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LA CORTESÍA ES LA INTELIGENCIA DEL CORAZÓN




Entre todos los sentimientos que ha desarrollado el hombre a través de su historia no existe ninguno que supere a la ternura como cualidad más humana y más humanizadora. De hecho una persona a la que se le llama cortes sino se esfuerza por adquirir este sentimiento que lo hace “afectuoso”, “participativo”, “respetuoso”, no puede llamarse adulto. Desde la perfección del cosmos y de cualquier forma de vida, desde la vida del niño a la de una flor o una mariposa, se debe despertar a capacidad de apreciar convenientemente a sí mismo y a todos los demás.
Así comienza el sentimiento de la ternura.
Algunos piensan que la ternura es un sentimiento marginal de la persona. Sin embargo pertenece a la estructura misma del ser humano. Su ausencia es signo de naturaleza incompleta. Quizás sea esta la razón de que los que no la poseen buscan al menos tener algo parecido para que la reemplace.

La cortesía y la ternura hablan de los múltiples aspectos de la vida, subrayan sus principales aspectos, hacen vivir todo “con pasión”, dan deseos de compartir y convivir.
La alternativa es el vacío, negando de ese modo las dimensiones más profundas de la interioridad y de sus más altas instancias.
Por eso puede decirse, sin miedo a equivocarse, que dejar que se nos escape la ternura es dejar que se nos escape la vida. Y, así como no existe vida sin riesgo tampoco existe una ternura sin riesgo. Pero el mayor de los riesgos consiste en no vivir la ternura.


EL CÍRCULO DE LA TERNURA


Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, un campesino golpeó enérgicamente la puerta de un convento. Cuando el hermano portero abrió la pesada puerta de madera, el campesino le mostró, sonriendo, un magnífico racimo de uvas.
-Hermano portero –dijo el campesino- ¿sábes a quién quiero regalar este racimo de uva que es el mejor de mi viña?
-Quizás al Abad o algún otro fraile del convento- dijo el portero
-No –dijo el campesino- te la quiero regalar a ti.
-¿A mí?.
El fraile portero enrojeció su rostro por la admiración y por la alegría
-¿En serio me lo quieres dar a mi?-
-Claro. Siempre me has tratado con amistad y me has ayudado cada vez que te lo pedí Quiero que este racimo de uva te de un poco de alegría.
La alegría simple y serena que se veía sobre el rostro del fraile portero iluminaba también el rostro del campesino.
El fraile portero puso el racimo de uva bien a la vista y lo miró durante toda la mañana. Era realmente un racimo estupendo. A un momento le vino una idea: ¿por qué no llevo este racimo al Abad para darle un poco de alegría también a él.
Tomó el racimo y se llevó al Abad.
El Abad fue sinceramente feliz y en ese momento recordó que en el convento había un viejo fraile enfermo y pensó: llevaré a este viejo fraile enfermo el racimo, así se alivirá un poco.
De este modo el racimo de uva emigró de nuevo. Pero no duró mucho en la celda del fraile enfermo. Éste, a su vez, pensó que el racimo podría llevarle un poco de alegría al fraile cocinero, que pasaba el día sudando sobre las hornallas y se lo envió. Pero el fraile cocinero se lo pasó al fraile sacristán para darle un poco de alegría también a él. Éste se lo dio al fraile más joven del convento, que se lo llevó a otro y que pensó bien en dárselo también a otro.
De fraile en fraile, el racimo de uva regresó al fraile portero, para darle también un poco de alegría.
Y así se cerró un cerco. Un cerco de ternura y cortesía.

No esperes que este círculo lo inicie otro. Te toca a ti hoy comenzar un cerco de ternura. A menudo basta una pequeña chispa para hacer explotar una enorme carga. Basta una chispa de ternura para que al menos una parte del mundo comience a cambiar.
El amor es el único tesoro que se multiplica por división. Es el único regalo que aumenta cuando más entregas de lo tuyo. Es la única empresa en la cual más se gasta más se gana.


Me lo dices, lo olvido;
lo repites, lo recuerdo;
me implicas, lo comprendo.


ACTITUD FRENTE A LA VIDA



Una señora, bien equilibrada y orgullosa, de 92 años de edad, hoy en la mañana a las 8 en punto, estaba con su cabello peinado al estilo de peluquería y un maquillaje perfectamente aplicado, aún sabiendo que ella era casi ciega. La mudaron esta mañana a un asilo de ancianos. Su marido recientemente muerto a los 90 años la había acompañado la mayor parte de su vida.
Después de muchas horas de esperar pacientemente en la recepción del asilo de ancianos, ella sonrió muy dulcemente cuando le avisaron que su habitación estaba lista. Mientras ella maniobraba su andador hacia el ascensor, la enfermera le dió una descripción detallada de su pequeño cuarto, incluyendo las sábanas y cortinas que habían sido colgadas en su ventana. "Me encantan", dijo ella con el entusiasmo de un chiquillo de 8 años al que acaban de mostrar un nuevo juguete.
Pero Sra.-le dijo la enfermera- usted aún no ha visto el cuarto sólo espere.
-Eso no tiene nada que ver, dijo ella. "La felicidad es algo que uno decide con anticipación. El hecho de que me guste mi cuarto o no me guste, no depende de como esté arreglado el lugar, depende de como yo arregle mi mente. Ya había decidido de antemano que me encantaría".
"Es una decisión que tomo cada mañana al levantarme"....Estas son mis posibilidades: Puedo pasarme el día en cama enumerando las dificultades que tengo con las partes de mi cuerpo que ya no funcionan, o puedo levantarme de la cama y agradecer por las que sí funcionan. Cada día es un regalo, y por el tiempo que mis ojos se abran me enfocaré en el nuevo día y en las memorias felices que he guardado en mi mente sólo para este momento en mi vida.
La vejez es como una cuenta bancaria... uno extrae de lo que había depositado en ella. Entonces, mi consejo para ti sería que deposites gran cantidad de felicidad en la cuenta bancaria de tus recuerdos".

Por eso para poder entender la ternura hay que comenzar por dar gracias por lo que han depositado otros en el Banco de mi memoria.
Por mi parte seguiré depositando cada día.


Recuerda cinco simples reglas:
Libera tu corazón de odio, cualquiera que sea, cualquiera sea su tamaño;
Libera tu mente de preocupaciones. Sólo ocúpate.
Vive humildemente. No lleves tantas cosas.
Da más. No seas mezquino.
Espera menos. No seas ambicioso.


LA TERNURA ES BELLEZA

La bondad y la belleza constituyen el verdadero tema de la novela “El idiota”, escrito entre 1868 y 1869 por Fedor Dostoiwski y tal vez una de las obras más hermosas y trascendentes del autor.
La belleza del ánimo es un camino hacia la salvación. En una carta a su amiga Sofía Aleksandrovna Ivanova, Dostoiwski le dice: “Me he puesto a escribir una novela. La idea principal es la de presentar una naturaleza humana plenamente bella. Nada hay más difícil. Todos los escritores que intentaron hacerlo, finalmente han renunciado. Es difícil representar un carácter bello y al mismo tiempo positivo. Tengo miedo que mi novela será una completa derrota”.
En cambio, será un gran suceso. La historia comienza con la llegada del Príncipe Myskin a San Petesburgo en un tren que viene de Varsovia. Esta ciudad no está elegida al azar. Varsovia (y toda Polonia) para los rusos es una especia de no-lugar. Es una especie de lugar inexistente. Myskin, que en realidad regresa de un ciclo de curación en Suiza viene por lo tanto de la nada, es una tabula rasa. Es una nada. Sobre el tren encuentra a un comerciante llamado Rogozin, que le cuenta su pasión por una bellísima mujer llamada Anastasia Filipovna, una mujer mantenida por un hombre rico.
Una vez llegado a San Petesburgo, el Príncipe Myskin, el “verdadero idiota”, en el sentido que poseía una total y desarmante ingenuidad y bondad de ánimo sin ningún interés se transforma en un caritativo defensor de esa mujer Anastasia, que el comerciante Rogozin, un ser humano pasional y vulgar quiere comprar.
Anastasia a su vez rechaza la bondad del príncipe Myskin, elige al comerciante Rogozin que al final la terminará matando.
El príncipe Myskin es en la novela una especia de Jesucristo. Su bondad hubiera podido ser salvífica, solamente si hubiera sido aceptada. De otro modo se transforma en perdición.
Esta visión de Dostoiwski no está lejos de la realidad. Es imposible rechazar la bondad y la belleza de las cosas cuando se presentan porque luego, todo lo que se haga después del rechazo, se transforma en fealdad y oscuridad. Mientras que la denuncia a la diferencia social es un imperativo categórico para las intelectuales rusos del 800 Dostoiwski la transforma en una búsqueda profundísima dando la espalda a cualquier idea revolucionaria. La novela “El idiota” representa al “hombre absolutamente bueno”, un yo incapaz de afirmar su pasión por la belleza y en grado de hacer florecer sentimientos positivos aún entre los más malvados.

Es la belleza que salva al mundo, porque es una forma de ternura.


LA TERNURA COMO AMISTAD

Los diccionarios definen la amistad como “un afecto vivo e intercambiable entre dos o más personas, inspirados por una afinidad de sentimiento y por una estima recíproca”. El pensamiento cristiano no tiene ninguna dificultad en hacer suya esta noción; añade tan sólo la referencia a un tercero que conduce a los amigos no sólo a mirarse el uno al otro, sino a mirar juntos en la misma dirección, impidiendo que la amistad se reduzca a una situación cerrada dentro de sí o en la mera inmanencia humana. A ello se refiere san Agustín cuando dice que:
“Ama de verdad a su amigo el que ama a Dios en su amigo”
Y en otro texto añade:
“¿Qué otra cosa es la amistad? De ningún otro sitio ha sacado su nombre más que del amor y en ningún otro lugar es fiel más que en Dios”.

Chateaubriand define la amistad como “uno de nuestros más dulces sentimientos y quizás el único que pertenece sólo al alma”, subrayando cómo la gracia del cristiano, lejos de anular su contenido, “aumenta sus encantos”, liberándola del riesgo del egoísmo y “dándole por fundamento la caridad”

La amistad es el rostro visible de la ternura
La primera coordenada de la amistad es sin duda la del yo-tu. La Biblia contiene en este sentido páginas sumamente sugestivas. Además de entretenerse en el relato de la amistad de David con Jonatán (1 Re 18-20), describe la amistad como un tesoro de valor incalculable:
“El amigo fiel es un apoyo seguro, quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro.
El amigo fiel no tiene precio, su valor es incalculable.
El amigo fiel es un elixir de vida, los que temen al Señor lo encontrarán” (Eclo 6,14-16).
El libro de los Proverbios ve la amistad como una dulzura que sosiega al espíritu:
“Perfume e incienso alegran el corazón, la dulzura del amigo consuela el alma” (Prov. 27,9)

Pero también advierte que:
“Hay compañeros que se pelean, y amigos más unidos que hermanos”. (Prov. 18,24)

Sigue siendo verdad, incluso en el marco de esta concreción, que la amistad como forma de ternura representa un gran valor para el pensamiento bíblico-cristiano. El evangelio nos dice cómo Jesús consideraba amigos a sus discípulos (“Ustedes son mis amigos... los he llamado amigos...” Jn. 15,14-15; Lc 12,4); y cómo no tiene reparos en dejarse calificar como “amigo” de Lázaro y de sus hermanas, Marta y María, y sentirse conmovido por ellos y con ellos (Jn 11,3-5; 33-35).
La historia cristiana antigua y medieval reflexionará largamente sobre la amistad, por ejemplo el hermoso libro “La amistad espiritual” escrito por Elredo de Rielvaux.

San Agustín en sus “Confesiones” declara que no logra “vivir sin amigos” y, en su exposición llega a afirmar que “en este mundo hay dos cosas necesarias: la salud y la amistad; las dos son de gran importancia y no tenemos que despreciarlas”.

Por eso la amistad entendida de esta manera es una forma de ternura.


LA TERNURA EN FAMILIA

Había una vez un jefe poderoso. Era fuerte como el roble y con voz potente ordenaba siempre sus deseos. Pero como todo pasa, un día empezó a envejecer y cuando esto sucedió se volvió tembloroso, más débil, incierto…
Sus hijos que ya eran adultos cada uno con su propia familia, ya había abandonado a su padre. Ahora les tocaba a ellos alimentar a su padre y cuidarlo y lo hacían con muy pocas ganas. El viejo no podía moverse más y sus hijos le llevaban todos los días aquello que recogían de su propia mesa. Veían de muy mala gana que continuaba a envejecer pero no se moría.
El poderoso jefe de antes se agarraba obstinadamente a la vida.
Pasaba sus días a las orillas del río, sentado sobre una gran piedra. Meditaba; su cabeza venerable brillaba bajo los rayos del sol. La frescura del agua le hacía olvidar sus dolores y su debilidad.
Y el tiempo pasaba.
El viejo seguía permaneciendo siempre a las orillas del río. Sus hijos ya no venían más a buscarlo y sus nietos cuando corrían al lado del río para jugar a la sombra de los grandes árboles, terminaban por tirarle piedras.
El viejo miraba siempre la escena sin lamentarse. Pero su cuerpo se endureció. Lentamente, insensiblemente se transformó. Sus arrugas se transformaron en grandes escamas, su piel se espesó. Sus dos brazos y sus dos piernas casi inútiles, reconquistaron músculos y fuerza. Su cabeza, a fuerza de permanecer en la misma piedra, se aplastó. Sus ojos, a fuerza de esperar la venida de los hijos, casi le salieron de su órbita. Sus mandíbulas se alargaron y sus dientes de hicieron otra vez agudos.
Los hijos se alarmaron al ver a su padre transformado de ese modo y lo invitaron a regresar a la casa.
-Ya es tarde –respondió el viejo- ustedes no tuvieron piedad de mi cuando era un pobre viejo tembloroso. Ahora me transformé en una nueva criatura. Ya no soy más de la familia de ustedes. Viviré en el río y mis descendientes serán voraces y sus mandíbulas podrán triturar a los seres humanos, les permitiré devorar a ustedes, a sus hijos y a los hijos de sus hijos.
Así habló el viejo guerrero en la soleada orilla del río. El viejo no amado se hizo una coraza para no tener que sufrir más la aridez del corazón de sus hijos. Se hizo feroz porque no lo consideraban más una persona.
Y así nació el cocodrilo.
La leyenda ilustra claramente lo que sucede cuando hay carencia de ternura.

“La dureza de los viejos agudiza los dientes de los jóvenes.
La dureza de los jóvenes hace a los viejos cocodrilos”.
(Prov. del Borneo)


COMO ENTRAR EN UN BOSQUE

¡Pero atención! La ternura tiene sus reglas.
En el otro no se entra como en una fortaleza, sino como se entra en un bosque en una bella mañana de sol. Es necesario que sea una entrada afectuosa tanto para el que entra como para el que deja entrar, respetuosamente, fraternalmente.
Se entra en una persona no para tomar posesión de él, sino como huésped, con cuidado, con veneración. No para desposeerlo sino para tenerlo como compañía, para ayudarlo a conocerse mejor, para darle conciencia de las fuerzas todavía inexploradas, para darle una mano a ser el mismo.
Algunos consideran al otro como terreno de conquista, para poseerlo y controlarlo, para hacerlo según los propios deseos, para quitarle todo aquello que se retenga inadaptado a los fines propuestos por el conquistador. Pero existe, por suerte, también el que entra en el corazón del otro con respeto, y recorre el alma para admirar y valorizar las cosas buenas que posee, apretando la mano para caminar juntos.
Esto vale para todos, de un modo particular para los padres con respecto a los hijos, a menudo tentados del amor posesivo (con el riesgo de los celos), olvidando que aunque hayan nacido de ellos, sin embargo, vienen de Dios y sus vidas y sus almas no pueden ser encarceladas. Y esto aunque la cárcel tenga rejas de amor porque siempre serán rejas de una cárcel.

Entrar como en un bosque es también para la entrada al interior de uno mismo. Mucha gente ha perdido la paciencia de estar consigo mismo.
Alberto Moravia escribió en 1960 la novela La noia (El aburrimiento) y dice así: “Sentía que, sin darme cuenta, me había transformado en una especie de desecho o de muñón enfermo. Ahora el aspecto principal del aburrimiento era la imposibilidad práctica de estar conmigo mismo, la sola persona en el mundo de la cual no podía deshacerme en algún modo. Por muchos años inicié la aventura de las vacaciones, una experiencia exaltada como remedio al stress y la insatisfacción, pero desde hace un tiempo las sigo con el ritmo de la frustración porque me hacen estar más tiempo conmigo mismo”.
Este pequeño párrafo citado, que registra el monólogo interior del protagonista del libro, es el estado interior de muchas personas que viven a la sombra del aburrimiento, de los hábitos, de la falta de sentido para vivir y obrar.
Es significativa esta incapacidad de estar consigo mismo. Se trata del peor drama, porque de sí mismo no se puede liberar sino con el suicido, situación extrema de una derrota. El protagonista del libro de Moravia va a llegar hasta ese extremo programándolo, pero no tendrá el coraje de cumplirlo, continuando así una existencia vacía e insatisfecha de aquella conciencia que siempre permanece en uno. Ahora bien, sin llegar a esta patología grave del alma, más difundida de cuanto se piensa, muchos se sienten incapaces de estar consigo mismo, insatisfechos, sin encontrar verdadero significado y valor a la vida.
Esta enfermedad del alma que impide el estar consigo mismo sólo tiene remedio cuando el alma se vuelca, con ternura, hacia el otro. El otro es aquel que es objeto de mi ternura o terminará siendo la sombra de mi propia soledad.


TERNURA ES SINÓNIMO DE VICTORIA

Un antiguo Emperador Chino hizo un día un solemne juramento:
-Voy a conquistar todo el mundo y borraré de mi reino a todos mis enemigos.
Un tiempo después, los súbditos se sorprendieron viendo al Emperador que paseaba por los jardines de su palacio del brazo con sus peores enemigos, riendo y haciendo bromas.
Un día uno de sus cortesanos se animó a preguntarle.
-Pero… ¡No habías jurado de borrar de tu reino a todos tus enemigos?
-Y los borré –respondió el Emperador- A todos los transformé en mis amigos.

Un hombre decidió cuidar el pequeño jardín que tenía delante de su casa porque quería transformarlo en un verdadero tapiz verde a semejanza de la campiña inglesa. Dedicaba a su jardín todos los momentos libres. Había casi logrado su intento. Pero, una primavera, descubrió que en su prado habían nacido algunas margaritas con sus pétalos moviéndose al viento.
Se apuró a arrancarlas. Pero al día siguiente vió que otras dos flores de margaritas se destacaban en el verde del jardín.
Compró un veneno potente. Pero nada qué hacer.
Desde aquel momento su vida se transformó en una lucha feroz contra las margaritas de su jardín que no dejaban ver el verde que él deseaba. Y para colmo en cada primavera se hacían más numerosas.
-¿Qué puedo hacer?- preguntó el hombre a su mujer.
-¿Por qué no pruebas a amarlas?- le respondió esta.
El hombre provó. Después de un tiempo, aquellas margaritas blancas le parecieron el toque de un artista en el verde esmeralda de su jardín.
Desde entonces vive feliz.

¿Cuántas personas te irritan?
¿Por qué no pruebas a amarlas?

La ternura es el perfume de un corazón limpio. Y sólo son puros los corazones pacíficos, los que son capaces de vivir superando sus propios pareceres, sin otra ambición que amar lo que se tiene.
La ambición desmedida impide aspirar a los verdaderos bienes. Alguien dijo una vez: “le fueron dados los ojos a un ciego; rápidamente pidió también tener las cejas”.
La insatisfacción no permite ni siquiera ser feliz de aquello que hemos obtenido porque, inmediatamente después se está pronto a protestar porque deseamos alguna otra cosa.
La ternura permite vencer hasta la ambición.

“Me lamentaba de no tener zapatos. Pasando delante de la puerta de una iglesia vi a un hombre sin piernas. Dejé de lamentarme y de murmuran contra mi mala suerte”.


LA TERNURA ES EL SUEÑO DE DIOS

Mi sueño -dice Dios- es una humanidad plasmada por la ternura.
Solo la ternura es capaz de plasmar la humanidad a la imagen y semejanza de Dios y edificar el futuro de vida y de amor, no de muerte y egoísmo. Si el pecado de origen desfiguró el deseo de Dios, quien desee saber que es la ternura en su grado más alto tiene que mirar el rostro del Hijo nacido de María de Nazareth. El fue y es el espejo file, humano y humanizador de la Eterna Ternura.
Sueño –sigue diciendo Dios- que el hombre y la mujer se respeten entre sí como reflejo de mi ternura y se comprometan a vivir su diferencia como una riqueza;
Sueño que chicos y chicas no malgasten su vida y su sexualidad como si fuera un juego o algo marginal sino que la ternura les otorgue un discernimiento sapiencial;
Sueño con esposos que se sientan amigos, llenos de gestos de ternura capaces de asombrarse aún después de muchos años de convivencia, capaces de re-enamorarse todos los días;
Sueño con familias en las que cada niño desde el seno de su madre sea recibido con infinita gratitud, donde la ternura sea la puerta de su aceptación;
Sueño con adolescentes que no se sientan solos y abandonados en el momento más delicado de su existencia por la falta de ternura y discreción de sus padres y educadores;
Sueño con adultos que no instrumentalicen a nadie para sus intereses; que sean modelos de coherencia;
Sueño con una humanidad en donde la violencia sea vencida por la dulzura; la brutalidad de la fuerza por la fuerza de la ternura, la rabia del egoísmo por la generosidad del que ama, el aburrimiento de la vida por el asombro y el estupor;
Sueño con una Iglesia de ternura, que viva el mandamiento nuevo del amor como “la norma de las normas” y haga de la ternura de sus fieles el signo distintivo.

Pero esto depende de la actitud que cada uno asuma en su propia vida.
Un campesino estaba sentado a la sombra de un árbol en la puerta de su casa gozando de un poco de fresco. AL frente de su casa pasaba la calle que llevaba al pueblo.
Pasó un hombre y viendo al campesino sentado pensó: “este hombre es un ozioso, no trabaja, pasa todo el día sentado a la puerta de su casa”.
Poco después pasó otro. Miró al campesino y pensó: “este hombre es un don Juan, se sienta aquí para poder mirar a todas las chicas que pasan y seguramente si pueden as va a molestar”.
Al fin pasó otro y pensó para sí: “este hombre debe ser ciertamente un gran trabajador. Ha trabajado todo el día bajo el sol y ahora goza de un merecido reposo”.
En realidad, no sabemos bien por qué el campesino estaba sentado a la puerta de su casa. Y tal vez no lo sepamos nunca. Pero podemos saber muy bien lo que eran los tres hombres que pasaron: el primero era un ocioso, el segundo un don Juan, el tercero un gran trabajador.

Todo lo que dices y haces habla de ti. Sobre todo cuando hablas de otro.

La cortesía es la inteligencia del corazón. Aprende de la naturaleza, criatura de Dios, que te enseñará de su ternura:
Se como el río en generosidad y ayuda.
Se como el sol en ternura y misericordia.
Se como la noche cubriendo los defectos de los otros.
Se como un muerto en cólera e irritabilidad.
Se como la tierra en humildad y modestia
Se como el mar en tolerancia.
Se visto como eres o, se como eres visto.
 

Pbro. Dr. Ariel David BUSSO
10-08-2005


 

 

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