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Por el Pbro Dr Ariel David Busso
 

La gran novedad de la visión cristiana del pecado es la radical distinción entre pecado y pecador. Ese Jesús, cuya cólera vemos arder cuando toma el látigo en el templo o cuando condena genéricamente a los fariseos, se siente invadido por la ternura y la compasión cuando está frente a un pecador concreto.

Jesús revela al mundo una visión desconocida de Dios. Un Dios que acepta al mundo tal y como el hombre lo ha hecho con sus dolores, con sus lágrimas, con sus suciedades. Un Dios que acepta todo ese confuso montón de cizaña y buen grano, y se hace cargo de él.

Los griegos veían a sus dioses indiferentes, impasibles a la vida de los hombres. En Israel, Dios no se interesa más que por su pueblo, sin preocuparse para nada de los demás. Inclusive hoy, los hombres, por su propia naturaleza, no dan crédito a un Dios tal como Jesús lo presenta: un Dios cuya justicia y poder están siempre condicionadas por la ternura; un Dios en quien no existe más justicia y más poderío que el amor.

Hoy, la figura de Jesús pasa por las mismas vicisitudes que durante su dimensión histórica. Se encuentra entre gente que no comprende sus actitudes; que no comprende o no las acepta.

Hace 2000 años se entregó a los soldados, a los jueces del Sanedrín, al pueblo; hoy está en manos de novelistas sin imaginación, de comunicadores irónicos, de superficiales charlistas de sobremesa, de críticos sin conocimiento de historia verdadera. En realidad, si no se hubiera entregado también a todos estos, su humillación no hubiera sido completa ¡pero cómo nos hiere que esa santa figura sea desvalijada del tesoro de su entrega por incomprensibles detractores!

Definitivamente, Jesucristo se entregó a las manos de mediocres comentaristas, de burgueses adaptadores de su mensaje, de imitaciones empequeñecidas, de manipulaciones mediáticas. Todas son inútiles coartadas que emplea el mundo para no seguirle como es debido. Amar a los enemigos debe de haberle resultado una tarea difícil; pero mucho menos que amar a mediocres amigos, como los de nuestro tiempo.
 

El apóstol Pablo ya adelantaba que “vendrán tiempos en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, seguirán a muchos maestros por el deseo de oír novedades; apartarán los oídos de la verdad y se volverán a las fábulas”.
 

Aparecen con buena recaudación económica “el evangelio de Tomás”, “el evangelio de Judas”. Ante considerable fábula, personas que jamás se molestarían en leer un análisis serio de las tradiciones históricas sobre la pasión, muerte y resurrección de Jesús, son fascinadas por cada teoría según la cual El no fue crucificado, no murió en la cruz. Y se hace más intrigante si la continuación de la historia incluye la fuga con María Magdalena hacia la India, o hacia Francia, en la versión más actualizada. Estas teorías demuestran que, cuando se trata de la Pasión de Jesús, a pesar de la máxima popular, la ficción supera la realidad, y frecuentemente es más rentable.
 

Se habla mucho de la traición de Judas, y no se percibe que se está repitiendo. Cristo es frecuentemente vendido, ya no a los jefes del sanedrín por treinta denarios, sino a editores y libreros por miles de millones de dólares y euros.

Es inminente que los creyentes, seguidores fieles de Nuestro Señor Jesucristo, no sean tomados por vergüenza, desconocimiento o buena fe, y levanten la voz, aprendiendo más y mejor su catecismo, los principios de la fe y la vida de Jesús, según los evangelios.

Las fantasías tienen una explicación: estamos en la era de los medios de comunicación, y a los medios, más que la verdad, parece interesarles la novedad. Y a muchos cristianos también.

Jesús banalizado
 

¿No notamos que hoy la figura de Jesús ha sido banalizada? Ciertamente, la figura de Jesús no sale bien parada en nuestros días. San León Magno dice que “la Pasión de Cristo se prolonga hasta el final de los siglos”. Le hace eco el filósofo Pascal, en la célebre meditación sobre la agonía e Jesús cuando dice:

“Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo.
Durante este tiempo no hay que dormir.
Yo no pensaba en ti en mi agonía: esas gotas de sangre las derramé por ti.
¡Quieres costarme siempre sangre de mi humanidad, sin que tú derrames una lágrima!
Yo soy más amigo tuyo que tal o cual, porque he hecho por ti más que ellos,
y ellos no sufrirán jamás lo que he sufrido por ti,
nunca morirán por ti en el momento de la infidelidad y de tus crueldades,
como he hecho yo y estoy dispuesto a hacer en mis elegidos y en el santo sacramento”.
 

Esto no es un simple modo de hablar; corresponde al misterio de la verdad.
 

La figura de Jesucristo no se encuentra hoy en el mejor de sus momentos. El mundo es muy sensible a los dolores del cuerpo pero Dios se toma también muy en serio los dolores del corazón. Para los seguidores de Cristo, su sagrada figura, su historia, su divinidad, su humanidad, están inmersos en el Getsemaní de la superficialidad de los que forman la opinión de mucha gente, incluso de los que frecuentan el templo.

La nueva Pasión
 

La Pasión en el cuerpo de Cristo causó su muerte física. El alma de Cristo, en cambio, sufrió por varias causas. Una de ellas, importantísima, fue la soledad. Los evangelios insisten en el progresivo abandono de Jesús, en su Pasión, hasta el episodio del Huerto de los Olivos. Allí busca, repetidamente y en vano, a alguien que esté a su lado. La soledad alcanza su cumbre en la cruz, cuando Jesús, en su humanidad, se siente hasta abandonado por el Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?”.
 

¿Está solo Jesucristo hoy? Tiene soledad por la huída de los suyos, de nosotros. No hay muchas inteligencias que profundicen su misterio; hay escasas voces para predicar su mensaje; no hay muchos profesionales que apliquen las enseñanzas evangélicas en el ejercicio de su profesión; pocas familias transmiten a sus hijos los valores de Jesús ¿no es ésta una nueva forma de la soledad de Jesucristo?
Otro aspecto de los dolores del alma de Jesucristo fue la humillación y el desprecio. “Despreciado, maltratado…El se humilló”, dice el profeta Isaías. Jesús es el “vencido” en esta etapa. En esta y en muchas otras. De algún modo, el hombre contemporáneo, también se pregunta “¿seré acaso yo, Señor?”. En “la pasión según san Mateo” de Johannes Sebastian Bach, en el anuncio de la pasión de Jesucristo, los apóstoles preguntan a Jesús a coro: “¿soy yo acaso, Señor?”, pero antes de hacernos oir la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre el acontecimiento y su recuerdo, el genial compositor hace intervenir al cristiano de hoy, quien grita su confesión: “¡Sí, soy yo, yo el traidor!”.

No hemos estado presentes entre los que gritaban a Pilato para pedirle que lo crucificaran, ni tampoco en el Calvario para clavar sus clavos, pero si en el desprecio por la figura de Jesús. En muchos hermanos que conviven con nosotros el día a día, ya no vemos el rostro de Jesús en ellos. Hemos desfigurado el rostro del hermano. Para muchos, el “otro” es sinónimo de “adversario”. La violencia se instaló entre nosotros, y siente la comodidad para quedarse.

La violencia desfigura a Jesús, martiriza el cuerpo del Redentor, quiebra los huesos de una sociedad. Apenas resucitado, Jesús, san Pedro exclama con fuerza a los tres mil que lo escuchaban en Pentecostés: “Ustedes mataron a Jesús de Nazaret “renegaron del Santo y del Justo”.

Se reniega del Santo y del Justo, cuando se cambia a Dios por dioses que no son Dios: el poder en todas sus formas; la pereza que observa el trabajo ajeno; la violencia de las palabras y de las obras que surgen de un corazón duro como la piedra.

La agonía del alma de Jesucristo en aquel entonces tuvo muchas causas, pero también hay otras de ahora. La soledad que sufren los sagrarios de nuestras parroquias; la humillación de los enfermos pobres que mendigan turnos en los hospitales públicos; el lamentable espectáculo de la alcoholización de nuestros chicos; la indiferencia frente a las estadísticas de las muertes por accidentes de tránsito; el abandono de la educación y de la cultura; la desidia de los que colocan “doble vidrio” entre su vida y la necesidad del prójimo.
 

Han sido sólo tres días de Jesucristo en el sepulcro antes de su resurrección. ¡pero, cómo se prolongan esos días, año tras año! Se ha eternizado la Pasión y la Muerte del Redentor a costa de la vida de muchos.
 

“El pan que no comes y guardas, es del hambriento; el abrigo que custodias en el guardarropas, es del desnudo; los zapatos que guardas en los cajones, es del descalzo; el dinero que guardas bajo tierra, es del necesitado”. Las palabras son de un hombre, de familia noble y rica, de Cesarea de Capadocia, nacido hacia el año 330. A la muerte de su padre, vendió sus bienes y se consagró a una vida ascetica. Se llamaba Basilio y, desde aquel momento, inició una profunda investigación teológica, que le valió el sobrenombre de “grande”. Murió en el 379. Atendió a los pobres, fundando hospicios y hospitales en su ciudad natal.

Este Padre de la Iglesia, San Basilio Magno, recordó que las burlas a Jesucristo, están compuestas también por la acumulación de riquezas. Riquezas que no son siempre materiales, pero que siempre se transforman en egoísmo, en opulencia y muchas veces en avaricia.

La tentación de poner en paz la conciencia, poniendo a disposición de los demás, palabras y cosas que no sirven, aunque den cierto alivio, no siempre son excusantes para adquirir una auténtica generosidad.


Una Esperanza
 

La Resurrección de Jesucristo es la esperanza del triunfo final. Esta esperanza se ve premiada porque Jesús, nuestra Cabeza, ya triunfó.
 

Y triunfó la caridad.
 

Pascal decía, y no mentía, que el único objeto de la Sagrada Escritura es la caridad; lo demás es figura. “Figura” es la roca, las mieses, el rebaño, el barro que cura la ceguera, el agua…Todo es figura de esa realidad última y suprema, que es el amor.

La Resurrección de Cristo en el evangelio de san Mateo, tiene una última enseñanza: la promesa de una portada excepcional. Les promete su presencia a “ustedes”, dice. Directamente se dirige a los apóstoles presentes, pero su promesa se extiende más allá de la vida de los mismos. Les promete asistirlos hasta el final de los siglos, animando, vivificando, fortificando y autenticando los signos de amor en su nombre.

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho brazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundidos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados,
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amen.

Pbro. Dr. Ariel David Busso
Pascua 2006
 

 

 

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