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HEMOS CREÍDO EN EL PERDÓN

 

por el Pbro. Dr. Ariel David Busso

 

1. PARA EL PERDÓN: COMPASIÓN

 

Compasión, en su sentido más profundo, nos es una simple piedad, sino un compartir una pena, una especie de unión.

Tampoco es un mero sentimiento. Se expresa en la acción.

Significa participar de la misma pasión, aceptar en el corazón de uno el dolor del otro.

     Tu dolor me cuestiona

     afecta mi propio sentir

Tal vez no alivie mi dolor, pero al comprenderlo y compartirlo, le hacen posible soportarlo con dignidad y, tal vez, te ayude en tu propia superación.

2. Dicen que una vez mi maestro sabio reunió a sus discípulos y les propuso una pregunta:

   - Díganme ¿Cómo saben que hay bastante luz para poder ver?

Después de una pausa, uno de los discípulos dijo:

   - Maestro, hay bastante luz para ver, cuando al amanecer, mirando hacia el campo, puedo distinguir un roble de un olmo.

El maestro hizo un gesto negativo con la cabeza.

Entonces, otro discípulo sugirió:

   - Tal vez Maestro, cuando en la niebla de la mañana puedo distinguir los corderos de los niños que juegan juntos en la pradera. Entonces hay bastante luz para ver.

Tampoco estuvo de acuerdo el maestro.

Por fin, un tercer discípulo dijo:

   - ¡Ya sé! Cuando miro el río de madrugada y puedo ver que se mueve la corriente, entonces hay bastante luz para ver.

El maestro, alzó lentamente su mirada y dijo:

   - No, no es, pero se lo diré: cuando miro a los ojos de otra persona y la reconozco como mi hermano o mi hermana. Entonces hay bastante luz para ver.

Si sólo miro con ojos piadosos, aún no tengo luz para ver con compasión.

    "Por más que miran no ven"

                                       dice Jesús en Marcos 4, 12

Cuenta León Tolstoi, el gran escritor ruso, que paseando un día por una calle, delante la hambruna que acompañó a la guerra, se topó con un mendigo. Tolstoi hurgó en sus bolsillos algo para darle a aquel hombre. Pero estaban vacíos. Movido por la compasión, abrazó al mendigo, besó sus hundidas mejillas y le dijo:

   - No te enojes conmigo, hermano, no tengo nada que darte.

El rostro macilento del mendigo se iluminó, dos lágrimas brillaban en sus ojos, mientras le decía:

   - Pero me abrazaste y me llamaste hermano, Esto fue para mí el mejor regalo.

      ¿Cómo podrá alguien compadecerse, si la tristeza, antes nunca empañó sus ojos?

      ¿Cómo podrá curar, una mano que nunca ha temblado de dolor?

      ¿Cómo podrá acertar una palabra, el que nunca se quebró por la amargura?

      Un corazón roto está más preparado para ayudar a los corazones destrozados.

      ¿Cómo podrá alguien curar, si antes no le han curado de sus penas?

      Sólo salva compadecerse de mí, alguien al que se han compadecido antes de él.

La compasión es ser "cálido": separa las cosas distintas, las heterogéneas, y sana a las iguales, las homogéneas.

La más sincera compasión es la que ejercen los ojos y el cuerpo, las manos y los brazos, cuando el pie se lastima, los ojos acuden inmediatamente a explorar la herida, el cuerpo se dobla, las manos ..., los brazos se estiran.

Compadecerse es meterse en la piel del otro. No hasta la piedad al que sufre, sino que es necesario descender hasta el dolor del otro. Compasión es "padecer con". El amor cristiano no se contenta en hacer algo por el que sufre, sino que exige hacer, lo que sea, con el que sufre.

Sin compasión, no hay perdón. Sin perdón, la compasión es una simple piedad. Y los piadosos, no heredarán, de suyo, el Reino de los Cielos.

 

2. PARA EL PERDÓN, NO BUSCAR NI SIQUIERA LO QUE ES SUYO.

 

La caridad no es ambiciosa, dice San Pablo a los Corintios (1Cor 13,5). Da sin calcular retribución alguna. No existe entre los afectos humanos, uno que sea tan limpio y tan magnánimo como esta forma de amar:

     "Han recibido gratis, den gratis", dice Mt 10,8

     "A tu resplandor me entrego

      igual que el ciego a la mano;

      se siente tu claridad

      hasta en los ojos cerrados ...

      Por tanta luz tú no puedes

      conducir a nada malo.

      Con mi vista, que te mira,

      poco te doy, mucho gano",

decía Pedro Salinas.

El perdón no reclama amor a cambio del amor que ofrece.

      "No busco dádivas, sino que busco fruto que produzca interés en nuestras cuentas", le dice San Pablo a los Filipenses (1Fp 4,17)

Sólo perdona, no pide. Y cuando uno nada pide tiene siempre razón. No hay hombre o mujer que lleve más razón que aquel que es capaz de perdonar sin pedir nada en cambio.

Me enojé con mi hermano

y no sé por qué.

Una cosa llevó a otra,

y acabamos distanciados.

El comienzo fue suave

y el final fue muy duro.

Decía que él tenía razón

¡Y yo sé que no la tenía!

Nos odiamos mutuamente.

Fue aquella una tarde negra.

Pero, de pronto, mi hermano

me dió una palmada en el hombro,

y me dijo, ¡Pero venga hombre!

¡No hay porqué seguir así!

Quien se equivoca soy yo.

Y, entonces, él tuvo razón.

Tener confianza en esta forma de amor, que no pida ni siquiera lo que es suyo. Tener confianza en su aparente fragilidad, en sus débiles manos, en esas semillas tan pequeñas sembradas aquí y allá: El espíritu que mueve este amor para el perdón transforma el mundo.

El perdón que reclama lo suyo, hiere. T sus heridas suelen ser más profundas que el no perdonar. Decía San Agustín: "Se puede ser muy cruel al perdonar, cuando se perdona desde arriba, desde la dignidad del ofendido"

 

3. PARA EL PERDÓN: ABAJO EL EGOÍSMO

 

El perdón es un amor entero y verdadero. Sólo se da cuando hay "un corazón noble y generoso", dice San Lucas (8, 15).

Se exige un corazón de hierro y de miel. El corazón debe al que perdona. Es seguro, como el hierro y blando como la miel. El inseguro no perdona, aún no ha licuado la piedra de su corazón. Pero ¡Cómo se disculpa a si mismo!:

"Cuando el prójimo tarda mucho tiempo en hacer algo, es que es lento. Pero cuando me toma tiempo para hacer alguna cosa, es que soy reflexivo y conciente.

Cuando el prójimo no lo hace, es que es un vago. Cuando yo no lo hago, es que estoy muy ocupado.

Cuando el prójimo lo hace sin que se diga: es que es un metido. Cuando lo hago yo sin que me lo digan, es que tengo iniciativa.

Cuando el prójimo no le gustan mis amigos, es que tiene prejuicios. Cuando a mi no me gustan los suyos, es que tengo buen juicio.

Cuando el prójimo mantiene fuertemente su opinión, es un terco. Cuando yo mantengo fuertemente la mía, es que tengo firmeza.

Cuando el prójimo se fija en pequeños detalles, es que es un maniático. Cuando yo me fijo en detalles, es que soy cuidadoso."

 

Aquel que le cuesta perdonar es que no se conoce a sí mismo.

El mundo no se divide en egoístas y generosos, sino en egoístas que se rebozan de su propio egoísmo y egoístas que luchan por salir de él, aún sabiendo que pagarán caro el precio de esta lucha. Pero "cada uno recibirá su recompensa conforme a su trabajo" dice San Pablo a los Corintios (1 Cor 3, 8).

 

4. Confieso que no es fácil hablar del perdón:

 

Sólo se perdona, y punto. Hablar de él es como tener un cuadro pintado de blanco en una pared blanca, sólo lo diferencia el marco. El perdón sólo existe al perdonar.

Si nos preguntáramos:

     ¿Cuál es la diferencia

       entre uno que predica el perdón

       y uno que practica el amor?

Deberíamos contestar:

       El que lo predica usa una antorcha

       iluminar el camino;

       el que lo practica: es la antorcha.

Así lo entendieron Zaqueo, la Magdalena, Leví, el buen ladrón, el hijo pródigo.

En adelante, como San Pablo a los Corintios:

      "De manera que desde ahora a nadie consideramos con criterios humanos" (2 Cor 5, 16)

porque curaremos las heridas, con el bálsamo del perdón.

 

 

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