Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Tel 02477 429001  -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                            |    |    |    |
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LA EXHORTACIÓN O LA FUERZA



Una vez se encontraba Sócrates en el gimnasio y movido por aquella voz interior que le era habitual, se levanta y dice a dos de sus discípulos:
"Con el arte de exhortar, convengan a este muchacho que hay aquí que es necesario amar la ciencia (filosofar) y cultivar la virtud... Todas las personas aquí presentes deseamos que llegue a ser un hombre perfecto... El es joven. Nosotros sentimos por él el asombro y sobresalto que naturalmente inspira la juventud".
(Platón, Eutidemo, 273-76).


Parece que los humanos hemos perdido el don de exhortar al prójimo. Preferimos convencerle, mandarle, en el fondo violentar con el poder o con otras razones. Pero sin exhortar. Y el otro, queda, vencido por la fuerza del que está frente a él. Y sin embargo, todo hombre, cualquiera de nosotros sólo asiente cuando es atraído en el amor. Un poco de miel puede más que millones de buenas razones.

Nuestra formación - la formación que poseemos - es fruto de una confianza y de un crédito fundamentales. Si alguien no hubiera puesto en mí, confianza, no sería ahora lo que he logrado.
La confianza del otro en mí, es la credencial de mi propia historia. Esa confianza dio crédito a mis posibilidades.

Un educador es fundamentalmente un hombre de confianza y un poeta. Si no ofreciera crédito a la materia viva que tiene ante sus ojos, no podría hacer crecer a nadie, aunque tuviese toda la sabiduría del mundo. Y si no fuese al mismo tiempo poeta -es decir creador- no podría acceder con armonía a la fragilidad del cristal con que está hecho el educando.
El educador cree y ama la gloria del hombre, conoce que aquel que educa posee un resplandor secreto y tiene confianza en que se remonte en vuelo.
Par eso, sól0 la exhortación, la invitación en libertad a conocer verdades, lo transforma en verdadero educador. Pone en el educando una ilusión y una esperanza, y le ofrece su confianza para que pueda ser aceptada en libertad.
Así seguía diciendo Sócrates:
"Paren el juego ahí y háganos ver lo que sigue; exhorten a este muchacho demostrándole de qué manera hay que darse al saber y a la virtud..."


LA VOCACIÓN EDUCATIVA


La cultura contemporánea, sufre conmoción. Se han quebrado los hábitos y las costumbres en el orden público, social y religioso. Sin realizar un juicio definitivo sobre lo que está bien o lo que está mal en todo esto, esta situación nos obliga a romper la rutina de nuestras actitudes y a preguntarnos muchos "por qué" que ni nuestros padres ni nuestros maestros se hicieron.

Y además hay otra cosa que se suma: nuestra tarea es suscitar libertades, acompañar a las que entran y se adentran en el mundo para que pisen en él como en una casa de paz y tierra de esperanza. Por eso nadie puede ofrecer educación a distancia: a distancia sól0 podrá ofrecer información, pero la lejanía no educa a nadie. Los apóstoles "vieron y creyeron". Vieron a Jesús que se acercó a la gente, que tocó a los leprosos, que recibió a Zaqueo, que condenó a los usureros del templo, que perdonó a la Magdalena, que lloró ante la muerte de Lázaro. Vieron y por eso creyeron. No existe ninguna técnica posible desde lejos. La vocación educativa -de la paternidad, de la maternidad, del docente- ya sea en el silencio o en la palabra, es siempre en presencia. La única distancia que educa es la distancia a la soberbia que debe tener el educador.

Hay dos grandes tentaciones que acechan al educador hoy:
- por un lado la politización de los saberes;
- y por otro, la tecnificación absoluta de esos saberes, que hacen olvidar la dimensión personal.
Ninguna de estas dos actitudes educan; ninguna de estas dos hacen librar al educador del egoísmo de quien transforma a sus alumnos en súbditos; ni del engaño de solamente "transmitir conceptos", "formular ecuaciones", "narrar hechos" y creer que se está educando.

Educar es:
confesar el alma
transmitir libertades
ofrecer bondades
vivir verdades.

Sin ciencia, es decir sin una información objetiva, rigurosa, acrecentadora siempre de nuevo y siempre de nuevo controlada con quienes más y mejores saben, no habría ni educador ni educación. La subjetividad trasmitida como verdades, es crear futuros mentirosos.
Pero sin conciencia, es decir sin aquella actitud personal de quien se siente implicado en la existencia personal de sus alumnos, no habría siembra de esperanza. No habría tampoco educador ni educación.

La vocación del educador reside en las libertades nacientes e incipientes. Y la libertad que está frente al educador no se respeta como la piedra puesta en el suelo. Hay que partir de esa libertad, pero hay que fecundarla y dejar que florezca.
Pero esta es una vocación. El educador hace una misión y no sól0 ejerce una profesión. No es mera cuestión de horas o de días dedicados a transcribir noticias, conceptos o habilidades para "sacar productos". El educador tampoco es un trabajador de la educación. Es una cuestión de corazón, de alma, que se ponen como cimientos para que otras libertades se apoyen, vibren serenas y esperanzadas ante la conmoción del mundo que le toca vivir.
Sól0 el amor educa. No hay otra.

Hay un relato en Los Miserables donde Víctor Hugo cuenta una anécdota que debe tenerse en cuenta.
Jean Valjean es el personaje protagonista. Era huérfano y lo crió su hermana mayor, pero cuando tenía 17 años el marido de su hermana murió y debió hacerse cargo él de su hermana y de los siete pequeños. Aunque era muy fuerte, le costaba mucho brindarles alimentos con su pobre oficio de leñador.
Un día de invierno estaba sin trabajo y los niños gritaban pidiendo pan. Estaban casi muertos de hambre. Entonces, Jean salió a la calle y rompió con su puño el vidrio de una panadería y llevó una hogaza de pan a la famélica familia. A la mañana siguiente lo arrestaron por robo y su mano aún sangrante lo condenó.
Por este delito lo enviaron a galeras atado con cadenas de hierro. Lo condenaron a cuatro años de prisión, intentó escapar pero le dieron tres años más. Cuando salió de la cárcel tenía el corazón endurecido como el de un lobo. Sus sufrimientos lo habían amargado y se parecía más a un animal que a un hombre.
Con esos sentimientos llegó a una ciudad donde vivía un buen Obispo. En la posada no lo recibieron porque, como en todos lados donde iba, su fama lo precedía: "Vete de aquí" -le decían... Así llegó a la casa del buen Obispo y sin remilgos le dijo:

- "Mira, soy un convicto recién salido de las galeras. Aquí están mis documentos. Allí dicen los años que pasé por robo de una hogaza de pan y par intento de evasión. Ahora que sabes quién soy ¿Me dejarías dormir en tu establo?"
- Siéntate y entíbiate. Cenarás conmigo y luego dormirás cerca del fuego -le respondió el buen Obispo. Eres bienvenido; esta no es mi casa sino la casa de Cristo -agregó- y tú eres mi hermano.
Después de la cena, en media de la noche, Jean despertó con el corazón endurecido. Pensó que era el memento de vengarse de tantos sufrimientos. Tomó dos candelabros de plata que habían regalado al Obispo en la última Navidad y juntando otras pertenencias del Obispo que le parecieron valiosas, salió al jardín y se marchó.
Cuando el Obispo despertó, advirtió que faltaba la platería y dijo:
- Hace tiempo que pienso que no debería conservarse la plata. Habría debido regalarla a los pobres, y este hombre por cierto era pobre.
A la hora del desayuno, unos soldados llevaron a Jean a la casa del Obispo. Cuando entraron, el Obispo miró a Jean y dijo:
-Oh, has regresado! Me alegra verte. También te di los candelabros, que también son de plata y valen cuarenta francos.
-¿Con que éste hombre ha dicho la verdad?- exclamaron. Pensamos que te había robado la platería y estaba huyendo.
Pero el Obispo contestó:
-Fue un error traerle de vuelta. Déjenlo en libertad. La plata le pertenece. Yo se la di.
Una vez que los soldados se marcharon, Jean le preguntó:
-¿Es verdad que estoy libre?. Jean temblaba de pies a cabeza y tomó los candelabros como un sueño.
-Ahora - dijo el Obispo - estás libre, sigue tu camino en paz, pero no salgas por el jardín, sino por la puerta principal que estará abierta para ti día y noche.
Luego el Obispo estrechó su mano y le dijo:
-Nunca olvides que me has prometido que usarás el dinero para convertirte en un hombre honesto.
Jean no recordaba haber prometido nada, pero guardó silencio mientras el Obispo continuaba solemnemente:
- Jean Valjean, hermano mío, ya no perteneces al mal, sino al bien. He comprado tu alma para ti. La arranqué de sus negros pensamientos y del espíritu del odio, y se la entregué a Dios.

Víctor Hugo no relata qué fue del personaje, pero para nosotros vale la historia. Jean Valjean encontró, en un instante, un acto de cercanía que le habrá servido para siempre.



LAS PALABRAS EDUCAN

A las palabras no se las lleva el viento

Las palabras educan. De suyo decimos pero, sól0 de suyo, por que la vida humana está hecha de palabras que expresamos. A todos se nos recuerda por las palabras. Es tan importante que en el recuerdo de las personas podemos decir: "habló, luego existió". Uno podría haber dejado un campo, como herencia sacarse una fotografía para los suyos, legar un reloj, pero el campo al fin fue rápidamente vendido, la fotografía se extravió, el reloj quedó olvidado en una mudanza. Pero quedó de él una frase: su palabra es la que quedó para el recuerdo. La palabra es lo único que no se lleva el viento. Las palabras quedan: son más duraderas que el bronce. Mueren los reinos, los monumentos se derrumban, desaparecen los héroes o bajan al pozo del olvido. Pero la palabra queda: la vida humana está tejida, hecha de palabras.

La palabra pronunciada par el educador, sea un padre o un docente, es recogida siempre por el educando. Siempre.
Imaginemos un poco.
Hay una caverna y dentro de ella una mujer con su hijo en brazos. El hombre de la casa salió a cazar, a procurar el sustento. La mujer hace lo que harán todas las madres a lo largo de los milenios: soñar con el futuro de su hijo y temer par él. Conoce que el niño es débil y vulnerable; sabe lo difícil que es vivir y sobrevivir. Dentro de algunos años ese niño aprenderá a dominar la piedra, a luchar contra los enemigos, a defenderse de las fieras. Pero antes, es preciso que aprenda ese utensilio básico más elemental: debe aprender a hablar.
La madre le enseñará ese manejo: le diré el nombre de las cosas, de los espacios, las expresiones del miedo y la amenaza, la alusión a los seres ausentes. Cada palabra será para el niño como una abreviatura, una lección muy resumida, de toda la experiencia de la madre.
- ¿Qué es esto? Preguntará el niño. Lo que él quiere saber no es cómo está compuesto el objeto; ni siquiera su finalidad práctica, sino precisamente su nombre.
La madre le enseñará a hablar, le enseñará su mejor defensa.

¿Alguien podrá decir que a la palabra se la lleva el viento?. Pero si aún recordamos el nombre con que nuestra madre se refería a los objetos para nosotros: chiche, por juguete; pipi, por baño; tuto, por cuidado que quema, tutú, por coche, y así unas cuantas más...

No se borra la palabra con la que nos insultaron, o cómo nos expresaron el amor por primera vez. Tenemos en nuestra memoria la palabra disonante de un discurso; aquella ridícula de sobremesa. Nadie recuerda una mera señal acústica, se recuerda a la palabra.
Y se recuerda a las personas por sus palabras, por que las palabras que esa persona pronunció son su apellido.

Además hay palabras que son personas para nuestra memoria.
Decimos una palabra y recordamos "...como decía la tía Juana..." "... O como repetía el abuelo Luis". La frontera entre la persona y el lenguaje, está borrada en el recuerdo. Un recuerdo es un rostro y una palabra. Pero es una palabra.
¿Todavía se puede decir que a la palabra se la lleva el viento?.


EDUCAR ES UN DIALOGO


Decía Antonio Machado:
"Para dialogar,
preguntad primero
Después... escuchad".

Pienso que este consejo nos vendría bien a los argentinos, donde todos hablamos y ninguno escuchamos. Creo también que la educación es un arte que exige gran paciencia, y no estriba tanto en saber decir cosas ingeniosas, como en oír con paciencia las tonterías; educar es dialogar y dialogar es escuchar.
Saber escuchar constituye bastante más que una regla de urbanidad. Toda palabra emitida, es eficaz de alguna manera. Y si parece que no hay respuesta, no es porque no se consigue, sino es porque no se sabe escuchar.

Se cuenta que, una vez, el único sobreviviente de un naufragio fue visto sobre una pequeña e inhabitada isla. El estaba orando fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara, y todos los días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.
Cansado, eventualmente empezó a construir una pequeña cabañita para protegerse, y proteger sus pocas posesiones.
Pero entonces un día, después de andar buscando comida, regresó y encontró la pequeña choza en llamas, el humo subía hasta el cielo.
Lo peor que había pasado, es que todas las cosas las había perdido.
El estaba confundido y enojado con Dios y llorando le decía "¿Cómo pudiste hacerme esto?" Y se quedó dormido sobre la arena.
Temprano, a la mañana del siguiente día, el escuchó asombrado el sonido de un barco que se acercaba a la isla.
Venían a rescatarlo, y les preguntó, ¿Cómo sabían que yo estaba aquí?
Y sus rescatadores le contestaron, Vimos las señales de humos que nos hiciste...

La palabra emitida, siempre tiene respuesta, aunque no sabemos cómo, ni de donde.

LA EDUCACIÓN ES DIÁLOGO ENTRE PERSONAS


Si la educac16n es diálogo, el diálogo es un encuentro entre personas. Cada uno de los interlocutores ha de reconocer al otro su calidad de persona. Citando otra vez a Antonio Machado:
"El ojo que ves, no es
ojo porque tu lo veas,
es ojo porque te ve".

El prójimo no es un objeto: el prójimo es simplemente otro; ¿ qué pasará por la mente de una persona que se reúne con otra para dialogar, y se lo pasa hablando de sí misma, de sus propias cosas?. Hay gente que no dialoga, sino que hace manifestaciones de bienes. Y de males. No hablan, se descargan.

La educación es un diálogo. El diálogo es un encuentro. Y para ello debo aceptar a quien dialogo.
La contemplación es respetuosa, coma lo es la aceptación. La observación, en cambio, es impertinente: tiende a evaluar algún provecho. Contemplamos a la persona amada; en cambio, observamos a alguien cuyos servicios pueden sernos útiles. La educación y el diálogo suponen contemplación, no observación.
La comunicación con el que simplemente lo observe nunca llegará a ser interpersonal; sól0 será unilateral, imperativa. Un alma en paz, dialoga contemplando al otro, no observándolo.
Es como decirle:
Te espero con un ser
que no espera a los otros:
en donde yo te espero
solo tu cabes. Nadie
puede encontrarse
allí conmigo, sino
el cuerpo que te lleva,
como un milagro, en vilo.
al decir de Pedro Salinas

El educando no es ni analizable ni utilizable. Tampoco numerable. Los objetos son los que se numeran; pero los sujetos jamás. Las personas tienen nombre, los números no. El nombre es particular e irrepetible, no intercambiable.
Nunca las personas son cantidades homogéneas; por eso no pueden sumarse. A los alumnos no se los puede inventariar. Sería absurdo "coleccionar" alumnos, "sumarlos" coma si fueran números. A menos que confundamos el "tener" con el "ser". Sería coma llenar una ficha: nombre, fecha y lugar de nacimiento, nacionalidad, estado civil, número de documento..., pero donde lo esencial quedó evaporado.

En la educación, el educando será siempre "el otro", con todo lo que significa lo ajeno. El otro es un co-sujeto conmigo, en rigurosa paridad - el amor o es entre iguales o iguala a los amantes-. El diálogo también.
Hablar es educar. Y se educa entre los que se consideran personas, aunque sean diferentes. Jesús nunca hubiera dialogado con la samaritana, si la hubiera tenido por indigna; o con la Magdalena, si hubiera creído en lo que decían de ella... Hablar es educar; y la verdadera educación es amar en serio, con todo lo que ello significa.


EL PODER DE LAS PALABRAS

Las palabras del educador son todas de oro. No solamente las que pronuncia en cátedra. Sus palabras podrán de servir de edificación o de destrucción, según las use.

Se cuenta que un grupo de ranas viajaba par el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron cómo era de hondo el hoyo, le dijeron a las dos ranas que estaban en el fondo que como resultado de la caída, se debían dar por muertas. El pozo era demasiado profundo y las posibilidades de rescate nulas. Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar afuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras ranas seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles, que no podrían salir.
Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió. Se desplom6 y murió. La otra rana, en cambio, continua saltando tan fuerte como le fue posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritó que dejara de sufrir y simplemente se dispusiera a morir. Pero la rana saltó cada vez con más fuerza hasta que finalmente, producto de su empeño, salió del hoyo.
Cuando salió, las otras ranas le preguntaron: ¿No escuchaste lo que te decíamos?. La rana, acercando su oído a la boca de las otras, les explicó que era sorda. Que ella pensaba que las demás la estaban animando a esforzarse mas para salir del hoyo y por eso se salvó.

1.- La lengua tiene poder de vida y muerte, especialmente la del maestro. Una palabra de aliento compartida a alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarle y finalizar el día. O la semana. O el mes. O tal vez la vida.
2.- Una palabra destructiva a un educando que se encuentre desanimado puede ser lo que acabe por destruirlos. Cualquiera puede hablar palabras que roben a los demás el espíritu que les lleva a seguir en la lucha en medio de tiempos difíciles.

No hay que preguntarse si lo que uno habla cuando enseña es útil, porque los grandes valores de la vida no tienen utilidad, sól0 tienen sentido. Pero la palabra que uno emite, debería pasar por un triple filtro:
Si lo que voy a decir es verdad
Si lo que voy a decir es bueno
Y si lo que voy a decir es necesario.
En primer lugar la palabra debe ser veraz y verdadera.

La palabra debe estar de acuerdo con su pensamiento, pero además debo preocuparme de que mi pensamiento esté de acuerdo con la realidad. Yo, por mi parte, me puedo imaginar muchas cosas, y creerlas, pero son cosas de mi imaginación. Y si las digo, mis palabras serán veraces, pero no verdaderas.
Una de las razones par las cuales la serpiente en la Biblia, y en otros relatos mitológicos, representa al diablo, "al padre de la mentira", es precisamente por su lengua bífida, apta para que de ella broten palabras engañosas o de doble sentido. (Me lo contaron ayer...). Su diálogo con Eva -par ejemplo- es la antítesis de un diálogo.

Hay que recordar que la verdad es un niño que hay que ir engendrando, cuidadosamente, con miedo de malograrlo. Porque el arma más poderosa que tenemos es la lengua, y la mentira así como la verdad avinagrada, mata.

En segundo lugar la palabra debe ser un bien a alguien. Porque si la palabra es dicha sin amor es sól0 un arma. Cuando alguien dice: "Mirá, voy a decirte la verdad", hay que prepararse: se viene una impertinencia. Y la cosa es peor cuando se dice: "le voy a cantar tres verdades juntas". ¡Dios mío!. No por nada, el diccionario explica que "decir las verdades" es "decirle a alguien sin miramiento alguno las cosas que le amarguen". San Pablo recomienda "hacer la verdad en la caridad". Hay gente que ha congelado "su verdad" y trata de meterla a tornillo en las cabezas de los demás como si fuera "la verdad", sin fijarse o no si eso es bueno.
Pero si la palabra es buena, fructifica.

Se cuenta que una vez, un muchacho fue a ver a su maestro de vida espiritual y le dijo:
Vengo maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? El maestro sin mirarlo, le dijo:
- Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después... - y haciendo una pausa agregó- si quisieras ayudarme tú a mi, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
- E... encantado, maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas.
- Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
- El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes.
Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y só0 un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
- Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -mas de cien personas- y abatido par su fracaso, montó su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupac16n y recibir entonces su consejo y ayuda.
- Entró en la habitación, - Maestro --dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo. -Que importante lo que dijiste, joven amigo- contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con el anillo. El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego dijo:

- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender YA, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
- 58 MONEDAS!!!!!! exclamó el joven. Sí, replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él acerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
- El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- Tú ores como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, só0 puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
- Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño. Todos somos como esta joya, valiosos y únicos, y andamos par los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.

La más suave, la que se dice con más amor es la más efectiva.

Es mucho mis importante el modo como se dicen las cosas que las mismas cosas que se dicen y que una verdad untada con vinagre es media verdad, mientras que ungida con caridad, tiene más posibilidades de ser aceptada.

Y la tercera es la necesidad. Si no hay necesidad, habría que callar; el silencio es salud. Y es cierto que es salud, para el que va a hablar sin necesidad, y para el otro, para el que tiene que soportar una palabra inútil, sobre todo para el que repite continuadamente el pronombre "yo".
Creo que una de las mejores sorpresas del Cielo, será descubrir que Dios es mucho más divertido de lo que nos imaginamos. Porque si Dios es como esos señores que parecen haberse tragado una escoba, la eternidad será insoportable. Pero Dios es divertido, porque no amarga, ni se amarga, con palabras innecesarias. '
La mayoría de nuestras tristezas son causadas par palabras que nunca deberían haberse dicho.
La primera de las virtudes es ser prudente en el hablar. Y más un educador. Una persona buena es como el fuego: se define par la luz y el color que difunde en el hablar. Y un fuego es aquello a lo que se acerca uno en el invierno, algo a cuyo lado se está bien.

No por nada decía Pitágoras: que
"el sabio sól0 rompe el silencio para decir algo más importante que el silencio".

El educador debe aprender el arte de callar. No digamos nada de lo que no nos sintamos seguros, aunque sól0 sea de la opinión. A veces conviene callar, por más seguridad que se tenga; y en vez de hablar, escuchar y pensar. No podemos tener respuesta para todo y el que a todo responde en algo o en mucho se equivoca.
Tengamos la seguridad:
las palabras son amores
y no buenas razones.
Y si no son amores, es mejor el silencio. Las buenas razones a veces. Pero el amor en la palabra, siempre.

Así es el educador en la posmodernidad. Los tiempos han cambiado, los hábitos también. Neruda decía que "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Pero será cierto? Han cambiado muchas cosas, pero las personas no. Y los educadores como los educandos somos personas. No hemos cambiado. No. Todos necesitamos ser escuchados, valorados, respetados en nuestra libertad. Todos necesitamos ser queridos con los miles y miles de formas de amar: la del educador es una de ella.

Me podrán decir que esto es utópico. Pero entonces es utópico el amor también.
Me podrán decir que sól0 algunos pueden hacer esto y que entonces no vale la pena, porque : qué hace uno entre tantos?. Primero, esto no es cierto, pero segundo:


"Si la nota dijese:
no es la nota la que hace la música,
no habría sinfonía.

Si la palabra dijese:
no es la palabra la que hace la página,
no habría libro.

Si la piedra dijese:
no es la piedra la que hace el muro,
no habría casas.

Si la gota dijese:
no es la gota la que forma el río,
no habría mares.

Si el grano de trigo dijese:
no es el grano el que forma el campo,
no habría pan.

Si el hombre dijese:
no es un gesto de amor
lo que puede salvar a la humanidad,
no habría nunca más: ni paz, ni justicia,
ni felicidad sobre la tierra.

Como la sinfonía
tiene necesidad de cada nota,
como el libro de cada palabra,
la casa de cada piedra,
el mar de cada gota,
el pan de cada grano,
así Dios y los hermanos
tienen necesidad de mi,
de mis gestos; de todos mis gestos únicos
insustituibles".
Que así sea.




 

 

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