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Recuperar la esperanza

por el Pbro. Dr. José Fernández

      Hoy comienza el nuevo ciclo litúrgico y se inicia con uno de los considerados tiempos fuertes de la espiritualidad católica. Nos referimos al Adviento, tiempo de preparación a la Navidad que surgió en España-Galias a finales del siglo IV, como respuesta al deseo allí sentido de dedicar unos días a preparar la fiesta de Navidad. Según el concilio de Tarragona, del año 380, durante 21 días, a partir del 17 de diciembre, los fieles debían acudir diariamente a la Iglesia. Otros concilios de las Galias precisarán que los monjes deben ayunar todos los días del mes de diciembre hasta Navidad, o los lunes, miércoles y viernes desde la fiesta de San Martín de Tours (11 de noviembre) hasta la Nochebuena. El tiempo de Adviento tuvo pues un origen ascético, penitencial; hasta el extremo de ser considerado en España y en las Galias como una “semicuaresma”. La liturgia romana, que introdujo el Adviento en la segunda mitad del siglo IV, adoptó una posición muy distinta, pues lo concibió como un tiempo de gozo y esperanza ante la venida del Señor. “Adviento” significa “venida”, y es el tiempo fuerte de la esperanza cristiana, llamada a generar encuentros llenos de vida. Adviento es esperanza: no espera vana de un dios sin rostro, sino confianza concreta y cierta en el retorno de Aquel que ya nos ha visitado. Esa esperanza está orientada hacia la segunda venida de Cristo, durante las primeras semanas. A partir del 17 de diciembre la esperanza se orienta hacia la celebración del nacimiento histórico de Cristo.


Para potenciar la espera del Mesías, la liturgia deja oír en estos días la voz de algunos personajes que la han encarnado y proclamado con especial fuerza: Isaías, prototipo del ansia del Mesías en el Antiguo Testamento; Juan el Bautista, modelo de itinerario que lleva al encuentro con el verdadero Mesías; y María, Aurora que anuncia la llegada inminente del Salvador esperado por las naciones y cumbre de la esperanza del mundo hebreo. Estos tres personajes son los grandes modelos del Adviento de la Iglesia y de cada bautizado, así como los inspiradores de la esperanza cristiana, tanto litúrgica como existencial.
 

Todos necesitamos reavivar la esperanza en un tiempo de fuerte crisis. Las crisis ponen a prueba la sabiduría de los pueblos. Exigen hombres sabios que no digan todo aquello que piensan, pero que piensen todo lo que digan. El necio dice aquello que sabe; el sabio sabe aquello que dice. Toda crisis pide discernimiento, pero sin dejar de basar la lúcida búsqueda de fines honestos, con la espera activa y el trabajo responsable. Diariamente nos encontramos con personas que están cansadas porque no pueden ser protagonistas de sus vidas. Cada vez son más los que no pasan por la historia, sino que la historia pesa y pasa sobre ellos. Muchos sufren en su cuerpo o en su espíritu. A ellos tenemos que salir al encuentro y ofrecerles el don del entusiasmo que se hace urgente recuperar. Adviento es el tiempo de la esperanza que prepara un encuentro con el Niño de Belén al que contemplaremos con el estupor y la alegría que dona la fe, en el pesebre que hemos preparado en nuestros hogares.
 

 Por desgracia hoy abundan en la sociedad, el desaliento y los encontronazos. Esperanza y capacidad de encuentro, son dos realidades que parecen evaporarse velozmente. Sabemos que las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad. Pero sin la esperanza, las otras dos corren el riesgo de morir. Charles Péguy en su libro “El misterio de los santos inocentes”, representa a la fe como una iglesia catedral radicada en la tierra de los hombres, pero que apunta por medio de sus torres hacia el cielo. A la caridad la muestra a través de un hospital, es decir, un lugar que recoge todas las miserias y enfermedades de la humanidad. Pero dice que sin esperanza, tanto la iglesia como el hospital no serían más que un cementerio. Y es verdad, porque el hombre muere cada vez que pierde esta virtud.
 

 Se hace necesario orar más intensamente en este Adviento. La oración y la esperanza están esencialmente implicadas. La oración es la exteriorización y manifestación de la esperanza. Es el lenguaje de ella. Es “interpretatio spei”, la “intérprete de la esperanza”. Habrá que alejar de nuestra vida la desesperación que es “la esperanza pervertida”, según San Agustín. La desesperación destruye el caminar, que es la característica de la existencia humana en el “status viatoris”. El que espera nunca desespera, sino que sabe esperar con paciencia. Paciencia, que es “hermana” de la magnanimidad y “compañera” de la sabiduría
 

Mirando lo que sucede hoy a nuestro alrededor, deberíamos pensar, que si no ayudamos todos a que el pueblo recobre la esperanza, corremos el riesgo de ser tristes colaboradores para que el presente, en vez de ser un oasis de vida, no sea más que un desierto sembrado de tristeza y desesperación. La esperanza es, tal vez, el reto más grande en las puertas de este milenio en el que hemos comenzado a caminar. Un gran escritor místico alemán: Johannes Scheffler (1624-1677), afirma que “la esperanza es una soga: si una persona hundida en la angustia, sabe esperar confiadamente, Dios lo saca de la situación en la cual se encuentra hundido”. Para poder entender estas palabras creo que es importante realizar una consideración filológica. En su acepción latina (spes), como en aquella griega (elpìs), la palabra “esperanza” constituye un desarrollo de la raíz vel/velle, “querer”, por tanto indica “espera”, “tensión”. El verbo hebreo que equivale a esperar (qwh) se refiere a la palabra “cuerda” (qaw) y por esta vía se tendría la imagen de la tensión y de la espera para emerger del pozo. La situación mundial parece cercada por el miedo y la incertidumbre. La realidad argentina se encuentra imbuida de una pesada atmósfera que requiere urgentes gestos inéditos de creatividad lúcida, propuestas realistas y acciones eficaces. En medio de esta oscura realidad, no deberíamos olvidar que Dios todos los días, y especialmente en este Adviento, nos arroja una cuerda para salir a superficie, ver la luz y crear encuentros fraternos.
 

Y en relación con la luz, hoy encendemos el primer cirio de la “corona de adviento”. Se trata de una antiquísima tradición del norte de Europa, adaptada por el cristianismo. En su origen era un símbolo pagano: esos pueblos celebraban el fin de noviembre y el comienzo de diciembre (la época de los grandes fríos con el panorama emblanquecido por la nieve y el hielo) encendiendo fuegos y luces para disipar y exorcisar el frío y las tinieblas. Por otra parte, las ramas de siempreverdes (pinos y abetos) se usaban mucho como adornos, especialmente en las puertas de las viviendas, porque constituían el anuncio de la permanencia de la vida vegetal mortificada por el frío, y por ende, como una afirmación de vida y de esperanza. Afirmación reforzada por la forma circular de la corona, forma que simboliza la eternidad.
 

Los cristianos medievales mantuvieron vivos muchos de estos símbolos de la luz y del fuego, como antiguas tradiciones populares. Desde el s. XVI comenzaron a usarlos como símbolos cristianos. Primero los asumieron los cristianos luteranos de Alemania Oriental y de ellos los tomaron los católicos. El aumento gradual de la luz al encender una candela según pasan los domingos, indica la progresiva claridad que los profetas dieron al mensaje mesiánico, al anuncio del Redentor. La corona, símbolo de victoria y de gloria, anuncia la plenitud de los tiempos en la venida de Cristo. Es el símbolo tradicional del Adviento: la esperanza de los piadosos de la antigua alianza, cuando la humanidad estaba sumida en las tinieblas y en sombras de muerte (Lc 2,79); cuando los profetas, iluminados por Dios anunciaban al Redentor, y cuando los corazones de los hombres se iluminaban con el deseo del Mesías. La corona es un símbolo de que la luz y la vida han triunfado sobre las tinieblas y la muerte.
 

Invoquemos a quien será nuestra compañera de camino hacia la Navidad. Le decimos:
 

“Santa María, Virgen de la espera, danos de tu aceite porque nuestras lámparas parece que se apagan. Como verás, las reservas se están consumiendo. No queremos ir hacia aquellos que quieren vendernos un aceite adulterado. Enciende en nuestras almas los antiguos fervores que nos quemaban y alegraban por dentro; cuando bastaba poco para hacernos rebosar de gozo: la llegada de un amigo lejano; el cielo enrojecido de una tarde, luego de un fuerte temporal; la caída del sol en un día frío de invierno, cuando volvíamos a casa cansados por el trabajo. Si hoy no sabemos esperar más, es porque nos hemos quedado cortos de esperanza. Se nos están secando las fuentes. Sufrimos una fuerte crisis de deseo.
 

Santa María, Mujer de la espera, conforta el dolor de tantos hombres y mujeres de nuestra patria, que están desalentados; jóvenes que no vislumbran con claridad su futuro; ancianos ignorados y por eso abandonados; niños desnutridos y hambrientos de pan y de valores. Seca tú, como madre, el dolor de tantos que han cultivado muchos sueños con los ojos abiertos, y por la maldad humana vemos que se desvanecen, y hoy tienen temor hasta de soñar con los ojos cerrados.
 

Santa María, Virgen de la espera, danos en este Adviento un alma vigilante. Hemos entrado en el tercer milenio, y por desgracia nos sentimos más hijos del crepúsculo que profetas de la luz radiante. Tú que eres la Estrella de la mañana, danos un corazón siempre joven, rociado por tu divina gracia, para que llevemos buenos y nuevos anuncios al mundo que se siente envejecido. Danos como dice el salmista, una cítara y un arpa, para que junto a ti, mujer de la mañana, podamos vislumbrar alegres la Aurora. Ayúdanos a entender que no basta recibir; que es necesario esperar. Recibir, no pocas veces es signo de resignación. Esperar, es siempre signo de esperanza. Ayúdanos a ser diariamente servidores pequeños de la esperanza grande. Y el Señor que viene, Virgen del Adviento, nos sorprenda, gracias a tu materna complicidad, con la lámpara encendida en la mano.
 

Amen”.  
 

 

 

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