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LA TRANQUILIDAD EN EL ORDEN


“La belleza, es un sello del mundo
que ha entrado en gracia”
(Paul Claudel)


1. LAVADOS DE LA ESCLAVITUD

“Conozco a los que buscan el mar
al paso lento de sus caravanas,
y que necesitan el mar. Y cuando llegan se maravillan
Y sus corazones son lavados de la esclavitud de las cosas pequeñas.
Entonces cargan provisiones de inmensidad
Y traen a su casa la felicidad plena que han encontrado.
Y la casa se cambia porque existe en algún lugar
La salida del sol en la llanura, y el mar.
Porque todo se abre a algo más amplio que uno mismo.
Todo se hace camino y ventana sobre algo distinto de uno mismo.”

Así describe Saint Exupèry, en su obra “Ciudadela”, a una persona en paz. Son aquellos que “sus corazones son lavados de la esclavitud de las cosas pequeñas. Entonces cargan provisiones de inmensidad”.
Y si. Si siempre nos preocupa una guerra posible en el mundo, más debería preocuparnos que, mientras esa “gran guerra” no aparece gracias a Dios, no veamos esas pequeñas guerras de nervios y tensiones en las que nos vemos sumergidos día por día.

No es fácil en la vida cotidiana encontrarse con almas pacificas y pacificadoras. ¡Cuántos viven con un alma construida de alfileres! Son las almas aún no se han limpiado de la esclavitud de los rencores, de los resentimientos, de los miedos, de las inseguridades....Son almas atadas a las pequeñeces y que para defenderse prefieren la violencia ofensiva como preventivo, transformando su vida y la de los demás en un pisoteadero de todos contra todos.


2. LA PAZ EN RETAZOS

Mientras sólo desparramemos la paz en pequeños retazos, prepararemos un mundo donde el prójimo resulta únicamente ser el límite de nuestra pequeñez. Y la paz se retacea cuando:

retaceamos la sonrisa,
acentuamos nuestro tono,
usamos la espada en el humor,
reavivamos nuestras viejas heridas,
ensuciamos la memoria,
confundimos firmeza con intransigencia,
priorizamos nuestras ocupaciones,
privatizamos los triunfos y globalizamos nuestros fracasos,
no reconocemos el derecho a la equivocación
y cuando libreamos de una estampida nuestro propio egoísmo.

Habría que comenzar por curar las almas, sanear los corazones, aprender que nadie puede traernos la paz sino nosotros mismos y comprender que las únicas armas que combaten por la paz son: un alma grande y el perdón que, cuando se juntan, producen la ternura. Por eso cuando encuentras a alguien que te ama, es más útil para la paz que miles de pancartas y más efectivo que todas las manifestaciones antibelicistas del mundo.
Saldrá poco a poco. Quizás con una diminuta percepción al principio, pero ¡Qué efectos en la forma de vivir!. García Lorca decía:

“Las alamedas se van
pero dejan su reflejo.

Las alamedas se van
Pero nos dejan el viento.

Pero han dejado flotando
Sobre los ríos, sus ecos.

El mundo de las luciérnagas
Ha invadido mis recuerdos.

Y un corazón diminuto
Que va brotando en los dedos”.

La paz no se da en retazos: eso sería recortar y cercenar el propio corazón.
No es posible vivir esquivando la vida. El día en que un alma se convierte en un armario en el que la sonrisa, la dulzura, la belleza y las esperanzas, están encerradas con llaves, es el día en que se comienza a ver pasar la paz por la vereda de enfrente. Las personas deberíamos jugar un campeonato de cariño, donde no nos mintamos para que no tenga victoria la guerra del enfrentamiento y la soledad.


3. LA PAZ TIENE COMIENZO

Sí lo tiene. Y es un camino. Los hombres medievales comparaban la consecución de la paz con la experiencia de una peregrinación. Ya Santa Elena le pide a su hijo, el emperador Constantino, el permiso para peregrinar a Tierra Santa. Trae como su trofeo de su andar, la “Vera Cruz”, la que tuvo el peso del cuerpo Redentor.
El camino a Santiago fue la receta de millones de cristianos que, salidos desde todos los puntos cardinales de Europa, pasaban penurias para llegar a la tumba del apóstol Santiago, en Compostela. Y cuándo llegaban ¿Qué encontraban?: Que el camino mismo era la meta. Que no había milagros afuera, porque el cambio se había producido en su interior, como si fuera cierto aquellos de que “se hace camino al andar...”.

El comienzo de la paz reside en observarse a sí mismo en forma auténtica. Muchos de los que nos quieren nos ven con ojos de cariñosos dicen cosas agradables y sus palabras resultan estimulantes. Pero hay que tener el coraje de verse con los propios ojos. Mientras permanecemos ciegos a la propia verdad, nos seguiremos devaluando sin querer. El primer tramo del camino es observarse tal como uno es; de la misma manera como Santa Teresa, en sus “Moradas”, encontraba las alimañas en la primera habitación de su “Castillo interior”.
Derriba tus muros, limpia tus espejos, escudriña tu corazón. Pregúntate cuántos resentimientos han levantado alrededor de él un telón de acero. Si logramos arrancarnos esa falsa careta habremos salido del terrible castigo de no vernos tal cual somos, y podremos ver entonces el verdadero sentido del “Señor, que me conozca a mi, para que te conozca a Ti”, de San Agustín de Hipona, entrando sigilosamente con la escafandra de la esperanza.

Después de esta primera etapa, transcurre la segunda: el coraje de recibir todo el amor que llega a uno.
Cuenta en sus “Memorias” el rey Balduino, de Bélgica, que una vez visitó protocolarmente al presidente Sandro Pertini, de Italia. “Sentía el deber-dice- de decirle a aquél viejo socialista que yo había rezado por él para que tuviese la fuerza y la luz para cumplir su misión. Se mostró muy conmovido por ello. Mientras conversábamos, aumentaba mi afecto por aquél hombre valiente y honesto, tanto que tenía ganas de abrazarlo, pero no me pareció oportuno decírselo. Luego, cuando ya me iba, en el momento de abrir la puerta de salida, fue èl mismo quien me llamó y me dijo que quería darme un abrazo. Lo estreché fuertemente en contra de mi y comprendí una vez más que el amor viene del Señor y que es maravilloso dejarse guiar por él”.

Dejarse amar. Allí adentro, en lo más profundo de nuestros corazones, hay un sitio parecido a un río turbulento y ese lugar nos da miedo. Pero no debemos temer: cuando uno se deja amar, ese río se transforma en tranquilo y pacificador.
Sólo así es posible vivir: bajar con frecuencia al fondo oceánico del alma, para que las piezas dispersas de la vida vayan encajando unas a otras por el “pequeño” detalle de dejarse a mar, asimilando la existencia, el gozo de ser, redescubriendo hasta qué punto es verdad que los esencial está en querer y dejarse querer, por Dios primero y por todos los que quieran hacerlo después.

La próxima etapa consiste en dejar que las cosas profundas se comuniquen con lo más profundo de nosotros mismos. La naturaleza, creada por Dios, y nosotros, estamos ligados de tal manera que cuando la luz de uno se apaga queda el otro también a oscuras. Dios, el hombre y la naturaleza estamos unidos en la realidad. Los tres tenemos autonomía, pero si nos pensamos separadamente, se produce entonces el vacío y la violencia. Se puede pensar a Dios en sí mismo, al hombre en sí mismo y al mundo en sí mismo. Pero los tres son tan profundos que sólo dejan de ser abstracción y vuelven a ser realidad cuando se comunican íntimamente en nuestro interior.
Somos artistas en separar las cosas. A veces nos parecemos a esos chicos malcriados que no intervienen en un juego si lo hace éste o aquél. Tenemos la habilidad de dividir la vida en las cosas cotidianas de las de Dios. Sin embargo, Leonardo da Vinci, por ejemplo, pintaba frescos, construía acueductos, planeaba máquinas voladoras y ejercía de notario de la Señoría de Florencia todo a un mismo tiempo; Descartes y Pascal escribían sobre filosofía y matemáticas; Neruda discurría entre la política y la poesía, también al mismo tiempo. En cambio, hoy el hombre moderno le pregunta a otro: ¿A qué se dedica?, porque tiene en su mente la cultura de la especialización, de la separación. Sorprendería si alguien respondiese: “ Me dedico a vivir”, y más sorprendería si la respuesta fuese: “Me dedico a vivir como Dios manda: uniendo mi interior al de Dios, y a Dios con el mundo”. “Dios mío y todas las cosas” decía el sabio Santo Tomás de Aquino” .
Si usásemos la proporción de los vasos comunicantes, no daríamos vueltas como a una noria para encontrar la verdad, sino que habríamos logrado una victoria silenciosa:

que en lo más profundo de nuestro ser, las cosas de adentro
iluminasen a la aldea de mi diario vivir.

Y por fin viene la última etapa: la empecinada convicción por unir, por construir puentes, no sólo por no separar-que es ya un logro inmenso- sino por la búsqueda incansable de la comunión, de la propia alma con Dios, de los otros con Dios, y de todos nosotros entre sí. “Para que todos sean uno” reza Jesucristo en el evangelio de Juan.
El escándalo de la desunión, la ausencia de la paz, sólo se combate con el martirio de la paciencia.
La peste de la soledad y el odio, el aislamiento que produce la continua sospecha, tiene cura en el reino de la comunión. Buscarla y amarrarla como la mano del náufrago se apropia de la madera que flota en un mar embravecido.
Una vez una chiquita escribió a su confesor:
“Mi padre se emborracha siempre porque no tiene trabajo y mi madre sale por eso todas las noches. Ahora estoy interna en un Instituto,
El único que me quiere bien es un pececito que tengo dentro de un frasco y que coloco siempre cerca de mi, también cuando duermo por la noche. Pero la celadora me dijo que no puedo ya tener más al pececito y entonces, de noche, duermo con el frasco del pececito en mis manos, porque tengo miedo de despertarme y no encontrarlo más. Ayúdeme, Padre, a que no me lleven mi pececito, porque si me lo llevan entonces ya no tendré a nadie a nadie que me quiera”.

Si aprendiésemos a mejorar el mundo rellenando las zanjas del rencor y construyendo puentes sobre los que están separados, lograríamos, al menos, la paz en nosotros mismos, que es mucho decir.


4. CAMBIAR DE AGENDA

Al llegar a fin de año debemos cambiar de agenda. Es un acto que parece sin consecuencias y lo hacemos casi sin darnos cuento. ¡Pero cuánto valor tiene!. Pasar fechas de cumpleaños, organizar el año, señalar circunstancias, es la labor de cada enero.
Y la pregunta es ahora: ¿Por qué no cambiamos también la agenda del alma?. Si la paz es la tranquilidad en el orden ¿Por qué no cambiamos el desorden por la paz?,
Será necesario tachar “fechas inútiles”, rencores de hechos que “ya fueron”, organizar el presente y no el futuro, y recordar que “sólo por hoy basta”.
Un amigo me contó que, estando en Tierra Santa, encontró un pastor beduino sentado al borde de la ruta. Mi amigo, con mentalidad de agenda vieja, le preguntó:

-¿En qué piensas en todo el día?
El hombre le dijo:
-En Dios y en mis ovejas.
Y mi amigo, volvió con otra pregunta:
-¿Y qué vas a comer esta noche?
A lo que el pastor respondió:
-Necesito saber, antes que nada, si viviré hasta esta noche, y entonces es demasiado temprano para pensar qué voy a comer si llego.

El orden es poner cada cosa en su lugar. Si no tenemos paz es que hay algo que debería ordenarse; si nos dan paz es porque nuestras ventanas del almas están tapiadas por ladrillos de inseguridades y clausuradas por el bostezo del aburrimiento. Nos aterra pensar que en Belén, la cuna de la paz, hay gente que se odia y que busca matarse mutuamente. Pero, sin embargo, dejamos que en la cuna de nuestro corazón, las pasiones rieguen el diario vivir, como la lava de un volcán se vuelca en las laderas y nosotros permanecemos sentados al borde del terremoto.

¡Cambiemos la agenda del alma!. La paz merece su espacio. Si la paz fracasa, es el mismo hombre quien fracasa porque la violencia es la patología de las relaciones humanas. Si empezamos el año entronizando infidelidades al orden, terminaremos la agenda con la misma miopía cotidiana sobre los valores que deberíamos ver, aunque sea con la lupa del deber.

Y nada de hacernos una agenda provisional. Cambiarnos por un tiempo solamente es tan ridículo como tener un amor provisional. Un amor podrá ser débil o cobarde, pero lo que no podrá ser nunca es que sea provisorio, por un tiempo, porque si es provisional entonces no es amor, sino entusiasmo. Debe ser con opción definitiva. El árbol cambia cada otoño sus hojas y las nuevas que brotan serán definitivas para toda la estación.
Por eso se hace tan importante comenzar a aclararse los valores, a cambiar de agenda. Presentarse cuáles son verdaderos ejes de nuestra vida, porque si invertimos la pirámide de los valores, en lugar de conseguir la libertad seremos aplastado por su enorme peso.


5. ENVÍO

Y así, en el mismo momento, al ordenarse, al cambiar la agenda del alma, la paz no será una utopía, sino una cultura de vida. Y comprenderemos el por qué Saint Exupèry escribió:

“Conozco a os que buscan el mar
al paso lento de sus caravanas,
y que necesitan el mar. Y cuando llegan se maravillan
Y sus corazones son lavados de la esclavitud de las cosas pequeñas.
Entonces cargan provisiones de inmensidad
Y traen a su casa la felicidad plena que han encontrado.
Y la casa se cambia porque existe en algún lugar
La salida del sol en la llanura, y el mar.
Porque todo se abre a algo más amplio que uno mismo.
Todo se hace camino y ventana sobre algo distinto de uno mismo.”

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Padre Ariel Busso

 

 

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