿Y los que ni figuran en la lista de la Real Academia?. ¡Miles!. ¡Son miles!. Cada día aprendemos nuevos. ¡Y de los más ocurrentes!.

A veces no insultamos, pero somos violentos con nuestro tono. Un acento mayor a una palabra inocente o elogiosa puede convertirla en un insulto. Impresiona –pesa mucho, el uso de esos tonos que transforman el uso original en hiriente ironía.
Es violencia cualquier forma de injusticia cometida contra el prójimo, aunque le pongamos el sobrenombre de “ironía”, o de “queja”.



NADA ES GRATUITO, TAMPOCO LA MANSEDUMBRE

Pero sigue la pregunta “¿cómo hacer?”.

Estaba maltrecho y desportillado, y el subastador pensó que no merecía la pena perder mucho tiempo con el viejo violín. Pero lo alzó en sus manos con una sonrisa: “¿Qué ofrecen por él, buena gente? –exclamó- ¡Mil pesos, mil...! Van dos mil pesos. ¿No hay quien dé más?. Dos mil, dos mil... ¿Quién ofrece tres mil?. Van tres mil a la una, tres mil a las dos, y tres mil a las... ¡pero no!”.
Desde el fondo de la sala un hombre de cabellos grises, se adelantó y tomó el arco, limpió el polvo del viejo violín, tensó las flojas cuerdas y tocó una melodía pura y celestial, celestial como el canto de los ángeles.
Cesó la música, y el rematador, con voz grave, dijo: “¿Qué dan por el viejo violín? –mientras lo mantenía en alto- ¡Cien mil pesos!. ¿Quién da doscientas mil?. ¡Doscientas mil!. ¿Quién ofrece trescientos mil?. Trescientos mil a la una, trescientos mil a las dos, ¡y trescientas mil a las tres!”. La gente aplaudió, pero algunos lloraron. “No acabamos de entenderlo. ¿Qué ha cambiado su valor?”. Pero pronto llegó la respuesta: “El toque de la mano del maestro”.
¡Cuántos seres humanos hay, de vida desafinada, maltrechos y destrozados por los errores, que son subastados a precios irrisorios ante una turba inconsciente!. ¡Lo mismo que el viejo violín!.
Un plato de lentejas, un vaso de vino, una apuesta y, luego, sigue tu camino... A la una, a las dos... casi a las tres... Pero cuando llega al Maestro... y la turba insensata nunca puede comprender el valor de un alma y el cambio que produce al toque de la mano del Maestro.
Sólo Dios puede comprender lo que hay dentro de un violento, así como el joyero es el único que puede poner juicio a una joya.
Pero sólo el que toma conciencia de la violencia que ejerce, podrá conseguir la armonía de su vida “tocada” por el Maestro, a semejanza del viejo violín.



LA LEVADURA DE LOS NO VIOLENTOS

Dice una vieja fábula persa, que un día, un caminante halló un trozo de barro tan aromático, que su perfume llenó toda la casa.
-¿Qué eres tú? –le preguntó el caminante al barro-.
¿Eres alguna gema de Samarkanda o algún extraño nardo disfrazado o alguna otra mercancía preciosa?.
–No. No soy más que un trozo de barro –respondió este-.
-¿Entonces, cómo tienes este aroma maravilloso?.
–Amigo, te voy a revelar un secreto: he estado viviendo junto a una rosa.


Ese es el secreto

Los violentos jamás desaparecerán, lo mismo que los egoístas. Son como los parientes del rico Epulón, no hacen caso a los mensajeros de Dios –los manos- y tampoco harán caso a un resucitado. Mansedumbre y egoísmo se repelen, como la luz y las tinieblas.
El “no violento” emprende una lucha contra toda violencia. ¿Cómo destruir toda alimaña de un campo?. Los antiguos monjes conocían ya dos estrategias: O bien organizan una menuda, laboriosa cacería a las alimañas, o bien prenden fuego a los matorrales. Y se inclinaban por este último método: una campaña envolvente de la caridad. El amor destruye la violencia. Destruye toda violencia. El amor desarma al violento, absolutamente. El arma del “manso” es el amor y el arma del violento es el egoísmo. Por eso dice San Pablo a Timoteo que en los últimos tiempos, los pecadores se llamarán “los amadores de sí mismos”.

Si alguien recibe un golpe de otro, al que uno quiere, habrá que preguntarse ¿Cuál es la cuantía del quebranto sufrido?. Mientras no alcancemos un mínimo de desapego de nosotros mismos, no podremos valorar con equidad nuestros propios daños; siempre los multiplicaremos por diez, por cien, por mil... Siempre por el hecho de ser “nuestros” daños. Una palabra ofensiva, por ejemplo, adquiere tan sólo la importancia del eco que le concede la hinchazón de nuestra vanidad.

La mejor venganza consiste en no tomar venganza. El enemigo solo hiere cuando logra una cosa: que dejamos de amar.
Esa es la levadura de los no violentos.



VUELVE A CASA

Vuelve a casa, deja la violencia, habita en una casa de paz.
En una sesión de psicoterapia, estaban sometiendo a tratamiento a una mujer que mostraba una conducta compulsiva. Era una chiflada por la limpieza, que empleaba horas y horas manteniendo todo inmaculado y brillante. Su familia le toleraba todas estas peculiaridades, excepto su obsesión por cuidar de la alfombra.
Se pasaba todo el día tratando que la gente entrara por la puerta de atrás o de que se quitaran los zapatos y pisaran suavemente. No quería que pisaran la alfombra porque dejaban huellas: no de barro ni de polvo, sino simples depresiones en el tejido de la alfombra. Y cuando notaba que había huellas, corría a buscar la aspiradora para aplanar la alfombra.
Durante las sesiones de terapia la sometieron a varios ejercicios. Primero, tenía que cerrar los ojos, visualizar la alfombra, limpia y esponjosa, sin una sola huella. Durante este ejercicio, la mujer se hallaba en el “séptimo cielo” y sonreía durante todo el tiempo.
El siguiente ejercicio era verse a sí misma solitaria, totalmente sola, abandonada por todos sus seres queridos. La sonrisa de la mujer desapareció. Comenzó a sentirse muy mal. El terapeuta le dijo que cerrara los ojos otra vez, y que viera la alfombra llena de huellas, mientras todos sus seres queridos estaban junto a ella. Comenzó a sentirse, otra vez, bien. Comprendió el mensaje.
Desde aquel momento, su conducta cambió radicalmente. ¡Se preocupó más por la gente que por la alfombra!.

Tenemos que abrir los ojos y observar donde nos falta algo. Estar alertas, arrancar del corazón todo resto de fastidio, de resistencia, de mezquindad.

En la vida hay valores y prioridades. Las cosas que nos apartan de la normalidad son muy variadas, pero la mayoría son preocupaciones estériles, inútiles cuidados que atraen nuestro tiempo. Son esos valores los que mueven el egoísmo y fundan en nosotros bolsones de violencia.

¡Vuelve a casa!. ¡Cambia esos valores!. Valoriza lo que tienes y jamás harás violencia.
Una vez una chica se sintió desvalorizada. Pensaba que otras de su clase eran mejor miradas que ella y con ese sentimiento de envidia y resentimiento subió al autobús. Allí vio una bella muchacha de dorada cabellera. La envidia se agudizó. ¡Parecía tan feliz y hubiera deseado ser hermosa como ella. De pronto, se levantó para descender y cuando se dejó ver por el pasillo vio que le faltaban sus dos piernas y que llevaba dos muletas, pero le sonrió al pasar.
-¡Oh Dios- rezó la muchacha- perdóname cuando me quejo; porque yo tengo dos pies... y el mundo es mio!.

Por otro lado ¿No tendrá razón el Martín Fierro cuando llama a la sensatez?:
“A nadie tengas envidia
que es muy triste el envidiar.
Cuando veas a otro ganar
a estorbarlo no te metas:
cada lechón en su teta
es el modo de mamar”.

Lo más peligroso de esta forma de hacer violencia que es la envidia, es que la podemos tener sin darnos cuenta. Si nos preguntáramos en voz alta ahora “¿Soy envidioso?”, todos responderíamos que no. Es difícil reconocer –y más en público- su envidia. La envidia del adulto es siempre violenta; tarde o temprano empujan las puertas del corazón y salen a la luz los peores sentimientos. Por eso es necesario un terremoto de alma para quitarla.
Bien decía, Fray Luis de Granada que los hombres deberíamos tener “para con Dios un corazón de hijos, para con los hombres un corazón de madre y para con mismos un corazón de Juez”. Pero parece que no funciona así, porque tenemos una gran capacidad de autoengaño.



LA VIOLENCIA DEL “ENFERMO IMAGINARIO”


Recuerdo haber visto alguna vez la magnífica obra de Moliere “Le malache imaginaire”, interpretada por Alberto Sordi. El actor cambiaba las expresiones de su rostro según la enfermedad que decía que tenía. Alrededor de su persona, toda su familia, toda su servidumbre, todos sus amigos, estaban contagiados de aquél hombre hipocondríaco o megalómeno, vaya uno a saber, capaz de violentar hasta la última gota de mansedumbre que le quedaba a alguien de su entorno. ¡Líbrenos Dios de encontrarnos durante el día con personas profetizadoras de desgracias!. En una sal de espera de algún médico, siempre hay alguien que no descansa un segundo de hablar de sus enfermedades, con todos los detalles, con la letanía de horrores que tuvo que atravesar, con los errores y fallos que tuvieron otros médicos y enfermeros con lo que “tuvieron que sufrir” rematado con un “¡no sabe lo que le espera!” al pobre interlocutor que a esa altura ya perdió el espíritu de mansedumbre.
Debería estar prohibido hablar de enfermedades y desgracias más que con quien es obligatorio hablarlo. Y con nadie más.
Sin quererlo a veces, pero somos como el enfermo imaginario de la obra de Moliere. Despertamos violencia sin tener la intención de ser violentos.



LA VIOLENCIA DEL EGOÍSMO

El manso se cuida mucho de la estampida que puede dar su egoísmo.
En un viejo fil,, “Kramer vs. Kramer”, había una frase de la protagonista muy significativa. Cuando ella abandona la casa y a los suyos, quiere explicar porque lo hizo, y dice que “estaba cansada de ser siempre de alguien. Siempre había sido “hija de”, “madre de”, “esposa de”. “Quería ser mía por primera vez”. Así dice.
La frase es impresionante.

Es cierto que toda persona necesita de la autorrealización. Pero no es cierto que lo más alto de nosotros mismos sea la autoadoración.
Me pregunto ¿logramos ser “alguien”, por el sólo hecho de “no ser de nadie”?. Sucede muchas veces quesea lucha por liberarse, es sólo una forma de cambiar de esclavitud. Y otras veces se termina descubriendo que la dependencia de alguien- su hijo, su esposo o esposa, sus padres- vividas con amor es liberadora. Y que las “dependencias” no se arrojan por la ventana de la vida, sino que se ordenan en el diario vivir. Por otra parte, una isla no es más libre que un continente. En una isla se dan conflictos propios de los isleños, pero se dan conflictos y no es un paraíso.

El egoísmo crea violencia. Hay gente que es violenta consigo misma; dice “no quererse”. Nadie puede perder así la libertad de ser mansos. Es como enojarse con los kilos que tenemos de más; lo que debemos hacer es rebajarlos, pero no enojarnos con ellos. Y lo peor del egoísmo es cuando se vuelve contra los otros. “El infierno son los otros” un egoísta es capaz de quemar la casa del vecino para freir un huevo”.



LA MUERTE DE LA MANSEDUMBRE

Pero si bien “los mansos poseerán la tierra”, al decir de la bienaventuranza, la mansedumbre no es insensible para el que la tiene. Como toda virtud deberá cuidarla, aumentarla, practicarla, ofrecerla, dirigirla. No es una joya que se compra hecho de una vez, se la adquiere “a créditos” y hay fuerzas que la pueden vencer.

Hubo una vez en la historia del mundo un día terrible en el que el Odio que es el rey de los malos sentimientos, los defectos y las malas virtudes, convocó a una reunión urgente con todos ellos.
Todos los sentimientos negros del mundo y los deseos más perversos del corazón humano llegaron a esta reunión con curiosidad para conocer cuál era el propósito.
Cuando estuvieron todos el Odio dijo:
-“Los he reunido aquí a todos porque deseo con todas mis fuerzas matar a alguien”.
Los asistentes no se extrañaron mucho pues era el Odio el que estaba hablando y él siempre quiere matar a alguien, sin embargo todos se preguntaban entre sí quién sería tan difícil de matar para que el Odio los necesitara a todos.
“Quiero que maten a un manso que hay en la tierra”, -dijo. Muchos sonrieron malévolamente pues más de uno de los que estaba allí le tenía ganas.
El primer voluntario fue el Mal Carácter, quien dijo:
-“yo iré y les aseguro que en un año el manso habrá muerto, provocaré tal discordia y rabia que no lo soportará”.

Al cabo de un año se reunieron otra vez y al escuchar el reporte del Mal Carácter quedaron tan decepcionados:
-“Los siento, lo intenté todo, pero cada vez que yo sembraba discordia, la mansedumbre la superaba y nada respondía.
Fue entonces cuando muy diligente se ofreció la Ambición que haciendo alarde de su poder dijo:
-“En vista de que el Mal Carácter fracasó, iré yo. Desviaré la atención del mano hacia el deseo por la riqueza y por el poder. Eso nunca lo ignorará.
Y empezó la Ambición el ataque hacia su victima quien efectivamente cayó herida pero después de luchar por salir adelante renunció a todo deseo desbordado de poder y triunfó de nuevo.

Furioso el odio, por el fracaso de la Ambición envió a los Celos, quienes burlones y perversos inventaban toda clase de artimañas y situaciones para despistar al manso y lastimarlo con dudas y sospechas infundadas. Pero el manso confundido lloró, y pensó, que no quería morir y con valentía y fortaleza se impuso sobre ellos y los venció.

Año tras año, el Odio siguió en su lucha enviando a sus más hirientes compañeros. Envió a la Frialdad, a la Indiferencia, la Pobreza, la Enfermedad, y a muchos otros que fracasaron siempre, porque cuando el manos se sentía desfallecer tomaba de nuevo fuerzas y todo lo superaba.

El Odio convencido de que el manso era invencible les dijo a los demás:
-“Nada qué hacer. El manso ha soportado todo, llevamos muchos años insistiendo y no lo logramos”. De pronto de un rincón del salón se levantó un sentimiento poco conocido, que vestía de negro con un sombrero gigante que caía sobre su rostro y no lo dejaba ver. Su aspecto era fúnebre como el de la muerte:
-“Yo mataré al manso”, dijo con seguridad.
Todos se preguntaron quién era ese que pretendía hacer solo lo que ninguno había podido.
El Odio dijo: “Ve y hazlo”.
Tan solo había pasado algún tiempo cuando el Odio volvió a llamar a todos los malos sentimientos para comunicarles después de mucho esperar que por fin el manso había muerto.
Todos estaban felices pero sorprendidos. Entonces el sentimiento del sombrero negro habló: “Ahí les entrego al manso muerto y destrozado” y sin decir más se marchó.
-“Espera”- le dijo el Odio- en tan poco tiempo lo eliminaste por completo, lo desesperaste y no hizo el menor esfuerzo para vivir.
“¿Quién eres”?
El sentimiento levantó por primera vez su horrible rostro y dijo: “Soy el ORGULLO”.


La mansedumbre es una virtud y lo único que puede matarla es el sentimiento de orgullo. Aquello que Freud llamaba “el ideal del yo”, lo que Bandelaire decía que era “la embriaguez de la virtud”, la “voluptuosidad del honor”.
La ulva contra el orgullo, obtiene la mansedumbre; la obtención de la mansedumbre, lucha a su vez contra el orgullo.



ROMPER EL CIRCULO VICIOSO

Si no volvemos a la mansedumbre quedamos atrapados en un círculo vicioso.
El mal llama al mal
La violencia pide violencia
La ofensa debe ser vengada
Una injusticia sigue a la otra.

Se busca al que pegó primero, pero
No para perdonarlo
Sino para devolverle el golpe.
La violencia no rompe el círculo.


Ser mansos, es mucho más que no emplear la violencia. Ser mansos no es sólo la negativa a matar o a torturar a un hombre; es también la negativa de aprovecharse de un hombre.

¿Seremos capaces de llegar a este extremo?:
“Si alguien te ha pegado,
pregúntale si se ha hecho mal en la mano”.

Ser mansos es más que ser considerado bueno para los demás, sino que es combatir el mal sin hacer mal a nadie.

La mansedumbre es la única alternativa de una familia, de un grupo, de un país, de un mundo enloquecido en el camino de la autodestrucción.

Los que quieren construir un mundo mejor se imaginan que van a encontrar hombres razonables, ideales, sumidos en el mejor nirvana. Pero no es así.

No ocurre nada en el mundo que antes no haya ocurrido en la cabeza y en el corazón de los hombres.
Las guerras, las violencias en las familias, en un país estallaron hace tiempo debajo de la superficie, en el lado intenso del hombre. Son como llagas viejas que se abren y llenan el mundo de pus:

Si cambia el lado interno de los hombres,
cambia todo, todo el mundo.
Un río comienza en algún lugar
escondido de la montaña.
Una tormenta, con el murmullo de las hojas.
Un fuego, con una simple chispa.
Un trigal, con semillas invisibles.
Una revolución de “mansos” con cambiar
el lado interno del corazón de cada uno.


16-09-2002

 

 

Parroquia Santa Julia

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