Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA)   -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                                                      |    |    |    |
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Ligeros de equipaje

Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández

Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos”. Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo

(Mc 6,7-13).


Profeta liberado

Si el domingo pasado el evangelio insistía en la figura del profeta “despreciado” y “rechazado”, en el texto de hoy predomina la figura del profeta “liberado” y “audaz”, que no se rinde delante de la prepotencia ni pliega sus rodillas ante los riesgos de la adversidad. Los apóstoles, al igual que los profetas, son los portavoces de Dios y anunciadores de un mensaje que los trasciende. Profeta es quien permite a Dios hablar. Por eso el profeta es uno que calla. “El profeta verdadero cuando habla se calla, decía el judío Filón. Porque en este momento no es más el que habla. Es lo que meditamos en la lectura del profeta Amós, quien reivindica con coraje su libertad contra el representante del rey que le impedía profetizar en el santuario de Betel, considerado como un signo del reino del Norte: “El Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: ‘Ve a profetizara mi pueblo Israel’ (Am 7,15). El texto del evangelio arriba presentado nos describe una experiencia de misión confiada por Jesús a sus discípulos, poniendo en evidencia el estilo de radical “libertad”, interior y exterior con el que deben anunciar la Buena Nueva. Una libertad que no significa “desentenderse de”, sino “comprometerse con”. En dos ocasiones san Marcos ha presentado la llamada de los discípulos. Ante todo ha relatado la vocación de los primeros cuatro discípulos, que dejándolo todo, lo siguieron a Jesús (Mc 1,17-20). Luego ha retomado el tema, subrayando la intención del Maestro de fundar un grupo estable: “Llamó a los que él quiso y los constituyó en Doce” (3,13-14). En ese contexto el evangelista ha explicado la doble finalidad de esta llamada con un añadido personal: “los instituyó para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios” (3,14-15). La primera finalidad de la llamada es para “estar con Jesús”. Desde esta experiencia profunda de vida, nace la posibilidad de la misión apostólica.


El estilo del apóstol

Con tres verbos, el evangelista Marcos resume toda la escena evangélica de hoy: “Llamó” (en griego: pros-kalêitai), no sólo indica la acción de la llamada, sino también el movimiento hacia alguien. Jesús invita para estar “con él”. El apóstol es esencialmente una persona en profunda comunión con su Señor. Además, subraya textualmente que “comenzó a enviarlos”, dejando entender que lo que aquí comienza es sólo una etapa preliminar de lo que será la misión de la Iglesia. Finalmente el verbo “dar”, pone de relieve cómo el poder de los apóstoles (en griego: “exousía”) no es propiedad de ellos, sino que deriva de Jesús como don de gracia para liberar al hombre del poder del maligno. El Maestro ofrece luego a sus discípulos algunas indicaciones de estilo y de método, pero ante todo, que vayan de “dos en dos” según la usanza hebrea que seguía la tradición judaica para la cual era necesaria la presencia de dos testigos a fin que la declaración fuese jurídicamente válida. Para el discípulo el desprendimiento es como un sacramento, es decir, signo eficaz de la fe en Dios que es providencia. Sin abandono no hay fe sino tan solo palabras.

Lo único que les pide son dos cosas: llevar un bastón y sandalias. Todo un signo. El bastón, aún siendo un frágil elemento de madera, ya había hecho prodigios abriendo el Mar Rojo (Ex 14,16) y golpeando la roca en el Horeb para que brotara agua y el pueblo peregrino por el desierto no muriera de sed (Ex 17,5). El bastón es una prefiguración del madero de la cruz, que abrirá a la humanidad el camino hacia el cielo. El desprendimiento es el bastón de realeza del cristiano. Las sandalias son signo de libertad. Sólo los libertos las usaban, mientras que los esclavos andaban descalzos. Sirven para indicar la libertad, la urgencia y la solicitud con la que se debe cumplir el largo y duro camino de la misión que se debe iniciar. Sólo con desprendimiento y libertad se puede anunciar de modo transparente el Evangelio de Jesús. A propósito de la pobreza, el paso del Antiguo al Nuevo Testamento marca un salto de calidad. Se podría sintetizar así: el Antiguo Testamento nos presenta a un Dios “para los pobres”; el Nuevo Testamento a un Dios que se hace él mismo “pobre”. En el Antiguo Testamento abundan textos sobre el Dios “que escucha el grito de los pobres”, que “se apiada del débil y del pobre”, “que defiende la causa de los infelices”, que “hace justicia a los oprimidos”; pero sólo el Evangelio nos habla del Dios que se hace uno de ellos, que elige para sí mismo la pobreza y la debilidad: “Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por ustedes” (2 Cor 8,9). La pobreza material, de ser un mal a evitar, adquiere el aspecto de un bien a cultivar, un ideal a perseguir. Esta es la gran novedad que trae Cristo. De este modo se aclaran ya los dos componentes esenciales del ideal de la pobreza bíblica y del desprendimiento a los cuales se refiere el evangelio de hoy, que son: ser “para los pobres” y ser “pobres”. San Francisco de Asís se esfuerza por practicar en su vida un despojo radical y una atención amorosa a los pobres, los leprosos, y sobre todo por vivir la propia pobreza en comunión con la Iglesia y no contra ella.


Un testimonio: san Francisco de Asís

San Francisco y el hermano Masseo llegaron un día a una aldea. Estaban hambrientos y fueron, según prescribe su regla, a mendigar un pedazo de pan. Francisco de Asís fue a una zona del pueblo, y el hermano Masseo a otra. Pero san Francisco era un hombre de escasa apariencia y pequeño de talla, pasando por un vil mendigo para quienes no lo conocían. Quizá por eso, solo consiguió sólo unos pequeños restos de pan seco. Al hermano Masseo, por el contrario, que era grande, de atractiva presencia física, le dieron muchos y grandes trozos de pan, e incluso panes enteros. Una vez que terminaron de pedir, se reunieron en las afueras de la aldea, en un lugar en el que había una bella fuente y, Francisco sintió una enorme alegría, y le dijo así: “Oh, hermano Masseo, no somos dignos de un tesoro tan grande”. Como seguía repitiendo varias veces esta misma frase, el hermano Masseo le respondió: “Queridísimo padre, ¿cómo se puede hablar de tesoro, donde hay tanta pobreza y donde falta lo más necesario? Aquí no hay cuchillo ni mantel, ni tenedor ni cuchara, ni casa, ni mesa, ni criado ni criada”. Y san Francisco le replicó: “¡Eso es precisamente lo que estimo como un gran tesoro: nada de lo que aquí hay, ha sido preparado por el trabajo del hombre, sino por la providencia de Dios, como se ve claramente en el pan mendigado, en la mesa de piedra tan bella y en la fuente de agua tan cristalina. Por eso quiero que recemos a Dios para que nos haga amar con todo el corazón, el tesoro tan noble de la santa pobreza, que tiene a Dios por servidor!”. Tras estas palabras, rezaron, tomaron el alimento corporal del pan y un poco de agua y, después, se levantaron felices para dirigirse a Francia.

Fue el Concilio Vaticano II el que volvió a poner en primer plano el discurso sobre “Iglesia y pobreza”. En la Constitución “Lumen gentium” n.8, se lee al respecto: “Como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia es llamada a seguir ese mismo camino…Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido; de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo”. En este texto se reúnen los dos aspectos: ser pobres y estar al servicio de los pobres. No debemos cometer el error vivido en la historia de la Iglesia antes de san Francisco de Asís y antes del Vaticano II. En esas épocas la Iglesia universal era como ser sólo “para los pobres” promoviendo iniciativas sociales. La Iglesia de hoy necesita descubrir que, no basta con una “opción preferencial por los pobres”; se necesita también una “opción preferencial por la pobreza”. Ésta significa desechar la opción por la riqueza y la sola promoción social.

Carismáticos itinerantes

Ha llegado a ser bastante común definir el grupo de Jesús y de sus discípulos, desde el punto de vista de la sociología religiosa, como “carismáticos itinerantes”. “Carismáticos” indica el carácter profético de la predicación de Jesús, acompañada de signos y prodigios; “itinerantes” su carácter móvil y el rechazo a establecerse en un lugar fijo, confirmado por la expresión de Jesús: “las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Los católicos estamos más preparados para ser “pastores” que “pescadores” de hombres; esto es, estamos más preparados para apacentar a las personas que han permanecido fieles a la Iglesia que para traer a ella nuevas personas, o para “repescar” a las que se han alejado. Los cristianos somos “evangélicos” por nacimiento y por vocación. No debemos permitir que la predicación itinerante en medio de nuestros pueblos la lleven a cabo sólo las Iglesias “Evangélicas” protestantes. Habría que evitar caer en una prédica sólo moralista. Se necesita una predicación kerigmática, es decir, que anuncie a un Jesús que se encarnó, murió y resucitó por nosotros. Con esta noticia los apóstoles evangelizaron el mundo pre-cristiano y con tal anuncio podemos confiar en re-evangelizar el mundo post-cristiano.


El privilegio de no tener privilegios

El evangelio es de verdad evangelio, o sea, buena nueva; anuncio del don de Dios al hombre antes aún que respuesta del hombre a Dios. Dante recogió bien este clima cuando dice de san Francisco de Asís y de sus primeros compañeros: “Su conducta y sus felices semblantes, su maravilloso amor y la dulzura de sus miradas fueron causa de santos pensamientos”. Habían hallado el tesoro escondido y la perla preciosa, y querían darlo a conocer a todos. Mucha gente hoy no es capaz de llegar a Jesús a través de la Iglesia; hay que ayudarla a llegar a la Iglesia a través de Jesús. No se acepta a Jesús por amor a la Iglesia, pero se puede aceptar a la Iglesia por amor a Jesús. San Francisco de Asís es la encarnación viva del evangelio de hoy. Su grito “El Amor no es amado” sigue sonando hoy a quienes estamos llamados a anunciarlo, y como él mismo decía a sus frailes: “Considerad como el mayor de los privilegios, no gozar de privilegio alguno”.

 

 

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