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EL ROSTRO DOLIENTE


Pbro. Dr. José Manuel Fernández


 

El Viernes Santo, la Iglesia contempla los dolores de Cristo y su rostro desfigurado por los sufrimientos más atroces, pero transfigurado por el amor extremo que se revela en la hora extrema de la cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración. Meditemos en este día tres gestos de Jesús que pasan ante nuestra mirada en el Huerto de los Olivos y en el Calvario.
 

1. “Comenzó a sentir pavor y angustia. Se postraba en tierra y oraba que, a ser posible, pasase su hora y decía: -¡Abbá, Padre! Todo te es posible. Aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc 14,33-36). Para describir la angustia de la agonía de Jesús, el evangelista Marcos utiliza dos verbos que, unidos, expresan la emoción más intensa posible: “ekthambeísthai” y “ademoneín”. El primero significa básicamente la turbación que deja atónitos, como de piedra y desconcertados. Como cuando de golpe, sucede ante nuestros ojos algo terrible. El historiador griego Polibio (120 a.C) que había visto a muchos crucificados, señala que en los momentos previos a ese horrendo hecho, las víctimas estaban “atónitas y mudas, como si hubiesen perdido el cuerpo y el espíritu”. Es un sentimiento similar al que experimentamos cuando se nos comunica que un ser querido falleció, o que se padece una enfermedad tal vez incurable. El desconcierto pasa del mayor estupor al miedo, y la sorpresa lo deja a uno, incapaz de reaccionar.
 

El segundo verbo expresa un estado de gran ansiedad, desasosiego y angustia que lo lleva a postrarse en tierra. Esta última actitud es la de la oración humilde, dependiente e implorante. El hombre en su debilidad, pero también en su verdad, se sitúa ante la omnipotencia de Dios como Abraham ante el Señor (Gen 17,3.17) o como Pedro delante de Jesús (Lc 5,8). “Y oraba”: el hombre bíblico, de fe profunda y al mismo tiempo de gran humanidad, experimenta el ansia y el miedo, se cuestiona y se lamenta, pero siempre delante de Dios. Jesús está aterrorizado, pero se encuentra ante el Padre. Y al decir en su oración: “Abbá” (papá), expresa ternura filial y profunda certeza de ser el Hijo de Dios. Conmueve que esta tierna confianza permanezca intacta incluso en el momento de prueba y de lamento. Su enseñanza es que, en las circunstancias más difíciles, jamás debemos sentirnos huérfanos. Allí está el Padre acariciando y sosteniendo nuestro dolor, que es siempre suyo.
 

2. “A eso de las tres de la tarde, Jesús gritó con fuerte voz: -Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní?-, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). En el trasfondo de toda la Pasión está la figura del “Justo sufriente” que aparece en el profeta Isaías (52,13-15; 53,1-12) que es la de un hombre abandonado, pero no desesperado, y la oración que aparece aquí es la del Salmo 22. La profunda angustia del hombre bíblico acaba siempre en la esperanza, jamás en la desesperación. No hay duda que el grito de Jesús haya sido una plegaria “gritada”, pero siempre una oración de fe. El verbo “boan” (gritar) que utiliza el evangelista no es un grito inútil que se pierde en el vacío sordo e impasible, sino el recurso a un interlocutor que nos escucha. El hombre que pone toda su confianza en sí mismo, enmudece en su dolor. En cambio el que sabe estar ante un interlocutor divino puede abrirse a él en su tormento y su grito expresa la total confianza en el Dios que está de frente a él.
 

A diferencia de muchas plegarias que aparecen en el Antiguo Testamento, Jesús no pide a Dios venganza ni justicia, sino su compañía. El grito de Jesús se dirige únicamente a Dios y mira a Él. Sobre la cruz, Jesús habla a Dios y no a ningún otro. No le pide ayuda, sino presencia. En otras plegarias, el justo ruega en situaciones difíciles, e invoca a Dios para que no le deje solo. Así en el Salmo 27, donde la invocación es siempre la misma: no me escondas tu rostro, no me rechaces, no me dejes, no me abandones. En el Salmo 22, en cambio, el justo se siente “ya abandonado”. Por eso, no pide que no se le abandone, sino que se pregunta “por qué”: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. La pregunta de Jesús es la pregunta radical y decisiva del hombre. Compartiendo este interrogante, el Hijo de Dios ha mostrado toda su solidaridad con el hombre. Esta enseñanza del viernes santo es ejemplar: cuando nuestro pobre corazón se siente abandonado en medio de la tristeza y el dolor, allí nuestra oración debe constituirse en una invocación de la presencia divina y no seremos defraudados.
 

3. “E inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Jn 19,29). Cristo hoy muere. Nos queda el contemplarle. Concluye su obra con un acto de serena conciencia y una actitud que le ha sido habitual durante toda la vida: la donación. Su último gesto se transforma en un testamento. No sólo nos enseñó a vivir, sino también a morir. El Traspasado a pesar de su apariencia es el vencedor y en su rostro ensangrentado se esconde la eterna vida .
 

 

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