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El Amor es Cristo Resucitado


por el padre Ariel Busso



Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Angel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos. El Angel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán". Esto es lo que tenía que decirles». Las mujeres atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán»
Mt 28, 1-10

EL TEXTO

La Buena Nueva anunciada en la Misa de la Vigilia Pascual relata los primeros momentos de la Resurrección de Nuestro Señor.
El texto comienza diciendo que “Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana”, indicando de ese modo que la escena sucede cuando la Resurrección recién buscaba su Eterna huella.
¿Cuál fue la hora exacta? Por la forma de expresarlo, los evangelistas usan una cita usual aproximativa. Mateo dice que era “al amanecer del día”; Marcos y Lucas dice: “muy de mañana”, aunque Marcos agrega que “ya salido el sol”. Juan, en cambio, parece precisarlo más: Magdalena viene a visitar el sepulcro “de mañana”, pero “cuando había tinieblas”.
En todo caso, al comienzo de abril el sol se levanta en Jerusalén antes de las seis de la mañana: es hacia esa hora donde se desarrolla el acontecimiento.

¿Quiénes fueron? Son mujeres. Mateo cita a “María Magdalena y la otra María”; las mismas que estaban sentadas “frente al sepulcro”, según él, en el momento de enterrar a Jesús. Curiosamente no se trataba de la Virgen, sino de otra María – el nombre de MARIAM era común – madre de dos seguidores de Jesús: Santiago y José.
Marcos deja, junto al sepulcro, a “María Magdalena y María la de José” mirando donde se ponía el cuerpo de Jesús, para venir luego a ungirlo. Y así, pasado el Sábado, pone en escena a “María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé”, que es la madre de los hijos de Zebedeo.
Juan considera explícitamente sólo a María Magdalena. Resalta su figura profética. Pero cuando ella regresa y le dice a Pedro que “se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” confirma que había ido al sepulcro con otras mujeres. El plural usado no es mayestático, sino porque a su persona hay que agregarle compañía.
Lucas dice que eran “María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban.” Juana sería la mujer de Cusa, administrador del rey Herodes Antipas.
En todo caso, conocemos por testimonio de los cuatro, que se trataban de un grupo de piadosas mujeres que seguían al Señor y lo ayudaban con sus bienes. Entre ellas la figura insignia de María Magdalena, resalta entre otras.

¿A qué fueron? ¿Cuál es la finalidad de la visita de esas mujeres al sepulcro? Según Mateo fueron para “verlo”, pero esta imprecisión del evangelista es aclarada por Marcos y Lucas que detallan que traían “aromas que habían preparado para ungirlo”. La rapidez con que se había enterrado el viernes el cuerpo del Señor debía de haber sido precipitada y provisional. Precisamente aquella tarde las mujeres, según San Lucas, “habían preparado aromas y mirra” para volver, pasado el reposo sabático pascual, a terminar aquella obra de amor a su Maestro.

Estas mujeres en una primera fase “entraron”, dicen San Lucas y San Marcos y al no hallar el cuerpo del Señor quedaron “perplejas”, según San Lucas. Estando así las cosas se presentaron “dos hombres” vestidos de blanco, con “vestiduras resplandecientes”. Mateo pone sólo un angel, porque lo conecta con la figura del “angel de Yahvé”, en el Antiguo Testamento. Mateo no es sobrio al describirlo como lo hacen los otros evangelistas, sino que lo describe con rasgos apocalípticos, como en el libro de Daniel. Esta es la finalidad de Mateo, cuyos primeros lectores eran judíos.
Todas las demás circunstancias y acciones que relata este evangelista tienen por finalidad preparar la escena “para cuando lleguen las mujeres”. Los vestidos blancos, el relámpago, el terremoto, son siempre frases y actitudes del género literario apocalíptico, tan común en algunas partes de la Biblia.
¿A qué hora resucitó el Señor? Su hora no se sabe. No se puede estrechar la aparición del angel con la ida de las mujeres al sepulcro. En todo caso, debió ser en la noche, a juzgar por las descripciones horarias que los evangelios dicen que las mujeres fueron, y que ésta había sido antes de su llegada.
Enterrado Cristo el viernes permaneció en el sepulcro ese mismo viernes, todo el sábado y resucitó el domingo. Los tres días de su anuncio se cumplieron. No hay que tomarlos como días de veinticuatro horas. Se trata de una expresión ya hecha – al tercer día – sin que requiera que sean días completos. Es un principio corriente que un día comenzando, o parte de un día, contaba para ciertas cosas como un día entero.

Las actitudes de las mujeres ante el sepulcro son descriptas por los evangelistas, de modo distinto. En Mateo, van – dice – “llenas de temor y gran gozo”. Cristo sale al encuentro y las saluda: «JAÍRETE» (alégrense), pero probablemente sea la traducción del hebreo SHALOM (paz).
El encuentro de Jesús con las mujeres fue, siempre según San Mateo, cuando éstas, después de recibir el mensaje del angel, corrían a contar esto a los apóstoles. Fue en el camino donde se apareció el Señor y no en el sepulcro. El camino es vida, el sepulcro es lugar de muerte. Jesucristo es vida.
Los relatos de los evangelistas difieren en detalles. Juan y Lucas hablan de una aparición privilegiada a Magdalena. Pero importan menos los detalles y es momento de resaltar la acción:
Cristo ha resucitado; al tercer día según las Escrituras y se apareció primero a las mujeres que habían ido al sepulcro para ungir su cuerpo: Cristo demuestra primero a ellas que ha vencido a la muerte.

EL MENSAJE

Vueltas y vueltas trae el texto. Y, al mismo tiempo, miles de mensajes. La lógica del tiempo a usar y la necesidad de vivir, nos pide que escojamos uno.
La resurrección, el triunfo sobre el mal, trae un solo mensaje:
“Amarás”.
La felicidad consiste en el amor.

Este mensaje casi podría formularse con las mismas palabras que enuncian la ley de gravitación universal. Con palabras técnicas, muy claras y precisas. De esta forma, digamos que el hombre tiende a la dicha con la misma necesidad con que todo cuerpo tiende hacia el centro de la tierra.
Después de andar en busca de la verdad, Simone de Beauvoir acabó confesando:
“Seguía deseando con pasión esa otra cosa que no sabía definir, porque yo misma le negaba la única palabra que le convenía: la felicidad”.

“Cada uno quiere conocer con profundidad creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que nunca de sí mismo”, dice la Constitución “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II.
A pesar de haber crecido en algunos la seguridad social, contrariamente la seguridad íntima decrece.
El hombre moderno está lleno, pero incompleto. ¿Dónde se hallan los verdes prados de la felicidad? ¿Felicidad es acaso equivalente a poder?
Lord Byron pone en boca de Caín que le pregunta a Lucifer:
- “¿Eres feliz?”
Y este responde:
- “No, pero soy poderoso”.
Este “pero”, sin duda adversativo, ¿Indicará alguna aproximación entre la felicidad y el poder?
No es así. Es sólo un espejismo. Si creo que en el poder está la felicidad, soy sólo un barco construido en el interior de una botella: adonde quiera que viaje, viajaré siempre dentro de mí mismo.
¿Cuál es el saldo de una felicidad buscada en el poder? Sólo la violencia.
La violencia es el producto del ideal del poder como presencia de la felicidad.
¿Y el placer? Siguen los hombres equivocándose, confundiendo el placer con la felicidad porque, en el fondo, confunden el cuerpo con el alma. El cuerpo, por fuera, es capaz de placer, pero por dentro desparrama un dejo de dolor y de muerte. El cuerpo puede otorgar placer, pero no regala dicha. Entre el placer y la dicha, media la diferencia que existe entre el tiempo y la eternidad. El tiempo no sólo es fugaz, sino superficial. La eternidad no sigue al tiempo; subyace en él.

Cabe, entonces, para la felicidad buscada, vivir un cierto ascetismo. Cabe encontrar el equilibrio, no por la vía de la satisfacción, sino por otra más viable y cotidiana: una cierta austeridad, una cierta renuncia a lo que se tiene. San Juan de la Cruz lo dice de muchas maneras para que no quede duda alguna:
“Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a gustarlo todo,
No quieras tener gusto en nada.
Para venir a poseerlo todo,
No quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
No quieras ser algo en nada.”
¿Significará esto destruirme? No. Simplemente crecer para ser. Sólo me desminuiré para ser otro, no para ser menos.
No seré el mismo y disminuido. Seré otro, más que el “yo” de ahora.

San Agustín, que conocía todos los mapas de la búsqueda de la felicidad, se expresaba así:
“No puede llamarse feliz el que no tiene lo que ama, sea lo que fuere;
ni el que no ama lo que tiene, aún cuando sea lo mejor”
Y recuerda sus experiencias lastimosas, en sus “Confesiones”:
“Qué era lo que me deleitaba sino amar
y ser amado? Pero no guardaba orden en ello.”
Cada uno de nosotros busca el objeto de su amor, como la sede de la felicidad, a semejanza del cantar de los Cantares:
“¿Has visto aquél que mi corazón ama?”
Yo, cristiano, se muy bien que ese Bien existe, porque el deseo aumenta, y argumentan así en su favor, como la existencia del ojo demuestra la existencia de la luz.

Por eso, gran favor ha hecho Dios que nada nos satisfaga por completo que no sea El.
Dios busca al hombre. Y el hombre sigue detrás de cualquier criatura, de dioses que no son Dios.
No se sacia: de ese modo ha construido sobre arena, ha escrito en el agua, se ha fabricado un estanque con agujeros, ha asaltado a un pordiosero…

Pero, por fortuna, Dios ha bajado al ruedo, se hizo carne, sufrió, murió y resucitó. La felicidad se hizo posible. El amor se hizo felicidad. Por eso ser feliz es amar. Y no otra cosa.
Es una verdad que nosotros no hemos inventado una verdad sin cenizas. Es un fuego incandescente:
Dios es amor.
Representa una larga declaración que Dios ha venido dando acerca de sí mismo y aunque la Biblia no dijera nada más de Dios, ello bastaría. Amor es el nombre de Dios. Quien la pronuncia designa a Dios.
Magdalena le dio un nombre a ese amor: le dice RABBÍ (Maestro). El Bien buscado, el Bien querido, la felicidad reposada, se le presenta a aquella mujer perdonada, con un nombre: MI MAESTRO. ¡Jesús!
Desde la Resurrección de Cristo, el nombre de la felicidad es el Amor hecho carne y resucitado.

San Ignacio de Antioquia dice que ese amor es “la dulzura que derriba al príncipe de este mundo”
Este amor tendrá consecuencias increíbles, distintas respuestas con matices casi infinitos:
Agradecer el bien recibido; provocar en el otro un deseo de darse más aún. Oscurecerse para que sus beneficios crezcan.
Rehusar toda venganza; remitir la justicia al Dios justo; implorar para el que hace el mal la clemencia del Dios misericordioso.
Entregar una capa si tengo dos; partir con el desheredado mi única capa. San Martín de Tours fue testigo de este hecho.
Ser padre para el huérfano; ser padre y hermano para el huérfano.
Ser lazarillo para el ciego. Ser luz para el ciego.
Ser rico para el pobre. Ser pobres para los que he hecho ricos.
Pedir pan para el que tiene hambre; pedir algo de hambre para el que tiene pan.
Ser fuerte para resistir; ser más fuerte para hacer el bien que el otro para hacerme mal.
No condenar al caído; no echarle en cara mi virtud.
No enriquecer mi persona pensando que la donación será más cuantiosa.

Juan XXIII recordando que la santidad del amor es el amor mismo, acuñó esta jaculatoria, uniendo el Amor resucitado con el hombre resucitado por el Amor:
“Concédenos, Señor, que por tu amor
nos amemos siempre los dos”.

Y, al final de todo, “no habrá más que un solo Cristo amándose a sí mismo”, al decir de San Agustín. Cuando el Amor que nació de Dios, mueva todo a Dios. Cuando el universo haya cumplido su destino.
Cuando se cierre el círculo.
Cuando acabe de cicatrizar esta llaga que es la vida.
Que así sea.


Pascua 2005



 

 

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