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ELEGIR PARA CAMBIAR


 

Hemos ingresado en el tiempo cuaresmal, a través de la puerta que la liturgia nos abrió el Miercoles de ceniza. Ese día se nos impuso la ceniza en la cabeza para indicar la verdad de la condición humana, al tiempo que el sacerdote nos decía: “Memento homo...” (“Recuerda hombre que eres polvo y al polvo volverás”). La conciencia del límite, de la precariedad y brevedad de la vida, de la pequeñez del hombre frente a la totalidad de la creación, constituye un punto clave del pensamiento humano de todos los tiempos. “¿Qué es el hombre, Señor, para que te acuerdes de él; el ser humano para que le des poder?” (Sal 8, 5). Esta es una pregunta que todo ser humano se formula en algún momento de su vida. Pero la sorpresa es que en el salmo, la pregunta va dirigida a Dios, no al hombre mismo. Es que sólo Él, puede resolver este interrogante. Contemplando el firmamento, el salmista percibe que el hombre es una realidad pequeña. Pero la maravilla es que, no obstante esto, él es objeto de la memoria y del cuidado divinos. El hombre es el “más recordado”, el “más cuidado”, y el “más amado” de la creación. Del contraste profundo entre el Creador y su creatura, nace el estupor de la fe. Todo hombre es siempre un deudor insolvente frente al Acreedor absoluto.
 

Si no fuera por la Iglesia que nos llama la atención en este tiempo, la vida continuaría en la rutina cotidiana, con el riesgo de la mediocridad creciente. Cada año, la sabiduría eclesial repropone a todos este “tiempo de gracia”. La sociedad no participa activamente en este período: no se expone ningún signo particular para el inicio de cuaresma como sucede en ocasión de otros eventos consumistas (inicio del campeonato de fútbol, vacaciones, navidad, carnaval, etc.). Pero esto puede ser un bien y una responsabilidad: corresponde a los cristianos “elegir”vivir la oportunidad que el Señor nos ofrece una vez más, sin condicionamientos exteriores.
 

Se llega a esta cita anual con un fardo particularmente pesado: la tensión frente a la amenaza de una guerra absurda e inmoral, la lucha al terrorismo, la pobreza creciente, el aumento vertiginoso de dramas familiares, la desorientación de los padres y educadores en sus relaciones con los jóvenes, la incerteza por el mañana, la desconfianza en la justicia, la distancia de cierta política respecto a los problemas reales de la gente, la descristianización creciente...Y sin embargo, con gran coraje la Iglesia no teme usar esta palabra fuerte, aparentemente fuera de moda: “conversión”. No es un término mágico sino una provocación para todos, ofrecida por la misericordia de Dios, el cual no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
 

La cuaresma es un camino que se recorre en varias etapas semanales y dominicales, donde se nos invita a dejar de lado los pecados y vicios habituales, para recomponer la unidad interior perdida. El conocido filósofo iluminista francés Voltaire (1697-1778) afirmaba que “Los hombres se equivocan. Los grandes hombres admiten haberse equivocado”. La línea de demarcación que introduce en la grandeza evangélica, es la humildad. La arrogancia y la soberbia son manifestación de mezquindad, pequeñez y miseria. No habría que olvidar que “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (1 Pe 5,5). Ghandi predicaba constantemente que: “quien reconoce y confiesa los propios errores se hace más fuerte”. En estos cuarenta días habrá que buscar vivir la grandeza evangélica como consecuencia del cambio en serio.
 

El evangelio afirma que: “el Espíritu le empujó al desierto y permaneció allí cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1,12-15).
Cuaresma debe ser tiempo de desierto y retiro del espíritu, para encontrar a Dios dentro de nosotros mismos. “Búscame en tí”, dice Dios al místico Silesius. Señala Antoine de Saint-Exupèry que “en el desierto un hombre sabe cuanto vale: vale cuanto valen sus ideales”. En estos días hay que volver a repensar cuáles son los valores que dan sentido a nuestra existencia, o los antivalores que la van marchitando poco a poco. El desierto es escuela de monoteismo: el lugar donde se hace la elección por el Absoluto, imitando al pueblo de Israel. En el desierto Jesús elige el rostro de Dios a anunciar: “el eterno amor misericordioso”; y el rostro de hombre a proclamar: “no el rival, sino el hermano-prójimo”.
 

Marcos no trae el contenido de las tentaciones como lo hacen los otros dos sinópticos (cf. Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13), pero nos recuerda lo esencial: que las tentaciones no se evitan sino que se atraviesan, porque “supriman las tentaciones y ninguno más se salvará” (San Antonio Abad). Sin tentaciones no hay salvación, porque no existe elección, se anula la libertad; es el hombre mismo quien desaparece.
 

Satanás actúa de manera preferencial cuando el hombre trabaja en la vida interior. He leído que hace unos años, un equipo de la BBC británica se desplazó a Tierra Santa para realizar un filme sobre la vida de Jesús. Una de sus mayores dificultades consistió en la filmación del episodio de las tentaciones de Jesús, y especialmente, en decidir cómo personificar al diablo. Finalmente llegaron a la decisión de representar al diablo mostrando, simplemente, una sombra sobre la arena y enfocar únicamente a Jesús, reduciendo la presencia del diablo a esa sombra que le acompañaba. Me parece una imagen apropiada del espíritu del mal. Constantemente nos acecha; por eso el apóstol Pedro aconseja: “Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el demonio, ronda como león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe” (1 Pe 5,8).
 

Y Jesús predica la “conversión”. Éste es un término que se convierte en slogan de este tiempo. Es la traducción de la palabra griega “metánoia”: “metá”, preposición que indica inversión de ruta; y el sustantivo “noia”, que significa “mente”. No hay cambio de vida si no hay renovación de mentalidad. Para lograr esta meta, la Iglesia nos invita a practicar el ayuno, la limosna y la oración.
 

Ayuno es signo de libertad frente a los bienes e ídolos materiales, y una protesta contra la ideología consumista. Implica un rechazo frente a aquellos que consideran el planeta como una presa a devorar o un botín de guerra a saquear. Además de la abstinencia, entre otras formas de ayuno, se pueden enumerar las cuatro siguientes: el ayuno del pecado, dejando de lado esas faltas que a veces se transforman en una rutina diaria; el ayuno de la ignorancia de la Palabra de Dios, dedicando todos los días quince minutos a leer los textos de la Misa diaria y hacer una breve meditación sobre ellos; el ayuno de la violencia no solo física, sino también verbal, mortificando la lengua: evitando calumnias, difamaciones, conversaciones inconsistentes y críticas destructivas, para alabar con ella y crear comunión fraterna a través de lo que decimos; el ayuno de la apatía o indiferencia frente a los prójimos que Dios ha puesto a nuestro lado.
 

La limosna en hebreo es llamada “sedaqâ”, que significa en primer término “justicia”. Es el acto de justicia que se cumple hacia el hermano, condividiendo con él, lo esencial de aquello que se posee, no lo que nos sobra o que es superfluo, sino cuanto “está en nuestro plato”. No es la cantidad lo que importa, sino el corazón con el que se da. En griego el término “eleemosyne” contiene la palabra “eleos”, que significa “misericordia”. Ella nos empuja a inclinarnos sobre el hermano con compasión y participación, para acoger sus necesidades y responder en modo adecuado. ¿No tendríamos que revisar en estos cuarenta días nuestros gastos y caprichos, en un contexto de tanta miseria y pobreza, renunciando a alguna comida o alimento que nos guste, para dar ese dinero a personas indigentes?.
 

Y debemos intensificar nuestra plegaria. Jesús no nos ha dejado muchas oraciones. Nos donó el “Padre nuestro”, que contiene la actitud esencial del orante, y nos ha exhortado a no gastar tantas palabras. Por eso la verdadera oración requiere silencio y contemplación. Las visitas al Santísimo Sacramento se han diluido en la experiencia de muchos. ¿No pueden ser estos días un período para volver a ellas, y sentir la cercanía del Señor que se ha quedado con nosotros desde el Jueves Santo?.
Uno de los mayores poetas impresionistas, es el austríaco Hugo von Hofmannsthal, nacido en Viena en 1874 y fallecido en 1929. Sus dramas fueron traducidos en piezas musicales por su amigo Richard Strauss. En uno de sus escritos literarios pone en boca de Dios estas palabras: “Yo era un tesoro que ninguno conocía. Quise que fuera conocido. Entonces me decidí a crear al hombre”. Es de esperar que en el período cuaresmal, trabajemos intensamente para recuperar ese tesoro que Dios puso dentro de nosotros, el día en que recibimos el Bautismo. Y que al celebrar la resurrección de Jesús podamos decir como el apóstol Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).
 

Pbro. Dr. José Manuel Fernández

 

 

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