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AMAR EN EXTREMO


Pbro. Dr. José Manuel Fernández


 

“He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes” (Lc 22,15). ¿Por qué Jesús habrá esperado tanto? Porque en esta Pascua él transforma la figura en realidad, llevando a cumplimiento la antigua espera a través de los siglos. Él es el Cordero de Dios, del cual el cordero pascual era un pálido símbolo. Lo que hizo Jesús el jueves santo, nos lo recuerda Pablo: “Terminada la Cena, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo. Lo mismo hizo con la copa” (1 Cor 11,23-25). Con toda la Iglesia hoy meditamos sobre la mayor herencia que Jesús deja a los suyos: el sacramento de la Eucaristía como expresión de la caridad y pasión de Dios por el hombre. Junto a éste, necesariamente el Maestro unió el Orden Sagrado: “Haced esto en memoria mía”.
 

El evangelio de Juan habla de la última cena, pero no dice ni una sola palabra de lo que Jesús hizo con el pan y el vino. Va al corazón mismo de la cena. La menciona diciendo que “estaban cenando” (Jn 13,2), pero sin detenerse en ella. Y antes de relatar lo que sucede en esa comida, indica el motivo de su “desconcertante” accionar: “habiendo amado a los suyos que están en el mundo, los amó hasta el extremo”. Podemos ir más allá del texto para afirmar: “y nos sigue amando hasta el extremo”. El amor de Dios nunca se queda en el tiempo verbal de pasado. Es un eterno presente. El amor de Dios no hunde sus raíces en las cualidades o méritos del otro. Esa noche había en esa Cena, un traidor y entregador: Judas. Pero no obstante ello, Jesús sigue amando, porque su amor es gratuito y lo primero. No presupone las cualidades del hombre, sino que las crea.
 

El amor de Jesús en la noche del Jueves Santo se hace más fuerte y se eleva por encima de cualquier medida humana. Un amor como el de Dios, en esta noche se torna impaciente e irresistible. Por eso no se queda sentado: “Se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y a secárselos” (Jn 13,4-5). Él siempre quiere ser anfitrión, que en su persona equivale a ser esclavo y servidor. Sus acciones tienen la lógica del amor de Dios: el dueño se hace siervo, el mayor se pone a servir al más pequeño, el inocente se arrodilla delante del culpable. Este gesto quedó marcado a fuego en la memoria de Juan, quien lo puso por escrito y se lo regaló a la Iglesia. Lo escribió para subrayar lo que Cristo nos comunica: “No se dan cuenta que cada vez que se reúnen para celebrar la Eucaristía, me doy como pan vivo bajado del cielo para saciar en la temporalidad de la vida el anhelo de eternidad. De modo invisible me levanto de la mesa y me pongo a lavarles los pies de ustedes, cansados de recorrer los senderos tortuosos de la historia; cubrirles las heridas de peregrinos con las vendas de la ternura que suaviza y cicatriza; y manifestarles mi amor sin fin con el beso de la paz”.
 

Cada año, en la noche del Jueves Santo, la Iglesia nos plantea la pregunta de Jesús a los suyos: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?” (Jn 13,12). Con Juan, la Iglesia nos dice a cada uno de nosotros: “Ven, entra sin miedo en el círculo de los doce, alrededor de la mesa y busca tu lugar. Colócate en el sitio de Pedro, a la derecha de Jesús y aprende su enseñanza de amor arrepentido. Plantea tu pregunta como Felipe. Sé por una vez, Santiago, Tomás o Andrés. O colócate a la izquierda, en el sitio de Juan, el lugar del bien amado, al lado del corazón de Jesús. Pero ten cuidado con la doblez de Judas”. El lavatorio de los pies no es solo una escena conmovedora para contemplar, sino una llamada exigente que se convierte en un envío a la misión para que hagamos nosotros lo mismo: “Les he dado el ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo” (Jn 13,15).
 

Ese mismo Jueves ha nacido el sacerdocio el cual nace de la Eucaristía. Quisiéramos transcribir las palabras que Juan Pablo II dirigiera en su carta a los sacerdotes de la Iglesia en ocasión de esta celebración: “Ante esta realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos. ¡Con cuanta condescendencia humilde ha querido Dios unirse al hombre! Si estamos conmovidos ante el pesebre contemplando la encarnación del Verbo, ¿qué podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de la fe”. (n. 2). Recemos para que cada sacerdote sea muy grande y a la vez muy pequeño. De espíritu noble como si llevara sangre real y sencillo como un labriego. Fuente inagotable de santidad y pecador a quien Dios perdona. Uno que jamás se doblegue ante los poderosos y se incline siempre ante los más pequeños. Pordiosero de manos suplicantes y mensajero que distribuye el oro de la gracia a manos llenas. Anciano por la prudencia de sus consejos y niño por su confianza en los demás.


 

 

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