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LA NAVIDAD DESDE MI BARCA



“¡El sol por los aromos florecido!.
Y sobra para estar agradecidos
de ser exactamente como somos."
(Jorge Vocos Lescano)



EL ANUNCIO

El mensajero que llega de un campo de batalla a la plaza principal de una ciudad, no empieza a narrar ordenadamente de qué modo se desarrollaron los hechos desde el principio hasta el fin. No se detiene en los detalles, va derecho a lo esencial. Proclama rápidamente, con pocas palabras, la noticia más urgente y la que todos esperan, dejando para después todas las otras explicaciones.-
Si se venció en la guerra, grita solamente: ¡Victoria! ¡Victoria!.- Si se terminó la guerra grita solamente: ¡Paz! ¡Hay paz!.- Contaban los que la vivieron que cuando terminó la segunda guerra mundial llegaban los soldados gritando: ¡Armisticio! ¡Armisticio!.- Esas palabras fueron de una casa a la otra, de un pueblo a otro, de la ciudad al campo. La gente se abrazaba en las calles contentos por la noticia: ¡Armisticio! Que significaba el fin de la guerra. Nadie preguntó por los detalles porque sólo interesaba lo más urgente: la posibilidad de seguir viviendo.-

Así, con esta urgencia de anunciar lo que es necesario para seguir viviendo, se anuncia muy sencillamente el nacimiento del Redentor:
En Belén, en un pesebre, de una Virgen, por cuestiones de un censo, nació Jesucristo. Los pastores lo veneraron y los ángeles lo alabaron.
Así nomás es el anuncio. El evangelista Lucas no relata mucho, sólo proclama. En la proclama las palabras anuncian el hecho esencial. Los detalles vendrán después (si es que son necesarios).

Así es el anuncio de la Navidad: lleva pocas palabras. Hablar de ella es como hablar de la paz, donde lo importante ocurre entre bambalinas.
La Navidad es como el aniversario de la Humanidad; y “humanidad” tiene pocas palabras aunque tenga mucho que decir.

SI DIOS SE HA HECHO HOMBRE . . .

Esto es lo que creemos los cristianos: que Dios se ha hecho hombre. A uno se le termina la lógica, se le descalabran los conceptos cuando creemos en esta frase: “Dios se hizo hombre”.
En realidad, una persona cualquiera tiene todo el derecho del mundo a creer o a no creer que Dios se haya hecho hombre. Pero lo que no tenemos derecho los cristianos que sí creemos en eso, pronunciar “Dios se hizo hombre” con la misma cara de aburrimiento con que se mira el capítulo repetido de una novela. Hasta Ortega y Gasset admiraba este misterio y decía:
“Si Dios se ha hecho hombre, es que ser hombre es lo más importante que se puede ser”.
Y es cierto: puede ser que el alma del hombre no valga mucho más que un soplo que su cuerpo desaloja, pero en todo caso es un alma “capaz de Dios”. Y entonces de un recipiente, se valora todo aquello de lo que es capaz, aquello que puede caberle dentro.
Si Dios se hizo hombre mi cuerpo está estirado. Belén me agranda; el pesebre es mi liberación.
Si creemos esto: ¿Cómo es posible reducir “se hizo hombre” a sólo una palabrería entre bostezos?.
Si “Dios se hizo hombre”, como dice el Evangelio - y repito como creemos los cristianos – entonces quiere decir que mi cuerpo tiene vida. Y un hombre está verdaderamente vivo si es capaz de cumplir cuatro condiciones:

El primero, si tiene un ideal, si tiene un sueño, si es capaz de albergar una ilusión. Esa ilusión debe ser mucho, pero muchísimo más grande que nosotros mismos. Ese ideal nos debe superar en anchura, el altura, en largueza y en tiempo. Un sueño que sólo pueda conseguirse con concentración y tensando todas las líneas para su logro.

El segundo: si ese ideal, ese sueño, ocupa más horas de mi vida que los otros ideales, que mi trabajo y que mi descanso mismo. Uno se da cuenta que está vivo en serio, si ese ideal, esa meta, es la que me lleva más tiempo que todas las otras cosas que hago.

El tercero, es crecer siempre, vivir creciendo. Nadie puede abdicar, nadie: ni en la adolescencia ni en la vejez. Vivir es seguir creciendo porque nadie tiene el derecho a jubilarse de vivir. El que cree que ha llegado, empieza desde ese mismo día a condenarse a morir.

El cuarto es que si estamos vivos, siempre es suficiente para entregar esa vida a los demás. El que sólo se realiza a sí mismo se momifica. La vida se comparte y se reparte. Cuanto más se entrega uno más vida tiene. El Dios que se hace hombre es vida porque se entrega; por eso vive para siempre.

Es hermoso vivir, seguir viviendo, ir descubriendo nuevos rostros con el corazón. ¿Cómo es posible entonces bostezar mientras llego al misterio “Dios se hizo hombre”?.
Una anciana, escribió su experiencia y su deseo desde su barca en retirada:
“No pretendo ser perfecta, pero sí quisiera ser una vieja que no saque de quicio a todo el mundo, que no exaspere a los demás;
no aspiro a ser una santa, pero sí una anciana que no se crea infalible, ni viva de quejas ni temores.
No pretendo cambiar a esta altura mis patrones de vida, pero sí convertir los años en espíritu en un río que fluya la dulzura; convertir las canas en acierto y que fluya el consejo; convertir las arrugas en sonrisa y reflejar lo que lleva adentro.
Abrir paso a la precipitación de los demás para que me perciban lo menos posible y no llegue a ser un estorbo.
No quiero interferir en el camino de la juventud siempre con una censura y un repudio.
Quiero admitir los atenuantes que tienen para sí y comprender las buena obra que seguramente hacen.
No es posible hacer juventud con mi vejez pero sí aminorar mi alteración, mi irritabilidad, mi depresión, mi desasosiego, mi inevitable deterioro.
No quisiera brillar en el mundo, pero sí quisiera desde mi silla de experiencia dar alguna claridad, sin martillar sobre el valor de mi experiencia.
No pretendo llevar a nadie de la mano; cada cual debe caminar su propio destino; pero sí deseo ser un faro en silencio que no apague ninguna luz; ser una barca en retirada llena de historias, de relatos, de recuerdos que hablen, de miradas que descubran, de hechos que hagan pensar . . .
No hacer de mi vejez un lastre, pero tampoco una insignificancia, porque soy fruto que fue flor y camino que fue huella.
No quiero vivir en la oscuridad de lo inservible, sino estar de pie con la luz de mi Fe para morir iluminada e iluminar a los demás.”

Del mismo modo como reflexionó esta mujer, hay una sola cosa de la que estoy seguro: que sólo me salvaré amando. Y que los únicos trozos de mi vida que habrán estado verdaderamente vivos durante mi existencia, serán aquellos que invertí en querer y ayudar a alguien. Los demás trozos engrosarán la monstruosa concentración de soledades que destiñen, por la falta de ternura.


UN REGALO SIN ENVOLTURA

La actual basílica de la Natividad en Belén, esa que dio tanto que hablar hace poco tiempo, donde cuarenta frailes franciscanos quedaron atrapados por el odio incomprensible entre dos enemigos, tiene una puerta muy pequeña como entrada principal. En aquella puerta, de sólo un metro veinte de altura, solamente los niños pueden entrar sin agacharse. Los que explican el por qué, dicen que esa entrada se hizo así en la edad media, para evitar que los moros entraran al templo a caballo aterrando y matando gente cristiana en oración.
Pero creo que la razón profunda se descubre en el interior de cada uno: a Dios se llega de dos maneras:
O siendo niño
o agachándose mucho.
A Dios no se llega estirándose sino empequeñeciéndose, porque Dios no tiene más entrada que la pequeñez.
La Navidad es ante todo, un misterio de la infancia, por eso es sagrada:
Navidad son los días en que cada hombre resucita dentro de sí lo mejor de sí mismo: su infancia.
Se cuenta que el gran escritor francés George Bernanos, cuando era niño y llegaba la Navidad, sentía una profunda pena por el apóstol Judas, traidor de Jesucristo. Dedicaba los ahorros de alcancía infantil a mandar decir Misas por el alma de Judas. Y como tenía miedo que los curas rechazasen semejante intención de Misa, les decía que sólo la ofreciesen por un “alma en pena”.
Bernanos lo intuyó, tal vez, pero aquellas Misas fueron ofrecidas por toda la humanidad. Ojalá pudiésemos sacar nosotros en esta Navidad, nuestra mejor infancia. Sin ambiciones.

“Un joven muchacho que estaba a punto de graduarse en la universidad, hacía muchos meses que admiraba un hermoso auto deportivo en una agencia de autos, y sabiendo que su padre podía comprárselo, le dijo que este auto era todo lo que quería.
Llegó el día de la graduación, y su padre lo llamó a que fuera a su oficina privada. Le dijo lo orgulloso que se sentía por tener un hijo tan bueno y le confesó con lágrimas en los ojos lo mucho que lo amaba. El padre tenía en sus manos una hermosa caja de regalo.
Curioso, y de algún modo decepcionado, el joven abrió la caja y lo que encontró fue una hermosa Biblia, con tapas de cuero y con su propio nombre escrito en letras doradas. Al ver esto, el muchacho tiró la Biblia y enojado le gritó a su padre diciéndole:
- ¡Todo el dinero que tienes y sólo me das esta Biblia!.
Y salió de la casa.

Pasaron muchos años y aquel joven se convirtió en un exitoso hombre de negocios. Tenía una hermosa casa y una bonita familia, aunque nunca más volvió a hablarse con su padre. Cuando se enteró que su padre, que era ya anciano, estaba muy enfermo, pensó en visitarlo. Pero antes de que pudiera partir a verlo, recibió un telegrama donde decía que su padre ya había muerto y que había heredado todas sus posesiones, por lo que necesitaba urgentemente ir a la casa de su padre para arreglar los trámites de inmediato.
Cuando llegó a la casa de su padre, su corazón se llenó de tristeza y arrepentimiento. Empezó a revolver la caja fuerte de su padre, donde estaban todos los documentos importantes, y encontró la Biblia que en aquella ocasión su padre le había regalado.
Con lágrimas en los ojos la abrió y empezó a hojear sus páginas. Su padre cuidadosamente había subrayado el versículo once del capítulo siete de San Mateo: “Y su ustedes siendo malos, saben dar buenos regalos a sus hijos, cuanto más el Padre del cielo dará a sus hijos aquello que le pidan”.
Mientras leía esas palabras, unas llaves de auto cayeron de la Biblia.
Tenía una tarjeta de la agencia de autos donde lo había visto y al que tanto había deseado. En la tarjeta estaba la fecha de su día de graduación y la frase “totalmente pagado”.

¡Cuántas veces hemos rechazado y perdido las bendiciones de Dios porque no vienen envueltas en “paquetes hermosos como nosotros esperamos”! Sólo una vida sin ambiciones de esta clase nos podrá devolver la infancia para vivir la Navidad.


SI TODO LO REDUCIMOS A LO MATERIAL

Y volvemos al principio:”Dios se hizo hombre”. El anuncio de esta Navidad y de todas las Navidades es el mismo: “Dios se hizo hombre”. Y será el mismo hasta la consumación de los siglos, aunque los oídos de muchos sigan siendo sordos. Los hombres hemos invertido lo esencial: hemos reducido lo principal a lo económico.
Un conocido investigador americano, descubrió que el cuerpo humano ha subido de precio, como subieron las frutas, la verdura y el pan. Según sus valiosos estudios, el valor económico de las materias inorgánicas de las que estamos compuestos valían, en 1963, sólo noventa y ocho centavos de dólar. Hacia 1970 había subido a tres dólares y medio y con el reciente encarecimiento de los productos químicos quizá halla llegado a los cinco dólares. Es más o menos el precio de una comida. Ni más ni menos.
Nuestro cuerpo tiene las tres cuartas partes compuestas de agua, algunas grasas, un poco de hierro . . . pero valemos, según los cálculos económicos, apenas unos cinco dólares (y eso si estamos bien alimentados). ¡ A qué conclusiones se llega si sólo valoramos lo económico! Esas mismas conclusiones hacen jaque mate al materialista. El cálculo de un materialista concluye que valemos algo más que cinco dólares.
Sin embargo se pagan millones por el seguro de las piernas de un jugador de fútbol o por la garganta de una soprano. Y es que si el cuerpo – el mismo cuerpo en el que Dios se hizo hombre – lo redujésemos a lo material, al valor económico sólo valdríamos eso, cinco dólares. Algunos miserables de la India, cuando se ven morir, venden su esqueleto por unas pocas monedas para que se los paguen a su familia después de su muerte. Es toda su herencia.

Pero Dios se hizo hombre, y al hacerse hombre subió varios escalones al mismo tiempo y no dejó reducir el cuerpo sólo a lo material. Valemos mucho más que cinco dólares. Valemos lo que vale la vida de un Redentor, engendrado en el seno de una Virgen y muerto y resucitado treinta y tres años después.
Todo hombre es un tesoro único para alguien y para algo. En cada uno de nosotros hay un don que tal vez sea inconcluso pero que es seguro. Niko Kazanzatzakis se atrevía a creer que el hombre lleva el amor en su cuerpo y que lo lleva “como una gran fuerza explosiva”, envuelta en nuestras carnes – decía – en nuestras grasas, sin saberlo. Y así lo deja perder poco a poco, lo deja a su vez convertirlo en carne y grasa.

Cuenta el Card. Van Thuan, que un hombre le contó esto:
Estaba sometido a una reeducación comunista en un campo. Entre los detenidos había un hombre de unos cuarenta años de edad. Sabía que era un monje del Císter. Era para nosotros un ejemplo de paciencia, de resignación, de amabilidad y de servicialidad . . . Un día se me acercó y me dijo:
- ¿Usted es católico?
- Sí- le respondí.
- ¿Sabe que fiesta es hoy?
- No - le dije.
- Es Navidad ¿usted estará pensando mucho en sus recuerdos de Navidad en familia?. Venga – me dijo – vamos a celebrar la Misa de Navidad en aquel agujero de allá abajo.
Era un hoyo formado por unas elevaciones del terreno a ambos lados.
Allí sacó un frasco con unas gotas de vino en el fondo, y un poco de pan. Y ofreció el sacrifico eucarístico. Después de pronunciar las palabras de la consagración elevó la Hostia . . . su rostro resplandecía. Su fervor angelical me sedujo . . . comulgamos . . . emocionado caí de rodillas.
Cuando volvimos al grupo, un soldado se acercó a nosotros y preguntó:
- ¿De dónde vienes?
El respondió:
- Hoy es Navidad y hemos rezado un poco.
El soldado le administró una tunda de latigazos y se lo llevó. Yo nunca he olvidado esa Misa de Navidad bajo un cielo nublado y frío, aquella consagración pronunciada por un sacerdote esbelto, pero vestido de harapos que levantaba el viento invernal; su fervor me caldeó el corazón . . . fue la mejor Navidad de mi vida y jamás la olvidaré.


QUEDA PROHIBIDO EN ESTA NAVIDAD

Por eso queda prohibido en esta Navidad toda disconformidad de lo que podría haber sido pero no es. La vuelta a la realidad es siempre la conclusión de una infancia espiritual.
Una campesina, a la que su actividad de fregona de cocina impedía su presencia en la Misa navideña, su misma pequeñez le hacía rezar de este modo:

“Señor, dueño de las ollas
y las cacerolas
no puedo ser la santa
que medita a tus pies
ni puedo bordar manteles
para tu altar

Haz entonces que yo sea santa
junto a mi cocina.
Que tu amor encienda la llama
que he encendido.
Tengo las manos de Marta
pero quiero tener el alma
de María.

Cuando friego el suelo
lava Señor mis pecados;
cuando pongo la mesa
come Tú también Señor,
junto a nosotros.
Es a mi Señor a quien sirvo,
al servir a mi familia”.

Queda prohibido en esta Navidad, llorar sin aprender, levantarse un día sin saber que hacer, tener miedo a los recuerdos.
Queda prohibido no luchar por lo que quieres, abandonar por miedo, no convertir en realidad los sueños.
Queda prohibido no demostrar tu amor, hacer que otros paguen tus dudas y tu mal humor.
Queda prohibido no intentar comprender a las personas, pensar que sus vidas valen menos que la tuya, no entender que cada uno tiene su camino y su dicha.
Queda prohibido no ser tu mismo ante los demás, fingir ante los otros que no te importan, hacerte el gracioso con tal que te recuerden.
Queda prohibido no dar gracias a Dios por tu vida y por aquellos que te quieren. Y por los que no te quieren.
Queda prohibido no buscar tu felicidad junto con la de los otros. Queda prohibido en no pensar que podemos ser mejores aun, y que sin ti este mundo no sería igual.


DIOS SALVA A LAS COSAS QUE SON CON LAS QUE NO SON

En toda vida humana hay acciones buenas: aun en el caso de que, al término de una existencia lo que debía ser mies es campo de espinas y zarzales, hay un cegador celeste que recoge el puñado de buen grano que haya podido crecer en la maleza. Dios cuenta de manera distinta que el hombre. Dios es el único que descubre esas parcelas de bondad que se entreveran en toda la vida: nada está perdido. La más pequeña lágrima basta; el más superficial movimiento de caridad es recibido por Dios como si emanaran de las aguas profundas de nuestra alma. Somos tan pobres y tan pocos responsables que nos descorazonaríamos si Dios no trastocara las perspectivas y no recogiera nuestras menores partículas de virtud para inclinar la balanza. Hasta los grandes hombres no están al nivel de la grandeza más que durante escasos minutos de su vida.
Escribía el buen rey Balduino de Bélgica, apenas unos días antes de su muerte, en febrero de 1992:
“Señor, estoy cansado, no puedo reposar durante la noche y durante el día no vivo lo suficientemente abandonado en Ti. Por eso me siento tensionado y desequilibrado, Señor enséñame a vivir con sabiduría para no perderte de vista. Enséñame a adorar al Padre en tu adoración. Enséñame a dejar guiarme por mi Madre y mi Reina, la Virgen, y de permanece allí en el silencio interior y el abandono total”.

Pero Dios se sirve de las cosas que no son, para salvar a las que son. Una cosa que no era, el pesebre, a salvado el mundo. ¿Qué era el pesebre antes de que Cristo viniera al mundo, antes de que Dios se haya hecho hombre?.
Por este solo hecho hay minutos de nuestra vida en que realizamos actos tan sobrenaturales como los de los demás grandes santos. Un acto de caridad, un solo acto de caridad por estas cuatro palabras – “Dios se hizo hombre” – contrapesa años de tibieza.
Este es el misterio de la Navidad.
Y este es el secreto.
Y porque “Dios se hizo hombre” la única puerta que no debe cerrarse esta noche ni nunca, es la del corazón, porque allí adentro Dios rescata lo único rescatable que en definitiva hay en nosotros:
los genuinos sentimientos de caridad

 

 

 

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