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SED DE VIDA



Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
 

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. La Samaritana le respondió: “¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva. El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”. La mujer le dijo: “Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo”. Jesús le respondió: “Soy yo, el que habla contigo”. La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: “Vengan a ver a quien me ha dicho todo lo que hice” (cf. Jn 4,5-42).

 

El tema del agua recorre enteramente la Sagrada Escritura, y en el judaísmo se había elaborado una auténtica “teología del pozo”. Aquí el pozo aparece en contraposición con la fuente. Aquel era considerado sinónimo de la Ley, que ya algunos sostenían que había sido observada por los patriarcas antes que Moisés la promulgase. El agua del pozo se encuentra estancada, es necesario extraerla con recipientes, mientras que de la fuente, el agua brota fresca y va al encuentro de quien se acerca a ella. Jesús se muestra en toda su debilidad como verdadero hombre, cansado del viaje tiene necesidad de agua. Así busca Dios al hombre: ofreciéndose como débil (desde la cuna hasta la cruz) y donando su riqueza sin imponerse con su potencia.

 

Se presenta una mujer samaritana. Los judíos no mantienen buenas relaciones con los samaritanos. Pueblo de origen incierto, considerado de sangre no pura y heterodoxo respecto al judaísmo oficial. Comer o beber con ellos significaba adquirir la impureza legal. Pero Jesús se revela superior a las divisiones y facciones: el don de Dios va dirigido a todos. Naturalmente, la mujer se admira que le pida agua, pero él dará el agua de vida eterna. Delante a la pobreza del don de un simple pozo, él ofrece un agua que sacia las necesidades más profundas del hombre. Sólo un agua pura y siempre disponible puede quitar la sed del hombre. El Espíritu Santo puede colmar lo que el hombre ansía, brindando eternidad de vida. Ésta no es un simple “después” de la existencia terrena sino una nueva cualidad espiritual que comienza desde ahora, con la fe signada desde el bautismo.
 

Leyendo un día a San Alberto Magno me encontré una frase terriblemente reveladora. Habla el santo de que existen tres géneros de plenitudes: “la plenitud del vaso, que retiene y no da; la del canal, que da y no retiene, y la de la fuente que crea, retiene y da”. En efecto, conocemos a muchas personas-vaso. Son los que acumulan virtudes o ciencia, lecturas o títulos, pero que creen terminada su tarea cuando han concluido su almacenamiento: no reparten sabiduría ni alegría. Tienen pero no comparten. Retienen, pero no dan. Son magníficamente estériles y eximios servidores de su egoísmo. También conocemos las personas-canal: son aquellos que se desgastan en palabras, que se pasan la vida haciendo cosas y que nunca rumian lo que saben. Que cuanto les entra de vital por los oídos se les va por la boca sin dejar que repose dentro. Padecen la neurosis de la acción: hacer la mayor cantidad de cosas posible, de prisa. Dan y no retienen. Y después de dar, se sienten vacíos.

 

Lo difícil es encontrar personas-fuente, que dan de lo que han hecho sustancia de su alma, que reparten como las llamas de fuego, encendiendo la del prójimo sin disminuir la propia porque recrean todo lo que viven y reparten todo cuanto han recreado. Dan sin vaciarse, riegan sin decrecer, ofrecen su agua sin quedarse secos. Cristo en el evangelio de hoy se muestra así a la Samaritana. El es la fuente que brota inextinguiblemente; el agua que calma la sed para la vida eterna. Nosotros tal vez haríamos bastante con ser uno de esos hilos cristalinos de agua transparente que baja desde lo alto de la montaña de la vida.
 

Ojalá experimentemos en esta Cuaresma lo que vivió la Samaritana: la necesidad de dejar de lado el relativo, pasajero e instrumental valor del cántaro y descubramos la esencialidad del Absoluto que hoy se proclama como la sola fuente de agua vital que puede apagar la necesidad de infinito que todo ser humano vive por dentro.
 

 

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