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VENZAMOS LA EXCLUSIÓN


 

Una trágica figura cuyo nombre no conocemos, avanza por una calle de Palestina y grita: “¡Inmundo, inmundo!”. Lleva los vestidos rasgados, desgreñada la cabeza y su barba cubierta en señal de luto. Ante aquel grito y a su vista, todos huyen como si se encontraran frente a un monstruo. En torno a él se crea un vacío. La piel llagada de aquel hombre, revela que estamos ante la presencia de un leproso, un “excomulgado” por excelencia, un cadáver ambulante. Tanto es así que la tradición judaica lo equiparaba a un niño nacido muerto y su eventual curación era considerada una verdadera y propia resurrección (cf. 2 Re 5,7; Nm 12,12). Ese leproso se acerca a Jesús con una súplica (parakalôn), y una genuflexión (gonypetôn) expresando adoración al Hijo de Dios y diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme”. Es como si dijera: “no merezco nada; solo tengo hambre de piedad y de personas”. Se trata de una oración sumisa y el deseo humilde de un hombre a la deriva.
 

Compadecido de él (spalgchnistheis), extendió su mano liberadora, le tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio”. Y al instante le desapareció la lepra. Al tocarlo (verbo aptesthai), Jesús quiere advertir que el corazón humano puede morir por ausencia de encuentros. Es curioso notar que algunos códices aquí leen, en vez del verbo de la compasión, el de la ira (orghistheis). Jesús es como que se indigna –así sucede en otros casos (Mc 3,5; 7,34; Jn 11,33.38)- contra el mal y la marginación. Esa palabra de Jesús: “sí, quiero”, revela cómo es el corazón de Dios. Eternamente él busca curar a sus hijos. A Lázaro le dijo: “lo quiero, sal fuera”; a la hija del jefe de la sinagoga: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!”. Jesús transmite su exquisita caridad a los marginados: cura al leproso, lo rescata de la periferia y lo integra a la vida comunitaria, social y cultual. Restituido a su familia, vuelve a recibir las caricias de los suyos. El Señor le despidió “prohibiéndole severamente” (embrimaomai) que lo dijera a alguien, y diciéndole que fuera a presentarse al sacerdote. Pero el leproso se convierte en un activo apóstol. Enseguida se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad. Y acudían a él de todas partes (cf. Mc 1, 40-45).
 

El leproso es el impuro por excelencia, y el manto de impureza lo envuelve totalmente en todas sus dimensiones: religiosas, sociales y personales. La antigua tradición rabínica estaba tan preocupada en relegar a los márgenes de la vida normal a un similar emblema del mal, que había llegado a catalogar 72 tipos de lepra y de enfermedades de la piel, al punto de llegar a prohibir a los leprosos acercarse a los muros de la ciudad santa de Jerusalén. El tercer libro de la Biblia, el Levítico, nos ofrece la más puntual codificación legal y ritual de esta marginación en dos capítulos (cc. 13-14), de los cuales se extrae hoy la primera lectura de la Liturgia de la Palabra (cf. Lev 13, 1-2.45-46).
 

Jesús es consciente de esta rígida serie de normas. Por eso luego de la curación milagrosa, invita al “ex – leproso” a que se “presente ante el sacerdote”, que cumplía la función oficial de ser garante de la salud y por tanto, de la purificación adquirida. El evangelista Marcos quiere subrayar que Jesús respeta la ley, en cuanto es un instrumento práctico de relaciones sociales. Pero lo que no acepta es la discriminación a la que conduce la enfermedad cuando se la ve como punición por un pecado. Así era considerada en el Antiguo Israel, en cuya teología estaba presente “el dogma de la retribución” sintéticamente encerrado en los binomios delito-castigo y justicia-premio, puestos en acción en el cuerpo del hombre.
 

La Palabra de Dios nos cuestiona sobre dos prácticas desgraciadamente vigentes:
 

1.- La exclusión;
 

2.- El prejuicio.
 

El camino del rechazo es siempre más fácil que el de la inclusión, pues éste exige diálogo y paciencia, como así también confianza para descubrir que el otro no es nuestro enemigo sino nuestro hermano. Thomas Paine, escritor del 1700 afirmaba que “el prejuicio y la sospecha son propios de las almas mezquinas”. Jesús durante su vida terrena incluyó y confió, por eso salvó a todos aquellos que se cruzaron en su camino. Él se estremece ante el pedido del hombre llagado y herido. No escuchó la súplica con indiferencia, ni con frialdad, ni mucho menos con dureza. Nuestra debilidad y dolor siempre le conmueven.
 

Para el Señor, el leproso no es un “caso clínico” a estudiar en el futuro, sino una persona creada a imagen y semejanza de Dios a la que hay que amar y recuperar en el presente. ¿No sería importante que hoy examináramos nuestro actuar con el de Cristo?. Un día un rabino le preguntó a su discípulo cuándo es que terminaba la noche y comenzaba el día. El joven divagaba con diversas respuestas erradas e insatisfactorias. Entonces el maestro le dijo, “¿sabes cuándo es que se acaba la oscuridad y empieza a brillar la luz?: cuando descubres en la cara del otro, el rostro del prójimo”
 

Veamos un testimonio ejemplar en la vida de San Francisco. Fue después de una correría a caballo por el valle, regresando a Asís, cuando lo detuvo un leproso en el camino pidiéndole limosna. Siempre sintió disgusto y repugnancia invencible ante el espectáculo del dolor y la deformación física. Se estremeció pues, al ver al repulsivo hombre. En otro tiempo le hubiera arrojado un puñado de monedas, pero esta vez se sintió invadido por una ola de compasión. Descendió rápido, puso la limosna en la mano del leproso, y tomando aquella misma mano con las suyas, imprimió en ella un beso. Hizo más. Estrechó entre sus brazos al hombre llagado y recibió de éste, un beso de paz. Desde aquel momento quedó roto todo lazo con el pasado. Un abrazo sellaba el pacto de una vida nueva, que habría de practicar como rendido vasallo para vencer la exclusión y el qué dirán.
 

Para la Madre Teresa de Calcuta, la “lepra occidental” es la soledad. Recorriendo diversos países occidentales ha percibido cómo en estas sociedades donde priman los poderosos, se margina y elude a los débiles: ancianos, enfermos, débiles mentales, pobres. Ella relata una hermosa historia en este sentido: “En Australia trabajamos con los aborígenes. Nuestras hermanas van a visitar las familias de estas personas que no tienen a nadie que les ayude. Lavan la ropa, les ayudan a limpiar, etc. Un día fui a la casa de un señor y le pregunté si podía limpiar su casa. Él respondió: “Yo estoy bien”. Le dije: “Pero estará todavía mejor si me deja limpiar”. Pude ver que en la habitación había una gran lámpara llena de polvo. De modo que le dije: “Nunca enciende esa lámpara”. “¿Para quién? –me respondió -, durante años enteros nadie ha venido a verme”. “Y si las hermanas vienen a verle, ¿encenderá la lámpara?”, le pregunté. Me dijo que sí. Las hermanas comenzaron a visitarle. Me olvidé totalmente de aquel hombre y de su lámpara. Tres años más tarde, el señor me mandó a las hermanas con un mensaje: “Díganle a mi amiga que la lámpara que alumbró mi vida, todavía está encendida”. ¿Seremos también nosotros capaces de brindar la compañía y la claridad de una luz a aquellos que viven la lepra de la soledad tal vez muy cerca de nosotros, o en nuestro edificio, o familia?.
 

Cuando trabajaba en una parroquia de Kensington, en Londres, los sábados iba a visitar varios ancianos que vivían solos en confortables pisos. Allí hablábamos, me relataban sus vidas, hacía el servicio de “prestar oídos”, y luego les distribuía la sagrada Eucaristía. Desde el punto de vista de la previsión social no les faltaba absolutamente nada. El gobierno británico les brindaba las más amplias comodidades. Pero desde la perspectiva humana les faltaba cariño, ternura y el encuentro con los suyos. Me impresionó una anciana a la que visité. En las paredes de su departamento había escrito varios números “enormemente grandes” de teléfonos. Le pregunté qué significaba aquello, y me dijo: “son los números de mis seis hijos y de otros familiares míos. Todos los días los llamo, pero nunca me visitan”. En aquel momento se me estremeció el corazón. Me di cuenta que estos “leprosos occidentales” cada vez van siendo mayoría preocupante. En modo excelente interpreta esta triste realidad el actor Jack Nicholson en el film: “Las confesiones del Sr. Schmidt”. Jubilado, su esposa fallece; la única hija vive lejos de él, mostrándole continuo desprecio, excepto cuando necesita que le entregue dinero. Tan solo puede comentar su dolor a través de la correspondencia que entabla con un niño de Tanzania a quien lo ayuda económicamente para su alimentación y educación.
 

Nuestra compasión ¿será como la del Maestro, capaz de acercarse, tocar y acariciar a estos “leprosos contemporáneos” para sanarlos y salvarlos? De la prontitud de nuestra caridad dependerá la respuesta. Lo demás será despreciable retórica o absurda burocracia.
 

Pbro. Dr. José Manuel Fernández
 

 

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