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EL REGALO DE DIOS

 

"Cuando el amor es firme y, a la vez,

es suave, se convierte en ternura".

Bruyne

 

El Espíritu Santo es un regalo de Dios. Es una presencia totalmente gratuita y efectiva, con una iniciativa del Padre: "El nos amó primero"

El Dios que "viene y que habita en nosotros" abre de par en par la contemplación del Misterio. El Espíritu Santo comunica los secretos de Dios.

Es Él quien nos hace "pobres" con su venida.

Nos hace "pobres" para que recibamos el Misterio y podamos "ver" a Dios.

Algunos Padres de la Iglesia consideraron que aquí se cumplía el ... "Bienaventurados los pobres de corazón", tal como decía Gregorio de Nissa.

Dios se aferra, nos reserva para Sí, nos purifica y nos vuelve aptos para contemplarle.

"La pureza dada por el Espíritu Santo elimina las excrecencias del corazón; deja al descubierto sus raíces eternas; limpia a fondo los caminos a través de los cuales la luz inefable del Espíritu Santo penetra en la conciencia humana".

En la "Venida a nosotros", en su "Inhabitación", Él nos desea. No es nuestro el afán de mejorarnos, sino suyo ya que es Él quien ama primero.

Este Misterio de su Venida no es cuestión de "ciencia", sino de "sapientia", es decir, de gustar lo recibido.

 

Un accionar interior

Mientras nosotros vivimos en el nivel de nuestra vida conciente, el Espíritu de Dios penetra las zonas más secretas de nuestro ser.

Por eso nadie puede prever ni describir cuál será su acción en lo profundo de su interioridad.

Nunca hay que desechar lo que envía la Providencia.

Por ejemplo, el Abbé Pierre descubrió su vocación de servir a los demás en la época en que acompañaba a su padre todos los sábados a un hogar de ancianos, donde éste le cortaba el cabello a los viejitos. Si bien el padre se declaraba agnóstico, no faltó ni un sábado a su cita de caridad. Y fue así que, cuando el jovencito tenía catorce años, uno de los ancianos le regaló un cigarrillo como muestra de agradecimiento por el corte de cabello, pero él rechazó el obsequio mientras miraba de reojo a su padre, con temor a recibir un reto. Sin embargo, la verdadera reprimenda vino después cuando el padre le hizo notar que toda vez que un pobre le diera algo, debía recibirlo.

- Es un homenaje - le dijo - y quieren hacerte partícipe también de lo poco que tienen.

Y cuentan que años después, esta vocación de servicio se reafirmó a raíz de un acontecimiento meteorológico: sobrevino una ola de frío y un invierno especialmente duro. Los que más lo sufrieron fueron los vagabundos y mendigos que se acostaban bajo los puentes o, por esos tiempos, a la boca del metro de París.

El Abbé Pierre, que por ese entonces era diputado, hizo una llamada por la radio que dio origen a todo lo que vendría después. Y eso motivó el cambio de su vida.

Pero lo que más marca el rumbo de una existencia, es cuando el Espíritu despierta un alma por la vía de la Misericordia.

Así lo demuestra la historia de san Camilo de Lelis, quien se había anotado como mercenario para participa en la guerra contra los turcos, pero la experiencia que vivió al encontrarse con la piedad de un franciscano que curó la herida de su pierna, fue el testimonio viviente que lo llevó a trabajar toda su vida en favor de los enfermos.

A los no creyentes, o a nosotros mismos cuando somos "pintores de brocha gorda", no nos resulta tan difícil interpretar los acontecimientos aunque sin descubrir en ellos la intervención de Dios.

Es el amor el que intuye a fondo los objetivos de "esa presencia". Las intenciones de Dios son con frecuencia ocultas: pero el Amor las descubre, porque es Él mismo quien las provoca.

"El amor que mucho ama no admite consuelo, sino del mismo que le hirió", afirmaba santa Teresa.

La diferencia entre el indiferente y el que está atento a las cosas de Dios es abismal. Como ejemplo, comparemos los testimonio de dos astronautas ante un mismo hecho:

Valentina Teleshkova, la primera mujer en viajar al espacio, decía: "Subimos. Estuvimos en el cielo. No hemos visto a Dios ni a los ángeles."

En cambio, Mc Divitt, otro astronauta, afirmó: "Me parece que no hay diferencia entre aquí abajo y allá arriba. Si uno vive abajo en la intimidad con Dios, también lo tiene allá arriba".

 

Espíritu y contemplación

Una vida interior sin un mínimo de contemplación, nos transforma en peregrinos ciegos ante la luz. Es como recibir una flor, sin el "toque" de gotas de lluvia ni de rocío.

La "pequeña y gran" contemplación del cristiano, tiene un compañero de camino exigente: el propio Misterio de Dios. Él entrega dones que son irrevocables; pero al mismo tiempo aferra, retiene. Porque no es una "venida cualquiera".

Es la Visita, la Venida. Es el Reino de la Gracia.

Temblamos porque conocemos nuestra pobreza, la inestabilidad de nuestros sentimientos, la fragilidad de nuestras decisiones. Pero se es fiel a esa "venida", cuando uno es capaz de pensar que:

"Si no me hago como niño, no entraré al Reino".

 

Fidelidad al regalo de Dios

Fidelidad es la lealtad, la adhesión cumplida, la observancia de la fe que uno debe a otro.

Dios otorga el regalo y pide la docilidad a sus inspiraciones, de cualquier forma que se nos manifieste.

Decía san Francisco de Sales que inspiración es todo atractivo, movimiento, reproche, luces y conocimientos interiores que Dios obra en nosotros, para

despertarnos

excitarnos

empujarnos

atraernos a un vida virtuosa.

Esta "Visita" es para quien no se siente "grande", ni amo de sí mismo; es para aquel que se preocupa de la humilde prudencia que hay que tener cada día... ¿No es volverse como niños?

El que se siente invulnerable, se verá herido por las flechas de su propia fragilidad insospechada y no podrá gozar de la Venida a su vida.

Quien no se vuelve prudente como la serpiente, no consigue alas para volar como la paloma

La "Visita", la "Venida", la "Inhabitación", necesita de grandeza de ánimo para saber apreciar los pequeños medios con que uno cuenta; para estar atentos a las dificultades de cada día y a las precauciones de cada hora.

Hay algunos signos que caracterizan a quien sabe recibir el regalo de Dios, sus dones:

- Es realista, tiene una percepción eficiente de las cosas. Sabe juzgar situaciones sin perjuicios.

- Se acepta a sí mismo y acepta a los otros como son y no como desearía que fueran. Porque es de temperamento cordial.

- Posee naturalidad. No busca poses. Por lo único que es convencional es por la educación que tiene y el respeto que demuestra por el prójimo.

- Se concentra en los problemas y no en su "yo". Considera y busca soluciones; no se mira él en los problemas.

- No es dependiente. Sabe vivir la soledad. Se divierte con pocas cosas y cada vez con menos gente. Pero su alegría la comparte con todos.

- Mantiene la serenidad en los contratiempos. Aprende del dolor.

- Tiene capacidad para apreciar, una y otra vez, las cosas buenas de la existencia: la vida misma, la amistad, la naturaleza, la diversión, el descanso. Como se comprende al ver el ejemplo de las vidas de santa Teresa, de santo Tomás Moro, de san Francisco de Asís y de san Antonio María Claret.

- Se identifica mucho con el prójimo, pero no se le une de modo imitativo. Ayuda y respeta. O sea singulariza.

- Mantiene relaciones profundas con muy pocos. Posee amistades especiales o un pequeño círculo de amigos, que no son los conocidos. Pero sin embargo se brida a todos; no forma "logias " alrededor de su persona.

- Se relaciona con ricos y pobres. Aprende, da y recibe de todos. Sin perjuicios. No confunde anhelos de justicia con resentimientos.

- Manifiesta un sentido de humor "filosófico", inteligente. No es hostil, ni agresivo. Tiene humor para lo ridículo. Pero sabe NO reírse de la crueldad, ni de la miseria.

- Es responsable. Actúa comprometidamente. Sabe lo que es perseverar "como si ya viera el infinito".

- Distingue entre fines y medios, y prioriza éstos últimos. Usa la prudencia. Es fiel a los propósitos.

- En la relación con Dios y con el prójimo es creativo. Se empeña en ver la vida cotidiana de una forma nueva.

- No tiene ídolos. Ve a los demás como seres humanos, que cumplen su función en el mapa de la existencia. Se suma a sí mismo. Nunca resta.

- Evita actuar a la defensiva. No culpa a otros de sus errores. Acepta las consecuencias de las equivocaciones.

- Vive el presente. Crece en el hoy, con las enseñanzas del ayer.

- Pero sobre todo, vive las pequeñas cosas y saca importantes conclusiones. Tal como le sucedió a san Agustín, quien estando en la playa observó a un niño que quería llenar un hueco en la arena con el agua del mar y fue esta imagen la que le suscitó al santo profundizar en el misterio de la Santísima Trinidad.

Zeffirelli, el gran director de cine contemporáneo, decía que el amor se estropea por pequeñas cosas, minúsculas estupideces; pero también para las cosas malas, las pequeñas son importantes: como aquel gitano que robó el bozal... y detrás había un burro... y a éste lo seguían veinte más. Y el confesó que se había llevado sin permisa la rienda de un bozal.

- También es importante el buen humor expresado en algún momento:

"Tal como el irlandés en el paraíso:

Tuve hambre... para el paraíso.

Tuve sed... para el paraíso.

Estuve enfermo... para el paraíso.

Tú me has hecho reír en algún momento... para el paraíso".

Así comentaba Albino Luciani, quien sería luego Juan Pavlo I, en Ilustrísimi Signori.

Es este espíritu de infancia, esa constancia de ser niños endebles, vulnerables e indefensos, lo que nos permite perseverar en el gozo inestimable de esa "Venida", de la participación de Su gracia.

 

Dios es discreto

No lo es por timidez. Si quisiera podría imponerse, pero sin embargo invita:

Para que tengamos caridad, otorga el don de Sabiduría de manera tal que se pueda vivir la Bienaventuranza de los pacíficos.

Para que tengamos fe, regala los dones de Entendimiento y Ciencia para los limpios de corazón y los que lloran.

Para que tengamos esperanza, otorga el don de Temor de Dios, para los pobres de Espíritu.

Para que vivamos con prudencia, derrama el don de Consejo, para que sean Bienaventurados los misericordiosos.

Para que seamos fuertes, el mismo don de Fortaleza, para el que tiene hambre y sed.

Y para la templanza, también el don de Temor para que la pobreza de espíritu otorgue la gran bienaventuranza.

"El espíritu de Dios, habita dentro de nosotros mismos", le escribe san Pablo a los Corintios y a toda la cristiandad.

Por eso, no hay que dejarse ganar por la dificultad.

"Dios mío, aleja de mi la tentación de la santidad.

Enséñame a contentar con una vida pura, paciente.

No me prives de los dones deliciosos que recibí.

Que no me confunda.

No pertenezco a una clase precisa.

No quiero tentarme con cosas imposibles".

Amén.

Existe la promesa de "Venir", de "Habitarnos", de presenciar "desde adentro nuestra propia casa". Sólo debemos decir, hoy y cada día:

"Ven, Señor Jesús"

 

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       Padre Ariel

 

 

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