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HÁBLAME DE DIOS EN SILENCIO



Una vez, mientras estaba hablando con una persona que me contaba que se encontraba en una situación difícil y por lo tanto quería suicidarse, entró improvistamente un tábano. Intentando salir, el tábano se pegó violentamente contra el vidrio de la ventana y cayó a tierra un poco vivo, un poco muerto. Al rato se repuso, tomó otra vez vuelo y continuó apuntando siempre al mismo punto, siempre intentado de salir por el mismo lugar.
Me vino a la mente un episodio que leí alguna vez en un libro de espiritualidad y se lo conté a aquella persona.
Un día –contaba la historia- un sacerdote que vivía en una habitación bastante pobre, al lado de una Iglesia también muy pobre, recibió la visita de un hombre rico, que comenzó a contarle sus problemas, que no tenían salida y que todo era basura. El buen hombre le relataba sus cosas algunas posibles, otras imaginarias, un tábano voló improvistamente en la habitación e inició un combate contra el vidrio de la ventana. El sacerdote observaba atentamente al tábano, y parecía no prestar escucha al huésped. Este, impaciente, le dijo con sarcasmo:
- Me parece que a Ud. le gusta mucho ese tábano.
A lo que el sacerdote respondió:
- Perdóneme Señor, pero ese tábano me da mucha pena. Esta casa, como Ud. puede ver, está que se viene abajo. Hay agujeros por todos lados y el tábano podría salir por cualquiera de ellos. Pero se obstina a volar hacia el vidrio. Hay tantos lugares de salida, pero quiere salir por el vidrio donde sólo logra romperse la cabeza.
¡Pobre! –continuó diciendo- si continúa así, terminará por morirse. Por eso es sólo el tábano el que me da pena.

Un padre se lamentaba con Dios que su hijo había abandonado la fe.
- ¿Qué debo hacer? Le preguntó.
Le respondió Dios:
-¡Ámalo más!.


EL ANSIA DE LA FELICIDAD

Había una vez un hombre muy viejo y muy sabio. Estaba un día hablando con algunos de sus nietos y de los amigos de sus nietos.
En el terreno de enfrente de su casa se levantaba el edificio de un colegio. En ese momento estaban en el recreo. Había allí mucho ruido y muchas risas. Uno de los nietos le preguntó al abuelo:
- Por qué dicen los adultos que todos los hombres aspiran a la felicidad pero rara vez la alcanzan?.
El abuelo miró a los niños que jugaban alegres en el patio de la escuela y dijo:
- Esos de enfrente, sin embargo, sí son felices.
- Cierto –dijo el nieto- los chicos que juegan son felices, pero ¿qué pasa con la felicidad de los mayores?.
- Pasa lo mismo que con la felicidad de los niños –dijo.

Sacó unas monedas del bolsillo de su saco, cruzó por entre sus nietos y sus amigos, y las arrojó hacia los niños. Al momento cesaron las risas infantiles y se lanzaron hacia las monedas. Algunos chicos entre sí, se gritaron, pelearon...
- ¿Y ahora?. – preguntó el abuelo- ¿qué es lo que hace su felicidad?. A qué lo atribuyes?.
- A la pelea -dijo el nieto.
- ¿Y qué es lo que los llevó a la discusión y a la pelea?.
- El ansia de dinero –dijo el chico.
- ¿Ves? –terminó diciendo el sabio hombre. Esa es la respuesta a tu primera pregunta. Todos los hombres anhelan la felicidad. Todos desean vivir en paz y buena armonía con los demás. Pero el ansia de dinero, de riqueza, de tener más en lugar de ser mas, los lleva a matar esa misma felicidad que ansían.

Se calcula según estadísticas norteamericanas, que la segunda guerra mundial costó un billón de dólares. La cifra es un segundo de doce ceros. Solamente se beneficiaron con aquella cifra significativa, los vendedores de armas, los proveedores del ejército.
¡Un billón de dólares!. Con esa cifra se podrían construir hospitales, guarderías infantiles, escuelas, iglesias. Todas las familias podrían tener una casita con jardín.
El ansia de dinero es lo mismo que el ansia del poder: destruye la felicidad que se desea, al mismo tiempo. Los que recuerdan la obra de teatro “Un violinista en el tejado”, recordarán al pobre judío vendedor de leche, Tevje, cuando cantaba: si yo fuera la fuente de su felicidad, pero su deseo lo sobrepasó.

Dios habla habitualmente en silencio. Pero a veces hasta de la carcajada para que caigamos en la cuenta.
Una vez leí una historia escrita por Hans Kirchhof muy ejemplificadora.
Cuanta que una vez un hombre había sido nombrado alcalde de un pueblo y lleno de alegría por la reciente “dignidad” alcanzada, fue a la ciudad vecina y le compró un tapado de piel a su esposa. “Como esposa del alcalde –pensó- tiene que distinguirse de las demás”. Y allí le trajo un “soberano” tapado de piel, empeñando su sueldo, porque no tenía ni donde caerse muerto.
La mujer del alcalde, que además de no tener nada, tenía pocas luces, pero bastante presunción, decidió estrenar el abrigo de piel, el domingo siguiente en misa (ceremonia a la que tampoco era muy asidua).
Cuando el alcalde y la mujer entraron en la Iglesia, el párroco empezaba precisamente a leer el evangelio y los asistentes se levantaron como de costumbre, en señal de respeto y reverencia ante la Palabra de Dios. Los hombres, incluso, que se habían olvidado de sacarse la gorra, lo hicieron en ese momento. Pero la alcaldesa creyó que todo era por ella y volviéndose a ambas partes con rostro feliz, dijo con voz bien audible:
- No se molesten queridos vecinos. También nosotros fuimos como ustedes unos “pobres diablos”.
Seguro que desde el párroco hasta el último vecino habrán largado una gran carcajada cada uno, cuando le aclararon a la alcaldesa que no era por ella que la gente se había levantado, sino por la lectura del evangelio.
Podemos suponer que esa historia sirvió durante mucho tiempo para burla y chanza. Pero podemos suponer también que a veces, sólo así, con “el ridículo” se aprende a no desear a aquello que en verdad no hace feliz.


EN REALIDAD ME HUBIERA GUSTADO...

Sucedió en un tren en Italia, en uno de esos inmensos vagones corridos que apenas es posible una conversación, a no ser que los interlocutores estén sentados uno junto al otro.
Eran dos hombres, ambos junto a la ventanilla, uno enfrente del otro, con un pasillo en el medio. Uno era sacerdote y rezaba el breviario. El otro manejaba una notebook con mucha concentración. De cuando en cuando miraba al sacerdote. Al cabo de un rato cerró la computadora, sacó una libreta y se puso a escribir en ella. Al hacerlo daba la impresión de que seguía pensando con gran intensidad. Finalmente arrancó la hoja que había escrito y se la entregó al sacerdote.
Este leyó lo siguiente:
“Querido y desconocido compañero de viaje: en realidad me hubiera gustado hablarle pero no me he atrevido. Le hubiera pedido que me prestara su libro de oraciones porque necesitaba leer y meditar el salmo 126. Pero me pareció demasiado íntimo pedir a un desconocido que me prestara su breviario. En realidad, me hubiera gustado preguntarle cuánto queda todavía de esa Tierra prometida. Y sobre todo ¿Cómo llegar hasta ella?. ¿Qué dirección tomar?. ¿Qué maletas llevar?. ¿Qué provisiones?. En realidad, me hubiera gustado preguntarle si es absolutamente imprescindible vivir en comunidad, si la muerte es separación o encuentro. No se lo ha preguntado; pero todo eso me hubiera gustado, en realidad, hacerlo. Le deseo todo bien y mucha fe. Sinceramente. Su vecino de viaje.
Fue este sacerdote quien me contó el hecho. Y me hacía este comentario: “¡Que difícil se nos hace comunicarnos directamente, sobre todo en aquellas cuestiones interiores!”.
Es una pena, pero es cierto. Hablamos de muchas cosas, pero las conversaciones son carentes de temas como lo que vive el corazón, de la apertura mutua, de la confianza, de los sentimientos.
¿Por qué nos avergonzamos?. ¿Por qué nos imaginamos que entramos en la intimidad del otro cuando entramos en el espacio de la vida interior?.
La confianza es un oasis del corazón al que nunca se llega desde la caravana del respeto humano.
Una vez fui a bendecir la casa de un matrimonio que recientemente había casado. A la entrada de la casa habían colocado un cuadro con una inscripción, de su propio puño y letra, que decía:
“Nos casamos para dar un hogar a nuestro amor;
confiamos en que gente buena nos acompañe con benevolencia en el camino;
confiamos en que el Cielo bendecirá este hogar”.

Al principio no le dí importancia y lo confundí con otros tantos escritos crisis que aparecen en las participaciones de casamiento. Pero después logré detenerme a reflexionar. No es tan fácil expresar estas ideas más brevemente, ni tan bella y profundamente. Ese cuadrito, con las tres frases, ponen en relieve:
El afecto mutuo
La esperanza de benevolencia de los demás y
La bendición de Dios.

Eso es precisamente lo que se halla en juego toda la vida interior.
Hay que sentir todo lo que se vive y respira.
Hay que perder el miedo del reconocer que uno siente todo lo que vive y respira.
Hay que agradecer a Dios por la bendición de lo que uno siente, vive y respira.
Hay que comunicar las experiencias interiores de Dios, para que otro sienta, viva y respire.


DOS BLOQUES DE HIELO

Una vez había dos bloques de hielo. Estaban bien congelados. Congelada estaba también su mutua relación. Esto no es extraño, por que los iceberg están destinados, por naturaleza, a ser distantes. Pero aún así, uno de ellos tuvo una idea rara y le dijo al otro.
- Acércate un poco más, no te voy a hacer nada.
Pero el otro se quedó mudo y frío. Ni se movió.
Así se congelaron ambos cada vez más.
Se mantenían helados gracias a los vientos gélidos del Polo. Pero un día, después de incontables años, un rayo de sol dio en uno de los iceberg y comenzó enseguida a deshelarse un poco.
Era un sentimiento totalmente nuevo y animó a su vecino a que se dejase tocar también por el rayo del sol. Así, los dos bloques de hielo flotaron lenta, pero irresistiblemente el uno hacia el otro. Tenían frío todavía pero sentían el sol como algo grato. Finalmente, llegó a ellos un niño, y luego, docenas más. Se divertían mucho con los iceberg que se iban derritiendo. Hacían barquitos de papel y los hacían navegar por ellos y gozaban de la vida.
- Oye, nunca me he sentido antes tan bien y tan contento.
Y la alegría de los niños y la felicidad de los iceberg derritiéndose se reflejaba en la superficie del agua.



UN POCO DE AMOR AL OTRO

Dos hombres, ambos enfermos de gravedad, compartían el mismo cuarto semi-privado del hospital.
A uno de ellos se le permitía sentarse durante una hora en la tarde, para drenar el líquido de sus pulmones. Su cama estaba al lado de la única ventana de la habitación.
El otro tenía que permanecer acostado de espalda todo el tiempo. Conversaban incesantemente todo el día y todos los días, hablaban de sus esposas y familias, sus hogares, empleos, experiencias durante sus servicios militares y sitios visitados durante sus vacaciones.
Todas las tardes cuando el compañero ubicado al lado de la ventana se sentaba, se pasaba el tiempo relatándole a su compañero de cuarto lo que veía por la ventana.
Con el tiempo, el compañero acostado de espalda que no podía asomarse por la ventana, se desvivía por esos periodos de una hora, durante el cual se deleitaba con los relatos de las actividades y colores del mundo exterior.
La ventana daba a un parque con un bello lago. Los patos y cisnes se deslizaban por el agua, mientras los niños jugaban con sus botecitos a la orilla del lago. Los enamorados se pasean de la mano entre las flores multicolores; en un paisaje con árboles majestuosos y, en la distancia, una bella vista de la ciudad.
A medida que el señor cerca la ventana describía todo esto con detalle exquisito, su compañero cerraba los ojos e imaginaba un cuadro pintoresco.
Una tarde, le describió un desfile que pasaba por el hospital y aunque él no pudo escuchar la banda, lo pudo ver a través del ojo de la mente mientras su compañero se lo describía.
Pasaron los días y las semanas; y, una mañana, la enfermera al entrar para el aseo matutino, se encontró con el cuerpo sin vida del señor cerca de la ventana, quien había expirado tranquilamente, durante su sueño. Con mucha tristeza avisó para que trasladaran el cuerpo.
Al día siguiente, el otro señor pidió que lo trasladaran cerca de la ventana. A la enfermera le agradó hacer el cambio y luego de asegurarse de que estaba cómodo, lo dejó solo.
El señor con mucho esfuerzo y dolor, se apoyo en un codo para poder mirar el mundo exterior por primera vez. Finalmente tendría la alegría de verlo por si mismo. Se esforzó para asomarse por la ventana y lo que vio fue la pared del edificio de al lado.
Confundido y estremecido, le pregunto a la enfermera qué sería lo que animó a su difunto compañero describir tantas maravillas fuera de la ventana.....
La enfermera le respondió que el señor era ciego y no podía ni ver la pared del frente. Ella le dijo "Quizás solamente deseaba animarlo a usted".


EL BANCO DEL TIEMPO

Imagínate que existe un banco, que cada mañana acredita en tu cuenta la suma de 86.400 dólares. No arrastra tu saldo día a día. Cada noche borra cualquier cantidad de tu saldo que no usaste durante el día.
¿Qué harías?...retirar hasta el último centavo, ¡por supuesto!
Cada uno de nosotros, tiene ese banco. Su nombre es 'Tiempo'. Cada mañana, este banco te acredita 86.400 segundos. Cada noche, este banco borra, y da como perdido, cualquier cantidad de ese crédito que no has invertido en un buen propósito. Este banco no arrastra saldos ni permite sobregiros. Cada día te abre una nueva cuenta. Cada noche elimina los saldos del día. Si no usas tus depósitos del día, la pérdida es tuya. No se puede dar marcha atrás. No existen los giros a cuenta del depósito de mañana. Debes vivir en el presente con los depósitos de hoy. Invierte de tal manera, de conseguir lo mejor en salud, felicidad y éxito. El reloj sigue su marcha. Consigue lo máximo en el día.
Para entender el valor de un año, pregúntale a algún estudiante que perdió el año de estudios.
Para entender el valor de un mes, pregúntale a una madre que alumbró a un bebé prematuro.
Para entender el valor de una semana, pregúntale al editor de un semanario. Para entender el valor de una hora, pregúntale a los amantes que esperan a encontrarse. Para entender el valor de un minuto, pregúntale a una persona que perdió el tren.
Para entender el valor de un segundo, pregúntale a una persona que evitó un accidente en un instante.
Para entender el valor de una milésima de segundo, pregúntale a la persona que ganó una medalla de plata en las olimpíadas.
Atesora cada momento que vivas, y atesóralo más si lo compartiste con alguien especial, lo suficientemente especial como para dedicarle tu tiempo, y recuerda que el tiempo no espera por nadie.

Ayer es historia.
Mañana es misterio.
Hoy es una dádiva.
Por eso es que se le llama el Presente!!!
Reflexiona .... eres millonario(a) .

EL PESO DEL RENCOR

La maestra nos dijo que haríamos un ejercicio para ver la forma en que el rencor era un peso enorme para nosotros. Nos pidió que lleváramos papas y una bolsa de plástico. Ya en clase elegimos una papa por cada persona a la que guardábamos resentimiento. Escribimos su nombre en ella y la pusimos dentro de la bolsa. Algunas bolsas eran realmente pesadas. El ejercicio consistía en que durante una semana lleváramos con nosotros a todos lados esa bolsa de papas. Naturalmente la condición de las papas se iba deteriorando con el tiempo. El fastidio de acarrear esa bolsa en todo momento me mostró claramente el peso espiritual que cargaba a diario y como, mientras ponía mi atención en ella para no olvidarla en ningún lado, desatendía cosas que eran mas importantes para mi.
Todos tenemos papas pudriéndose en nuestra "mochila" sentimental. Este ejercicio fue una gran metáfora del precio que pagaba a diario por mantener el resentimiento por algo que ya había pasado y no podía cambiarse. Me di cuenta que cuando hacia importantes los temas incompletos o las promesas no cumplidas me llenaba de resentimiento, aumentaba mi stress, no dormía bien y mi atención se dispersaba.
Perdonar y dejarlas ir me llenó de paz y calma, alimentando mi espíritu. La falta de perdón es como un veneno que tomamos a diario a gotas pero que finalmente nos termina envenenando. Muchas veces pensamos que el perdón es un regalo para el otro sin darnos cuenta que los únicos beneficiados somos nosotros mismos. El perdón es una expresión de amor. El perdón nos libera de ataduras que nos amargan el alma y enferman el cuerpo. No significa que estés de acuerdo con lo que pasó, ni que lo apruebes.
Perdonar no significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que te lastimó. Simplemente significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causaron dolor o enojo. El perdón se basa en la aceptación de lo que pasó. La falta de perdón te ata a las personas con el resentimiento. Te tiene encadenado. La falta de perdón es el veneno más destructivo para el espíritu ya que neutraliza los recursos emocionales que tienes.
El perdón es una declaración que puedes y debes renovar a diario. Muchas veces la persona mas importante a la que tienes que perdonar es a ti mismo por todas las cosas que no fueron de la manera que pensabas. "La declaración del Perdón es la clave para liberarte". ¿Con qué personas estás resentido? ¿A quienes no puedes perdonar? ¿Tú eres infalible y por eso no puedes perdonar los errores ajenos? Perdona para que puedas ser perdonado, recuerda que con la vara que mides, serás medido...
"Aliviana tu carga y estarás mas libre para moverte hacia tus objetivos".


LO QUE DAMOS A QUIENES NOS RODEAN REGRESA A NOSOTROS

Su nombre era Fleming, un agricultor pobre de Inglaterra.
Un día, mientras trataba de ganarse la vida para su familia, escuchó a alguien pidiendo ayuda desde un pantano cercano. Inmediatamente soltó sus herramientas y corrió hacia el pantano. Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando tratando de liberarse del lodo. El agricultor Fleming salvó al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.
Al día siguiente, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor inglés. Un noble inglés, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presentó a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado. "Yo quiero recompensarlo," dijo el noble inglés. "Usted salvó la vida de mi hijo."
No, yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice." Respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta. En ese momento el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia. ¿Es ese su hijo?" preguntó el noble inglés. "Si," respondió el agricultor lleno de orgullo. "Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si él es parecido a su padre crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso." El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital en Londres, y se convirtió en un personaje conocido a través del mundo, el notorio Sir Alexander Fleming, el descubridor de la Penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonía. Que lo salvó? La Penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill ¿El nombre de su hijo?. Sir Winston Churchill. Alguien dijo una vez: Siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos.


Pbro. Dr. Ariel David Busso
Diciembre 2003

 



 

 

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