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EL ROSTRO Y SUS MÁSCARAS



"Un hombre que aspira a ser algo separado de sí mismo, siempre logra lo que se propone, Este es su castigo: quien codicia una máscara termina por vivir oculto tras ella".




¿QUÉ SOY?

Cuando tus padres te engendraron, sólo pensaron en tener un hijo o una hija, pero te pensaron a ti, tal como eres, tal como también te pensó Dios.
No fue así por casualidad. Cada parte de tu cuerpo y de tu espíritu está pensada por Dios, con infinito amor desde toda la eternidad.
No eres una obra hecha en serie, sino una obra de artesanía.
Tienes que aceptarte tal y como te han hecho, y actualizar todo lo que está en potencia dentro tuyo. No debes intentar ser otro, sino que debes ser tú mismo. No eres un proyecto. Debes ocupar el lugar que tienes tú mismo en la Creación. No envidies ni a Velásquez por su arte, ni a Newton por su talento científico, ni a Brahms por su inspiración musical. Estos hombres, si fueron felices, no lo fueron por sus dones, sino que aceptaron ser como Dios los había hecho.

Sin embargo, a veces queremos llenar tanto la vida que sin querer la rompemos. Con frecuencia comienzan los rostros a esconderse detrás de máscaras que la vida misma o nuestra propia ambición son capaces de crear. Muchas de ellas reforman y cambian lo que debería ser el ritmo natural de vivir y otras llegar hasta deformar el mismo rostro.

Día tras día aparecen padres y madres en el consultorio de un terapeuta o en la intimidad de un confesionario, con el revés de la trama de su paternidad y maternidad. No alcanzan las palabras para explicar que sus hijos han pasado de ser de "la alegría del hogar" a "protagonistas del drama". Y así tantos otros dramas.



LA OSCURA MÁSCARA DE LA MENTIRA

Cuando veo un rastro serpenteante en la tierra del campo, me digo: por aquí pasó una víbora o una culebra ciega. Cuando veo a personas despojadas de su fama, envueltas en situaciones ultrajantes, me digo: por aquí ha pasado un murmurador.
Para encontrar la verdad hay que seguir sus huellas porque no viene en bloque. La historia de la humanidad, por ejemplo es inaccesible. Los cronistas no han logrado encontrar la verdad en esos montones de papeles, en esos archivos, en donde se relatan los hechos deformados y subjetivos. Si alguien quisiera transformarse para encontrar así la verdad, sólo se transformará en un cirujano de la verdad, donde extraerá tejidos sangrantes y gelatinosos.
Y la verdad sólo podrá ser contada cuando, mediante la sencillez, nos hagamos como niños.

O comencemos a ver el mundo con los ojos de los sueños.

En un libro de Edgar Lee Masters, llamado "Antología de Spoon River", relata el diálogo entre un oculista y su paciente. El oculista dice al cliente, al tiempo que le prueba distintas lentes:
-¿Qué ves ahora?
-Globos -dice el paciente- globos de colores, muy lindos globos: rojos, amarillos, púrpura...
-Un momento ¿Y ahora?.
-Mi madre, mi padre, mis hermanos...
-Si ¿Y ahora?
-Hermosas chicas, rostros gentiles...
-Pruébate esta otra.
-Un campo de trigo, una hermosa ciudad...
-.........
-Con esta verás mejor ¿Y ahora?.
-Veo un libro.
-Léeme la página.
-No puedo. Mis ojos se fugan más allá de las páginas.
-Optimo -se regocija el oculista olvidando a su paciente- ¿y ahora?
-Luz, solamente luz... Una luz que transforma el mundo en un mundo de niños.
A lo que el oculista dice:
-¡Buenísimo!. Entonces haremos tus anteojos con estos lentes.

Pienso que es el deseo de todos y para todos. Sólo con la luz que tienen los niños se puede llegar a conocer la verdad de todas las cosas, del mundo, de Dios.


Casi todos los seres dejan sus huellas. Dios deja también las suyas: son sus criaturas.
Dios ha dejado muestra de su poder en las grandes cordilleras, en las montañas rocosas, en los picos de las sirenas.
De su suavidad, en los pétalos blandos de una flor recién nacida.
De su consistencia, en los finos metales escondidos en las fecundas entrañas de la tierra.
Y de su ternura, en los niños, en el corazón de unos padres con sus hijos, en los nidos de las aves.
¿Pero quién ve la verdad a través de huellas?. Sólo los niños, son sólo ellos quienes llegan a la verdad. Si muchos adultos como finos sabuesos oliesen las huellas calientes del amor, no sentirían la angustia en su garganta, porque verían, con otros ojos, la providencia de su soledad.


El secreto de una vida no debe buscarse lejos. Y en esto consiste el encuentro de la inspiración espiritual. Las cosas que sostienen una vida están más cerca de lo que pensamos. Suelen rondar por la vida transformándose a veces en circunstancias y otras en diminutos eventos. Nadie tendrá grandezas si las busca demasiado lejos de donde está. ¿Qué todo está mal donde andas?. No es así: no hay mal tiempo sino ropa inadecuada.
No hay que permitirse el vagabundeo de los sueños. Demasiados sueños pueden enfermar al soñador. Sólo hay que conservar algunos, los mejores, en el bolsillo de los deseos y sacarlos a la luz cada tanto para que el oxígeno de la esperanza pegue de lleno en el rostro.

Hay personas que han llegado a ser famosas, por sus hazañas victoriosas, por sus descubrimientos sorprendentes, por haber surcado nuevos mares, por haber escalado montañas, por haber cambiado las ideas de la gente.
Hay personas, en cambio, que apenas dejaron huellas a su paso por la vida. Caminaron en silencio, casi de puntillas. Cruzaron la tierra y la vida como las aves vuelan por las nubes del cielo. Realizaron su trabajo calladamente, pero con eficacia, a conciencia, sufriendo el terrible cotidiano, formando eso que hoy llaman la infraestructura. Fueron como esas piedras que se entierran para levantar sobre ellas las finas agujas de una catedral.
Cuando se sepa todo, cuando lleguemos a la verdad de las cosas, sabremos a ciencia cierta quién ha dejado en el mundo más belleza, si los famosos, por todos conocidos, o la gente sencilla de nuestro mundo pequeño.
Allí nos enteraremos de la cobardía de muchos valientes, de las flaquezas de los santos, de los plagios de los poetas, a quien pertenecieron los libros de una biblioteca. También conoceremos la insoportable angustia de los alcohólicos, las lágrimas de algunos ladrones como Dimas, la bondad de tantas Magdalenas, la inseguridad de los violentos. Sabremos lo malo de los buenos pero también las lucecitas de los que parecen andar en tinieblas. Quedaremos sorprendidos al ver las contradicciones que hay entre nuestra historia y la historia real... La máscara de la mentira quedará por tierra y el rostro quedará entonces con la perfección de lo que es.



LA PESADA ADVERSIDAD

La clásica bendición irlandesa desea "que el sol te dé de lleno sobre tu rostro" y "que el viento sople sobre tu espalda". Quiere expresar que los hechos adversos se desean siempre detrás y no por venir.

Confieso que cuando era chico, admiraba a Alejandro Magno, al rey David, a Julio César. Me gustaba soñar con toda aquella gente peleadora y audaz. Después, durante los estudios, me atraían los grandes diplomáticos, los eximios negociadores: Metternich, Richelieu, Disraeli. Eran gente que sabían nadar y salpicar con astucia e inteligencia a sus rivales, sin llegar a la violencia. Después me entusiasmaron los poetas. No podía comprender cómo sería el interior de Machado, de García Lorca, de Verlaire, o de Borges, para que esas palabras tuvieran la rima del alma.
Pero hoy, creo que sólo siento admiración por Lincoln, Ghandi, Luther King, la Madre Teresa, por los que buscaron la libertad y la justicia, por medio del amor y la verdad. Los héroes ahora son todos aquellos que buscan la paz, los que le horroriza las violencias, cualquier violencia.
La adversidad es pesada, pero se hace invencible si las armas a vencerla son inadecuadas.

Cuentan que en un invierno un buen hombre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado, que en el tronco marchito de ese árbol surgieron brotes nuevos.
Este buen hombre reflexionó:
-Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Hacía tanto frío, que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida en aquel trozo de árbol.
Y volviéndose hacia su hijo, le aconsejó:
-Nunca olvides esta importante lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca tomes las más importantes decisiones cuado estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Se paciente.
La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá.

La adversidad y su consecuencia es relatada así por Dostoievski:

"El ruido de los sables y las voces de mando a lo largo de las casamatas de la prisión ha turbado su sueño a medianoche. Aparecen unas fantasmales y lúgubres sombras. Aquellas sombras le empujan por un estrecho e interminable corredor. Se oye chirriar un cerrojo. Se abre una puerta. Entonces puede contemplar el cielo, mientras un viento helado le azota el rostro. Espera un coche celular, en el que le introducen violentamente. En el coche se encuentran apretujados, cruelmente encadenados, sus nueve compañeros de infortunio. Todos callan. Saben adónde van y saben también que su viaje no tiene retorno. El coche se pone en marcha lentamente. De pronto se detiene y otra vez chirría una puerta. Al trasponer la verja, sus ojos descubren un miserable rincón de mundo, casas sombrías, sucias, bajas de techo. Luego ven una gran plaza, desierta, cubierta de nieve sucia.
Una densa niebla envuelve el patíbulo. Un templo de oro se adivina en la luz matinal. Después de apearse les hacen avanzar. Un oficial lee la tremenda sentencia: ¡condenado a muerte por traidores!. ¡A muerte!. Aquellas palabras se hunden como piedras en el sereno azul del cielo y son repetidas como un eco.

"Todo lo que está ocurriendo a él le parece un sueño. Sólo sabe que va a morir. Se adelanta un hombre y en silencio le pone la túnica blanca. Los reos cambian en voz baja las últimas palabras de despedida. Uno de ellos, con los ojos desorbitados, lanza un grito de horror. Un sacerdote le presenta el crucifijo que él besa fervorosamente. Los condenados son diez. Se les hace avanzar de tres en tres.
"Un cosaco se acerca para vendarle los ojos. Él entonces levanta la vista para contemplar el cielo por última vez: también puede ver la iglesia, cuya dorada cúpula resplandece en las primeras luces de la aurora. Recuerda la Última Cena del Señor y vislumbra que la verdadera vida, la visión beatífica de Dios, comienza después de la muerte. Le han cubierto los ojos. Ante él sólo hay una tétrica oscuridad. Pero siente bullir la sangre en sus venas y, con esa ardiente sangre, nuevos torrentes de vida. Es el último segundo, y en ese instante parece concentrarse toda su existencia. Tumultuosamente aparecen las imágenes de sus recuerdos: su infancia, sus padres, sus hermanos, su esposa, las amistades rotas, las pocas horas de felicidad, los sueños de gloria. Ahora, la muerte. Nota que alguien se acerca lentamente, y una mano se posa sobre su pecho. Siente frío. ¿Va a morir?. El corazón apenas late. Unos momentos más y todo habrá terminado.

"A poca distancia, los cosacos han formado el pelotón y preparan las armas. Se oye el ruido de los gatillos. De pronto, los tambores empiezan a redoblar. Van a troncharse unas vidas. ¡Aquel instante dura un siglo!.

"Pero entonces se oye un grito: "¡Alto!". Llega un oficial, en cuyas manos se agita una hoja de papel, y a la clara luz de la mañana, lee la orden, el indulto: el zar, bondadoso, ha conmutado la pena. Aquellas sorprendentes palabras carecen de sentido. Sin embargo, la circulación de la sangre vuelve a normalizarse, y la vida, gozosa, ha empezado a cantar. La muerte huye derrotada, y los ojos, cegados por las sombras, perciben como un rayo de luz. Le quitan la venda. Le aflojan las ligaduras. Su corazón puede ya latir libremente. Ya no ve aquella horrible fosa a sus pies. La vida es mísera y dolorosa..., pero es vida.

"Contempla otra vez la dorada cúpula de la iglesia, que en los albores de aquella terrible mañana brilla místicamente. El cielo parece estar lleno de rosas, de gloriosos himnos. Allá en lo alto brilla la cruz con los brazos abiertos como en oración.
Ha caído de rodillas, destrozado por el grito de dolor humano. Luego se siente abatido por un infinito estremecimiento, una especie de convulsión que disloca sus miembros; la boca se le llena de espuma y un mar de lágrimas brota de sus ojos. Está convencido de que no pudo gustar la dulzura de la vida hasta que sus labios probaron la amargura de la muerte.
Su alma ha comprendido, se ha dado plena cuenta de los terribles momentos que sufrió Aquel que murió, hace dos mil años, en una cruz. Y, como nuevo Cristo, debe amar la vida iluminado por una luz nueva".
Esta escena fue el 22 de diciembre de 1849, en San Petersburgo en la Plaza Semenovsk, e ilustra cómo un hombre, a punto de llegar a la culminación de la adversidad, ha comprendido, recién allí, su sentido.


A veces la adversidad tiene rostro demasiado feo y parece vencedora de antemano, pero casi siempre depende de nosotros.
¿Qué son las dunas?. Son montañas de arena, formadas por el viento, que desean imitar a los niños, que juegan en las plazas construyendo castillos encantados. Crecen y se deshacen continuamente, se mudan sin cesar, tomando diferentes formas soñadas, de acuerdo a la brisa que corre libre y alegre desde el mar.
Para la adversidad, no hay que ser duna. Provoca temor no tener forma definida, carecer de ideas y seguridad.
Pero ¡cuidado! tampoco ayuda ser roca intransigente, tener ideas fijas, sin escuchar la razón de cada hombre que busca honradamente la verdad. Sólo el que es tierra firme, humanizada y pródiga, podrá servirse de los embates de la adversidad. Ser duna significa mudarse o amasarse, ser roca montañosa es encontrar un muro sin puerta de acceso. La tierra firme permite ver la frontera entre lo que tenemos de ángel y lo que trae la realidad.





LA MÁSCARA DEL PAVO REAL

El primer colibrí que ví en mi vida, fue en el jardín del campo. Había allí un jazmín plantado delante de la casa que parecía centenario y florecía todo el año. Tendría yo menos de 6 años y el colibrí me pareció un abejorro de gran tamaño, porque su diminuto cuerpo no tiene más de cuatro ó cinco centímetros.
Materialmente se paraba delante de las flores para meter su largo pico y movía tan velozmente las alas que apenas podían verse. Casi 100 aleteos por segundo. Los colores del colibrí son variados y muy vivos. Dicen que hay unas 300 especies de colibríes. Decir cuál es la más hermosa y atractiva es imposible. Es un ave delicada y fina. Parece mentira que esta menudencia pertenezca a la misma especie del cóndor, del águila, del buitre, del halcón. Esta delicada criatura desarrolla una labor importantísima: lleva el polen de unas flores a otras para fecundarlas.
En su pico diminuto lleva la vida. Ante él las flores se estremecen de amor. Pero lo más hermoso es que todo esto lo hace en silencio, sin darse importancia. El colibrí no canta, ni trina. Ni siquiera es como el pavo real que tiene la gracia de su plumaje aunque no sepa cantar.

Cuentan que una vez un niño se acercó un día a la ladera de una montaña. Venía caminando por un verde camino ascendente. Comenzó a gritar algunas palabras sueltas que se le iban ocurriendo a cada paso, y para su sorpresa advirtió que éstas volvían a su oído casi idénticas a cómo las había pronunciado, sin embargo, volvían con un extraño timbre que le hacia dudar de su origen. Más emitía palabras, más le regresaban.
Le gustó tanto, que siempre iba ahí a conversar con la montaña que hablaba. Cuando se sentía deprimido, iba y le preguntaba cosas al "Señor de la Montaña" para que le ayudara verse tal cual era.
Le decía a la montaña:
-¿Soy lindo?.
-Lindo, lindo, lindo... escuchaba volver.
-¿Soy inteligente?
-Inteligente, inteligente, inteligente... - respondía suavemente el eco.
-¿Soy bueno? -Bueno, bueno, bueno... - escuchaba el muchacho.
Cuando se hizo mayor, a pesar de que no era nada agraciado, de que nunca pudo terminar ningún estudio, de que fracasó en sus trabajos por holgazán y de que su mujer lo abandonó, y de que sus hijos no lo querían por su mal carácter, él siempre pensó que era muy lindo, inteligente y bueno por que el "Señor de la Montaña" así se lo revelaba.
Quien busca las respuestas en su propio interior sin considerar la realidad, cree escuchar a Dios cuando sólo se oye a sí mismo. La máscara de pavo real transforma el verdadero rostro de la sencillez.
En cambio. Como contrapartida a esta necedad me contaron que, antes de la Segunda guerra mundial, un misionero que predicaba en las parroquias de Alemania, relató esta anécdota desde el púlpito: "Una madre estaba por morirse; todos los hijos circundaban su lecho de muerte; excepto uno. Se trataba de un hijo pródigo que, por su mala conducta, había provocado grandes y profundos dolores a su madre. El único deseo de la moribunda era que este hijo pudiese estar presente en aquél momento supremo. Pero el hijo estaba en la cárcel purgando delitos contra la sociedad.
Entonces, los hijos de aquella mujer, se pusieron en conexión con el director del penal y obtener que aquél muchacho pudiera salir, con dos guardacárceles y llegar así al lecho de muerte de la madre. La pobre mujer, estaba muy débil para poder decirle a su hijo al menos una palabra, pero podría verlo al menos una vez mas antes de morir.
Llegó el hijo pródigo -continuó relatando el predicador- y la mirada de su madre lo venció.
Al volver a la soledad de la celda él, que nunca había querido saber nada con recibir al capellán de la cárcel, lo mandó llamar y con ánimo sereno hizo una sincera y humilde confesión general. La gracia continuó trabajando en su corazón ya fortificado por la tierna mirada de su madre moribunda.
Cuando salió de su prisión, retomó los estudios y se ordenó sacerdote.
Y aquél sacerdote -concluyó el misionero- soy yo".



¿SIN AMOR? ¿SIN MISERICORDIA?

Esta es la peor máscara transformante de rostros y almas: vivir dando amor a cuentagotas y reservándose la misericordia para con los simpáticos. Aunque hay algunos que ni siquiera a los simpáticos les reparten misericordias.

Se cuenta que recogiendo donativos para un Hogar de Leprosos, acudió un joven al hombre más rico de la ciudad. Pero éste no accedió a su petición.
-Tiene usted que comprender -le explicó el hombre rico al joven- que tengo una madre de 91 años alojada en una residencia de ancianos, hace ya ocho años. Y tengo una hija, viuda hace tres años, que lucha por sostener a sus cinco hijos. Y tengo dos hermanos que solicitaron unos préstamos que ahora no pueden pagar...
-Lo siento -le dijo el joven-. No sabía que tuviera usted tantas necesidades a las que atender.
-No; no he querido decir eso -replicó el hombre rico-. Solamente trataba de explicarle que, ya que no les doy a ellos ni un solo centavo, ¿por qué le voy a dar algo a usted?.

Sin embargo, el que tiene en cuenta la belleza de las cosas percibe más fácil la necesidad de amar.
¿Qué relación hay entre la belleza y el amor?. Siempre que amamos a una persona, lo hacemos por sus cualidades, por su belleza moral o física. Pero tal vez podremos preguntarnos. ¿Esa es belleza real o la creamos nosotros mismos porque amamos a esa persona previamente?.

La respuesta no puede ser simple ni radical, ya que aquí las causas y los efectos están mezclados. Tal vez en otra persona que nos cautiva, pero luego, al amarla, sublimamos lo objetivo, y éste fenómeno nos da pié para aumentar nuestro amor.

Esa nueva oleada envuelve en un halo luminoso e idealista a la persona y hace que la veamos más hermosa todavía y más buena. El amor y la belleza son dos entidades relativas que aumentan alternativamente y se repercuten una a la otra.
Cuando amamos lo íntimo de una persona, todas sus manifestaciones externas nos parecen hermosas. El núcleo embellece la periferia. Por eso, los mismos gestos, el mismo modo de andar, el mismo tono de voz, que una persona nos molesta, cuando los vemos en una persona querida, hasta nos parecen llenos de gracia.
Milagrosamente se realiza una extraña metamorfosis en nuestro interior.
No cabe dudas que amamos a las personas porque son bellas, pero, en parte, son bellas porque las amamos.
Por eso se comprende que no haya ningún hijo feo para su madre. Como también se explica lo que decía aquella monjita, dedicada a cuidar a los ancianos desamparados, cuando contaba que todavía no había encontrado a ningún viejito que oliese mal.


Y volvemos a los niños. Entre ellos el amor brota como una fuente, sin más límites que la propia naturaleza. Había una vez una niña precoz de ocho años. Un día escuchó a su madre y a su padre hablar acerca de su hermanito Andrés. Ella solo sabía que su hermano estaba muy enfermo y que su familia no tenía dinero. Planeaban mudarse para un complejo de apartamentos el siguiente mes porque su padre no tenía el dinero para las facturas médicas y la hipoteca. Sólo una operación costosísima podría salvar a Andrés. Escuchó que su padre estaba gestionando un préstamo pero no lo conseguía. Escuchó también a su padre murmurarle a su madre, quien tenia los ojos llenos de lágrimas, "Sólo un milagro puede salvarlo." Teresa fue a su cuarto y sacó un frasco de jalea que mantenía escondido en el ropero. Vació todo su contenido en el suelo y lo contó cuidadosamente. Lo contó una segunda vez, ¡una tercera! La cantidad tenía que ser perfecta. No había margen para errores. Luego colocó todas las monedas en el frasco nuevamente, lo tapó y se escabulló por la puerta trasera y caminó las dos cuadras hasta la farmacia. Esperó pacientemente su turno. El farmacéutico parecía muy ocupado al momento y no le prestaba atención. Teresa movió su pie haciendo un ruido. Nada. Se aclaró la garganta con el peor sonido que pudo producir. Nada. Finalmente, sacó una moneda del frasco y golpeó el mostrador".
-"¿Qué deseas? -le preguntó el farmacéutico en un tono bastante malhumorado. Y le dijo sin esperar respuesta: "Estoy hablando con mi hermano que acaba de llegar de muy lejos y no lo he visto en años.
-"Bueno, yo quiero hablarle acerca de mi hermano, le contestó Teresa en el mismo tono que usara el farmacéutico.
-Está muy enfermo y quiero comprar un milagro.
-¿Qué dices?, dijo el farmacéutico
-Su nombre es Andrés y tiene algo creciéndole dentro de la cabeza y mi padre dice que sólo un milagro lo puede salvar. Así que, ¿cuánto cuesta un milagro?
-Aquí no vendemos milagros, nena. Lo siento pero no te puedo ayudar, le contestó el farmacéutico; ahora en un tono más dulce.
-Mire, yo tengo el dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré el resto. Sólo dígame cuánto cuesta.
El hermano del farmacéutico que había escuchado toda la conversación era un hombre alto y elegante. Se inclinó y le preguntó a la niña:
-¿Qué clase de milagro necesita tu hermanito?
-No lo sé. Contestó Teresa con los ojos a punto de explotar. Sólo se que está bien enfermo y mi mami dice que necesita una operación. Pero mi papá no puede pagarla y dice que sólo un milagro podrá salvarlo, así que yo quiero usar mi dinero para comprar el milagro.
-¿Cuánto dinero tienes?- le preguntó el hombre.
-Cinco pesos con veinte centavos- contestó Teresa en una voz que casi no se entendió.
Es todo el dinero que tengo pero puedo conseguir más si lo necesita.
-Pues que coincidencia. Dijo el hombre sonriendo. Cinco pesos con veinte centavos, justo el precio de un milagro para hermanos menores. Tomó el dinero en una mano y con la otra tomó a la niña del brazo y le dijo:
-Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres. Veamos si yo tengo el milagro que necesitas. Ese hombre de buena apariencia era el Dr. Carlos Armstrong, un cirujano especialista en neurocirugía. La operación se efectuó sin cargos y en poco tiempo Andrés estaba de regreso a casa y en buena salud. Los padres de Teresa hablaban felices de las circunstancias que llevaron a este doctor hasta su puerta.
-Esa cirugía, dijo su madre -fue un verdadero milagro. Me pregunto cuánto habrá costado. Teresa sonrió. Ella sabía exactamente cuanto costaba un milagro: cinco pesos con veinte centavos, más el amor de una niña de ocho años.



LA MASCARA DE LA VIOLENCIA

Toqué una vez la puerta donde vivía un sabio solitario, y le pregunté dónde estaba el país de la felicidad. El se quedó pensativo y luego me respondió que la felicidad no era un lugar, sino un modo de caminar.
¡Qué espanto el que camina con violencia!.
Martín Luther King, escribió estas palabras dirigidas a los blancos racistas que terminaron por asesinarlo:
"No tenemos, ni queremos tener,
otros medios para vencerlos, que el amor.
Jamás emplearemos contra ustedes la violencia.
Por medio del amor,
a ustedes, que son nuestros enemigos
los convertiremos en amigos.
A la capacidad de ustedes de hacernos sufrir,
opondremos la nuestra para soportar el sufrimiento.
Pónganos en la cárcel
y los seguiremos amando.
Quemen nuestras cosechas
y los seguiremos amando.
Aterroricen a nuestros hijos
y los seguiremos amando.
Envíennos gente que nos apalee
y los seguiremos amando.
Llegará un día en que se avergonzarán
de su propia violencia.
En ese día nos darán libertad
y lograrán la de ustedes,
porque se habrán librado del odio.
En ese día se alcanzará una doble victoria".

No creas que apretando tus manos sobre lo que tocas, serán más hondas tus huellas.
Acaricia el lomo del perro enfurecido y se amansará; hasta podrá dormirse soñando con el fino tacto de tus dedos.
Apoya suavemente tu mano sobre el hombro de tu amigo herido y recordará como un alivio.
Mira el mar: las altas olas se deshacen en blanca espuma cuando es tocado por la arena de la playa. ¿Se quedará enamorado el mar de la suavidad de la arena?.
Dejarás huellas profundas cuando beses con tus labios, rozando amorosamente con tu piel, todos los seres, mudos y animados, que veas a tu lado. Nada permanece tanto como el sabor de una caricia, como el calor de una mano amiga cuando estrecha otra mano.

Lo que expones tiene más o menos fuerza, según el tono amistoso de tus palabras. La influencia de las ideas se potencia con el amor. Cuanto más ames a una persona mejor la persuadirás. No busques vencer, sino con-vencer. No violentes a los demás con tu ciencia, sino con tu pa-ciencia.

Una vez una mujer, en plena rebelión y agresividad a sí misma, al mundo, a Dios, le escribió al rey Balduino, de Bélgica, conocido por su dedicada vida espiritual. La respuesta de Balduino fue directa, personal, llena de sinceridad. La profesión de fe que figura en la carta, es sin máscaras, simple, leal. Así dice:

"Abriendo los ojos y mirando a mi alrededor, he descubierto, nuevamente el amor de Dios por mí, por la humanidad. Veo que cada vez que buscamos de vivir el evangelio, es decir amándonos unos a otros, las cosas comienzan a cambiar: la agresividad, la angustia, la tristeza, dejan lugar a la paz y la alegría.
Puedo contarte que, desde hace muchos años, no obstante mis culpas y mis debilidades, vivo gozando de esa paz y de esa alegría, a pesar de las dificultades y las divisiones que nos rodean. Ninguno se encuentra en condiciones de conservar esta alegría y esta paz, en el corazón, solos. Pero Jesús lo promete a todos los que sienten el deseo de seguirlo.
Era todavía adolescente cuando descubrí que Dios nos ama, en la persona de Jesús, y me ama a mí con un amor loco, inimaginable, pero muy concreto. Que afrontó el martirio más atroz para salvarnos, para salvarme, para salvar personalmente a cada uno de nosotros de la prisión del mal y de hacernos participar, si queremos, de su vida divina. Si nosotros lo consentimos, su Padre se transforma en mi Padre; María, su Madre, se transforma en mí Madre, nuestra Madre.
Desde aquél día mi vida cambió. Quiero decir: mi modo de ver las cosas, porque creo que soy la misma persona con los mismos defectos que tengo ahora. Pero mis debilidades no me quitan más el coraje, al contrario, son un motivo para apoyarme enteramente en su amor omnipotente y en la fuerza de mi Padre, que es también el tuyo.
Cada día, desde entonces, veo en mi vida signos tangibles del amor de Dios...
Todo esto es tan hermoso que me he preguntado si es verdadero, o si no será el fruto de mi imaginación y si todo esto es el mundo de los sueños!!!.
¡Esta presencia no me ha dejado nunca más desde los 18 años!.

Y después de leer esta carta e imaginarme a semejante hombre con esa serenidad, recordé lo que me había dicho aquél viejo sabio cuando toqué a su puerta: que la felicidad no era un lugar sino un modo de caminar.



LA CRITICA

Alguien dijo una vez que él no criticaba y que sólo hacía comentarios constructivos. ¡Comentarios constructivos!. ¡Es como si quisiéramos darle a un misil el carácter de constructor!.

Nos vamos amasando con lágrimas, nos perfeccionamos unos a otros con gozo, pero las críticas no amasan: amasijan.

Hay que saber usar libremente la arcilla para sacar de ella una obra de arte. A Santa Teresa, por ejemplo, no le ayudaron las críticas, para pulirla se necesitaron los cuatro mejores alfareros de su tiempo: San Juan de Avila, San Francisco de Borja, San Juan de la Cruz y San Pedro de Alcántara.

Sibelius, el autor de tantos poemas sinfónicos, paseaba una vez por el bosque con un viejo y estimado amigo.
Los pájaros trinaban, volando por encima de sus cabezas. Sibelius se entretenía identificando el canto de las aves con los diferentes instrumentos musicales.
De pronto, se oyó el graznido desarmónico de un cuervo de gran tamaño. El amigo preguntó a Sibelius.
-¿Y ése, qué instrumento toca?.
Sibelis respondió rápidamente:
-Ese no toca, ese es un crítico musical.

Como uno es poco propenso a reconocer los propios errores, raramente haya críticas entre los escasos aciertos de nuestra parte.
Padre e hijo ven la televisión, después de cenar, mientras madre e hija friegan los platos en la cocina.
De pronto, se oye el ruido de algo que se cae y se rompe.
Luego, un completo silencio.
-Ha sido mamá la que ha dejado caer el plato -dijo el muchacho.
-¿Cómo lo sabes? -le dijo el padre.
-Porque ella no ha dicho nada- dijo el chico.

La crítica deforma el rostro de quien la practica y muy poco al criticado.
Un hombre es feliz cuando ve el lado bueno de cada persona, cuando se alegra de la belleza creada por los demás.

Sucedió una cosa extraña en una ciudad remota. Un joven se cayó y se rompió una pierna. Para ayudarle a andar, le dieron un par de muletas. El joven se acostumbró totalmente a usarlas, y no sólo para andar sino también para otras cosas.
Y sucedió que también la gente de la ciudad empezó a aficionarse a las muletas. Un carpintero muy avispado, comenzó a fabricar muletas y a venderlas. Tuvo un éxito total. La gente que gozaba de brazos y piernas sanos comenzó a usar las muletas porque se pusieron de moda. Para salir al paso a la demanda, hubo que erigir una gran fábrica de muletas. Se fabricaban muletas, cada vez más sofisticadas, adornadas con joyas y trabajos en marfil.
Varias generaciones más tarde, la gente de aquella ciudad no podía prescindir de las muletas para caminar. Se habían olvidado de andar sin ellas. Los que no las usaban eran considerados como primitivos.
Y nosotros, estamos tan acostumbrados a las críticas en las reuniones sociales, que ya nos parecen que sin ellas no podemos andar. Son las muletas, adornadas con joyas, con ricos minerales de confección, pero muletas al fin. ¿Concebiremos alguna reunión nuestra sin críticas?.



ENVÍO

Por mi alma corre un río
que viste de azul y plata.
Es como un río tranquilo
que se quiebra entre las piedras
y camina entre las zarzas.

Al río le cruza un puente,
un puente que no es de hierro.
Está hecho con suspiros, con ansias y con anhelos.
Arranca desde mi orilla
y casi llega hasta el cielo.

Por mi alma corre un río,
al lado de un limonero.
Por él navega una barca
y mi Dios es el barquero.

Barquero mío, te veré mañana, después del alba. Te veré sin espejos y me verás sin máscaras. Te veré sin cansarme y no dejarás de asombrarme y ¿sabes?. Quisiera ver como esta máscara mía se transforma en poesía.

Pbro. Dr. Ariel David Busso
Marzo 2003

 

 

Parroquia Santa Julia

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