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Celebrar la vida

 Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández

 

Creo que una de las mayores bienaventuranzas de este mundo es la de poder vivir de lo que uno ama.  A continuación añadiría que una segunda y formidable bienaventuranza es llegar a amar aquello de lo que uno vive.  Pero curiosamente, parece ser que son pocos los que disfrutan de la primera y no muchos más los que conquistan la segunda.  Todos hemos recibido la vocación a la vida, y como toda vocación supone, ante todo, libertad.  En ningún campo son más graves las violaciones que en las decisiones del alma.  La vida, como las grandes aventuras, o salen de una pasión interior o amenazan inmediata ruina.  Supone después, desarrollar los talentos dados por Dios, coraje y lucha.  Afirmaba el poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht (1898-1956) que, “hay personas que luchan un día y son buenos.  Otros que luchan un año y son mejores.  Están también quienes luchan muchos años y son muy buenos.  Pero se encuentran los que luchan toda una vida: esos son imprescindibles”.  Resulta curioso, pero la vida cuanto más vacía, más pesa.  Por eso es que a algunos la vida les resulta insoportable, y la observan como un peso que hay que arrastrar y no como una aventura de la que hay que saber gozar.  Habrá quienes dirán que la vida los ha probado mucho y de diversas maneras.  A ellos tendremos que responder diciéndoles: “Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes una y mil razones para reír y agradecer”.

 

Tal vez, el gran número de gente que hoy no es feliz, se deba en parte a que no busca llenar de sentido el alma.  Lo grave de hoy es el “aburrimiento como forma de vida”; el carecer de horizontes como horizonte único.  Lo asombroso es que esto pueda ocurrir en un siglo en el que parecemos tenerlo todo: en cosas poseídas y en diversiones.  Jamás como hoy se vieron tantas caras aburridas y desilusionadas.  Y que parecen abundar entre los jóvenes más que entre los adultos.  ¿Qué es la droga sino un último afán de escapar de la realidad, como quien, hastiado de los sabores cotidianos, sólo tiene paladar para los estridentes?  Quizá el gran error está en pensar que el aburrimiento se mata con diversiones.  Y la experiencia nos demuestra a diario que éstas son, cuando más, un paliativo, una aspirina que calma el dolor, pero no cura la enfermedad.  Contra el vacío, la solución no está en cambiar de lugar, sino en buscar llenarse por dentro.

 

¿Cómo hay que vivir?  ¿Observando el pasado o esperando el futuro?  Para los discípulos de Jesús, la vida no está en el futuro ni en el pasado.  Ella no consiste en el deseo de lo que será, ni en la nostalgia por lo que ha sido.  Es que Dios no es uno que era o que será: Él es.  Por eso los discípulos del Señor no ayunan: viven la alegría del encuentro con él, en el hoy.  El cielo de mañana se juega en lo que hacemos hoy en la tierra.  La vida es una “fiesta de bodas”, porque el banquete del Mesías es plenitud de vida y es servido a diario (cf. Is 25,6-12; 55,1ss; Prov 9,1-6; Eclo 24,18-20).

 

            ¿Cómo estamos viviendo nuestros días?: ¿de deseos  futuros o de nostalgias pasadas?  Deberíamos vivirlos de “presencia”, que no es otra cosa que vivir la espiritualidad de la Encarnación.  Al tiempo hay que vivirlo con sabiduría presente.  Él es la sede privilegiada de la epifanía de Dios, que hace su irrupción en la contingencia temporal, para transformarla dejando en ella una semilla de eternidad.  Si tomamos conciencia de esta realidad del tiempo, nuestra cotidianidad tendrá una maravillosa luminosidad, que nos conducirá a vivir los días con el estupor propio del creyente, y no con la mediocridad y opacidad de quien está cansado de vivir y de creer.  Es que el tiempo tiene mucho de misterio, porque tiene mucho de Dios, aunque esto pueda parecer contradictorio.  Desde que Dios, en Jesús, visitó el mundo, éste no puede quedar o vivirse de igual manera, como si el “Eterno” no hubiera hecho su irrupción o pasado por él.  “¿Qué es el tiempo?  Si nadie me lo pregunta –afirmaba San Agustín en las Confesiones- lo se; si quiero explicarlo a quien me lo pregunta, no lo se”.

 

            Decía el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860): “Sólo el presente es verdadero y real: constituye el tiempo realmente pleno, y sólo en él se desarrolla nuestra vida.  Deberíamos tener siempre presente que el “hoy” llega una sola vez y nunca más”.  Gran verdad que la podemos acompañar para nuestra meditación con la expresión de un pensador de la antigüedad latina, Séneca: “Considera cada día como una vida”.  El frenesí de la vida contemporánea nos empuja a pensar constantemente en un “antes” y un “después”, olvidando el sabor y lo inédito del “ahora”.  Que no tengamos que decir: “Me olvidé de vivir.  De tanto esperar lo que tanto anhelaba; de tanto recordar lo que tanto soñaba.  Me olvidé de vivir.

 

            Nuestro Dios es el esposo (Is 25,9): es el Emmanuel, que está siempre con nosotros (1,23; 28,20).  La relación esposo/esposa, alteridad que se dona y se une en amor y júbilo, intensidad y ternura, fidelidad y fecundidad, es la realidad más adecuada para aludir a la vida; a la unión Dios/hombre (cf. Is 61,10; 62,1-5; Gen 1,27; Os 2,16-25; Ap 21-22).  En Jesús, hombre y Dios son una sola carne: el uno es la parte del otro, y nadie podrá más separar aquello que fue unido.

 

            La vida del cristiano consiste en celebrar el banquete nupcial: vivir la plenitud de aquel amor que es Dios mismo, su esposo.  El “principio de los signos” de Jesús, es dar la embriaguez del vino al agua incolora e insípida de la ley, que ordena pero no da amor (cf. Jn 2, 1-11).  Si el banquete de la vida hace relación a las bodas, éstas reclaman el vestido nupcial (cf.  Mt 22,11-13).  El vestido es la visibilidad de la persona, que al mismo tiempo la vela y revela.  El mundo está vestido de Dios (Sal 104, 1): hace visible al externo su gloria escondida.  Pero con el pecado se ha manchado: está envejecido.  Dios lo cambia (Sal 102,27).  “No se remienda un vestido viejo con un pedazo de tela nueva”: la novedad el amor no es una simple restauración del hombre viejo, sino todo un nuevo modo de vivir y actuar.  Lo nuevo no tiene compatibilidad con lo viejo.  La vida adquiere un sentido de plenitud cuando la vivimos en estado de gracia.  De lo contrario pasa a ser una desgracia.  Es la gracia de Dios que viene concedida a todos: buenos y malos, justos y pecadores.  Pensemos hoy que, nuestra vida no merece estar llena de parches que la hacen ridícula, sino plena de gracia que la hace “agradable”.

 

            El Monasterio de Santa María de Poblet (Tarragona) es una de las más importantes muestras de arquitectura religiosa de Cataluña.  Situado al pie de la Sierra de Prades, fu fundado por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona.  Señalo estos datos para decir que días pasados leía un libro escrito por uno de los monjes de ese monasterio, el padre Agustín Altisent. Se trata de meditaciones que llevan el título “Reflexiones de un monje”.  Relata este sacerdote que, enseñando un día el monasterio a una familia, al entrar en la bellísima sala gótica que en Poblet se llama “del abad Copons”, la señora del grupo preguntó: “Y esta sala ¿para qué sirve?”.  El padre Altisent no pudo evitar una sonrisa irónica y explicó a la buena señora que esa sala ya hacía algo muy importante siendo tan hermosa como era y que su utilidad práctica interesaba mucho menos que su belleza.  Y cuando la señora partió, el monje se quedó pensando qué habría respondido si la ilustre dama, en lugar de preguntarle para qué servía aquella sala, hubiera querido saber para qué sirve un monje.  Y se responde a sí mismo que “un monje no sirve de, ni sirve para, sino que sirve a”.  Es decir, que lo importante del monje no es lo que pudiera producir, ya fueran quesos, libros o licores, sino el hecho de “servir a Dios y a los otros”.  Traigo a colación este ejemplo, porque en la sociedad postmoderna en la que vivimos, parece que el único valor de las personas o de las cosas, es su utilidad práctica.  “El amor es nombre de persona”, afirma Santo Tomás de Aquino (S.Th. I,q. 37. a.1).  Podemos amar las cosas que deseamos sólo en referencia a una persona a la que amamos, mientras que sólo a la persona la podemos amar por sí misma.  Las cosas sirven “para”; las personas sirven “a”. Las cosas se usan; a las personas se las ama. Creo que este valioso principio lo estamos olvidando actualmente.  Por eso es que a las personas que ya no “producen” en términos cuantitativos o monetarios, se las tiende a dejar de lado, olvidándolas o haciendo que experimenten la oscuridad del abandono.  Una mala jugada nos hicieron Adam Smith y Karl Marx, que lograron convencer a muchos que lo que no sirve para producir no sirve para nada.  Entonces, ¡pobres flores! ¡Pobres versos de los poetas! ¡Pobres ríos de la montaña! ¡Pobre música que con sinfonía nos revela la belleza de las notas del pentagrama unidas entre sí! ¡Pobres santos y místicos!

 

            No hace mucho tiempo un grupo de jubilados visitaba el Senado norteamericano, y el senador que les acompañaba, para explicárselo comenzó a tratarles como si fueran niños de un pre-escolar.  Se dirigía a ellos con palabras fáciles y les hablaba en voz muy alta como si todos estuvieran sordos.  Y, al final, se dirigió a uno de los ancianos del grupo y le preguntó: “Y usted, ¿qué era antes?”.  Y entonces el anciano le miró fijamente y respondió con orgullo: “Yo…soy todavía”.

           

            La jubilación que debería ser simplemente un cambio de tareas con un aumento de descanso, es con frecuencia, como una especie de despedida de la vida.  Incluso los que quieren ayudar a los mayores, parten del supuesto de que la vejez es triste.  Y entonces se hace un esfuerzo para que los mayores sigan pareciendo jóvenes, para distraerles, pero casi siempre con iniciativas que, al final, les dejan al margen de la vida real.

 

            Que un hombre o una mujer puedan jubilarse del trabajo, no implica jubilarse de la vida.  No hay una vida verdadera que sea sólo de la juventud o de la edad adulta, y una semivida que consistiría ya sólo en esperar la muerte.  La ancianidad es una de las etapas de la vida, como la tarde es una de las partes del día.  Y una tarde puede ser tan hermosa o más que una mañana o un mediodía.  Si una persona de la denominada “tercera edad” no se jubila ni de vivir ni de hacer algo, mucho menos se jubila de la alegría.  Más bien habría que pensar que es en la edad mayor, cuando se han superado los egoísmos y las tensiones de la juventud y de la edad adulta, cuando los hombres tendríamos más razones y motivos para estar alegres.

 

            Cuando Juan Pablo II, en su Exhortación apostólica “Christifideles laici” n. 48, sobre los laicos, hace el recorrido de los apóstoles con los que la Iglesia cuenta, dice rotundamente: “A las personas mayores, muchas veces injustamente consideradas como inútiles cuando no como una carga, recuerdo que la Iglesia pide y espera que sepan continuar esa misión apostólica y misionera que no sólo es posible y obligada a esa edad, sino que esa misma edad la convierte, en cierto modo, en específica y original”.  Por eso me gusta el nombre de un movimiento que conocí en Europa, que reúne a personas mayores y a ancianos, cuyo nombre es “Vida ascendente”, para indicar que en la Iglesia y en el mundo no existen útiles que sirven para todo e inútiles que no sirven para nada, sino que toda persona, cualquiera sea su edad, su salud, sus fuerzas, tiene en la vida un papel irremplazable y un lugar único.

 

            Para concluir pensando, recordemos que:

           

Con el tiempo...aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana, es demasiado incierto para hacer planes.

            Con el tiempo...comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen, ocasionará que al final no sean como esperabas.

            Con el tiempo...te das cuenta que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estás viviendo justo en este instante.

            Con  el tiempo...entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos, tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades falsas.

            Con el tiempo...aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida.

            Con el tiempo...aprendes que disculpar, cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes.

            Con el tiempo...te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona, es irrepetible.

            Con el tiempoaprenderás a reconocer que en muchas ocasiones es más importante perdonar que tener razón.

Con el tiempo...te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios, multiplicados.

            Con el tiempo...aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo...ante una tumba...ya no tiene ningún sentido.

            Con el tiempo...te das cuenta que la vida es como una escalera: si miras hacia arriba, siempre serás el último de la fila, pero si miras hacia abajo, verás que hay mucha gente que quisiera estar en tu lugar.

            Con el tiempo...descubrirás que la vida no puede vivirse con intensidad cuando solo se la vive con deseos futuros o nostalgias pasadas.

            Con el tiempo…te darás cuenta que si quieres llegar primero deberás correr desesperadamente, pero si quieres llegar lejos deberás aprender a caminar con otros, muchas veces acomodándote a la lentitud de sus pasos.

Con el tiempo...aprenderás el valor de vivir de presencias.

Con el tiemposabrás reconocer que el necio dice lo que sabe y que el sabio sabe lo que dice.

Con el tiemporeconocerás que en la vida son bienaventurados los que saben dar sin recordarlo y recibir sin olvidarlo.

           

Y recuerda estas palabras: El hombre se hace viejo muy pronto y sabio demasiado tarde...Justamente cuando ya no hay tiempo.

 

 

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