Alberdi 3065 (2700) Pergamino (BA)  -  Diócesis de San Nicolás de los Arroyos                                                                                           |    |    |    |

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La libertad es un estado del alma


por el Padre Ariel Busso


  LA PERCEPCIÓN DE SÍ


  Lo más importante de todas las percepciones es la forma de percibirnos a nosotros mismos.
De acuerdo con una leyenda india, dicen que un indio se encontró una vez en la montaña con el huevo de un águila que había caído del nido sin romperse. Como no podía encontrar el nido donde se encontraba, el indio colocó el huevo en el de una gallina. El huevo fue incubado por la gallina clueca. Allí, el pichón de águila, con sus poderosos ojos, vio el mundo por primera vez.
Como su único modelo eran los pollitos, se limitaba hacer lo mismo que ellos: caminar, escarbar la tierra, picotear aquí y allá buscando semillas, cáscaras y revolotear de vez en cuando a poca distancia del suelo. El águila aceptaba e imitaba la rutina de los pollos. Y así pasó la mayor parte de su vida, viviendo de ese modo.
Pero un día, otra águila sobrevoló la nidada de pollos y el águila del cuento, ya vieja, pero siempre pensando que era un pollo, miró hacia arriba con temerosa admiración aquella gran ave que surcaba el cielo.
- ¿Qué es eso? – preguntó asombrada.
Uno de los pollos viejos que estaba a su lado le dijo:
- Es un águila, una de las aves más orgullosa, fuerte y grandiosa entre todas las aves. Pero ni sueñes en ser como ella. Tú eres un pollo como el resto de nosotros.
Y así vivió y murió la pobre águila, encadenada a es creencia; pensando que era un pollo.
 
Nuestras vidas están configuradas por el modo de percibirnos a nosotros mismos. Las actitudes que tomamos frente a los problemas diarios nos dicen quienes somos. Cada comportamiento es adecuado a lo que cada uno cree que es. Vivimos y morimos con nuestra autopercepción.
 
La importancia de la autoimagen es esencial, ilustra marcadamente todo cuanto obramos. La prepotencia, la violencia, la transferencia de culpa, la agresividad en todas sus formas, demuestra una percepción de debilidad. En cambio, la percepción de la persona segura tiene como consecuencia la serenidad, la paciencia, la docilidad…
 
Se contaba antes un cuento de hadas llamado RAPUZEL que es la historia de una joven encarcelada en una torre por una vieja bruja. La chica era realmente muy bella, pero la vieja bruja le decía insistentemente que era fea. Naturalmente se trataba de un ardid de la vieja bruja para tener presa a la joven en la torre. La liberación de RAPUZEL se produjo un día en el que ella contemplaba el exterior desde una ventana de la torre, a cuyo pie se encontraba el Príncipe Encantado. RAPUZEL dejó que sus cabellos, en largas y bonitas trenzas, cayera por la ventana y el Príncipe, entonces guiado por aquella cabellera, subió a rescatarla.
RAPUZEL, en realidad, no estaba encarcelada en la torre, sino presa del temor ante su propia fealdad tal como la bruja la había descripto con tanta frecuencia como eficacia. Y cuando RAPUZEL se vio reflejada en los ojos de su amante que era bella, se liberó de la tiranía de su imaginaria fealdad.
 
Esto ocurre no sólo a RAPUZEL, sino a cada uno de nosotros que necesitamos ver con otros ojos y en otros ojos lo que somos. En caso contrario viviremos encerrados en nuestras propias prisiones. Seremos siempre esclavos de nuestra propia visión si no salimos de nosotros mismos, de lo que creemos que somos, de lo que nos dicen…
 
El que tiene una buena imagen de sí, el que se acepta realmente como es (no como el que le dicen o la desfiguración de su interior), adelantará camino.
Sin exagerar, sin caer en la ilusión del Narciso, podemos mejorar la imagen de sí. Sin ser perfecto, no somos realmente tan malos…
 
LOS RECUERDOS


Todos tenemos nuestro pasado secreto, nuestras secretas vergüenzas y nuestros sueños fallidos: esas ilusiones que nunca fueron. Todos ellos pueden formar parte de lo más profundo de mi ser y me tienen casi continuamente.
Recuerdos. Las personas estamos hechas de recuerdos. La mitad de lo que somos está determinado por recuerdos. Los acontecimientos que ocurren hoy en nuestras familias son el recuerdo de mañana. La bondad, el aliento o la solidaridad que invertimos en otra persona será una inversión para siempre. Serán cuantiosos dividendos a lo largo de la vida de esa persona.
 
Ahora bien, algunos recuerdos simplemente suceden, en cambio otros deben planificarse. Algunos ocurren: el primer día del colegio, la primera comunión, alguna navidad, una conversación, un recuerdo importante. En cambio, otros deben planificarse como se planifican las fiestas familiares, las excursiones, las vacaciones.
Planificar recuerdos es muy importante, porque son los mejores para elegir. Uno siempre elegirá los “buenos” recuerdos y no de los otros.
Para planificar recuerdos basta con dedicarles tiempo a ese recuerdo.
 
En cierta ocasión, un viejo y sabio profesor, se dirigió a un grupo de alumnos y les encargó una tarea: debían encontrar una flor insignificante en una cuneta a la vera de un solitario camino que tenía la escuela. Luego les dijo:
- Ahora mírenla bien con una lupa, deténganse en los detalles, fíjense en los tonos y en el color; observen la simetría de sus hojas. Recuerden que esa flor podría pasar desapercibida y haber sido despreciada de antemano si no la hubieran encontrado y admirado.
Cuando los estudiantes regresaron de su tarea, el profesor agregó:
- ¿Han observado bien? Así son los recuerdos y las personas. Cada uno es diferente. Cada uno refleja lo que tiene su propia vida. Demasiados buenos recuerdos y muchas personas pasan desapercibidas y son despreciados.
 
Cada uno de nosotros es obra de Dios. Y el recuerdo de las cosas buenas es tarea de su Divina Providencia.
Estamos salvados si además de una buena percepción de sí mismo, logramos planificar los recuerdos:
“Dime que recuerdas y te diré como eres”.
Un buen ejemplo de selección de recuerdos es el que hace María, la Madre de Jesús, en el Magníficat.
“Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su servidora.
Por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí maravillas. Santo es su nombre”
(Lc 1, 46-49)
 
LOS OTROS


Había una vieja canción irlandesa que decía más o menos así:
“Vivir arriba con los santos que amamos,
es una gloria.
Pero vivir aquí abajo con los santos que conocemos,
¡ésa es otra historia!”
Es una forma popular de lo que en España le hacía decir a Santa Teresa de Jesús:
“Si santo quieres ser, tus amigos te han de hacer”.
 
Reconozco que no es fácil entender a los demás. Cuando aún tenía fresco el crisma en las palmas de mis manos me preparaba yo para celebrar la Misa Solemne, con hasta los nervios y ansiedades que eso significa. De pronto, y sin que nada mediara entre medio, el buen párroco me dijo que sería bueno que me sentara en el confesionario y que hiciera mis primeros pasos en el Sacramento del Perdón. Con mucho de “sacerdote nuevo” acudí a aquel lugar donde por primera vez estaría del “lado de adentro”.
Esperé allí con “temor y temblor” hasta que mi primer penitente, que para alivio mío resultó ser una pequeña niña del catecismo, se acercara. Así pasó lo suyo y agradecí a Dios. Pero poco duró la tranquilidad cuando escucho en la iglesia aún vacía, los pasos de una persona mayor, decidida a llegar al confesionario. Y para colmo otros ruidos a ropaje extraño, me hizo mirar por la rejilla del costado. ¡Quien se acercaba era un sacerdote! ¡Dios mío, algo más! ¡Era un obispo! Sin dejarme más tiempo para la reflexión apoyó sus rodillas en el reclinatorio y confesándose, apuré la absolución sin saber qué decirle. El buen Obispo que había asistido a mi Ordenación, quiso ahora recibir el perdón sacramental del mismo sacerdote y aprovechar la gracia sacramental recién “horneada”.
Salí del confesionario, asegurándome de que luego de él no había otro y acudí al despacho del párroco, relatándole lo sucedido y describiendo mi estado de ánimo. Entonces, recibí este consejo junto a su mano paternal sobre mi hombro:
“Lo que necesita el Obispo es lo mismo que el resto del mundo: un poco de amor y comprensión”.
 
La manera de acortar distancia no es imaginarse situaciones irreales, sino a través de la comprensión. Hay mucha gente que sufre la eterna agonía de la soledad, la frustración, el aislamiento espiritual y emocional. De alguna manera estos dolores se viven como un fracaso. Eso lleva a menudo a preocuparse por sí mismo.
La autopreocupación es un obstáculo absoluto para amar. La persona con dolor no necesita ser juzgada, sino amada, porque no puede otra cosa que amarse así misma.
¿Te han dolido alguna vez las muelas? ¿En qué pensabas mientras te dolían? La argumentación es clara: cuando sentimos dolor, aunque sea ese pasajero malestar, pensamos en nosotros mismos.
 
El mundo en que vivimos está lleno de dolor. Nos rodean personas con dolor, más o menos oculto. A la gente con dolor le cuesta mucho no volcarse a sí mismo a causa de su propio dolor. Por eso de nada ayuda a juzgarlos.
 
Todos y cada uno de nosotros somos producto de quienes nos han comprendido… o se han negado a serlo.
 
Hay una fuerte tentación de juzgar a las personas en términos de sus actos o de sus máscaras. Es muy raro que sepamos ver a través de la apariencia y la simulación que enmascaran un corazón inseguro o herido que, al mismo tiempo, se está camuflando y protegiendo para ulteriores daños. Siempre que veo a alguien agresivo o con resentimiento recuerdo la pregunta:
¿Haz tenido alguna vez dolor de muelas?
 
Si el viaje más largo es a nuestro propio interior, el más fatigoso es al corazón del otro. Así y todo hay que intentarlo.
 
LOS ERRORES
 
Una persona sana, que busca y realiza su propio crecimiento, acepta su debilidad como condición humana. Y se dice a sí mismo:
- Las personas cometen errores, y yo soy una de ellas. Esa es la razón por la que en mi caja de lápices hay también una goma.
Las defensas de nuestros egos heridos nos conducen a razonamientos complejos e interminables. Afortunadamente hay un antídoto positivo y curativo: consiste en aceptarnos a nosotros mismos y admitir que tenemos limitaciones.
Esa sinceridad y esa franqueza contrarrestan las tendencias enfermas.
La vida en sí misma es un proceso. Todos nosotros somos seres en proceso, ninguno ha alcanzado la madurez completa, nadie ha llegado.
Una vez vi en el escritorio de una oficina, ocupada por una excelente profesional, y creo también excelente persona, una leyenda que decía:
“Por favor, tenga paciencia. Dios no ha terminado conmigo todavía…”
Dios no ha terminado con ninguno de nosotros. Todos estamos en pleno crecimiento.
 
La cuestión consiste en aplicar todo esto a los demás.
La fórmula evangélica es muy simple:
Ama a las personas.
Utiliza sólo a las cosas.
Esto supone un delicado equilibrio que a menudo se descompensa. Si amamos las cosas, entonces, utilizaremos a las personas para conseguir las cosas que amamos.
 
Tal vez, lo más sano que leí y que refleja a alguien que comprendió la vida y sus secretos, fue una frase de Ana Frank, en su valioso “Diario”:
“Estoy convencida de que en lo más profundo de su corazón,
todas las personas son buenas”.
Si se recuerda las circunstancias en que fue escrita, no se puede sino llegar a convencerse de que realmente lo pensaba así.
 
Los errores tienen la misma raíz en los demás como en nosotros. Tienen distintas circunstancias, se concretizan en distintos momentos, pero por lo general parten de los mismos detalles.
Una vez, un panadero de la ciudad y un agricultor de una aldea vecina hicieron un trato. Se cambiarían todos los días un kilo de pan por un kilo de manteca; las cosas anduvieron bien por un tiempo. Pero, un día, el panadero sospechó que la manteca no venía con el peso convenido. Durante varios días pesó la manteca y halló que cada vez pesaba menos. Entonces, denunció al agricultor y lo hizo arrestar por fraude.
Ya en el juicio, el juez quedó sorprendido cuando el agricultor le confesó que tenía balanza pero que no usaba pesas para pesar la manteca. El juez le preguntó como la pesaba. El agricultor respondió de esta manera:
- Cuando el panadero comenzó a comprarme la manteca, pensé que me pagaría con el mismo peso de pan como habíamos convenido. Entonces, yo pesaba la manteca con el pan que él me daba cada día. Si el peso de la manteca no llegaba al kilo, es el panadero quien tiene la culpa.
 
No estaría de más pensar que “la medida que uses para los demás se usará contigo” (Lc 6, 38).
 
Hay quienes saben que
las puertas son para cerrarlas
y cierran todas las puertas,
cerrando, a veces, el paso
de la vida hacia el manantial
y muere de sed.
 
Hay quienes saben que
las puertas son para abrirlas,
dejando expuesta a la destrucción de
su vida, que la puerta protegía.
 
Pero también
hay quienes saben que
las puertas son pausas del latido
que, atentas a su ritmo,
se mueren en consecuencia.
 
La libertad de los hijos de Dios exige:
Una cabal percepción de sí mismo.
Una planificada selección de recuerdos.
Una integrada preocupación por el otro.
Una ubicación ordenada ante los errores.
¿Algo más? Sí.
La libertad requiere cortesía. El buen trato a los demás.
 
LA CORTESÍA ES LA INTELIGENCIA DEL CORAZÓN

En la vista “¿Bailamos?”, protagonizada por el actor Richard Gere, un hombre aburrido de la rutina cotidiana, decide probar con el baile un nuevo giro a su tediosa monotonía. El rutinario abogado decide experimentar in situ lo que algún filósofo popular acertó al decir que “bailar es soñar con los pies”. Pues bien, en el recinto de la academia de baile, se amontonan varias personalidades, cada una tratando de salir de su cerrada soledad. Entre ellos, hay una cincuentona que vive de glorias pasadas, de trofeos coleccionados en pistas de bailes de dudosa elegancia. Su carácter ácido, su palabra mordaz, su trámite ligero. Dice sus pareceres como la mejor caída de una gran catarata. Acentúa los errores, marca las palabras y abre de ese modo el camino de la discusión. La mujer no es más feliz por ello (más bien me inclino por el contrario) pero en cada observación que le hacen por su impertinencia, ella siempre tiene la misma insistencia:
“¡Yo soy sincera!... ¡Siempre digo lo que pienso!”
 
Muchas veces se oye decir de una persona que dice “verdades en la cara”, que es “sincera”.
Pero la cuestión radica en saber qué se entiende por sinceridad. El hombre sincero, dice el diccionario, es el que expresa con verdad lo que siente y lo que piensa.
Esta definición es suficiente para probar que la sinceridad absoluta no existe. Si cada uno se dedicara a exteriorizar, con palabras, gestos y actos, todo lo que siente y lo que piensa, ninguna vida humana sería soportable. Algunos recuerdos de nuestra vida pasada podrían aclarar con creces el panorama.
¿Estaba siendo insincero cuando después de un anuncio de problemas en los motores del avión, aún sintiendo miedo, trataba de dar calma a los demás pasajeros y tranquilizar a mis vecinos de asiento?
¿Soy insincero cuando debo trabajar a la luz de una lámpara de neón día tras día e una oficina de tres por cuatro cuando - en realidad - tengo deseos de pasearme por los mejores parques de la ciudad a la luz del hermano sol?
¿O si al escuchar un verborrágico interlocutor de sobremesa que sostiene posiciones absurdas sobre un libro que no leyó o de una vida que no conoce, me mantengo calmo y continúo hablando amablemente, aunque tenga unas ganas locas de terminar aquella ridícula conversación?
Sólo los animales o los niños son del todo sinceros. Y lo son porque actúan primariamente: comen, gritan, golpean, según el impulso del momento: André Gide decía: “Cuando quiero saber qué es la sinceridad, miro a un perro royendo un hueso…”
 
El necio dice lo que piensa; el sabio sabe lo que dice.
 
EL MODO DE DECIR LAS COSAS
 
Una mañana, como lo hacía a menudo, un califa llamó a un adivino de la corte y le contó el sueño que había tenido la noche anterior.
- Soñé que mis dientes caían uno después de otro y al fin mi boca quedaba sin dientes. ¿Qué significa esto?.
Y el adivino respondió:
- ¡Oh señor, no es un buen signo! El sueño significa que todos tus parientes morirán antes que tú y tú te quedarás solo.
El califa se entristeció y luego se enfureció. Su ira había llegado a tal extremo que pensó en echar del palacio al adivino para no verlo nunca más. Pero luego, cuando se calmó, olvidó todo y mandó a llamar a otro adivino real y le volvió a contar el sueño que había tenido. Este adivino respondió:
- ¡Oh mi señor! Es un buen signo. El sueño prevé que tu vida será larga y que sobrevivirás a tus parientes y serás el más longevo de todos.
El califa, contento exclamó:
- Qué hermoso sueño he tenido!
Y le dio varias monedas de oro al que lo había interpretado tan bien. Luego llamó al gran visir y le ordenó que buscara al primer adivino y que ahora sí lo echara del palacio. En el fondo, el primero había revelado la misma cosa, pero se había equivocado en la manera de decirla.
 
Hasta la verdad más dolorosa se puede decir en modo gentil.
 
La cortesía es la inteligencia del corazón.
 
El único modo de salvar la virtud de la sinceridad es ejercerla como fidelidad a lo mejor y más verdadero que hay en nosotros. La hipocresía es lo contrario a la sinceridad y el exhibicionismo es su caricatura. La sinceridad debe consistir en mostrar lo mejor de nosotros, no lo peor, porque ser sinceros sólo sirve cuando lo bueno nuestro hace feliz a los demás.
 
Creo que dialogar sinceramente debería ser dialogar sensibles a sus motivos. Por eso hay que prestar atención a tres posibilidades:
1. Ventilación:
Cuando ventilamos una habitación, la aireamos. Nos deshacemos del aire viciado y los olores. Las emociones también puede acumularse dentro de nosotros hasta el punto de necesitar “ventilarlas”, de “desahogarnos” de una vez. Puede haber ocasiones que esto sea necesario, pero cuantas menos sean, mejores serán nuestras relaciones con los demás.
La “ventilación” es esencialmente egocéntrica: si quiero sentirme mejor te utilizo como un cesto para mis desechos emocionales. La necesidad ocasional para este tipo de ventilación es comprensible, pero nadie quiere convertirse ni en un cesto de papeles usados, ni en un pañuelo de lágrimas. Volcar mis emociones sobre el otro para sentirme mejor suele ser un acto egoísta. Y si se convierte en un hábito, la persona tendrá poca capacidad para el diálogo y el amor.
2. Manipulación:
Es el segundo motivo.
La sinceridad del amor dice: ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Cómo necesitas que yo sea?. En cambio, en la pregunta implícita de la manipulación es justamente la opuesta: ¿Qué puedes hacer por mí?
Obviamente hay momentos que necesito que me ayuden, que estén conmigo, que me escuchen. Y debo sentirme libre en solicitarlo. Pero ¡atención!: no puedo solicitarlo haciendo del que me escucha responsable de mi soledad, de lo que me pasa, con sutiles – o no – inflexiones de voz, de gestos, etc. Indirectamente, y por sugerencias, estoy usando la influencia emocional para que el otro me resuelva los problemas.
3. Comunicación:
El único motivo de mi sinceridad, es cuando la motiva el deseo de comunicación, de acercarme más al alma del otro. Comunicarse es compartir. La sinceridad se transforma así en lo más preciado que puede dar: lo mejor de mí. Y esa es la transparencia que une y no disgrega.
No hay sinceridad en la “ventilación”, ni en la “manipulación”. Y la “comunicación” es sincera cuando se traslada al otro, lo mejor de uno.
 
NO SE PUEDE VIVIR SIN LA CORTESÍA DE LOS OTROS

El gran problema en la tierra es darle a la humanidad un sentido espiritual, suscitar una inquietud de espíritu. No se puede vivir sin que los otros no nos dejen un poco de la caridad de su cortesía.
 
El poeta alemán Rilke vivió un cierto tiempo en París. Para ir a la universidad recorría cada día, en compañía de otra estudiante francesa, una calle bastante frecuentada.
En una esquina, el lugar preferencial estaba ocupado por una mendiga que pedía limosnas a los que pasaban. La mujer siempre se sentaba en el mismo lugar, inmóvil como una estatua, con la mano tendida y los ojos fijos en el suelo.
Rilke nunca le dejaba nada, en cambio su compañera le alcanzaba siempre alguna moneda o la parte de un vuelto.
Un día la joven francesa le preguntó a Rilke.
- ¿Porqué nunca le das nada a esa pobre mujer?
Dijo el poeta:
- Deberíamos regalarle alguna cosa para su corazón, no para sus manos.
Un día después, Rilke llegó con una espléndida rosa apenas abierta, la depositó en la mano de la mendiga e hizo el gesto de retirarse.
Entonces sucedió algo inesperado: la mendiga alzó los ojos, miró al poeta, se puso de pie y tomando la mano de Rilke, la besó. Luego se retiró estrujando la rosa en su pecho.
Por una semana entera ninguno la vio más. Pero ocho días después, la mendiga estaba de nuevo sentada en el mismo lugar de siempre.
- ¿De qué cosa has vivido en todos estos días que no recibiste nada? – le preguntó la estudiante.
- De la rosa – respondió la mujer -. De la rosa que me dio tu amigo.
 
Quizá la cortesía de tu caridad regale hoy una rosa.
 
Un buen giro de cortesía podría hacer más “inteligente” el corazón.
 
¿Otra conversión? Sí: de la “sinceridad” de la amargura, a la “sinceridad” de la cortesía.
La cortesía es la inteligencia del corazón.
 
Pbro. Dr. Ariel David Busso
Viernes Santo 2005
 

 

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