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Pbro. Dr. Ariel D. Busso
Santa Misa de Nochebuena
Navidad 2005
 


El Evangelio de la Segunda Misa de Navidad llamada “de la aurora”, nos muestra con los pastores y con María cuál debe ser la respuesta y la actitud frente al pesebre de Cristo.
Los pastores personifican la respuesta de fe ante el anuncio del Misterio. Dejan “sin demora” su rebaño, interrumpen su descanso; todo pasa a un segundo plano frente a la invitación de Dios.
María, a su vez, personifica la actitud contemplativa y profunda de quien, en silencio, contempla y adora el Misterio: “María por su parte – dice el Evangelio – guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.

Existen verdades y acontecimientos que se pueden describir mejor con el canto que con las palabras. Hay un canto Navideño en Italia, tal vez el más popular, que se llama “Tu scendi dalle stelle” (Desciendes de las estrellas), compuesto por San Alfonso María de Ligorio. En ese canto, la Navidad nos aparece como la fiesta del Amor, que se hace pobre por nosotros. El Rey del cielo, sigue diciendo el canto, nace “en una gruta en el frío y en el hielo” y, al Creador del mundo, le “faltan pañales y fuego”. Esta pobreza nos conmueve, sabiendo que “Amor se hizo más pobre”.
Con palabras sencillísimas, casi infantiles, el canto expresa la Navidad que el apóstol Pablo encierra en sus palabras en 2 Cor 8, 9: “Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por ustedes a fin de que se enriquecieran de su pobreza”.

Hay infinitas formas de pobreza que, al menos una vez al año, conviene recordar para no quedarnos siempre en la pobreza de los bienes materiales.
Existe la pobreza de afectos, de educación; la pobreza de quien ha sido privado de un ser querido, la pobreza de no tener el hijo deseado, la de ser víctima de la insolencia, del miedo a perder la seguridad, la pobreza de la desesperanza, de la pérdida de la alegría. La pobreza del orgulloso, del violento, del perverso, del ladrón.
Finalmente, la peor pobreza, es la pobreza de no creer, o de ofender la bondad de Dios.

La pobreza bíblica, además de un alejamiento de la posesión y de la acumulación, es una apertura al espíritu de Dios, al Misterio, al hermano.
El corazón no es solamente el sentimiento sino sobre todo la conciencia. Y el corazón humano, no es naturalmente puro, limpio. Son necesarios muchos días y muchas noches de dolorosa terapia para limpiar el corazón de la chatura del odio, del resentimiento, de la envidia, de la soberbia, de la intemperancia, de la malicia adquirida…
Por eso el silencio navideño, es el descubrimiento de una religiosidad de raíz, llega hasta la pasión, la espiritualidad, el empeño, la coherencia. Una religiosidad que no se contenta con alguna oración o una superficial beneficencia, sino que se irradia en la existencia, transfigurando días y horas, sonrisas y lágrimas, acciones grandes y gestos simples. Encierran el sentido y la fuerza de la cotidianidad.

Existen pobrezas, propias y ajenas, contra las cuales es necesario luchar con todas las fuerzas, porque son pobrezas malas, deshumanizadoras, no queridas por Dios, fruto de la injusticia de los hombres. Pero hay otras muchas formas de pobreza, que no dependen de nosotros. Es con éstas con quien debemos reconciliarnos, no dejarnos aplastar por ellas, sino llevarlas con dignidad, porque Cristo también eligió esa pobreza: allí hay un valor y una esperanza.

El canto de Navidad más conocido en el mundo entero: “Noche de paz, noche de amor”, dice originalmente, en alemán, “Stille nacht, hoeilige nacht”, que significa “Noche silenciosa”.
El texto original dice:
“Noche de silencio, noche sagrada
todo calla, sólo velan
los dos esposos, santos y piadosos.
Dulce y querido Niño
duerme en esta paz silenciosa”.

El mensaje de este canto no está en las ideas que comunica (casi ausentes) sino en la atmósfera que crea: una atmósfera de estupor, de calma y de silencio.
Nosotros tenemos una necesidad de silencio. El místico danés Soren Kierkegaard decía que “la humanidad está enferma de estruendo”.
La Navidad podría ser para algunos la ocasión para redescubrir la belleza de los momentos de silencio, de calma, de diálogo con su propio interior o con las personas con las que habita.
Un texto de la liturgia navideña, procedente del libro de la Sabiduría (18, 14-15), dice:
“Cuando un sosegado silencio
todo lo envolvía, Tu Palabra
omnipotente, Oh Señor, saltó
del Cielo, desde el trono real”.

San Ignacio de Antioquia llama a Jesucristo “la Palabra salida del silencio”.
También hoy, la palabra de Dios, desciende allí donde encuentra un poco de silencio. Un silencio que no es el sencillo callar – que ya es mucho – sino maravilla, estupor, adoración. Es un “silencio religioso, un estar dominado por la grandeza de la realidad”
Todo hombre es por esencia:
memorioso, sin atender su origen, su existencia no tiene espesor alguno;
es presentivo: se afinca en el instante y ama el tiempo que vive;
es futurizo porque cuenta con un porvenir, lo anticipa y lo proyecta.
La conjugación de estas tres dimensiones de la realidad personal (pasado, presente y futuro) le permiten tener tres actitudes correspondientes:
Memoria
Amor
Esperanza

Estas tres cosas le otorgan sentido a la vida humana y redime el tiempo, para que su vida no sea:
Una sola nostalgia del pasado
O una pura inmersión de lo presente
O una mera obsesión de su futuro (miedo o deseo)

En esta estructura de la existencia humana perfeccionándola y divinizándola, se insertan las tres virtudes teologales:
La fe
La esperanza
La caridad

Las tres nos ayudan en tiempos de soledad y en tiempos de compañía.

Hay una leyenda de Navidad que resume la pobreza y el silencio, las dos condiciones para comprender la fiesta de hoy:
Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Eso lo hacía permanecer en silencio. Cuando llegaron a la Gruta de Belén, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía como hacer para recibirlos a todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pobrecito con sus manos libres, le confió a él, un momento, tener a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna.
Es la suerte más hermosa que podría pasarnos también a nosotros: dejarnos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre y tan silencioso para que María, al vernos, pueda confiarnos también a nosotros a su Divino Niño.

Pbro. Dr. Ariel D. Busso
Santa Misa de Nochebuena
Navidad 2005
 

 

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