Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA) - Tel 02477 429001  -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                            |    |    |    |

Principal

Actividades

Parroquia

Caritas

Colegio

Jardín de Infantes

Imágenes

Reflexiones

Homilías

Meditaciones

Relaciones

Nuestra Patrona

Nuestra Diócesis

Catequesis en la Red

El Credo

Los Mandamientos

Los Sacramentos

La Oración Cristiana

Los Santos

El Sermón de la Montaña

Tiempos Litúrgicos

Adviento y Navidad 2007

Donaciones

 

COMIENZA LA CUARESMA



Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández



 

Comenzamos hoy el santo tiempo de Cuaresma. Días sagrados marcados por el anhelo, unido a la búsqueda sincera de la conversión del corazón. Por eso somos invitados a practicar el ayuno, la limosna y acrecentar los momentos de oración en calidad y en tiempo: elementos todos que coadyuvan al fin primero. El verbo griego “metanoein” (arrepentirse), y el sustantivo derivado “metanoia” (arrepentimiento), significa etimológicamente un cambio de manera de pensar y se afirma del hombre que toma conciencia de ser culpable ante Dios, siente vergüenza de ello, lo lamenta y desea obtener el perdón divino. Pero la “metanoia” no es arrepentimiento puramente afectivo. Implica un cambio de mentalidad que pone en juego toda la actividad del hombre: un cambio de vida y de conducta. En realidad, el verbo “metanoein” en el Nuevo Testamento parece haber absorbido parcialmente el sentido del verbo hebreo “shûb” (cambiar de camino), sin que por ello haya perdido el sentido de “niham” (arrepentirse). Convertirse implica adoptar otro camino, no por una estéril incapacidad para seguir adelante, sino por la conciencia clara de que lejos de Dios todas las vías conducen a la frustración y a la angustia.
 

Imbuidos por sentimientos de sincero arrepentimiento y confiados en la misericordia de Dios, hoy iniciamos con el Rito romano de la imposición de cenizas, el itinerario que nos conduce a la experiencia de la celebración pascual. Se trata de cuarenta días que evocan “totalidad”, “tiempo cumplido”, “memoria de encuentros bíblicos”: los cuarenta años de peregrinación de Israel por el desierto, los cuarenta días de Jesús en el desierto después del bautismo y antes del inicio de su misión pública. El desierto es el lugar por excelencia de encuentro con Dios, gracias al silencio que allí se vive y a la soledad que se experimenta, permitiéndonos descubrir así, el valor de lo que es esencial para vivir de pie y en serio. Cada año la comunidad católica recibe un llamado para reflexionar a fondo durante cuarenta días, ingresando en nuestro interior, a fin de acoger mejor el sentido de nuestro destino. A esto último tienden las dos expresiones de las fórmulas que escucharemos decir en el rito de imposición de cenizas, reconociendo la finitud y la futilidad de la vida cuando no está centrada en Dios: “Conviértete y cree en el evangelio”; “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. A nadie se le escapa que nuestra mirada, y con ella nuestro pensamiento, tienden con frecuencia a dejarse absorber por las cosas visibles que nos rodean. Y corremos el riesgo de preocuparnos sólo por las necesidades más inmediatas, sin pensar demasiado en el fin último de nuestro vivir.
 

Antiguamente los judíos acostumbraban a cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban ceniza como signo de adopción de una nueva vida unida a Dios. En los primeros siglos de la Iglesia, los fieles que deseaban recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse. En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra a poner cenizas al iniciar los cuarenta días de penitencia y conversión.
 

“Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37). Tal es el título del mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2007, invitándonos a dirigir, con una atención más viva nuestra mirada a Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de Dios. El “agapé” indica el amor oblativo de quien busca exclusivamente el bien del otro. El “eros” denota, en cambio, el amor de quien desea poseer lo que le falta y anhela la unión con el amado. El amor de Dios es “agapé”, pero es también “eros”. Éste forma parte del corazón de Dios, ya que el Todopoderoso, espera el “sí” de sus criaturas. Desgraciadamente, desde sus orígenes, la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno se ha cerrado al amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible. Dios, sin embargo, no se dio por vencido, es más, el “no” del hombre fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda su fuerza redentora. Para reconquistar el amor de su criatura, Dios aceptó pagar un precio muy alto. La muerte que para Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y libertad de Jesús. Siguiendo el pensamiento del Papa, en la Cruz se revela el “eros” y el “agapé”, ya que desde allí Jesús mendiga el amor de su criatura y ofrece su amor desinteresado. La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros en este itinerario cuaresmal es que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él, abriendo el corazón a los demás: luchando contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona; aliviando los dramas de la soledad y el abandono de muchas personas. Sólo así, estos cuarenta días serán un camino de auténtica conversión al apasionado amor divino que no cesa de buscarnos.

 

 

Parroquia Santa Julia

  Alberdi 3065 - Pergamino  (BA) - República Argentina |Diócesis de San Nicolás de los Arroyos

Teléfono:  02477 429001 | email: informa@capsantajulia.com.ar