Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Tel 02477 429001  -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                            |    |    |    |
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DE LAS COSAS QUE SE OCUPA EL PENSAMIENTO



“La felicidad no es cosa fácil:
es muy difícil encontrarla en nosotros,
e imposible encontrarla en otra parte”.
Chamfort



Desde que el hombre es hombre, poblador del mundo creado por Dios, camina, hasta llegar a su otoño, por un camino al infinito. Por esta ruta se encuentra con personas, animales, plantas y minerales. Todos le hablan, pero en un lenguaje variado y distinto, según su naturaleza.
Hay que escucharlos, porque todo lo que dicen pueden interesar. Su lenguaje transmite mensajes intermitentes del Creador. Pero también hay otras voces, fruto de las circunstancias que dialogan con nosotros. Así, la enfermedad, la muerte, el gozo, la esperanza, tienen sus propias palabras. De todos ellos, de la naturaleza y de las circunstancias, se llena nuestro pensamiento. Es en él donde suenan las voces: de aquellas que la experiencia recuerda de haber vivido un día; de las que van haciendo camino; de las que avivan la esperanza y el deseo.
Por el sólo pensamiento, por todo lo que él sacia, y por el solo tener el privilegio de poseerlo, podrá el hombre alabar a Dios, su Creador, y decirle:
“¡Señor, nuestro Dios
qué admirable es tu Nombre
en toda la tierra. . .
¿Qué es el hombre
para que te acuerdes de él? . . .
Lo hiciste poco inferior a los ángeles.
Lo coronaste de gloria y dignidad.
Le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies” ( Sal. 8)
Pero ¿cuáles son las cosas que llenan nuestros pensamientos?. Para algunos, como por ejemplo los santos, fue cierta la alabanza de Teresa de Avila, cuando decía:
“Dichoso el corazón enamorado,
que sólo en Dios ha puesto el pensamiento”.
Pero, en nuestro frágil equilibrio, las cosas no son siempre así. ¿Cuáles son –entonces- lo que ocupa lugar en el pensamiento del cristiano medio, obrero de la hora sexta?

EL DESEO DE LO INFINITO

Una parte de la vida, el hombre, ocupa el pensamiento en su finitud y en el deseo de algo más de lo que vive día por día. Sabe que se va a morir, pero, en el fondo, no lo cree.-
Todo el que camina tiene una meta. Nadie navega en el mar sin pensar en un puerto donde anclar. En la Misión de San Juan de Capistrano, en California, llegan las aves migratorias, el 21 de marzo, cuando llega la primavera en el hemisferio norte. Saben por su instinto dónde van. Llegan dirigidos por su propia naturaleza al lugar donde comienza el tiempo cálido. Y una piedra, si no encontrase obstáculos, también sabría donde dirigirse, iría a su centro de gravedad.
Sin embargo, algunos hombres ignoran su paradero. No saben porqué están aquí, ni saben donde van: son como hojas caídas de un árbol, que se las lleva el viento, sin rumbo y sin destino. Paul Verlaine compara el ir y venir de las hojas muertas de otoño, con la nada en el alma en su poema: Chanson d´automme.

Pero si hay deseos de justicia, de paz, de libertad, de amor, de ternura, tiene que haber un lugar, una cumbre y un remate de este deseo que, como pobre pordiosero, anda pidiendo que sacie sus ansias de perfección.
Caminamos, aunque ignorantes del todo, a un estado que anhelamos. Si biológicamente está probado, que las necesidades crean a los órganos, es lógico que las apetencias espirituales, no creen, pero sí demuestren, que existen realidades que sacien.
Si no fuese así, la humanidad sería una indigente masa de frustrados , como lo trató de plasmar Ingmar Bergman en su film: “El séptimo sello”: El caballero está cenando con su familia y escucha un repetido llamado a la puerta de su casa. Se levanta de su sitio y va a abrir la entrada. Afuera, se asoma sólo la noche oscura y fría. Y el caballero dice, cerrando la puerta y regresando a la mesa:
-“Llaman, pero como siempre, no hay nadie allí”.
El hombre es una esfera que rueda, en busca de su propio centro.
En el pensamiento hay siempre deseo de lo infinito. Cada persona tiene derecho a pensar que el mundo ha sido creado para él.

Dios parece buscar caminos misteriosos para aflorar en tu vida: una llamada de tu conciencia, un rayo de luz en tu sombría mente, como un sol en una noche cerrada, como un fuego que caliente tu gélido corazón. Aunque, con frecuencia, has juzgado el escondite de Dios, eres tú quien te ocultas, vergonzoso, como Adán y Eva entre las hojas del Edén...

Otras veces, esperamos su voz, potente y segura, que debe responder a mi pregunta. Si yo llamo – digo – debe responderme, con inmediatez. Como aquél hombre que creyó que su esposa, Anita, se estaba quedando sorda y un día decidió comprobarlo: entró calladamente por la puerta trasera de su casa, y se quedó allí oculto a su vista. Ella estaba sentada en un sofá tejiendo.
- ¡Anita! – le dijo - ¿Puedes oírme?.
No hubo respuesta. Entonces, avanzó hasta quedarse hasta seis metros detrás de ella.
- ¡ Anita – repitió - ¿Puedes oírme?.
Tampoco ahora hubo respuesta. Avanzó hasta tres metros, y volvió a preguntar:
- Y ahora ¿Puedes oírme?.
A lo que Anita respondió amablemente:
- Si, querido ¡Por tercera vez, si!.

¿Quién es el sordo? ¿Quién es el que, en definitiva, no oye?
“Te llamo Dios, porque me respondes;
inclina tu oído y escucha mis palabras” (Sal. 17)

Tal vez, cuando no me siento tan cerca de Dios, como cuando era niño, debo reconocer que soy yo quien se ha movido; Dios no se ha movido para nada.
Dios no sería Dios si pudiera ser conocido completamente por nosotros; pero tampoco Dios sería Dios si no pudiéramos conocerlo de alguna manera.
En un tiempo, estaba yo completamente sordo. Y veía a toda aquella gente que, estando de pie, daba toda clase de vueltas, moviéndose de aquí para allá. A eso lo llamaban baile. A mí me parecía absurdo . . . hasta que un día se me destaparon los oídos y oí la música. Entonces comprendí qué hacía toda aquella gente y comprobé lo hermoso que era la danza.
Ahora veo la absurda conducta de los buscadores de Dios. Y sé que mi espítiru está muerto. Esperaré para juzgarlo, que ese espíritu llegue a vivir.
Tengo un gran deseo de Dios, pero, mi absurdo, es querer conocerlo con mi corazón muerto.
Tal vez, si fuera capaz de dejarme ir con la fuerza de ese pensamiento dominante y dejar que me atrape, la cuestión de Dios sería más fácil.
Un muñeco hecho de sal, recorrió miles de kilómetros de tierra firme, hasta que, por fin llegó hasta el mar.
Quedó fascinado por aquella masa móvil, distinta de cuanto había visto hasta entonces.
- ¿Quién eres tú? – le preguntó el muñeco de sal al mar.
Con una sonrisa el mar le respondió:
- Entra y compruébalo tú mismo.
Y el muñeco se metió en el mar. Pero a medida que se adentraba en la hondura, iba disolviéndose, hasta que apenas quedó nada de él. Antes de que se disolviera lo que quedaba de él, el muñeco exclamó asombrado, y exclamó:
- Ahora ya sé quién soy.
Sólo es posible ser uno mismo, disolviéndose en lo que es más grande y perfecto.

LAS PERSONAS GRACIOSAS

Uno de los mejores recuerdos que lleva el pensamiento, es el de las personas que han sembrado verdades alegres y que pasaron por nuestra vida. Estas son las personas graciosas, las que tienen gracia. Pero distingamos. Decimos: Los que tienen gracia, no sólo los que tienen sal.
Tan importante era la sal en la antigüedad, que por ella se hicieron guerras y se disputaron territorios, donde abundaba la sal.
Era como el petróleo en estos tiempos y como se prevé que será el agua en el futuro.
En la edad media, se consideraba la sal como algo imprescindible para vivir. Al trabajador se le pagaba, con sal o con el dinero suficiente para comprarla. De allí el nombre de salario que se le da a la remuneración del trabajo realizado por el obrero. Además, la sal, fue especialmente importante para conservar los alimentos, hasta que los hombres “inventaron” el frío.
Actualmente la sal sigue siendo necesaria para conservar el sabor a la comida. Pero también al espíritu, porque no hay nada más triste que una persona sosa.
Y aquí distingamos. Se dice que una persona es salerosa, cuando tiene cierta picardía, cuando hace reír a los demás, cuando cuenta chistes o hace travesuras. A veces le decimos “salerosa”, a esa persona, porque su humor nos divierte.
Pero una persona salerosa, puede no tener nada que ver con una persona graciosa. La esencia de la gracia, de lo gracioso, es la ingenuidad. Es gracioso el niño por su inocencia y sencillez; lo es el payaso, porque finge ser niño y sus gestos son cómplices de la travesura. Lo es el santo, porque mediante la ascesis, se hizo como niños.
De aquí se deduce que la persona sosa, no es la que carece de picardía para ser salerosa, sino la que le falta para ser graciosa.
Gracioso, es el que tiene “gracia”. Y la gracia, que es don, sólo puede provenir de Dios. Por eso, no hay mejor persona graciosa, que aquella que es capaz de dejar un poco de la sal de su caridad.
Se cuenta que una vez, un hombre se perdió bajo una tormenta de nieve. Vencido por la fatiga, se tumbó sobre el blanco manto, con la casi certeza de su muerte. Sucedió que pasó por allí un carrero que, inmediatamente lo rescató, lo subió a su carro, lo envolvió en una gruesa manta, y lo llevó hasta la casa del mismo hombre perdido.
Cuando el carrero ya se retiraba, el hombre rescatado, conmovido por la caritativa y oportuna ayuda de su salvador, le expresó el deseo de ofrecerle una recompensa. Pero el hombre no lo admitió de ninguna manera.
- Dígame, al menos, su nombre – le pidió el salvado.
- Dígame usted el nombre del buen samaritano – le respondió el carrero.
- No consta su nombre – le dijo el rescatado.
- Entonces, permítame que oculte también el mío – le contestó el carrero.

LOS OTROS

En una clase, había dos muchachos con el mismo apellido Pérez. Uno de los Pérez, el más pequeño, era constantemente reprendido, porque no guardaba la disciplina exigida por la maestra y era muy poco aplicado en sus estudios. Al no lograr controlarlo, la maestra se preguntaba a sí misma acerca de su propia actitud para ser maestra.
En la reunión de padres de alumnos, una señora de modales muy finos, se presentó a sí misma como la madre de Pérez. Creyendo, por la buena figura de la señora, que se trataba de la madre del otro Pérez, que era uno de sus alumnos favoritos, la maestra hizo grandes alabanzas de éste diciéndole que era un verdadero placer tenerlo en su clase.
A la mañana siguiente, Pérez, el revoltoso, llegó temprano al colegio y fue derecho a la sala de maestras, la encontró y, casi entre sollozos, le dijo:
- Muchas gracias por haberle dicho a mi madre que yo era uno de sus alumnos preferidos y que era un placer tenerme en su clase. Yo sé que hasta ahora no he sido bueno, pero desde ahora lo voy a ser.
La maestra se dio cuenta, enseguida, del error de identidad, pero guardó un prudente silencio. Fue hacia el muchacho y acarició su inclinada cabeza. El pequeño Pérez cambió totalmente desde entonces y fue, realmente, un placer tenerlo en clase.

Dime lo que te molesta y te diré como eres. Por lo general, no queremos a los que tienen los mismos defectos que tenemos nosotros, porque son nuestros espejos, nuestros acusadores.
Nuestras intransigencias dependen de nuestros defectos. Cuántos más tenemos, más intransigente somos.
Empezamos a ser sabios, no cuando entendemos, sino cuando comprendemos a los demás. Entender a los demás es salir de nosotros para ponernos en su lugar. Comprender a los demás, es meterlos en nosotros y albergarlos en nuestro corazón.
Cuanto más amas, más comprendes; cuando más comprendes, más amas. Y cuando veas mucha suciedad alrededor tuyo, es porque quizá lo haya, pero también porque los cristales de tus lentes no están limpios.

Contempla la humanidad desde un plano amable, y a los hombres se los podrá dividir, no entre buenos y malos, sino entre los que están en lo cierto y los equivocados. Todos hacemos tonterías y todos hacemos cosas buenas. Los primeros, se sonrojan, se arrepienten en hacerlo; los segundos siguen viviendo haciendo tonterías.

Si nos conociéramos bien, el uno al otro,
si ambos pudiéramos vernos como Dios nos ve
y conocer el fondo de nuestros corazones,
no estaríamos, ciertamente, tan distantes
y estrecharíamos, francamente, nuestras manos.
Estaríamos de acuerdo felizmente,
si nos conociéramos el uno al otro.

Pero siempre estamos enfrentándonos con los “otros”. Esos “otros”, en lugar de ser compañeros de camino, parecen siempre adversarios.
Una vieja historia cuenta que, Jesucristo, nunca había visto un partido de fútbol. Entonces, algunos amigos, lo llevaron a que viera uno. Era un bravo partido entre un equipo Católico y otro Protestante. El primer gol fue de los Católicos. Jesús aplaudió animosamente y hasta lanzó al aire su gorra. Después, metieron un gol los Protestantes y Jesús volvió a aplaudir y su gorra voló nuevamente por los aires. Esto pareció desconcertar a un hombre que se encontraba en el asiento detrás de Jesús. Entonces, tocando el hombro de Jesús, le preguntó:
- ¿A qué equipo apoya usted, al final, buen hombre?
- ¿Yo? – respondió Jesús, mientras seguía mirando el juego – sencillamente disfruto del juego, no animo a ningún equipo.

Es curioso lo que ocurre con muchas personas. Siempre necesitan encontrar adversarios. Siempre piensan que Dios está de su parte y en contra de “los otros”.

LOS RUIDOS

El silencio absoluto y total terminaría por enloquecer a todo ser humano. Una persona metido en un recipiente de vidrio, sin percibir ningún sonido, no tardaría en perder su equilibrio psíquico. El silencio total es enloquecedor. Por eso, cuando se tortura a una persona, para quebrarla, se lo aísla en una celda sin ruido y sin luz.
Pero el ruido estrepitoso, creado por el invento de las máquinas, por el avance de la técnica, por el choque de la energía y la materia, es capaz de producir el mismo desequilibrio. Puede deteriorar gravemente el sistema nervioso de una persona.
Tan perjudicial es uno como el otro. El hombre tiene oídos y están hecho para oír ruidos y sonidos, proporcionados a su sensibilidad.
El niño en el claustro materno, escucha los latidos del corazón de la madre, que le suena como una canción de cuna, que arrulla su sueño prenatal. El adulto, en contacto de la naturaleza limpia, alejado de los ruidos ciudadanos, escucha el ruido del correr del agua del arroyo, el trinar de los pájaros, el ruido de las hojas mecidas por el viento, el golpeteo de las gotas de lluvia sobre un techo de zinc.
Estas percepciones acústicas del niño y del adulto desarrollan su sensibilidad y su sociabilidad. Los pequeños ruidos de los seres animados e inanimados, acompañan nuestro caminar, y nos dan a entender que no estamos solos en la vida. A través de ellos escuchamos la voz suave de la madre tierra, descubrimos una hermosa sinfonía, que brota de la armonía establecida por el Creador...

La armonía de la música es hermosa; por eso es gratificante un moderado silencio.
Hazme ir más despacio, Señor.
Acompasa el latir de mi corazón aquietando mi mente.
Apacigua mis apresurados pasos
con la visión del alcance eterno del tiempo.
Ablanda la tensión de mis nervios y músculos,
con la música relajante de las melodía
que perduran en mi memoria.
Ayúdame a experimentar
el mágico poder restaurador del sueño.
Enséñame el arte de tomarme pequeñas vacaciones:
detenerme para mirar una flor,
charlar con una amistad, acariciar un fiel animal,
leer unas pocas líneas de un buen libro . . .
Hazme ir un poco más despacio, Señor,
e inspírame como echar raíces profundas,
en la tierra de los valores perennes de la vida,
para que pueda crecer
hasta la cima de mi grandioso destino.

Cierta vez, toda la familia se encontraba reunida para la cena.
El hijo mayor, anunció que se iba a casar con la chica que vivía enfrente de su casa.
- Pero sus padres no le dejaron ni un peso – objetó el padre.
- Esa chica no hace nada – agregó la madre.
- No sabe nada de nada – dijo el hermano más chico.
- Nunca ví una chica tan mal peinada – observó la hermana.
- No tiene nada de romántica – dijo el tío.
- ¿Y con ese mal gusto con los vestidos que lleva? – se le ocurrió decir a la tía.
- No viene de buena familia – puso el sello la abuela.
A lo que el muchacho que había anunciado el casamiento, mirando a todos los que estaban a la mesa dijo:
- Pero ella tiene una enorme ventaja sobre todos nosotros.
- ¿Cuál ventaja? – le preguntaron todos, a coro.
- No tiene familia.

¡Cuántas veces, los silencios llevan mucha música consigo!. Y otras no.

En el libro escrito por William Breault, llamado “Una voz sobre el agua”, cuenta que un sacerdote recién ordenado, visitó, a una niña de once años que yacía en cama paralítica. Le embargada un sentimiento de impotencia, al tratar de acompañar el sufrimiento silencioso de la niña. Entonces, se dio cuenta de que la madre de la niña, había inventado un medio de comunicación, simple pero maravilloso. Cuando la niña movía los párpados significaba “si”. Cuando movía el dedo pequeño de su mano derecha, significaba “no”. Las demás partes de su cuerpo carecían de movimiento. Todo era un sí y no; además del dolor.
Haciendo lo posible por comunicarse con ella, el sacerdote se inclinó sobre el borde de la cama y le habló al oído de la niña:
- Judy, ¿puedes oírme?
Hubo un ligero movimiento en los párpados de la niña. “Si”. El sacerdote sabiendo entonces que podía comunicarse con Judy, le contó la vida de Jesús, empleando toda la expresividad posible. Le contó cómo Jesús amaba a todos con todo su corazón.
- ¿Lo comprendes Judy?
Nuevo movimiento de los párpados. “Si”.
El sacerdote continuó día tras día, contándole cosas a la niña, que se iba debilitando cada vez más. Un día le preguntó:
- ¿Te duele mucho ahí dentro?
La respuesta fue “sí”.
- ¿Ya sabes que el Señor ama a los niños de una manera especial?
Los párpados se movieron.
- ¿Sábes, Judy, que El te quiere a ti de una manera muy especial.
Hubo una pausa, y los párpados volvieron a moverse. ¡ Sí ella lo sabía!. Cercada por la incomunicación, corroída por el dolor, incapaz de moverse, en un silencio que hería, Judy sabía que Jesucristo la amaba.
El silencio, a veces, habla de las realidades más profundas.

LA CONCIENCIA

“Regresé a mi celda – cuenta un condenado – y la noche anterior a mi juicio, decidí rezar una oración después de mucho tiempo. Pero esta vez tenía que ser de rodillas... esta vez, las cosas iban en serio. Esperé a que el muchacho flaco, que compartía mi celda, estuviera dormido, y entonces bajé de mi cucheta superior y, ya en el suelo, doblé mis rodillas...
“Me arrodillé” al pie de la cama y, solo como me sentía, abrí mi corazón a Dios. Lo hice como si El estuviera allí, en carne y hueso, conmigo. Le hablé con toda sencillez... nada de palabras e invocaciones solemnes... le hablé como me gustaba hablarle a mi padre ¡Hace ya tantos años!. Le hablé como un niño y le conté mis deseos y mis necesidades, mis esperanzas y mis desilusiones. Le pedí que me ayudara en mi camino. Me sentía como si estuviera ante alguien que se preocupaba por mi. Supe que podía echarme a llorar, algo que no había hecho desde hacía muchos años.
- Dios – le dije por fin – tal vez no me vaya a portar como un santo, pero voy a tratar de no ser un perdido. Y le dije al final, la fórmula de siempre: te lo pido por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
“Una voz suave añadió otro amén al mío. Miré hacia arriba y ví al muchacho flaco, apoyado en el codo, con la cabeza sobre su mano. En la semi oscuridad traté de ver su cara, para saber si se estaba burlando de mí. Pero su rostro estaba como el mío, sintiendo la soledad y buscando de algún modo la ayuda de Dios... Entonces el muchacho susurró:
-Yo también le rezo a Dios. Aunque no me creas, yo solía ir a la iglesia, y sentía que la mano de Dios me protegía. Me solía sentir como tal vez nos sentimos tú y yo: ahora seguros, tranquilos, en paz, como si no hubiera ningún dolor en nuestras vidas.
- ¿Me quieres decir que es esto que sentimos ahora? – le pregunté bajito.
- Yo ya pregunté - dijo el muchacho – y me dijeron que era el Espíritu Santo.
Ya no pregunté más. Allí en la semi oscuridad, había hallado una nueva conciencia “.

La conciencia, que escucha nuestro pensamiento, hace notar que todas las cosas están unidas por un ligamen indivisible. No se puede cortar una flor sin turbar una estrella. Sí. La conciencia lleva a descubrir la sutil y escondida armonía cósmica. Cuando tiras la punta de un hilo, afectas leve, pero irremediablemente, el tejido entero. En el Credo, se profesa la fe en la “comunión de los santos”, porque somos un cuerpo único, el de Cristo. El bien de uno solo, desborda y hace feliz al organismo entero, así como el malo se transforma en una fuente de sufrimiento común.
Bajo esta luz, es erróneo pensar que las personas somos como las mónadas, como una unidad cerrada en sí misma. La conciencia que escucha nuestro pensamiento, nos descubre que somos células de un cuerpo más amplio, del cual recibimos y damos.
Por eso, no se puede cortar una flor, sin turbar también a una estrella.

Y ¿QUÉ HAY EN EL PENSAMIENTO DE DIOS?

En el taller del cielo, se reunieron los grandes arquitectos, los más afamados carpinteros y los mejores obreros celestiales, porque debían fabricar al hombre perfecto.
- Debe ser fuerte – comentó uno.
- También, debe ser dulce – comentó otro experto.
- Debe tener firmeza y mansedumbre.
- Debe saber dar buenos consejos.
- Debe ser justo en momento decisivos; alegre y comprensivo en los momentos tiernos.
Unos y otros iban agregando las cualidades que, al juicio de estos obreros debía tener el hombre perfecto. Pero, uno de los obreros, preguntó:
- ¿Cómo será posible poner tal cantidad de cosas un solo cuerpo?
- Es fácil – contestó un ingeniero – sólo tenemos que crear un hombre con la fuerza del hierro y con corazón de miel.
Todos rieron ante la ocurrencia. Pero, detrás, se escuchó la voz del Dueño del taller del cielo que decía:
- Veo que al fin comienzan. No es fácil la tarea, pero no es imposible si ponen interés y amor en ello.
Tomó en sus manos un puñado de tierra y comenzó a darle forma.
- ¿Tierra? – preguntó sorprendido uno de los arquitectos – pensé que lo fabricaríamos e mármol o marfil o piedras preciosas.
Pero el Maestro le contestó:
Este material es necesario para que sea humilde – y extendiendo su mano sacó oro de las estrellas y lo añadió a la masa de tierra. Y dijo:
- Esto es para que en las pruebas brille y se mantenga firme.
Agregó a todo aquello, sabiduría, prudencia. Le dio forma, le sopló de su aliento y cobró vida, pero... faltaba algo, porque en su pecho le quedaba un hueco.
- ¿Y qué le pondrás allí? – preguntó uno de los obreros.
Y abriendo su propio pecho, ante los ojos asombrados de aquellos arquitectos, sacó su corazón, le arrancó un pedazo, y lo puso en el centro de aquel hueco. Dos lágrimas salieron de sus ojos, mientras volvía a su lugar su corazón ensangrentado.
- ¿Por qué has hecho tal cosa? – le preguntó un arquitecto.
Y el Maestro contestó:
- Esto hará que me busque en los momentos de angustia; que perdone y corrija con paciencia; que esté dispuesto al sacrificio por los suyos; y que cuando haya terminado su tarea regrese a Mi. Yo, estaré esperando, porque tiene parte de mi mismo corazón

ORACIÓN PARA QUE SE OCUPE EL PENSAMIENTO

No sé cómo decirlo,
pero siento que estamos
donde Dios quiere que estemos;
que nací para estar donde estoy,
que vine al mundo para hacer lo que hago.
De no se así,
Dios me hubiera hecho diferente
más grande o más pequeño.
El Dios que sabe todo lo que existe,
es el que me quiere aquí donde me ha puesto.
A veces se me ocurre, al ver lo que hago,
que podría haber hecho algo más grande,
pero, si reflexiono me convenzo
de que me ha puesto Dios donde El quería.
Y cumplo mi tarea, convencido
de cumplir lo que Dios me ha encomendado.
Ahora sé que cumplir estas tareas
es la razón por la que yo he nacido.

Pbro. Dr. Ariel David Busso
Marzo 2003

 

 

Parroquia Santa Julia

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