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¿Poseer o compartir?



Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: “Dónde compraremos pan para darles de comer?”. El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe lo respondió: “Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan”. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?”. Jesús le respondió: “Háganlos sentar”. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a los discípulos: “Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada”. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada (Jn 6,1-15).

 


La multiplicación de los panes es el único milagro, o “signo” como lo denomina Juan, que aparece en todos los evangelios. Jesús interviene a favor de una multitud pobre y enferma, es decir, débil, que lo sigue. Cuentan que una vez, el Cura Brochero, explicando a sus feligreses el milagro del evangelio de hoy, se confundió con los números. Dijo: “Miren Uds. el poder de Cristo, que con cinco mil panes y dos mil pescados dio de comer a cinco hombres”. Y en seguida le saltó el sacristán, que estaba sentado debajo del púlpito, y comentó en voz alta: “¡Eso lo hago yo también!”, con lo cual varios se rieron y el Cura, mortificado, dejó el sermón allí y siguió la Misa todo colorado de vergüenza. Al domingo siguiente con un machete de papel, para no equivocarse en los números, el Cura empezó: “Como les iba diciendo, Jesucristo, con cinco panes y dos pescados dio de comer a cinco mil personas”. Y ahí otra vez el sacristán gritó: “¡Eso lo hago yo también!” “¿Cómo, sacristán sacrílego?” explotó Brochero. “¡Con lo que sobró el domingo pasado!”, respondió el sacristán. Por cierto que otra vez Brochero tuvo que dejar su sermón.
La escena de hoy se abre con la travesía de Jesús por el mar de Galilea, que en realidad es sólo un lago. Al llegar a la orilla, tiene delante de sí, al Monte. No podemos dejar de pensar que el evangelista Juan está evocando el “paso” del Mar de los juncos, y la subida de Moisés a la “Montaña del Señor”. En otras palabras, recuerda el éxodo del pueblo hebreo desde la casa de la esclavitud a la tierra de la libertad, y del alimento prodigioso que el Dios liberador hace llover desde el cielo para alimentar al pueblo errante en dificultad. No sólo Jesús supera a Moisés y a Eliseo, con el alimento abundante e incorruptible que sabe procurar, sino por el destino último al que conduce a sus seguidores. La mención de que “había mucha hierba” en el lugar, hace pensar en la primavera, el tiempo de la pascua judía, contexto en el cual Jesús instituye la Eucaristía. De hecho, los beneficiarios de la multiplicación de los panes y de los peces son llamados “comensales”, tal como se los denomina en la Sagrada Escritura a los apóstoles durante la Última Cena.
Pero hay algo insignificante para saciar a la multitud: cinco panes y dos peces. Cinco y dos suman siete: el número de la plenitud. ¿Dividir o multiplicar? Los dones de Dios, cuando se los divide se multiplican: he ahí el prodigio. Los panes son de cebada, que es el pan de los pobres. Los tiene un niño (en griego: “paidárion”). El modelo de todo discípulo es este pequeño sin nombre ni rostro, que da lo poco que tiene para vivir, permitiendo así, que con su generosidad se haga realidad el milagro del saciar, signo del sacramento de la comunión. Decía Miguel de Unamuno que “al mundo, el cristiano no está llamado a ofrecerle sólo pan, sino ante todo, levadura”. Benedicto XVI, en su última encíclica nos invita a compartir para acrecentar la fraternidad, ya que: “La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos” (Caritas in veritate, n. 19).
El pan, a medida que se distribuía, más se multiplicaba. Al punto tal que se llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron. Se dice que un monje andariego encontró, en uno de sus viajes, una piedra preciosa y la guardó entre sus cosas. Un día se encontró con un viajero y al abrir su bolso para compartir con él sus provisiones, el viajero vio la joya y se la pidió. El monje se la dio sin más. El viajero le dio las gracias y marchó lleno de gozo con aquel regalo inesperado de la piedra preciosa que bastaría para darle riqueza y seguridad todo el resto de sus días. Sin embargo, pocos días después volvió en busca del monje mendicante, lo encontró, le devolvió la joya y le suplicó: “Ahora te ruego que me des algo de mucho más valor que esta joya, valiosa como es. Dame, por favor, lo que te permitió dármela a mí”. Lo valioso no es retener para poseer sino el dar para compartir.






 

 

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