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MANO QUE CURA Y SALVA


 

El evangelista Marcos narra múltiples episodios de Jesús de modo pintoresco y vivaz, con matices siempre interesantes. Así sucede en el texto que proponemos para nuestra meditación (Mc 1, 29-39), donde se nos presenta el contenido de una jornada de predicación de Jesús en Cafarnaúm. La sucesión de los acontecimientos es la siguiente: luego de participar en la celebración de la sinagoga y curar un poseído (vv 23-29); entra en la casa de Pedro curando a la suegra (vv 30-31); sana a numerosos enfermos y endemoniados (vv. 32-34); de madrugada se retira a un lugar solitario para rezar (vv. 35-37); para luego salir a recorrer toda la Galilea, sirviendo a través del ministerio de la predicación (vv. 38-39).
 

El día para Jesús, comienza con la oración. A partir de esa contemplación se hace fecunda la acción evangelizadora. Así deberíamos comenzar también nosotros, en vez de obsesionarnos por anotar los compromisos, encuentros y reuniones, entre tantas otras cosas. Un autor espiritual francés, Pierre Charles, afirma que en su agenda lo primero que escribe es: “hacer oración”; y luego al final de cada página coloca la palabra “Amén”. Luego, todos los compromisos que se vayan allí inscribiendo, tendrán su inspiración en la plegaria y su creyente aceptación final en el “Amén”. En este sentido es importante notar que la palabra “Amén” –según el gran biblista Lyonet- teniendo en cuenta el origen semitico del vocablo, significa: “Me dejo conducir por tí”. ¡Qué lindo comenzar cada jornada orando para aceptar lo que la voluntad divina disponga para nosotros y terminar a la noche diciendo: “gracias, o a pesar de todo lo que me has dado hoy, me dejo llevar por tí”!
 

La protagonista del evangelio que estamos meditando, es una mujer que se encuentra recostada en su lecho, debido a la fiebre, “ese fuego que absorbe la energía de las personas”, como la definían los rabinos del tiempo del Maestro. También la simple fiebre, para Israel tiene un significado religioso. El libro del Levítico la presenta como un castigo para quien es infiel a la Alianza (26,16). Ella es signo de la potencia de Satanás. Esta fiebre que la tiene en el lecho impidiéndole servir, es figura del mal que inmoviliza al hombre y lo bloquea en su capacidad de amar.
 

El dolor y el sufrimiento son materias que todos, sin excepción, tendremos que “dar” en la vida. Susan Sontag, escritora americana, proveniente de una familia hebrea y nacida en New York en 1933, en su libro “La enfermedad como metáfora” indica que aquella “es el lado nocturno de la vida y una ciudadanía fatigosa. Todos los que nacen tienen una doble ciudadanía, en el reino del estar bien y en el del estar mal. Preferiríamos servirnos solamente del pasaporte bueno, pero antes o después cada uno de nosotros se ve obligado a reconocerse ciudadano de aquel otro país”.
 

En esos momentos de prueba, puede amenazarnos la tentación que sobrevino a Job: “Como un esclavo que suspira por la sombra, como un asalariado que espera su jornal, así me han tocado en herencia meses vacíos, me han sido asignadas noches de dolor. Al acostarme, pienso: ¿Cuándo me levantaré?. Pero la noche se hace muy larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora. Mis días corrieron más veloces que una lanzadera: al terminarse el hilo, llegaron a su fin. Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad” (7, 2-4. 6-7). Pero es en esa situación cuando deberíamos grabarnos las palabras imbuidas de esperanza y seguridad del salmista: “el Señor sana a los que están afligidos con el corazón roto, y les venda las heridas” (Sal 146, 3).
 

Cristo realiza tres gestos sin una sola palabra, con la finalidad de dar fortaleza y vida a una debilitada existencia. Cuando estaba prohibido para un rabino acercarse y tocar a una mujer, rompe los moldes, supera los esquemas, porque su prioridad es salvar. El se “inclina” sobre aquella mujer, le “toma” la mano y la “levanta” (el texto griego usa el verbo “egeiro”, típico vocablo que se usa para indicar la resurrección), y ella se pone a servir (aquí el verbo griego “diakoneo”, quiere señalar la actitud de servicio que llegará a ser normal en el ámbito de las comunidades cristianas). Ese “acercarse” e “inclinarse” indica proximidad, expresando calor humano, respeto, atención y estima.
 

Una aspirina puede tener mucha eficacia en el abatir la fiebre o el dolor, pero no va a la raíz del mal que es la “lejanía”. Jesús al asumir nuestra naturaleza humana en la Encarnación, se “inclina” haciéndose cercano a todo hombre que viene a este mundo y sufre en su cuerpo o espíritu. A la mujer sufriente no le habla, pero le reserva un gesto dulcísimo, y por eso elocuente. La II Plegaria Eucarística de la Reconciliación, dice que Jesús es “la mano que Dios tiende al pecador”. Es una bella imagen para decir cuál es la atención de Dios para quien está enfermo. “Tomar la mano y levantar” indica mucho más que un hecho físico. Significa elevar a una nueva condición de vida y no simplemente poner fin a la enfermedad.
 

Estos gestos los han vivido lúcidamente los santos. La Madre Teresa de Calcuta relata que un día estaba recorriendo las calles de Londres y vio a un hombre totalmente borracho. “Tenía un aspecto triste y miserable. Me acerqué a él y le tomé su mano –mi mano siempre está caliente -, la apreté y le pregunté: “¿Cómo está?”. Me respondió: “¡Ah!”, ¡hace mucho tiempo que no sentía el calor de una mano humana!”. Y su rostro se iluminó. Su cara era diferente. Lo único que quiero decir es que los pequeños detalles, hechos con gran amor, llevan a la alegría y a la paz”. Y en otra oportunidad recogió a un hombre en un desagüe abierto en Calcuta. “Había visto que algo se movía en el agua: al quitar la suciedad me di cuenta que era un hombre. Lo llevé a nuestra casa para moribundos. Tenemos un lugar para personas en esa situación. En todos estos años hemos recogido por las calles de Calcuta a 45 mil personas como esta. De ellas, 19 mil han muerto rodeadas de amor. De modo que llevé a aquel hombre a nuestra casa. No blasfemó, no gritó. Su cuerpo estaba totalmente cubierto de gusanos. Lo único que dijo fue: “He vivido toda mi vida en las calles como un animal, y ahora voy a morir como un ángel, amado y atendido”. Después de tres o cuatro horas murió con la sonrisa en los labios”. Estos son los gestos que salvan porque están llenos de amor. Lo demás son palabras vacías de contenido salvifico.
 

El evidente suceso de este día de misión no hace nacer en el Maestro ni soberbia ni orgullo. Esa mano tendida y salvadora de Jesús, encierra un desafío comprometedor para el cristiano. Es que quien no tiene sus manos para servir, levantar o curar, poca importancia tiene saber entonces, que es lo que hace con ellas.
 

Un día un hombre se encontró en la calle con un niño que estaba muriendo de hambre. Rápidamente lanzó su queja al cielo lamentándose: “Dios mío qué haces por él”, y escuchó una voz que le decía: “Te he hecho a ti”. ¡Qué rápidos somos para endilgar a otros lo que es nuestra responsabilidad! Abandonemos la teoría de la caridad y asumamos lo que ella implica en la práctica.
“Jesús fue por toda la Galilea predicando en las sinagogas de ellos y expulsando demonios” (Mc 1, 39). Imitemos al Maestro en el apostolado sin fronteras, feriados, ni pausas. Lo que nosotros no realicemos no lo hará el Espíritu Santo. Contaba un sacerdote que un obispo envió a una parroquia muy abandonada, a un presbítero muy dedicado a Dios, al servicio y la misión, y en pocos años la transformó. Vino el obispo de visita y le dijo: “Me maravillo de la obra que ha hecho en esta parroquia el Espíritu Santo”, y el sacerdote replicó: “¡Señor obispo, si usted hubiera visto esta parroquia cuando el Espíritu Santo estaba solo!. ¡Toda una lección!
 

Pbro. Dr. José Manuel Fernández

 

 

Parroquia Santa Julia

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